16
JACKSON
Todavía noto el golpe de la caída de anoche cada vez que muevo el brazo. No es nada grave. A mí, al menos, me importa bastante poco. A Ray no. Él sigue dándole vueltas al desastre que hicimos con el lazo, como si lleváramos semanas perdiendo en vez de haber fallado una competición menor de mierda.
La de ayer era una de esas pruebas que aceptamos para llenar huecos en el calendario y sacar algo más de dinero antes del siguiente rodeo grande.
Fallé el tiro a las patas del novillo y nos quedamos fuera de los premios.
Da igual que él clavara su monta de toro; cuando Ray entra en modo obsesivo, nunca parece suficiente.
Siempre ha sido así. Ray compite porque necesita sentirse por encima del resto, alimentar esa reputación que lleva persiguiendo desde que éramos unos críos. Quiere dinero, patrocinadores y el tipo de fama que le permita dejar de pisar barro mientras otros hacen el trabajo duro por él.
Yo, en cambio, llevo tiempo pensando en algo mucho más simple. Tierra. Más hectáreas. Un sitio donde mis caballos y mi ganado puedan moverse sin remolques, sin moteles baratos y sin estas putas carreteras interminables.
Cada vez que pienso en decírselo a Ray, la culpa vuelve a aparecer. Porque no es solo mi compañero. Es prácticamente mi hermano. Y yo ya he decidido, aunque todavía no haya tenido los huevos de admitirlo en voz alta, que esta va a ser mi última temporada siguiéndole el ritmo por el circuito.
Las calles de Granbury están hasta arriba. Estamos terminando de cargar el forraje para el rodeo de esta noche cuando la veo aparecer entre el tráfico. La Silverado azul cobalto de Sheryl destaca entre las camionetas polvorientas y los remolques igual que una bengala en mitad de la carretera.
Mis ojos van directos al asiento del copiloto.
Reconozco su pelo al instante y el cuerpo reacciona antes de que pueda hacer nada para evitarlo, se me tensa al momento. También el agarre alrededor de la cuerda que tengo entre las manos.
Joder.
La noche anterior vuelve de golpe, demasiado clara. El agua resbalando por su espalda. Sus piernas alrededor de mi cintura. La forma en que me miraba mientras perdía la cabeza conmigo en aquella habitación de motel.
Cierro los ojos apenas un segundo, intentando recomponerme antes de que Ray note algo raro.
El olor a estiércol, los cascos golpeando el metal de los remolques y el ruido constante de la calle terminan devolviéndome a Granbury.
Pero solo por un instante, porque el problema sigue ahí, sentado en el asiento del copiloto de esa camioneta azul, mirándome como si ayer no hubiera terminado realmente nunca.
No sé qué coño hacer con esto. Con la forma en que esta chica se me ha metido en la cabeza después de una sola noche.
Porque no fue únicamente sexo, y eso es justo lo que me tiene descolocado.
Hubo momentos ahí dentro —entre el agua, las sábanas y la manera en que me miraba— que me parecieron demasiado personales para alguien como yo. Demasiado cercanos.
—¿Vas a ayudarme con la cincha del remolque o piensas quedarte ahí empanado todo el día?
El codazo de Ray me devuelve de golpe al aparcamiento.
Aparto la vista de la camioneta por pura obligación, aunque no antes de que nuestros ojos vuelvan a encontrarse a través del parabrisas. Entonces me rozo el ala del sombrero con dos dedos a modo de saludo. Un gesto pequeño. Casi automático.
Y juraría que la veo ruborizarse, aunque sea imposible distinguirlo desde aquí. Aun así, elijo creer que se ha puesto tan nerviosa como yo.
—No pasa nada si por una vez te encargas tú solo —le digo a Ray mientras vuelvo a tensar las correas del remolque.
—¿Es por esa chica por lo que estás así? —dispara él sin rodeos, con esa confianza brutal que solo tiene alguien que lleva contigo media vida—. ¿Una de las de Stephenville? ¿Te quedaste con ella ayer?
—No sé de qué hablas. Y no estoy de ninguna manera, Ray.
Intento sonar convincente, pero hasta yo noto la poca fuerza que tiene la frase.
—Sí, claro. Y yo soy un puto novillo de exhibición —resopla, aunque detrás de la broma hay irritación de verdad—. Jackson, anoche en Weatherford hiciste una lanzada de mierda a las patas de la res. Perdimos dos mil quinientos pavos delante de medio circuito. Eso no te pasa nunca.
—Tú también fallas de vez en cuando —le rebato, tensando una de las cuerdas del remolque hasta que me crujen los nudillos.
Ray se queda callado unos segundos, apoyado contra el lateral metálico del remolque.
Me observa con esa mirada incómodamente precisa que lleva usando conmigo desde que éramos unos críos llenos de barro y malas ideas.
Después me pega un golpe seco en el hombro, más para obligarme a reaccionar que para discutir.
—Escúchame bien —dice bajando la voz, lo justo para que solo yo pueda oírlo—.
Tú siempre eres el que me baja a la tierra cuando se me va la cabeza.
El que me dice lo que no quiero escuchar y me obliga a espabilar cuando empiezo a hacer gilipolleces.
Así que deja que, por una vez, sea yo el que haga eso contigo.
Suspira por la nariz y durante un segundo la tensión se le afloja un poco en la cara antes de volver a ponerse serio.
—Pon la cabeza en el rodeo, Jackson. Ya viste lo que pasó anoche. Hoy ha sido un golpe en el brazo y dinero perdido, pero la próxima vez puedes acabar mucho peor si sigues distraído. No quiero tener que sacarte de la arena por una mierda así.
Aprieto la mandíbula mientras termino de asegurar la cincha del remolque. No tengo ninguna intención de darle explicaciones.
—No fue ningún exceso. Solo estuve con una chica, Ray —le suelto, intentando zanjar el tema de una vez.
—Ya lo sé. Casi tuve que echar la puerta abajo para sacarte de allí y, por cierto… gracias, ¿eh? —dice con una media sonrisa amarga que no le llega a los ojos.
—¿Gracias por qué?
—Por dejarme fuera, capullo. Sabes que siempre lo compartimos todo, que nos divertimos juntos… o casi siempre. Podrías haber avisado, pero últimamente estás muy raro, Jackson.
Lo miro de reojo sin responder. El silencio entre los dos empieza a pesar más de la cuenta.
Porque el problema no es solo Sheryl. O no exactamente.
El problema es que llevo semanas pensando en cómo decirle a Ray que ya no quiero esta vida.
Que estoy cansado de los moteles, de las carreteras y de perseguir un circuito que a él todavía le vuelve loco y a mí empieza a agotarme.
Y quizá por eso anoche fue diferente. Porque por primera vez en mucho tiempo dejé de actuar como el tipo que Ray esperaba que fuera.
—Sheryl no es de esas, Ray. Olvídalo.
—Vaya, joder… —suelta con una risita, aunque me estudia con una fijeza que me incomoda—. Así que «esta» tiene nombre.
—Todas lo tienen, no seas imbécil.
—Me importa una mierda el nombre —sentencia él, tirando de una correa con un movimiento brusco—. Pero… ¿qué tiene esa chica de especial? Te noto en otra parte, Jackson. Siento que ni siquiera estás aquí conmigo.
—¿Y a ti por qué te molesta tanto? —le suelto, harto de su escrutinio—. Tú eres la estrella del cartel, Ray. Tienes a una legión de tías esperando en cada valla para que les firmes el sombrero. ¿Tanto te jode que por una vez vaya por libre?
Ray guarda silencio unos segundos. La correa se le escurre entre las manos antes de quedarse quieto del todo. Cuando vuelve a mirarme, ya no queda ni rastro de la burla de hace un momento, solo una calma incómoda y sincera que me deja sin reacción inmediata.
—No me molesta nada, hermano. No te pongas así —dice con voz suave, dándome un toque afectuoso en el brazo—.
Solo te lo digo por tu bien. Esas chicas se irán igual que vinieron; ya sabes que la mayoría solo busca una aventura que contar a sus amigas, presumir de que se han acostado con un vaquero que monta toros salvajes.
Para ellas no somos más que una muesca en el cinturón.
Suspira y me sostiene la mirada con una seriedad que me aprieta el estómago. Y, aunque no quiero admitirlo, hay algo en sus palabras que me incomoda más de la cuenta.
—Pero nosotros… nosotros somos mucho más que socios, Jackson.
Somos amigos, somos hermanos. Somos familia.
Tú eres lo más importante que tengo. Es solo que no quiero que te pierdas por alguien que no va a estar aquí cuando el camión arranque mañana.
Haz lo que quieras, pero no te olvides de quiénes somos nosotros.
Sé que lo dice de verdad. Ray sería capaz de meterse en cualquier pelea por mí sin pensarlo dos veces. Lo ha hecho antes. Hemos acabado cubiertos de barro, sangre y polvo juntos demasiadas veces como para fingir que esto es solo trabajo.
Por eso escucharle hablar así me deja hecho trizas. Porque mientras él está aquí, recordándome que somos familia y que soy lo más importante que tiene, yo sigo guardándome la verdad como un cobarde.
La decisión de largarme al terminar la temporada continúa ahí, clavada en el fondo de mi cabeza, esperando el momento de romper esto que llevamos construyendo juntos desde hace años. Porque en cuanto lo diga en voz alta, nada entre nosotros va a volver a ser igual.
El peso de sus palabras se me queda encima como una piedra. Sé que le debo esa conversación desde hace meses y sigo retrasándola porque no tengo ni puta idea de cómo decirle a mi mejor amigo que quiero bajarme de esta vida antes que él.
Pero entonces vuelvo a mirar hacia el otro lado del parking . Hacia la Silverado azul. Y todo lo demás pasa a segundo plano durante unos segundos.
Dejo a Ray encerrado en la oficina del recinto, peleándose con los horarios y la inscripción, y camino hacia la zona de los álamos. El sol de la tarde cae de lleno sobre Granbury, levantando ese polvo seco que termina pegándose a la piel y a la garganta.
La camioneta está aparcada junto a las vallas del picadero.
Sheryl está de espaldas, sacudiéndose tierra de los vaqueros mientras sus amigas se ríen mirando algo en el móvil.
Me quedo quieto un momento, observándola sin acercarme todavía.
Después me ajusto el sombrero por pura inercia justo cuando una de las chicas levanta la vista, me detecta al instante y le pega un codazo a Sheryl.
Ella se gira de golpe.
Y sí, juraría que se pone nerviosa al verme.
—Señoritas —saludo, rozando el ala del sombrero con dos dedos—. ¿Preparadas para el espectáculo de esta tarde?
La pregunta va para las tres, pero mi atención se queda atrapada en Sheryl desde el primer segundo. Y eso no mejora precisamente las cosas. A plena luz del día, bajo el sol de Texas y lejos de la habitación del motel, sigue teniendo el mismo efecto sobre mí. Quizás peor.
—Hola, vaquero —responde una de ellas, imitándome el gesto del sombrero—. Nosotras siempre estamos listas para la acción.
Sheryl niega con la cabeza y da un paso al frente, colocándose entre sus amigas y yo.
—Hola, Jackson. Estas dos idiotas son Lauren y Anne —me las presenta con una mirada de falsa paciencia—. Y se marchan ahora mismo al motel para registrar nuestra habitación. ¿Verdad, chicas?
—Desde luego —suelta Lauren, repasándome de arriba abajo sin el menor disimulo—. No queremos estorbar. Solo un consejo, vaquero: intentad que el baño no parezca la escena de un crimen esta vez. Las demás también necesitamos ducharnos.
Las dos se alejan agarradas del brazo, riéndose entre ellas y murmurando algo que no llego a entender. Y, de pronto, nos quedamos solos en mitad del parking .
El ruido de los establos sigue sonando alrededor, junto al metal de los remolques y las voces del recinto, pero mi atención vuelve a centrarse únicamente en ella.
Y ahí llega el problema.
Porque llevo toda mi vida sintiéndome cómodo encima de un toro, metido en una pelea o recorriendo carreteras sin rumbo fijo.
Pero esto… esto me deja completamente vendido.
Estar quieto frente a una mujer después de acostarme con ella debería ser una situación normal y, aun así, noto una tensión absurda en el cuerpo, como si hubiera olvidado de repente qué coño se supone que tengo que hacer ahora.