15
SHERYL
La mañana nos recibe con ojeras, pocas horas de sueño y la resaca acumulada de varias noches seguidas de festival. Al menos a Anne y Lauren, porque yo me he despertado fresca como una rosa y con el recuerdo nítido de lo que pasó ayer con Jackson quemándome la piel.
Estuve toda la tarde sola porque mis amigas no aparecieron hasta bien entrada la noche.
Las escuché llegar al motel, rebuscar ropa limpia a toda prisa y salir otra vez directas hacia el recinto de conciertos de Glen Rose.
Entraron susurrando para no despertarme, pero yo seguía completamente despierta.
Fingí estar dormida para evitar preguntas incómodas y porque, sinceramente, todavía no sabía cómo poner en voz alta lo que había pasado entre Jackson y yo.
Nuestro próximo destino es el rodeo de Granbury.
Es una ciudad pequeña, con un lago enorme y una plaza que parece sacada de una película antigua, pero lo único que me importa es el recinto ferial del condado. Allí es donde espero volver a encontrarlo.
En cuanto desayunamos, bien entrado el mediodía, y mis amigas recuperan algo de la conciencia que ahogaron anoche en cerveza, se inicia el bombardeo en la Silverado. Lauren va al volante y yo de copiloto.
—Bueno, Sheryl —comienza Anne, asomándose entre nuestros asientos desde la parte de atrás—. Cuéntanos cómo estuvo el vaquero porque, anoche, cuando volvimos del concierto, estabas prácticamente en coma.
Lauren se ríe sin apartar los ojos de la carretera y ambas chocan las manos. Me da la sensación de que todavía están un poco borrachas. Yo me mantengo impasible, mirando fijamente al horizonte mientras la camioneta devora kilómetros.
—Por la marca que llevas en el cuello —dice Lauren, echándome una mirada rápida de reojo—, y por cómo dejasteis el baño de inundado, la monta tuvo que ser épica, ¿verdad?
Se me escapa una risa nerviosa antes de poder contenerla. Sus palabras me devuelven de golpe a la habitación del motel, a sus manos sujetándome la cintura y a la forma en que perdí completamente la cabeza con él.
—Vamos, joder, empieza a soltar por esa boca —me azuza Anne desde atrás, apoyando los brazos en el respaldo de mi asiento.
Niego con la cabeza, pero las conozco y sé de sobra que no pararán hasta que les dé hasta el más mínimo detalle.
—De acuerdo. Para empezar, anoche estaba despierta. Pero vinisteis muy tarde, me aburrí de esperaros y me quedé traspuesta. Cuando os oí llegar ya no me apetecía vestirme para salir de fiesta.
—Joder, tía, te dejamos la habitación libre todo el maldito día. ¿Encima nos lo echas en cara? —protesta Lauren.
Las dos se han propuesto acorralarme. Al final, lo que pasó entre ellas en Stephenville con Ray-Lee, lejos de distanciarlas, parece haberlas unido más. Ahora se entienden casi sin hablar; o, mejor dicho, se meten conmigo perfectamente sincronizadas.
—Jackson tuvo que irse enseguida —empiezo a contarles, intentando desviar el tema—. Su compañero lo llamó y apenas pudimos…
—Oh, mierda… ¿te dejó también a medias? —pregunta Lauren con una mueca de horror exagerada.
—No, no —me apresuro a corregirla—. No fue eso… Todo estuvo, ya sabéis… fue increíble.
—Me cago en la puta —vuelve a la carga Anne—. ¿Vas a ir al grano ya? Dinos qué pasó con el vaquero de una vez.
—¿Pues qué va a pasar? Salimos a dar un paseo a caballo, charlamos…
—¿Puedes saltarte la parte de la damisela de ciudad que descubre la magia del campo en una novela de vaqueros barata para ir directamente a lo bueno? —interviene Lauren con su ironía característica—. Primero dinos cómo tenía el lazo y luego si aguantó al menos los ocho segundos para puntuar.
Anne escupe el trago de agua por el ataque de risa, empapando el salpicadero. Estoy a punto de exigir que me dejen bajar de la Silverado si no fuera porque ante nosotras solo se extiende la llanura infinita de Texas, vacía y abrasadora.
—Vale, tías. Os lo voy a contar, pero no quiero que sigamos bromeando porque es… no sé lo que es, pero no me parece bien.
—¿No te parece bien? —protesta Anne—. ¿Y qué te crees que estará haciendo ahora el vaquero con su amigo? ¿Comentar el amanecer o hablar del tiempo?
Lauren, al volante, asiente dándole la razón. Definitivamente estas dos se han mimetizado.
—Me da igual lo que él vaya contando por ahí… fue bonito, ¿vale? —empiezo a decir antes de arrepentirme a mitad de frase—. Y sí, el sexo fue una locura. El tío está tremendamente bueno. Ya está. Me estáis obligando a decir cosas que preferiría guardarme para mí.
—Eh, tranquila —me corta Lauren, soltando una mano del volante para apoyarla en mi muslo—. Solo… mira, a mí me basta con saber que lo pasaste bien.
Anne me aprieta el hombro desde el asiento de atrás y entonces caigo en la cuenta de lo tensa que me he puesto. Ni siquiera sé exactamente por qué. Siempre nos lo hemos contado todo. Absolutamente todo.
Con la excusa de que los tíos hacen cosas mucho peores, hemos compartido historias de una noche, relaciones desastrosas, polvos increíbles y experiencias que preferiríamos borrar de la memoria.
Hemos llorado rupturas ajenas como si fueran propias y odiado a los ex de las demás en grupo, casi por sistema.
Cuando una estaba hecha mierda, las otras dos acababan arrastradas detrás.
Siempre ha funcionado así entre nosotras.
Entonces… joder, si solo ha sido un revolcón con un vaquero, ¿por qué me cuesta tanto hablar de ello?
—Chicas, es que ese tío es distinto —intento explicarme, buscando las palabras—. El paseo fue precioso. Hablamos de verdad y… conectamos. ¿Me entendéis?
Anne se asoma un poco más entre los asientos delanteros, frunciendo el ceño.
—¿Conectasteis? —repite mis palabras, como si hablara en otro idioma—. ¿Y qué clase de conexión intelectual te dio tiempo a tener? Porque ayer, cuando Lauren y yo entramos en el baño de la habitación, aquello parecía el escenario de una inundación.
—No me refiero a eso —me defiendo, notando cómo el corazón empieza a irme demasiado rápido—.
El sexo fue increíble, sí. Ya os lo he dicho.
Pero no se quedó solo en follar y ya está, ¿entendéis?
Había algo más. Sabía cuándo ir fuerte y cuándo bajar el ritmo.
Podía ponerse bruto y, al segundo siguiente, mirarme como si de verdad estuviera viendo algo importante.
Y eso fue lo que me descolocó. Fue… tierno.
Lauren levanta la vista hacia el retrovisor un instante antes de mirarme de reojo. Dentro del coche se instala un silencio raro, roto únicamente por el motor y el ruido de las ruedas contra el asfalto.
—¿Tierno? —murmura Lauren, incrédula—. ¿El tipo ese de pocas palabras que monta toros de mil kilos?
—Sí, tierno —insisto, y me doy cuenta de que me estoy exponiendo demasiado, pero necesito que lo entiendan—.
Fue muy apasionado, sí, pero en todo momento se preocupó por mí.
Se detuvo para asegurarse de que estaba disfrutando, me miraba a los ojos…
Nadie se había preocupado por mí así en la cama, Lauren. Nunca.
Por la forma en que se miran, sé que no lo están entendiendo. Es más, huelo el sermón a kilómetros. Las dos acaban de pasar de la burla a la alerta roja en un segundo.
—Sheryl —me dice Lauren con cautela—. A este viaje le quedan tres días. No creo que sea buena idea colgarte de un tío que vive en la carretera y se juega el cuello sobre toros de rodeo. Te lo digo por tu bien.
Anne guarda silencio atrás pero, al mirarla por el espejo, sé que coincide en cada palabra con Lauren.
—Yo no me he colgado de nadie —me defiendo, forzando una sonrisa que sé que no cuela—. Si apenas lo conozco.
Intento quitarle hierro al asunto, pero el daño ya está hecho. Mis amigas han visto venir el golpe mucho antes que yo.
El resto del camino transcurre en un silencio que, por una vez, no me molesta. Me quedo mirando por la ventanilla mientras las llanuras secas de Texas se deshacen al otro lado de la carretera, demasiado rápido para pensar en otra cosa que no sea Jackson.
Porque, en cuanto la adrenalina de ayer empezó a bajar, todo se torció igual de deprisa que había empezado.
Sonó su teléfono y pasó de tenerme encima a vestirse a toda velocidad en cuestión de minutos.
Apenas me explicó nada. Solo dijo que tenían que salir ya hacia otro rodeo antes de inclinarse para besarme una última vez.
Todavía puedo notar aquel beso.
Después desapareció. Sin promesas. Sin preguntas. Sin esa conversación incómoda sobre qué significaba lo que acababa de pasar entre nosotros. Solo el portazo de la habitación y aquella sensación absurda de quedarme vacía cuando la habitación del motel se quedó en silencio.
Pero hoy es Granbury. Y sé perfectamente que vamos a volver a encontrarnos.
Entramos en la ciudad y Lauren reduce la velocidad. Granbury es preciosa; cruzamos cerca de la plaza histórica con sus edificios del siglo XIX y nos desviamos hacia la colina donde se encuentra el recinto ferial del condado.
—Bueno, parece que hemos llegado —dice Lauren, buscando con la mirada la entrada de los alojamientos.
Vamos avanzando despacio por la vía de servicio que bordea la zona de los corrales y los remolques de los participantes.
Mi corazón empieza a golpear contra mis costillas.
Miro fijamente la hilera de vehículos y, de repente, allí está.
Es inconfundible. Nuestra camioneta pasa justo por el lado de la suya.
Se me corta el aire en cuanto lo veo. Jackson está apoyado contra la valla del remolque, con los brazos cruzados y esa calma suya que empieza a ponerme nerviosa de una forma ridícula.
Y entonces levanta la cabeza.
No sé cómo coño lo hace, pero parece haber reconocido el sonido de nuestra camioneta entre todas las demás.
Sus ojos encuentran los míos directamente a través del cristal del copiloto y algo en mi estómago se tensa al instante.
No se mueve. No viene hacia aquí. Ni siquiera intenta disimular.
Simplemente me mira con esa intensidad tranquila que ayer ya me dejó sin capacidad de pensar con claridad.
Después alza una mano despacio, rozándose el ala del sombrero a modo de saludo, y esa media sonrisa ladeada termina de rematarme. No hace falta decir nada, su expresión me confirma que no ha olvidado ni un solo segundo de lo que pasó ayer.