12
JACKSON
Maldigo para mis adentros en cuanto veo cómo la seda azul de su blusa se tensa al intentar alcanzar el pomo de la silla. Haberle dado mi sombrero ha sido un error de principiante; ahora su cara está en sombra y mis ojos no tienen más remedio que bajar al resto.
—Pie izquierdo aquí —le ordeno, señalando el estribo—. A la de tres, te impulso. Uno, dos…
Cuando mis manos se cierran sobre su cintura para alzarla, noto que está rígida.
—Tranquila —le digo con suavidad—. Yo te sujeto.
La ayudo a encajarse en el cuero de la silla y me quedo un segundo de más sujetándole la pierna para asegurar el estribo, notando el calor que desprende a través de los jeans .
—Jackson… —murmura desde arriba, aferrándose al pomo con demasiada fuerza—. No estoy segura de esto. Está… demasiado alto. Si decide salir corriendo, yo no…
—Mírame, Sheryl —la corto, obligándola a bajar la vista hacia mí mientras agarro las riendas de la yegua—. Esta preciosidad es Dixie. Es una yegua de total confianza y tiene más paciencia que un santo. No va a ir a ninguna parte que yo no le diga.
Antes de subirme a mi caballo, empiezo a caminar guiando a Dixie de las riendas.
Damos un par de vueltas lentas por el corral, dejando que ella sienta el balanceo.
La observo de reojo y, bajo el ala de fieltro, Sheryl es como una aparición de otro mundo en mitad de este recinto lleno de polvo.
De nuevo maldigo mi estúpida idea de haberle dejado mi sombrero.
Le sienta demasiado bien y sé que tendré fantasías con ella justo como está ahora.
—Relájate, doctora. Deja que tu cuerpo siga el movimiento, no luches contra él —le digo, viendo cómo sus hombros empiezan a bajar un par de centímetros—. Dixie no te está obedeciendo a ti, me está siguiendo a mí. Mientras yo tenga el control, tú estás a salvo.
¿Lo de decirle que yo tengo el control ha sido con una segunda intención?
Me quedo clavado en su sitio, dándole vueltas a qué demonios me pasa. Desde ayer no paro de soltar muchas más tonterías de las que acostumbro.
Anoche, en cuanto volví a la habitación, me quedé mirando el techo durante horas, repasando cada segundo del baile con esta chica que ahora monta mi yegua.
No tuve el valor de contarle a Ray lo que me está rondando por la cabeza; él no lo entendería.
Para Ray, las mujeres son simplemente un decorado más en los rodeos, algo que viene con el lote de la victoria.
Ni se molesta en preguntar sus nombres la mayoría de las veces.
Y yo, en cambio… joder. No quiero ni pensar en ello. Me irrita que una desconocida de Texas City me tenga así de descentrado.
Me detengo, le entrego las riendas con cuidado de no rozarle los dedos más de lo estrictamente necesario y camino hacia Trigger .
Él resopla, impaciente por salir, golpeando el suelo con el casco.
Entonces me subo a la silla de un salto, colocándome a su lado.
La forma en que me mira bajo el ala de mi propio sombrero me pone nervioso y no entiendo por qué.
—Mantén las riendas flojas, Sheryl —le digo, ajustando el guante izquierdo—. No las necesitas. Solo sígueme.
Cabalgamos en un silencio que solo rompe el rastro de los cascos sobre la tierra seca. Yo voy un cuerpo por delante, lo justo para que Dixie no pierda el ritmo y para poder vigilar a Sheryl de reojo sin que se note demasiado.
—¿Cómo lo llevas, doctora? —le pregunto, rompiendo el hielo—. ¿Sigue pareciéndote que el suelo está demasiado lejos?
Sheryl ajusta la tensión de las riendas con cuidado, justo como le he indicado hace apenas diez minutos.
Me sorprende lo rápido que aprende; tiene intuición y se nota que está acostumbrada a tratar con animales, aunque nunca los haya visto desde esta altura.
Se mantiene erguida, con la mirada al frente mientras Dixie avanza con paso seguro.
—Por supuesto. Sé de lo que es capaz un animal de este tamaño si decide que no le gusto.
—Bueno, creo que eso no va a pasar, pero tienes razón en guardarles respeto. Es lo primero que se aprende aquí —asiento, dejando que Trigger acorte la distancia entre los dos—. Y, dime una cosa… ¿Qué te llevó a ser veterinaria? ¿Vienes de alguna estirpe familiar de veterinarios?
Sheryl suelta una carcajada y me sorprende. Joder, sé que necesito volver a escuchar ese sonido.
—¿Estirpe? No, para nada —responde, negando con la cabeza—.
Mi hermana mayor es enfermera, mi padre trabaja en una refinería desde…
desde siempre, que yo recuerde. Y mi madre es maestra, pero yo…
yo no tenía ni idea de qué hacer con mi vida.
No me atraía ninguna carrera en especial.
Solo quería salir de fiesta y divertirme, ¿sabes?
Yo solo asiento mientras la escucho y ella acaricia a Dixie como si fueran viejas amigas.
—Pero en algún momento tuve que elegir algo para que mis padres dejaran de mirarme como a un caso perdido —continúa—. De todas las opciones que tenía a mano, veterinaria me pareció la menos desagradable. Así de simple.
Me quedo mirándola, sorprendido por su franqueza. No es la respuesta épica que esperaba de alguien con su título.
—¿La menos desagradable? —repito con una media sonrisa—. Eso es porque todavía no te ha tocado pasarte una mañana entera recogiendo estiércol en los corrales bajo un sol de justicia, Mercer. Créeme, no tiene nada de glamuroso.
Sheryl se ríe otra vez y me lanza una mirada de lado, divertida.
—Nunca he buscado el glamour , Evans —me suelta, y su tono de voz se vuelve mucho más serio de repente—.
Solo buscaba un camino. Este viaje también es para eso; para decidir a qué demonios quiero dedicarme ahora que se han acabado las fiestas de la facultad.
Estudiar ha sido genial, una burbuja perfecta, pero ahora me toca empezar a llevar las riendas reales de mi vida.
La observo en silencio mientras Dixie avanza con paso rítmico y, de pronto, siento una punzada de respeto que no esperaba sentir por ella.
Me doy cuenta de que la había juzgado demasiado pronto, encasillándola en el papel de chica fiestera de ciudad, cuando en realidad está tan perdida y buscando una salida como cualquiera de nosotros.
—¿Y qué fue lo que te hizo cambiar de opinión? —le pregunto, con una curiosidad que ya no puedo esconder—. ¿Cómo pasaste de elegir una carrera por descarte a ser la doctora que analiza cada músculo de mi caballo?
—Pues no tengo ni idea —admite ella, encogiéndose de hombros—.
Solo sé que en cuanto empecé a tratar con ellos de verdad, descubrí que se me daban mucho mejor que la mayoría de las personas.
Los animales no juzgan, Evans. No te piden que seas alguien que no eres.
Al final, resultó que la elección que hice por descarte fue la única que tenía sentido.
La observo de reojo. Esa mezcla de honestidad brutal y talento natural la hace mucho más interesante que cualquier otra mujer que haya conocido. El sol ya empieza a calentar de verdad y el sonido del río Paluxy se hace más fuerte.
Ella acaricia el cuello de Dixie con suavidad mientras nos acercamos a la orilla.
—Esta yegua es… diferente —continúa, y noto que por fin ha dejado de agarrar el pomo de la silla como si le fuera la vida en ello—. Se nota que es un animal muy noble. En la forma en que trota, con cuidado. Sé que parece una tontería, pero estoy segura de que sabe que lleva a una novata encima.
Llegamos a la orilla del río, donde el agua corre mansa entre las rocas calizas y nos detenemos para que los caballos beban. Entonces me giro hacia ella.
—No es una tontería. En absoluto. ¿Ves cómo Dixie pone la oreja hacia atrás, Sheryl?
—le pregunto, señalando a la yegua—. No es que esté enfadada, es que me está escuchando a mí mientras te vigila a ti.
Un caballo de rodeo tiene que ser así: despierto pero tranquilo.
Tiene que saber cuándo explotar para perseguir a un novillo y cuándo caminar como si llevara a un bebé encima.
Si Trigger no fuera así de listo, yo ya habría perdido la cabeza en algún corral hace años.
Ella me mira en silencio. Aunque no me rebate, veo la duda instalada en sus ojos; sé que ronda por su cabeza una pregunta que no termina de formular.
—Pregúntame lo que quieras —la animo, deteniendo a Trigger frente a ella—. Sé que le estás dando vueltas. Estoy acostumbrado.
—Bueno, ya te he dicho que soy veterinaria —admite, y noto que mide sus palabras—. En mi fuero interno tengo un debate, ¿sabes? Es algo que hemos estudiado mil veces, pero aun así… siento que los animales del rodeo no son…
—¿Libres? —termino la frase por ella—. Eso es lo que piensas, ¿verdad?
—Más o menos —murmura, acariciando el cuello de Dixie.
—¿Sabes una cosa? Trigger no es solo un buen caballo. Es mi socio, mi compañero y mi amigo. Es la única familia que tengo además de Ray y su abuela.
Sheryl frunce el ceño, sorprendida por la contundencia de mis palabras.
—¿No tienes más familia? —me pregunta con cuidado, como si temiera pisar terreno pantanoso.
—Ray y yo somos huérfanos —suelto, y la confesión me sale más fácil de lo que esperaba—. Nuestros padres murieron en un accidente de coche cuando viajaban juntos. En ese coche también iba mi hermano pequeño.
Sheryl se lleva las manos a la boca, ahogando un pequeño grito. No entiendo qué me pasa con esta chica, pero me hace querer contarle hasta mis secretos más enterrados.
—Ocurrió cuando yo tenía quince años y Ray era solo un par de años mayor.
Nuestros ranchos están a cinco kilómetros de distancia y siempre nos criamos como primos.
Después del accidente, su abuela se hizo cargo de él y me adoptaron a mí también.
—Esbozo una sonrisa teñida de tristeza—.
No literalmente, claro, pero ellos son todo lo que tengo. Ellos… y Trigger.
Mi caballo relincha al escuchar su nombre, rompiendo el aire quieto de la mañana. Veo a Sheryl sonreír con los ojos empañados; no dice nada, pero su mirada me grita que me está escuchando de verdad.
—Trigger era un potrillo de apenas un año —continúo, con la voz un poco más baja—. Fue un regalo de mis padres para Tyron, mi hermano. Él le puso el nombre y, desde que murió… Trigger se convirtió en mi hermano.
La miro fijamente, sintiendo un nudo en la garganta que no tiene nada que ver con el polvo del camino.
—Daría la vida por este animal, ¿me entiendes? —continúo—. Y estoy deseando ganar lo suficiente para dejar los rodeos y que nos retiremos a vivir una vida tranquila. Lejos de todo esto.
Sheryl parpadea, procesando el giro que acaba de dar nuestra conversación.
—Hablas como si esto no te gustara —dice en un susurro—. Creía que sí… que lo amabas.
—Bueno, en realidad lo hago por un par de razones —sentencio, mientras reinicio la marcha hacia el río—, y te aseguro que ninguna tiene que ver con que me guste jugarme el cuello cada dos días sobre un toro.