Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 10
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JACKSON

Ray-Lee lanza su sombrero sobre la cama y saca del bolsillo los tres cheques, extendiéndolos sobre la colcha con la parsimonia de quien despliega un mapa del tesoro. Está eufórico, con esa actitud arrolladora que le invade cuando los resultados le acompañan.

—¡Míralos bien, Jack! —exclama, agitando los papeles en el aire con una risotada—.

Tres triunfos en una sola noche. Entre el lazo y los toros, nos hemos llevado la bolsa más grande de Glen Rose.

Con estos puntos, Las Vegas ya no es solo una posibilidad; estamos dentro, hermano.

El campeonato nacional tiene nuestros nombres grabados en el trofeo.

Asiento y dibujo una media sonrisa, intentando que mi propia voz no suene tan plana frente a su entusiasmo.

—Es una buena racha, Ray. Hacía tiempo que no puntuábamos así en un solo rodeo.

—¿Buena racha? ¡Ha sido espectacular! —insiste él, dándome un abrazo que me obliga a soltar el aire de golpe—. Tú has estado increíble, Jack. Te he visto montar ese toro y, joder, parecía que le leías el pensamiento. Ha sido una de tus mejores noches, socio.

Me quito el sombrero y lo dejo sobre la cómoda, intentando restarle importancia al asunto, aunque todavía noto la agitación del rodeo recorriéndome el cuerpo. Sé que tiene razón, que hoy he estado más preciso que de costumbre, pero me incomoda que lo diga en voz alta.

—Bueno, el toro ha ayudado, Ray. Saltaba limpio —le suelto, encogiéndome de hombros mientras busco una camisa en la maleta—. Cualquiera con un poco de equilibrio habría puntuado hoy.

—No me vengas con esas —se ríe él, negando con la cabeza—. Mañana los periódicos locales solo van a hablar de nosotros. Somos la pareja que no perdona ni un segundo en la arena, hermano. Estamos haciendo historia y vamos a celebrarlo como se merece.

Miro mi reflejo en el espejo del armario, pero no veo al vaquero que acaba de domar a una bestia de mil kilos.

Me sorprendo a mí mismo preguntándome si ella, la chica que me llamó «sombra del campeón» y simple figurante en la película de Ray, habrá visto lo mismo esta noche.

Joder, es solo una chica más. Quizás no sea la groupie que juzgué por error, pero no entiendo por qué me importa tanto obtener la validación de una extraña.

Una desconocida de la que solo sé su nombre, que viene de Texas City y que, para colmo, ha conseguido gustarle a Trigger.

Eso es un punto a favor, aunque me joda admitirlo.

Ray sale de la ducha envuelto en una nube de vapor, silbando una melodía cualquiera.

Me invade una punzada de culpa al verlo tan orgulloso, tan convencido de nuestro futuro juntos en la arena, cuando yo solo puedo pensar en si esa chica se habrá quedado a la fiesta posterior.

No es que quiera buscarla para invitarla a una copa; es que necesito que me mire y admita que hoy, sobre la arena, no ha habido ninguna sombra que me cubriera.

Llegamos a la zona de los conciertos. El ambiente de Glen Rose me recibe con una mezcla de música Red Dirt , ese sonido sucio que mezcla el country con el rock de carretera.

Huele a los restos de la barbacoa. El murmullo de las risas y las conversaciones de la multitud llena el aire mientras celebran el final del rodeo.

Ray-Lee no tarda ni dos minutos en mimetizarse con el entorno. Se apoya en la barra con su confianza de siempre. Ya tiene a un par de chicas riéndole las gracias mientras pide la primera ronda de cervezas. Se mueve como si el recinto fuera el propio salón de su casa.

Yo, en cambio, me quedo un paso atrás. Me siento extraño, fuera de lugar. No estoy acostumbrado, como Ray, a lidiar con la resaca de la victoria; esta me sabe rara y no me siento cómodo con la atención de la gente.

Me dan palmadas en la espalda felicitándome, pero en mi cabeza solo tengo un objetivo. Me apoyo en la madera de la barra y empiezo a recorrer el recinto con la mirada hasta que finalmente la encuentro.

Está a unos metros, cerca del escenario, y por un segundo me olvido de cómo se respira.

Se ha quitado los jeans y la camisa de cuadros.

Lleva un vestido de flores oscuras y tirantes finos que se ajusta a su figura con una sencillez que me resulta mucho más provocativa que cualquier escote que Ray esté intentando cazar.

Ha dejado el sombrero en alguna parte y el pelo le cae suelto sobre la espalda, moviéndose al ritmo de la música lenta que ha empezado a sonar.

Sigue llevando las botas vaqueras y, por un momento, mi imaginación vuela demasiado lejos al verla así.

Me separo de la barra con la botella de cerveza todavía en la mano, impulsado por una determinación que no sentía desde que se abrió la puerta del cajón esta noche.

Ray está en su salsa, riendo con las dos chicas que tiene delante, pero noto cómo se detiene un segundo al verme avanzar hacia el centro de la pista.

Siento su mirada de reojo, cargada de una mezcla de sorpresa y curiosidad, mientras intenta descifrar qué bicho me ha picado para que tome la iniciativa por una vez. No me dice nada, solo me observa con una media sonrisa antes de volver a su conversación, y yo sigo adelante sin dudar.

Atravieso la multitud ignorando los saludos, con la vista fija en el vestido de flores que destaca bajo las guirnaldas de luces. Me planto frente a ella y el mundo parece encogerse hasta que solo quedamos nosotros dos.

—Hola, Sheryl. ¿Dónde te has dejado el sombrero?

Maldita sea.

En cuanto las palabras salen de mi boca, me siento como un crío de quince años pidiéndole un baile a la capitana de las animadoras en el gimnasio del instituto. Es un comienzo estúpido, pero ya no hay vuelta atrás.

Ella se gira sin ninguna prisa. Me observa de frente, sin disimular, deteniéndose en los detalles, y termina soltando una sonrisa que me deja fuera de juego. Sus amigas se quedan quietas a su lado, con las bebidas a medio camino, observándonos como si el resto del bar hubiera dejado de importar.

—Creo que en el mismo lugar en el que tú has dejado el polvo de la arena, vaquero —me suelta. Se queda esperando una respuesta, tan cerca que puedo oler su perfume por encima del aroma a cerveza del bar—. ¿Te has puesto tus mejores galas solo para el baile?

Después de mi comienzo torpe, siento cómo el orgullo de hace unas horas regresa para rescatarme.

No sé de dónde saco el valor; siempre ha estado ahí, pero quizá estaba algo oxidado por la falta de uso.

Apuro mi cerveza de un trago, dejo el botellín en una repisa cercana y doy un paso más hacia su espacio personal.

—Así es, vaquera. Y vengo a preguntarte si quieres bailar conmigo.

Se toma su tiempo. Me estudia durante unos segundos eternos, no sé si para decidirse o simplemente para torturarme fingiendo una indiferencia que sus ojos no terminan de confirmar.

Pero esta noche me siento el dueño del rodeo.

Será por el éxito de hace unas horas, o porque esta mujer merece cada gramo de esfuerzo que estoy haciendo.

Es preciosa, y el deseo de tocarla, de poner mi mano en esa cintura que el vestido apenas insinúa, me recorre como un calambre desde la punta de las botas hasta la nuca.

Sus dos amigas intercambian una mirada rápida y, como si hubieran ensayado una maniobra de distracción, ejecutan una especie de bomba de humo perfecta.

Se alejan riendo hacia la barra, dejándonos a solas en un lateral de la pista mientras los acordes de Neon Moon de Brooks ahora son solo parte de este juego que estamos empezando a entender.

—¿Y quién es ahora la que tiene prejuicios, Sheryl? —le devuelvo, bajando la voz—. ¿Crees que por llevar espuelas no sé distinguir lo que es real de lo que es puro espectáculo?

Ella se queda en silencio un segundo, sosteniéndome la mirada con una intensidad que me hace olvidar el ruido de la fiesta.

— Touché —admite al fin, con un rastro de respeto en los ojos—. Supongo que me has ganado este asalto.

Relajo la presión de mi mano en su cintura, dejando que el vaivén de la música nos mantenga en ese espacio propio donde el ruido de la fiesta se desdibuja. No hay prisa.

—Y dime, Sheryl Mercer, de Texas City… ¿Qué es lo que estás buscando tú en este viaje? —le pregunto, con una curiosidad sincera—. Porque dudo que solo hayáis venido para ver cómo nos estampamos contra el barro.

—En realidad, acabo de graduarme en la escuela de veterinaria —responde, y siento cómo se relaja un poco más contra mi pecho—.

Este era un viaje que teníamos pendiente desde hace años.

Una promesa entre Anne, Lauren y yo antes de que la vida adulta nos absorba por completo.

Queríamos ver el Texas de verdad, el que no sale en las postales de la costa.

Asiento, procesando la información. No es una turista de paso; es alguien que está cerrando una etapa y abriendo otra, igual que yo intento hacer cada vez que miro los cheques del rodeo.

—Así que veterinaria —murmuro—. Felicidades, doctora. Supongo que eso explica por qué miras a los animales con más interés que a los jinetes y por qué Trigger te aceptó tan rápido.

Ella levanta la vista y, por un momento, la música de fondo desaparece. Hay una curiosidad en sus ojos que me empuja a dar un paso que no estaba en mis planes. Me juego el resto de mi orgullo en una sola carta.

—Mañana por la mañana voy a sacar a los caballos antes de que apriete el calor —le digo, bajando la voz hasta que solo ella puede oírme—.

Hay un sendero que bordea el río Paluxy, cerca de donde están las huellas de los dinosaurios.

Es un buen sitio para ver el Texas que no sale en las postales de la costa. Si quieres… puedes venir conmigo.

Sheryl se queda en silencio un segundo, y por primera vez desde que la conozco, noto un rastro de duda en su mirada. Se muerde el labio inferior antes de soltar una confesión que me deja totalmente descolocado.

—Hay un pequeño problema, Evans —admite en un susurro—. No sé montar.

Me quedo mirándola, parpadeando un par de veces para procesar lo que acabo de oír.

—¿Cómo? —pregunto con una punzada de incredulidad—. ¿Me estás diciendo que eres una veterinaria nacida en el estado de Texas y nunca te has subido a un caballo?

—En la costa nos interesan más los barcos que las monturas —se defiende, recuperando ese tono desafiante que tanto me gusta—. He estudiado cómo curar a los caballos, Jackson, pero nunca he necesitado estar encima de uno para saber cómo funcionan sus pulmones.

Suelto una risa suave, la primera que me sale de verdad en toda la noche.

Me acerco un poco más a ella, disfrutando de ese momento de vulnerabilidad que acaba de regalarme.

Me fijo en sus ojos, en la determinación que desprende a pesar de su confesión, y sé que no voy a dejar pasar esta oportunidad.

—Pues, si quieres, mañana… vas a montar.