9
SHERYL
El recinto de Glen Rose no tiene nada que ver con la grandiosidad distante del estadio de Stephenville; aquí el rodeo se siente demasiado cerca.
Las gradas de madera son bajas y están tan pegadas a la arena que el polvo dorado que levantan los animales termina cubriéndote la ropa y raspándote la garganta con cada salida.
El aire está cargado de un olor a cuero, tierra caliente, estiércol y adrenalina, una mezcla espesa y salvaje que te recuerda constantemente que entre nosotros y esos animales solo hay una valla de madera que parece mucho menos resistente de lo que debería.
La cercanía resulta casi obscena: puedo distinguir el sudor oscureciendo el cuello de los caballos y escuchar a los toros golpeando los cajones antes de salir disparados.
Aquí el rodeo deja de ser algo que simplemente miras; se convierte en algo físico que te retumba dentro del pecho.
Intento mantener la atención en la arena, pero mis manos se agarran a la barandilla con fuerza. Tengo un nudo de nervios en el estómago difícil de explicar, una sensación incómoda, como si mi cuerpo no entendiera que los que se juegan la vida son ellos. No yo.
—Mira, Anne —susurra Lauren, señalando con la barbilla hacia los cajones de salida—. Ahí está nuestro vaquero. Hay que admitir una cosa: encima del caballo parece otro hombre.
—Qué decepción, no me lo recuerdes —contesta Anne con un suspiro lleno de ironía—. Una lástima que el talento se le termine en cuanto pone un pie en el suelo.
Intento ignorarlas justo cuando Ray-Lee y Jackson se colocan en posición. El ambiente en las gradas cambia de golpe. Incluso desde aquí se percibe la tensión acumulada en los animales y en los jinetes esperando la señal.
La puerta se abre y el novillo sale disparado.
Todo ocurre demasiado rápido.
Ray vuela sobre la arena, lanza el lazo y atrapa los cuernos al primer intento.
Casi al mismo tiempo, Jackson cruza la trayectoria con una exactitud que me deja sin respiración.
Veo a su caballo, Trigger, clavar las patas traseras en el suelo, levantando una nube de polvo, mientras Jackson enlaza las patas del animal limpiamente.
El cronómetro marca un tiempo perfecto que los coloca directos en el primer puesto.
Las gradas estallan en aplausos y silbidos. Ray-Lee entra enseguida en su ritual habitual, haciendo girar el lazo y repartiendo sonrisas como si necesitara alimentarse de todo ese ruido. Pero mi atención se desvía sola hacia el otro lado.
Jackson ya se ha bajado del caballo.
Mientras el público sigue gritando, él permanece junto a Trigger acariciándole el cuello con calma, completamente ajeno a los vítores.
Entonces, como si supiera exactamente en qué punto de la grada estoy sentada, levanta la vista y clava sus ojos en los míos. Me dedica un saludo apenas perceptible, un roce de dedos en el ala de su sombrero que suena como un mensaje privado en mitad de la multitud.
Mis amigas se vuelven hacia mí al unísono. Han detectado ese gesto y las conozco lo suficiente para saber que no van a dejarlo pasar.
—¿Qué ha sido eso? —suelta Lauren, con los párpados un poco más cerrados de lo habitual.
Dos pares de ojos me estudian, analizando cada línea de mi cara. Anne no dice nada, pero se desliza las gafas de sol por el puente de la nariz mientras bebe un trago de cerveza, esperando una respuesta que ni yo misma tengo.
—¿Me decís a mí? —pregunto, intentando que mi voz mantenga un tono neutro.
—No me jodas, Sheryl. Ese vaquero te ha comido con la mirada —insiste Lauren.
—Eso no es verdad. Habrá mirado en esta dirección —digo, restándole importancia—. A lo mejor os miraba a una de vosotras.
—Si ese tipo me hubiera mirado a mí así —replica Lauren—, te aseguro que ya no estaba sentada aquí con vosotras.
—Qué exagerada —digo entre dientes, casi en un susurro.
Anne termina su bebida, deja el vaso de plástico en el suelo, entre sus pies, y ambas se olvidan de lo que ocurre en la pista para centrarse en mí.
—Amiga, suelta por esa boca. ¿Qué hiciste con ese tipo mientras nosotras dos… ya sabes?
—No hice nada. No sé por qué decís eso, si hemos estado juntas todo el tiempo.
—¿Quieres decir que nos equivocamos de vaquero y ese es el bravo mientras que Ray-Lee es el manso? —vuelve a la carga Lauren, con una sonrisa de pura malicia.
—¡Yo qué sé! Ya os he dicho que no tengo ni idea. Solo hemos intercambiado un par de frases. Nada más.
Lauren vuelve a mirar hacia la arena, donde Jackson sigue revisando el ajuste de la cincha de su caballo. Sus manos se mueven con una lentitud deliberada sobre el cuero.
—Dios, está increíble —comenta, y esta vez su voz suena más seria—. En Stephenville, con tanta gente, no se apreciaba bien, pero aquí, teniéndolo tan cerca… guau.
Niego con la cabeza y mantengo la vista fija en la arena, intentando que el calor de mis mejillas se confunda con el efecto del sol de junio y no con el escrutinio de mis amigas.
Pero Lauren tiene razón en algo: aquí, sin la barrera de los focos y las multitudes, la presencia de Jackson Evans es un peso que no se puede ignorar.
El locutor corta el interrogatorio anunciando por megafonía el inicio de los toros.
El ambiente en la grada de Glen Rose se vuelve denso, cargado de esa anticipación que solo genera el riesgo real.
Mi inquietud de antes se transforma; una cosa es ver a desconocidos jugándose el tipo y otra muy distinta ponerle cara a ese peligro.
—¡Damas y caballeros, dejen los nachos y agarren sus sombreros! —truena el locutor—. ¡Llega el Bull Riding , la prueba que no perdona ni a los valientes!
Cody Miller es el primero en salir. Se aferra al animal con una técnica depurada y estética, pero el toro lo termina escupiendo antes de que el cronómetro marque los ocho segundos. Cae de mala manera, rodando por la arena mientras los payasos de rodeo saltan para cubrirlo.
—Joder, casi lo embiste —murmura Lauren, apretando su cerveza contra el pecho—. Creía que este rodeo era menos exigente que el de Stephenville.
Entonces llega el turno de Ray-Lee. Sale con esa confianza casi insultante que lo caracteriza, moviéndose con el animal con una fluidez que parece natural.
Lo borda, como se espera de él y de su fama montando estos toros, logrando una puntuación que lo coloca directo en el primer puesto bajo una lluvia de aplausos.
—Vaya —dice Anne, bajándose las gafas con una sonrisa irónica—. Parece que el «perrito manso» solo guarda la garra para los toros. Una pena.
Pero es cuando anuncian el nombre de Jackson Evans cuando noto que el aire se me queda trabado en la garganta.
Siento un cosquilleo molesto en el estómago, una mezcla de curiosidad y el miedo de que salga mal parado.
Está subido al lomo de un animal que parece puro músculo.
Cuando la puerta se abre, la lucha es mucho más cruda que la de su socio.
No hay la elegancia de Ray; Jackson se aferra a la cuerda con determinación, aguantando cada embestida violenta con el cuerpo en una tensión máxima que me hace apretar los dientes.
—¡Aguanta, Evans! —grita Lauren a mi lado, contagiada por la energía de la grada.
Sigo el cronómetro de reojo, contando mentalmente cada segundo hasta que suena la campana.
Jackson desmonta con un salto limpio y se sacude el polvo mientras el marcador lo sitúa en segundo lugar, justo detrás de Ray-Lee Powell.
Suelto el aire con un alivio que intento disimular.
Verle ahí abajo, tan cerca de los cuernos, me ha dejado un sabor extraño en la boca que no tiene nada que ver con el polvo de la arena.
Aún no he recuperado el aliento cuando siento los codos de mis amigas hincándose en mis costillas con una sincronía perfecta.
—¡Eh, Sheryl! —exclama Lauren, señalando hacia la arena con una sonrisa de oreja a oreja—. Tu vaquero te está buscando con la mirada. ¡Y te está saludando otra vez!
—Que no es «mi vaquero», Lauren —replico de inmediato, aunque noto cómo el calor me sube por el cuello sin que pueda evitarlo.
Jackson está allí abajo, todavía con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo, ajustándose el sombrero mientras camina hacia la salida. Por un instante, busca nuestra zona de la grada y asiente con la cabeza en un gesto que, esta vez, hasta el último turista del recinto podría identificar.
—Lo que tú digas, chica —insiste Lauren, buscando la complicidad de Anne con una sonrisita—. Pero ha montado como un campeón. Ha aguantado los ocho segundos como un animal. Pero todos lo hemos visto, en cuanto ha tocado el suelo, lo primero que ha hecho ha sido buscarte con la mirada.
Me remuevo en el asiento de madera, sintiendo una punzada de incomodidad que me recorre la espalda.
No es por el gesto de Jackson —que yo también he notado—, sino por la insistencia de mis amigas en convertir cada movimiento de ese vaquero en un evento romántico.
Me agota que den por hecho que hay algo ahí donde solo hay…
bueno, joder. Donde no hay nada, tan solo un cruce de palabras y la mitad de ellas han sido discutiendo.
—¿Podéis parar ya? —les suelto, intentando desviar la atención hacia la arena—. Os estáis imaginando cosas que no existen. En vez de tomarla conmigo, ¿podíais explicarme por qué ha tenido menos puntuación que Ray? Para mí han estado igual de bien, y Jackson parecía estar peleando mucho más duro.
Anne, que se ha aprendido el reglamento de memoria a base de tragarse vídeos y programas de rodeo antes de empezar este viaje, se inclina hacia mí mientras señala el marcador con su cerveza.
—Es por el toro, Sheryl —me aclara—. Ya te lo explicamos en el primer rodeo.
Aquí no solo puntúan al vaquero. La mitad de la nota depende de lo que haga el animal.
Ray ha tenido suerte porque el suyo ha saltado más alto y ha hecho esos giros cerrados que valoran los jueces.
El de Jackson ha sido agresivo también, sí, pero algo más predecible.
Aunque él lo haya hecho perfecto, si el toro no le da espectáculo, no puede llegar al noventa.
—O sea, que depende del azar y de lo que les depare el sorteo, ¿no? —concluyo, mirando hacia el túnel por donde Jackson acaba de desaparecer—. Te juegas el tipo y, si te toca un animal que no tiene el día, tu esfuerzo no vale lo mismo.
—Exacto. Lo mismito que nos pasó a nosotras con Ray-Lee la otra noche —asiente Lauren, terminando su bebida con una sonrisa—.
Pero no te preocupes, que por el interés que estás mostrando, creo que el esfuerzo de ese vaquero le va a merecer la pena.
Sobre todo cuando bajes de las gradas y se encuentre con su premio de consolación.
Suelto un suspiro exagerado, intentando que no noten la reacción que me ha provocado su comentario.
—Las cervezas os están nublando la mente —murmuro, levantándome del asiento para sacudirme el polvo de los vaqueros—. Si dedicarais la mitad de esa imaginación a buscar un motel con agua caliente, este viaje sería perfecto.
—Sí, claro. No creo que necesites nada más caliente que ese chico, amiga —me suelta Lauren con una nota provocadora en la voz—. Solo con la forma en que te mira… vas a arder , Sheryl.
—De verdad que sois idiotas —replico, aunque noto que la cara me quema por sus palabras.
Por suerte, la entrada del siguiente jinete y el estruendo de los vítores consiguen que la conversación se apague.
Me hundo de nuevo en mi asiento, agradeciendo que el ruido me permita dejar de debatir si Jackson Evans me buscaba a mí o si mi imaginación me estaba jugando una mala pasada.
El problema es que, por mucho que intente convencerme de lo contrario, yo también he sentido esa sacudida; esa forma de localizarme entre la multitud, destacando bajo las luces del estadio, que me ha hecho sentir expuesta.
Me obligo a mirar hacia la arena, pero es inútil. Sé que, a partir de ahora, voy a pasarme el resto del rodeo buscándolo con la mirada cada vez que se haga el silencio en la pista.