13
SHERYL
El trayecto de vuelta desde el río Paluxy es distinto.
No necesitamos hablar; el ritmo de los caballos y el sonido del agua quedándose atrás parecen suficiente.
Veo la espalda de Jackson, firme sobre la silla, y me cuesta asumir que el hombre que tengo delante es el mismo vaquero arrogante que conocí en el bar.
La historia de su hermano ha cambiado algo entre nosotros y ahora veo a un chico demasiado joven, que carga con un luto de diez años sobre la silla.
Llegamos a los corrales y Jackson desmonta de Trigger con la soltura de quien ha nacido sobre una silla de montar.
Se mueve con una naturalidad que me obliga a fijarme en cómo maneja su propio cuerpo, como si el caballo y él fueran la misma parte de un todo.
Se acerca a mi yegua y me mira desde abajo, esperando.
—¿Lista para volver al suelo, doctora? —pregunta. Su voz suena mucho más relajada, casi con un matiz divertido que no estaba antes.
—Creo que sí —respondo, soltando las riendas.
Jackson no espera a que lo intente sola.
Sus manos rodean mi cintura y me ayuda a bajar, deslizándome por el costado de la yegua con una calma que me acelera el pulso.
Siento la presión de sus dedos a través de la seda de la blusa y, cuando mis botas tocan por fin la tierra, él no se aparta.
Me sujeta un segundo, comprobando que mis piernas no tiemblan demasiado, y clava sus ojos en los míos.
—¿Te ha gustado? —murmura. Está tan cerca que noto el calor que desprende su cuerpo.
—Mucho más de lo que esperaba —confieso—. Gracias por la clase… y por lo de antes.
Jackson asiente en silencio, como si estuviera asimilando todo lo que me acaba de confesar junto al río. Me da la impresión de que hasta él está sorprendido de todo lo que me ha contado.
Se gira hacia Trigger, que nos observa con las orejas tiesas, y le palmea el cuello con una confianza que solo reserva para el animal. Se inclina hacia la oreja del caballo y, aunque baja la voz, el silencio de la mañana me permite escuchar sus palabras.
—Siempre me das buenos consejos, amigo —le susurra con una media sonrisa—. Esta chica merece la pena, ¿verdad?
Me quedo clavada en el sitio, fingiendo que no he oído nada mientras noto cómo el calor me sube por el cuello. Trigger resopla y, al hacerlo, parece que le esté dando la razón. Jackson vuelve a mirarme y algo en esa media sonrisa me descoloca por completo.
Caminamos hacia la zona del motel sin decir una palabra.
El sol empieza a apretar de verdad, pero no me importa; tengo las palabras que Jackson le ha susurrado a Trigger grabándose a fuego en la cabeza.
«Esta chica merece la pena, ¿verdad?» . Intento procesar el peso de la frase mientras avanzamos, sintiendo que el trayecto se me queda corto.
Es sorprendente cómo, en estos momentos, lo único que deseo es que el camino no se acabe, que el paseo dure un par de kilómetros más.
Busco nuestra Silverado en el parking , justo donde recordaba que habíamos aparcado la noche anterior, pero el sitio está vacío. No hay ni rastro de la camioneta.
En cuanto saco el móvil del bolsillo, me encuentro con un bombardeo de mensajes en el grupo que tenemos mis amigas y yo, que hace que quiera desaparecer de la faz de la tierra.
—¿Malas noticias? —pregunta Jackson. Se detiene frente a mi puerta y me observa con un gesto que mezcla curiosidad y preocupación al ver la expresión de mi cara mientras leo los mensajes.
—Mis amigas… —suelto, intentando digerir la lista de barbaridades que acabo de leer.
Lauren: «Mercer, te hemos dejado el corral despejado. Asegúrate de que ese semental te embista con ganas, que no hemos hecho kilómetros para que te toque un pony de feria».
Anne: «Te hemos dejado condones en el cajón por si el vaquero viene con la munición cargada. No queremos sobrinos con espuelas todavía».
Anne: «Aprovecha que estás sola. Y queremos un informe detallado de si ese vaquero es tan grande y fiero como parece debajo de los jeans ».
Lauren: «Átalo corto a la pata de la cama y enséñale quién es la verdadera jefa del rancho. Espoléalo fuerte si ves que se amansa, que un vaquero de verdad tiene que saber lo que es una yegua con carácter».
Niego con la cabeza, sintiendo que el rojo de mis mejillas podría competir con el sol de Texas. Me guardo el teléfono rápido antes de que él pueda leer los mensajes.
—Se han marchado —digo, forzando una sonrisa—. Se han ido a pasar el día fuera y me han dejado sola y tirada en el motel.
Jackson da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio y poniéndome todavía más nerviosa de lo que ya estaba.
Se apoya con un brazo en el marco de la puerta de mi habitación, bloqueándome el paso y obligándome a mirarlo.
Sus ojos han perdido toda la distancia profesional de la mañana; ahora hay algo en ellos que me recuerda peligrosamente a mi sueño.
—No estás sola, Sheryl —dice, bajando el tono hasta que sus palabras son solo un susurro que me eriza la piel—. Estoy aquí.
No hay tiempo para réplicas. Jackson acorta la distancia y me besa.
Es un beso duro, apasionado, de esos que te dejan sin capacidad de pensar porque viene sin previo aviso ni manual de instrucciones.
Sus manos, grandes y fuertes me sujetan la cara con una urgencia que me hace gemir contra sus labios.
No hay nada de la timidez del baile de anoche; esto es crudo, es real y es exactamente lo que mis amigas —y mi propio cuerpo— me estaban gritando que hiciera.
Me pega contra la madera de la puerta y noto la dureza de su cuerpo reclamando el mío. Su lengua reclama el espacio, el control, y yo se lo doy todo, enredando mis dedos en su pelo, deseando que no se detenga y lleve este beso a un plano mucho más intenso.
La tarjeta golpea el lector dos veces antes de acertar.
Jackson no me da un segundo de tregua; me tiene atrapada contra su cuerpo, besándome como si acabara de encontrar algo que llevaba demasiado tiempo buscando.
Las piernas empiezan a fallarme y su agarre en mi cintura es lo único que evita que termine tirada en el suelo.
Entramos a trompicones, tropezando con las patas de las camas y contra la cómoda que hay junto a la entrada. La habitación me parece ahora minúscula, asfixiante, como si las paredes se cerraran sobre nosotros.
Jackson me empuja hacia una de las camas —ni siquiera sé si es la mía— y la colcha se arruga bajo nuestros cuerpos.
El sombrero sale despedido en algún momento, perdido entre el suelo y la prisa.
Sus manos abandonan mi cara y encuentran mi cintura, cerrándose con fuerza. Un escalofrío me recorre entera.
Su cuerpo pesa contra el mío, firme, caliente. No tiene nada que ver con los besos de mis sueños, esos que me hacían sentir como una figura de cristal a punto de romperse. Esto es real, es rudo y es exactamente lo que deseo y necesito.
Sé de sobra que, si la cosa sigue a este ritmo, mi experiencia montando a un vaquero va a superar todas mis expectativas.
Jackson empieza a bajar, incapaz de contener sus manos, acariciándome por encima de la blusa. La seda se vuelve una segunda piel bajo la presión de sus dedos, deslizándose con una suavidad que me incendia.
Tiene la respiración agitada. Baja por mi mandíbula para instalarse en mi cuello y, cuando llega a ese punto que me hace arquear la espalda, para. Se detiene de golpe y deja de besarme.
—Espera —dice, incorporándose.
Dejar de sentir su peso sobre el mío me deja una sensación de vacío insoportable.
Me apoyo en los codos, intentando asimilar el corte.
Jackson se moja los labios mientras me mira; su respiración entrecortada y la forma en que sus ojos recorren mi cuerpo delatan que está tan encendido como yo. Y, aun así, se ha detenido.
—¿Puedes esperar un momento? —me pregunta.
—¿Esperar a qué?
Estoy confundida. Nunca en mi vida un hombre se ha parado en una situación así, y mucho menos cuando yo estoy tan dispuesta. Normalmente es al revés; me ha tocado frenar a más de uno que quería ir demasiado rápido. Estoy excitada, empapada y lista, y ahora él me pide una pausa.
—Tengo condones —le digo, señalando la mesilla donde Lauren y Anne han cumplido su promesa—. Si es eso lo que te preocupa, no hay problema.
—No, no es eso… está bien.
Se pasa la mano por el pelo, se levanta y cierra los ojos un instante. No es una cuestión de ganas; el bulto en sus pantalones no deja lugar a dudas y, sinceramente, no me ayuda a calmarme. Solo quiero comprobar si lo que imaginé en mi sueño es real.
—¿He hecho algo que no te gusta? —insisto, aunque apenas hemos empezado—. ¿Es por…?
—No tiene nada que ver contigo. Eres preciosa y… —Duda, recoge su sombrero del suelo y se lo encaja—. ¿Te importa si voy a mi habitación, me cambio de ropa y vuelvo?
—¿De verdad quieres irte ahora?
—Huelo a Trigger, Sheryl —dice, y noto la frustración en su voz mientras evita mi contacto—. Vengo de estar pegado al caballo toda la mañana y me muero por tocarte, pero no voy a hacerlo hecho un asco.
—¿Es solo eso? ¿Quieres irte para darte una ducha?
—Sí. Tardaré muy poco, te lo juro. Vuelvo en cinco minutos.
Me levanto de la cama con una decisión que llega antes de que pueda cuestionármela.
La seda abandona mis hombros lentamente y cae a mis pies mientras mantengo los ojos clavados en Jackson.
Él no se mueve. Apenas respira. Su mirada sigue el recorrido de mis dedos cuando me bajo la cremallera de los pantalones con lentitud.
Un paso basta para invadir su espacio. El ala de su sombrero roza mi frente y el calor de su cuerpo me golpea de lleno antes incluso de tocarlo.
—No voy a dejar que cruces esa puerta, Jackson. Si tanto te preocupa el rastro de tu caballo en tu piel, entra ahí ahora mismo y deja que sea yo la que te lo quite bajo el agua.