11
SHERYL
Las manos de Jackson son otra cosa cuando están recorriendo mi cuerpo desnudo.
Es la sensación de estar sujeta por puro músculo, por dedos que saben exactamente dónde ejercer presión mientras aprietan la carne de mis muslos.
Las palabras que me soltó en la pista de baile han dejado de ser una sugerencia para convertirse en una promesa que me quema la piel: Vas a montar.
Y joder, vaya si lo estoy haciendo.
Estar sobre él, sintiendo sus abdominales duros por el ejercicio extremo bajo mis palmas, es un puto espectáculo. Su piel está curtida, con ese reflejo dorado que solo el sol de Texas puede dar; es una visión mucho mejor que cualquier rodeo auténtico.
Al menos esta función dura mucho más que ocho segundos.
Gracias al cielo, porque sentirlo debajo de mí, notar su polla tensa y dura reclamando su sitio, me está volviendo loca. Estoy empapada, deseando tenerlo dentro de una vez.
Jackson se acomoda en la cama y me obliga a sentarme sobre él, encajando mi cuerpo con el suyo mientras mis rodillas presionan el colchón a ambos lados de sus caderas.
Apenas me ha retirado el vestido; todavía llevo las bragas puestas y la vergüenza me invade al notar cómo, sin haberme desnudado del todo, estoy chorreando por él.
Sus besos, sin embargo, son más lentos de lo que imaginaba.
Quizás esperaba algo más animal, el sexo rudo y salvaje que cabría esperar de un hombre que doma bestias de mil kilos.
En cambio, me trata como si fuera de cristal, con una delicadeza que me desespera.
Estoy impaciente y él lo nota. Mi vulnerabilidad es lo que parece ponérsela todavía más dura a Jackson Evans.
Le excita mi falta de control.
Me sostiene como a una yegua salvaje que intenta escapar, pero no me deja; domina la situación con una seguridad que me corta el aire y yo no tengo ninguna intención de competir por ese mando.
Me baja los tirantes del vestido despacio, disfrutando de cada centímetro de piel que desvela como si fuera el trofeo más valioso por el que ha competido nunca. Se eleva hacia mí sin esfuerzo, marcando a fuego cada uno de sus músculos.
Joder, esas camisas gruesas de vaquero deberían estar prohibidas; el verdadero espectáculo no está en la arena, sino en el cuerpo de Jackson tensándose entre mis piernas.
Me besa con una lentitud que me obliga a buscarle la boca, mientras me desabrocha el sujetador.
—Jackson… —susurro, frotándome contra él, buscando alivio de forma desesperada.
Pero él me sujeta con fuerza de los muslos, impidiendo que me mueva, que intente mitigar el deseo que me consume.
Solo entonces mete la mano entre su cuerpo y el mío para tocarme.
Para comprobar que estoy más que lista. Eso me obliga a echar la cabeza hacia atrás, perdiendo el sentido, porque el simple contacto de sus dedos hundiéndose en mi humedad me está destrozando los nervios.
—Arriba —me ordena, manteniendo una calma que empieza a desesperarme—. Sube las caderas.
Y yo obedezco mientras él libera su erección de los calzoncillos.
Es grande, joder.
Quizás Ray fuera un perro manso, pero este vaquero es puro músculo y testosterona. Me mira fijamente, con esos ojos de depredador que parecen leer cada uno de mis deseos prohibidos.
—Ahora, móntame, vaquera.
El despertador de mi móvil vibra sobre la mesilla a las seis de la mañana y el sonido golpea el silencio de la habitación del motel.
Me incorporo de golpe, con la respiración agitada y esa mezcla de desconcierto y culpabilidad que te queda cuando has soñado demasiado y el sueño ha sido demasiado bueno.
Tengo la piel encendida y todavía noto un rastro de humedad entre mis muslos que hace que me remueva sobre el colchón.
Maldito Jackson Evans.
Anoche me retiré temprano con la excusa del cansancio, pero la verdad era que no pensaba permitir que unas ojeras delataran mis nervios por nuestra cita a las siete. Lo que no esperaba era que mi subconsciente se encargara de darme una lección de «monta» antes de tiempo.
Cruzo la habitación de puntillas, intentando no tropezar con las botas de Lauren. Una vez me he puesto los jeans limpios y la camisa de lino clara, evito mirarme demasiado en el espejo para no tener que reconocer el brillo de agitación en mis propios ojos.
—¿Sheryl? —La voz de Anne suena pastosa, arrastrada por la resaca—. ¿Qué demonios haces despierta? ¿Se está quemando el motel?
Me quedo congelada con un calcetín en la mano. Lauren se remueve en la otra cama, entreabriendo un ojo con una expresión entre confusa y desorientada.
—¿Dónde vas tan temprano? —murmura, incorporándose a medias—. Aún no ha salido ni el sol, Mercer. Estamos de vacaciones, vuelve a la cama.
—He quedado —suelto, intentando sonar lo más casual posible mientras me calzo las botas.
—¿Has quedado? —Anne se sienta de golpe, ignorando el dolor de cabeza—. Espera… ¿con quién? Quedar a estas horas debería ser ilegal, Sheryl. Ni siquiera han encendido las cafeteras del pueblo, joder.
—Jackson me va a enseñar a montar —claudico, sabiendo que ocultárselo solo empeoraría el interrogatorio—. Dice que es un pecado ser de Texas y no haberse subido nunca a un caballo.
Lauren suelta una risita y se deja caer de nuevo sobre la almohada, pero con los ojos clavados en mí.
—Vaya, vaya… —murmura, con un tono que me llega con una nitidez insultante—. Así que la doctora va a recibir lecciones privadas de «monta» al amanecer. Qué interesante…
—Y educativo… —añade Anne, escondiendo una sonrisa tras la sábana.
Mis dos amigas disfrutan avergonzándome mucho más de lo que me gustaría admitir. Sobre todo, con el rastro del sueño todavía quemándome la piel. Siento que el pulso se me acelera y la cara me arde; si supieran lo que acabo de soñar, me encerrarían en este motel bajo llave. O todo lo contrario.
—Vale, ya, ¿de acuerdo? —Trato de defenderme mientras pierdo la paciencia—. Mirad, da igual. Me quedo. Sois insoportables.
Empiezo a desabrocharme la camisa de lino tirando de los botones sin ningún cuidado, decidida a abortar la misión antes de que el ridículo sea mayor, pero Lauren salta de la cama con una agilidad que no debería tener con esa resaca.
—De eso nada, vaquera —replica, frenándome en seco—. Somos tus dos mejores amigas y, por supuesto que vas a ir. Pero no vas a llevar esa camisa de monja del medio oeste. Vas a ponerte esto.
Camina hasta su maleta y me tiende una blusa azul marino, de una tela liviana que insinúa más de lo que cubre, con unas transparencias sutiles que la hacen cualquier cosa menos apta para subirse a un animal de quinientos kilos.
Empiezo a protestar, pero en cuanto me la pongo y me miro en el espejo…
Joder.
Me encanta.
Las imágenes del sueño que acabo de tener vuelven a cruzarse en mi mente: Jackson Evans, sus manos sobre mi piel y sus ojos clavados en los míos sin parpadear. La vergüenza me sube de nuevo por el cuello, pero esta vez viene acompañada de una agitación que me recorre la espalda.
—Tú no te vas de este viaje sin montar a un vaquero como Dios manda —sentencia Lauren, dándome un empujoncito hacia la puerta—. Así que luego nos cuentas hasta el último detalle.
—Y suerte —agrega Anne con un bostezo—. Espero que tu vaquero sea tan fiero como aparenta y que, de verdad, te enseñe a montar bien.
Salgo de la habitación mientras mis amigas, ese par de idiotas, siguen soltando burradas sobre caballos y jinetes a cada cual más grande, muertas de risa.
El aire frío de las siete de la mañana golpea mi cara mientras el roce de la seda contra la piel me acompaña en el trayecto por el parking .
A esta hora, Glen Rose es otro lugar; la atmósfera está limpia, libre del polvo que el rodeo levantará en unas horas, y ese silencio me ayuda a despejar la mente camino de los corrales.
Lo veo antes de que él note que he llegado. Jackson está de espaldas, moviéndose con esa inercia de quien no tiene que pensar en lo que hace. Ya ha sacado a Trigger y al otro caballo del remolque y los tiene amarrados a la valla de madera, donde el sol empieza a pegar con fuerza.
Se detiene un segundo para tirar de una correa y, al escuchar mis botas sobre la tierra seca, se vuelve despacio.
Su mirada me recorre de arriba abajo con una lentitud que me obliga a aguantar la respiración.
Se demora un instante de más en la caída de la blusa azul marino antes de buscarme directamente los ojos.
En ese momento, al ver cómo se le tensa la mandíbula por la sorpresa, tengo clarísimo que la elección de Lauren ha sido un acierto total.
No es ropa para aprender a montar a caballo, y los dos lo sabemos, pero el brillo que acaba de asomar en su mirada me confirma que el cambio de outfit ha valido la pena.
Puede que sea un maestro domando bestias, pero ahora mismo, bajo este cielo de Glen Rose, soy yo la que ha conseguido que pierda el equilibrio sin tan solo tocarlo.
Me recorre el cuerpo otra vez, de los pies a la cabeza, deteniéndose en los detalles con una falta absoluta de discreción y sutileza.
—Interesante atuendo para montar a caballo —me dice, alzando una ceja mientras recorre con la vista la seda azul de mi blusa.
—¿Acaso hay algún código de vestimenta que debería seguir? —le respondo, manteniéndome en mi sitio, disfrutando de su desconcierto—. ¿Existe un uniforme de vaquera oficial que no me hayan entregado al cruzar la frontera del condado?
Jackson inclina la cabeza e intenta esconder la sonrisa mirándose las botas. Pero es tarde… lo he visto.
—Para dar un paseo no, Mercer. Pero no te equivoques, los vaqueros sí llevamos uniforme —dice, dando un paso hacia mí.
Empieza a señalar sus propias prendas una a una—.
Botas de punta estrecha para que el pie no se quede trabado en el estribo.
Camisa de manga larga para que el sol y las ramas no te destrocen la piel.
Jeans de mezclilla gruesa, porque el roce del cuero de la silla no perdona.
Se detiene a escasos centímetros de mí, lo suficiente para que el olor a aire limpio y a su propio perfume me nuble un poco el juicio. Entonces, levanta las manos y se quita su sombrero. Se toma su tiempo, haciendo que no me pierda ningún detalle.
—Y esto —añade, bajando la voz—. El sombrero no es solo para el sol. Es para que nada te distraiga de lo que tienes delante.
Sin pedir permiso, me lo coloca sobre la cabeza.
Noto el peso del fieltro, el calor que todavía conserva y su propio olor.
Jackson ajusta el ala con los dedos, rozándome apenas la frente, y se queda ahí, con las manos a milímetros de mi cara, obligándome a mirar el mundo a través de su propia medida.
—Ahora —murmura, y sus ojos brillan de manera distinta—, ya pareces un poco menos una doctora de ciudad y un poco más alguien que está lista para subir a un caballo.
Jackson retira las manos despacio, pero no se aleja. Da una palmada suave en el anca de Trigger, que resopla como si estuviera dándole la razón, y luego señala hacia la yegua que espera a un lado, mucho más tranquila.
—Vas a montar a la yegua —dice, rompiendo el silencio—. Trigger es demasiado desconfiado. Aunque parece que le gustas, montarlo es otra historia; él no perdona ni un solo error.
—Tú eres el profesor. Yo solo he venido a aprender.
Le lanzo una mirada inocente que dura demasiado para ser inocente. Él solo resopla y me ayuda a montar.
—Empezaremos con ella, que es más dócil —añade con una sonrisa—. Ya veremos más tarde si eres capaz de manejar algo con un poco más de carácter.