Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 14
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JACKSON

Me quedo clavado en el sitio, con la garganta seca, viendo cómo la blusa azul termina de caer al suelo.

Joder. Ni en mis mejores sueños esto era tan real. La luz que entra por la ventana le dibuja la silueta y, durante un segundo, respirar deja de parecer una prioridad.

Ella no vacila. Acorta la distancia con esa seguridad que lleva volviéndome loco desde Stephenville, hasta plantarse justo delante de mí. El olor de su piel me golpea directo el pecho y es mucho peor que cualquier caída en la arena.

—No voy a dejar que cruces esa puerta, Jackson —suelta, y su voz es un reto directo a mi orgullo—. Si tanto te preocupa el rastro de tu caballo en tu piel, entra ahí ahora mismo y deja que sea yo la que te lo quite bajo el agua.

Maldigo para mis adentros, pero ya no hay forma de dar marcha atrás. Entramos en el baño y el espacio se vuelve asfixiante. Los dedos me tiemblan al intentar desabrochar los botones de la camisa; la tela se engancha, los movimientos se vuelven torpes y eso solo consigue cabrearme más.

Ella abre el grifo y el sonido del agua golpeando los azulejos se adueña del silencio.

Me saco las botas a trompicones y termino deshaciéndome de la ropa con la urgencia del deseo recorriéndome la piel de arriba abajo. El vapor empieza a empañar el espejo, borrando poco a poco todo lo que queda fuera de esas cuatro paredes.

Cuando Sheryl se gira hacia mí, ya está completamente desnuda. No queda nada entre los dos. Y, de pronto, el rodeo, los cheques y Las Vegas dejan de importar una mierda.

Nos besamos bajo el agua mientras el jabón y el vapor arrastran el olor del establo pegado a la piel.

Sheryl besa exactamente igual que vive: desafiante, apretando fuerte, obligándome a seguirle el ritmo o quedarme atrás.

Y, aun así, entre toda esa intensidad, hay momentos en los que cede apenas lo justo para dejarme tomar el control, una mezcla que me tiene completamente desarmado.

La espalda acaba chocando contra los azulejos fríos en un intento inútil de encontrar equilibrio, porque el cuerpo me arde entero.

Tenerla desnuda y mojada contra mí me está volviendo loco.

Sus piernas rozándose con las mías, sus dedos clavándose en mi nuca, el agua deslizándose entre los dos… Todo resulta demasiado.

No entiendo qué coño me está pasando. No entiendo cómo la chica que juzgué mal desde el primer minuto ha conseguido meterme algo tan profundo bajo la piel. Algo que daba por muerto desde hacía mucho tiempo.

He perdido la cuenta de las veces que me he acostado con tías que solo buscaban la muesca en el cinturón por haberse follado a un vaquero, pero con Sheryl todo es distinto y no tengo ni puta idea del motivo.

Con cualquier otra ni siquiera me habría importado mi olor, ni me habría molestado besarla de esta manera.

He pasado demasiadas noches en orgías compartidas con Ray, con chicas a las que no he vuelto a ver, y aquí estoy ahora, pegado a Sheryl y pensando que quiero repetir incluso antes de que hayamos terminado la primera vez.

Salimos de la ducha con el agua todavía deslizándose por la piel, incapaces de dejar de buscarnos la boca ni un maldito segundo.

El aire de la habitación golpea nuestros cuerpos mojados y empieza a secarnos lentamente, pero seguimos cubiertos por esa humedad tibia que vuelve cada roce mucho más intenso de lo normal.

Piel contra piel. Calor contra calor. Como si el resto del motel hubiera desaparecido y solo quedáramos nosotros dos respirando demasiado rápido en mitad de la habitación.

La empujo contra el colchón sin interrumpir el beso.

El impacto hace crujir los muelles bajo su espalda.

Estar así, desnudos y todavía húmedos, convierte cada movimiento en una puta descarga eléctrica deslizándose por mi columna.

Sus piernas rozando las mías, sus manos agarrándome el cuello y el calor de su cuerpo pegado al mío hacen que pensar con claridad sea completamente imposible.

Me acomodo entre sus muslos, sintiendo cómo la humedad de su piel vuelve cada movimiento más resbaladizo, más desesperado.

Le atrapo las muñecas contra la almohada, por encima de la cabeza, manteniéndola inmóvil mientras mi boca desciende por su cuello con un hambre que empieza a resultarme imposible controlar.

Mis dientes rozan la línea de su hombro, después la clavícula, dejando marcas lentas sobre su piel mientras Sheryl se arquea debajo de mí. La noto buscándome sin paciencia, frotándose contra mi muslo húmedo y caliente, y un gemido bajo se me escapa directamente sobre su piel.

—Jackson… —jadea mi nombre, y ese sonido termina de mandarme al infierno.

La observo un instante. El pelo húmedo pegado a la piel y esa mirada oscura fija en mí, desafiándome sin apartarse ni un segundo.

No es una de esas tías que cierran los ojos y se dejan llevar; ella me sostiene la mirada de frente, exigiendo que la tome, que le enseñe de qué es capaz un vaquero cuando se olvida de las reglas y cambia la arena por las sábanas.

Le inmovilizo las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano mientras la otra se hunde en su cadera, sujetándola con fuerza contra el colchón. Mis dedos se clavan en su piel para mantenerla pegada a mí; no quiero ni un centímetro de distancia entre los dos.

El calor de su cuerpo me envuelve por completo, reclamándome sin paciencia pero, aun así, me obligo a contenerme.

Cada músculo tira en la dirección contraria.

El deseo de perder el control y hundirme en ella de una vez choca de frente con el esfuerzo brutal que estoy haciendo para frenar antes de follarla así, sin nada de por medio.

Está indefensa bajo mi cuerpo, abierta para mí de una forma que me destroza el poco control que me queda. Bastaría con dejarme llevar y permitir que el instinto terminara el trabajo, pero todavía conservo el suficiente juicio para frenar un segundo.

Sheryl se muerde el labio, inquieta, empujando la pelvis contra la mía en busca de más.

—¿Dónde están los condones? —La voz me sale tensa, cargada de necesidad.

Ella gira la cabeza apenas unos centímetros hacia la mesita de noche.

—Primer cajón.

Me inclino hacia la mesita sin soltarle las muñecas y abro el cajón a tientas. El envoltorio cruje entre mis dedos mientras sigo mirándola fijamente, incapaz de apartar los ojos de ella ni un segundo.

—No te muevas —le ordeno, liberando sus brazos solo el tiempo necesario para ponérmelo.

Sheryl obedece. Mantiene los brazos por encima de la cabeza, respirando rápido, esperándome.

La necesidad en su mirada me golpea de lleno cuando vuelvo a sujetarle las muñecas y me coloco entre sus piernas otra vez.

Guío mi polla a su entrada y la embisto de golpe, haciéndola jadear contra la almohada.

Es salvaje y rudo. La penetro con fuerza mientras ella gime ante cada una de mis embestidas.

Está a mi merced, recibiéndome sin medida, dejándome hacer lo que mi cuerpo desea desde aquella puta noche en el baile.

Es todo lo que he estado soñando desde que la vi con ese vestido de flores, desde que le puse mi sombrero.

Y, joder, es mucho mejor de lo que esperaba.

Ni en mis sueños más calientes he sentido el placer que me da notar cómo se estremece mientras estoy dentro de ella.

Sheryl cierra los ojos, concentrada en su propio placer, y me sorprende darme cuenta de que, por una vez en mi vida, es lo único que me importa. Más que mi propio deseo, más que correrme yo, solo pienso en si ella está disfrutando. Necesito saber si es lo que buscaba.

—¿Te gusta? —le pregunto, sin dejar de empujar dentro de ella.

Sé que estoy siendo duro, y ella parece estar disfrutándolo.

Pero no contesta. Sigue con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior para ahogar sus gemidos.

Y algo en mí me hace sentir incómodo. ¿Y si esto no es lo que quiere realmente?

Me detengo de golpe, inmóvil dentro de ella, luchando contra el propio deseo que me empuja a follarla así.

Ella abre los ojos al instante, descolocada.

—Te he preguntado si te gusta, Sheryl —le insisto, clavando mi mirada en la suya—. Contéstame o paro ahora mismo.

Ella me sostiene el pulso un segundo, con la respiración rota y el deseo desbordado.

—Sí, joder, no pares —responde, ansiosa, tirando de mis muñecas para que vuelva a moverme—. Sigue follándome así, vaquero.

Esa aclaración tan explícita termina de destrozar el poco control que me quedaba.

Le libero las muñecas porque necesito las manos sobre ella, sentirla entera bajo mis dedos.

La hago girarse sobre el colchón hasta dejarla de espaldas hacia mí y la sujeto del hombro para mantenerla pegada a mi cuerpo.

La otra mano se cierra sobre su cadera justo cuando vuelvo a moverme contra ella. El colchón protesta bajo nuestro peso, el ritmo se vuelve más duro y la visión de Sheryl arqueándose delante de mí termina de incendiarme la cabeza.

Empiezo despacio, marcando un ritmo profundo que hace que su respiración vaya perdiendo estabilidad poco a poco. Cada reacción suya me desarma un poco más: los dedos aferrándose a las sábanas, la espalda arqueándose contra mí, los sonidos quebrados que ya no intenta contener.

Pero llega un momento en que el control deja de importar.

El ritmo se acelera de golpe y el instinto termina imponiéndose a cualquier intento de calma.

La habitación se llena de respiraciones desordenadas, del colchón golpeando contra la pared y de los gemidos de Sheryl cada vez más altos, más desesperados.

Sé exactamente cuándo está a punto de perder el control.

Lo noto en cómo tiembla bajo mis manos, en la tensión que le recorre el cuerpo entero y en el sonido que se le escapa justo antes de derrumbarse.

Y ese maldito sonido termina atravesándome por completo, arrastrándome detrás de ella mientras la sujeto con fuerza contra mi cuerpo.

Es la primera vez en mi vida que pierdo el control de esta manera.

La tengo debajo de mí, entre mis brazos y, aun así, la sensación es justo la contraria: soy yo el que se está hundiendo en ella sin remedio.

Y lo peor es que no quiero detenerme. No quiero salir.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de mí vuelve a sentirse peligrosamente vivo.