8
JACKSON
El asfalto de la autopista vibra bajo las ruedas de la RAM mientras dejamos atrás los rascacielos de Fort Worth.
El motor diésel mantiene ese ronroneo grave que normalmente consigue despejarme la cabeza, pero hoy no sirve de mucho.
El silencio dentro de la cabina se ha vuelto espeso, roto únicamente por el aire acondicionado y por el golpeteo constante de los dedos de Ray-Lee contra la puerta.
Han sido dos días de mierda.
Dos días de competición sin un solo premio importante y de quedarnos fuera por diferencias ridículas.
Ray resopla y cambia la emisora por tercera vez en menos de diez minutos. No necesito mirarlo para saber cómo está. Para él, salir de vacío de un evento grande no es solo perder dinero; es sentirse humillado delante de todo el circuito.
—No me lo puedo creer, Jack. —Sacude la cabeza mientras sigue mirando por la ventanilla—.
Cody Miller. ¿En serio? Ese tío monta como un saco de patatas y aun así se lleva el torneo porque le tocó Hellraiser.
Ese toro es un regalo caído del cielo; solo tienes que aguantar ahí sentado y dejar que haga todo el trabajo por ti.
—Tuvo suerte con el sorteo, Ray. —Mantengo la vista fija en la carretera, intentando que mi propia frustración no se note demasiado en la voz—.
A nosotros nos tocaron dos toros que no tenían ninguna intención de dejarnos puntuar.
El tuyo no siguió una línea recta ni medio segundo y el mío…
bueno, el mío decidió que quería estamparme contra la valla antes siquiera del cuarto segundo.
—Es un robo —gruñe Ray, cruzándose de brazos con un movimiento brusco mientras observa la carretera—.
Fort Worth es Cowtown, el corazón de Texas; una de las paradas importantes para sumar puntos en la clasificación nacional.
Y nosotros nos vamos de aquí de vacío, Jack.
De vacío. Ese crío de Cody ni siquiera sabía por dónde le venía el aire hace un año y ahora tiene un cheque de tres ceros en el bolsillo y medio pie en las finales de Las Vegas, mientras nosotros parecemos dos aficionados de paso.
—Olvídalo ya. —Sujeto el volante con fuerza, sintiendo el cansancio acumulado en los hombros—.
Fort Worth ya es historia. Glen Rose es más pequeño y el ambiente allí funciona distinto.
Los toros son de ranchos locales y conocemos a muchos de esos animales mejor que a la mayoría de jinetes del circuito.
Tendremos más posibilidades de puntuar y recuperar terreno.
Solo necesitamos un sorteo decente y que esos animales salgan con ganas de pelea.
—Más nos vale —sentencia Ray, hundiendo la espalda en el asiento—. Porque como me vaya de Glen Rose sin una victoria, juro que le pego fuego al remolque.
Me obligo a concentrarme en la carretera, pero a medida que empiezan a aparecer los carteles hacia Glen Rose, mi cabeza vuelve a desviarse sola. Me pregunto si en un pueblo más pequeño como este el destino tendrá ganas de reírse otra vez de mí y volverá a cruzarme con la chica de Stephenville.
Llegar al recinto de Glen Rose es casi como recuperar el aire después de varios días tragando polvo.
Aquí no están el cemento, el ruido constante ni las prisas de Fort Worth.
El ambiente es distinto. Más pequeño. Más cercano.
El aire huele mejor, a hierba recién cortada y a pino caliente bajo el sol, y el recinto todavía conserva algo de pueblo donde todo el mundo parece conocerse.
Maniobro la camioneta con el remolque hasta la zona de descarga, una extensión de tierra batida donde varios árboles dan una sombra que se agradece en este calor de junio que ya empieza a recalentar la chapa de los vehículos.
Bajo de la cabina y sigo la rutina de siempre. Ray-Lee ya se ha alejado saludando a varios conocidos con esa facilidad insultante que tiene para dejar atrás las derrotas, pero yo voy directo hacia la parte trasera del remolque.
Necesito tocar algo real.
Abro la compuerta y Trigger relincha en cuanto me ve, golpeando el suelo con impaciencia. Le acaricio el hocico, notando el aire caliente de su respiración contra la mano.
—Ya estamos aquí, chico —le murmuro, apoyando la frente contra la suya durante un instante—. Sé que el viaje ha sido largo y que la carretera te pone nervioso, pero aquí estaremos bien. Solo un poco más, ¿vale? Un par de cheques más y volveremos al rancho para no salir de allí en mucho tiempo.
Trigger resopla despacio contra mi mano y noto cómo parte de la tensión me abandona con ese simple contacto.
Es mi ancla. El único ser vivo ante el que no necesito aparentar nada. Con él no importa el circuito, los puntos ni toda la mierda que arrastramos de ciudad en ciudad. Solo soy un tipo cansado que echa de menos el silencio de su propia tierra.
Lo saco del remolque con calma, guiándolo por la rampa mientras las botas se me hunden ligeramente en la tierra suelta. Me detengo un momento para ajustarle la cabezada y entonces la veo.
Apenas a unos metros, aparcada entre un remolque de ganado y una furgoneta vieja, destaca una Silverado azul cobalto demasiado limpia para este lugar. El color resalta entre el polvo de los corrales y me obliga a quedarme mirándola más de la cuenta.
Y entonces lo recuerdo.
El parking del motel de Stephenville. El sol golpeando la carrocería. Ese mismo azul imposible de ignorar.
Antes siquiera de apartar la vista, ella aparece por el lado del conductor. La chica del sombrero chocolate.
Se detiene con la mano todavía apoyada en la puerta y nuestras miradas se encuentran por encima de la distancia que separa los remolques del parking .
Aquí no hay música, ni alcohol, ni gente empujándose contra una barra.
Solo el relincho de Trigger y el zumbido constante de las chicharras bajo el calor inmóvil de la tarde.
Y, aun así, la tensión entre nosotros resulta evidente.
Me mira de arriba abajo, de esa forma directa que ya recuerdo demasiado bien, y durante un segundo todo se reduce a los ojos de una desconocida que parece haber leído todos mis secretos en mitad de un aparcamiento de Texas.
Sus dos amigas aparecen a su lado, las mismas que se marcharon con Ray-Lee en Stephenville.
Van riéndose entre ellas, cargadas de bolsas y ajustándose las gafas de sol mientras avanzan hacia la zona de tiendas sin prestarnos demasiada atención.
Para ellas somos solo otro par de vaqueros perdidos entre decenas de tipos vestidos igual.
Pero la del sombrero chocolate se queda quieta.
Ato a Trigger a la argolla del remolque intentando concentrarme en el cuero y las hebillas, aunque noto el pulso demasiado rápido para algo tan simple. Ellas avanzan por el pasillo de tierra y, casi sin darme cuenta, terminamos frente a frente junto a la hilera de establos.
Me detengo a un par de metros de ella.
El calor parece quedarse atrapado entre la madera, la tierra y el olor de los animales. Trigger resopla a mi espalda, moviendo las patas contra el suelo, pero ella ni siquiera aparta la mirada.
El silencio se alarga entre nosotros.
—Hola, vaquero —dice al final con una calma que me desconcierta más que cualquier insulto de la otra noche.
No suena enfadada. Tampoco impresionada. Me mira igual que se mira algo que todavía no se ha decidido si merece la pena o no.
Y eso me irrita más de lo que debería.
Me quedo quieto, todavía con el cepillo de Trigger en la mano, sabiendo perfectamente que lo más inteligente sería ignorarla y seguir con lo mío. Pero hay algo en ella que me empuja justo hacia el lado contrario.
—¿Tienes nombre? —pregunto, intentando sonar despreocupado pese a la presión incómoda que noto en el estómago.
Ella me observa un instante más, evaluándome con una calma que empieza a ponerme nervioso.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —replica con ironía—. ¿Acaso no tienen nombre los caballos y los toros que montas? ¿Por qué no iba a tenerlo yo? ¿O es que de verdad quieres saberlo?
—No lo sé —admito, sintiéndome incómodo y torpe de repente—. Pero creo que debería disculparme por lo de groupie de la otra noche. Y pensé que quizá ayudaría saber cómo llamarte para que sonara un poco menos vacío.
—¿Ah, sí? —Cruza los brazos despacio, sin dejar de mirarme—. Porque fue un comentario bastante lleno de prejuicios, Evans. No nos conocemos de nada. No sabes absolutamente nada sobre mí.
—Lo sé —reconozco antes de acercarme un paso casi sin pensarlo—. Por eso preferiría dejar de pensar en ti como «la chica del sombrero chocolate».
Ella mantiene la mirada fija en mí. Está claro que disfruta al no ponérmelo fácil.
—¿Piensas mucho en mí? —pregunta con una calma burlona que empieza a ponerme nervioso de verdad.
—En realidad, no —miento, demasiado rápido para que resulte convincente—. Pero me parece justo saber tu nombre si tú ya conoces el mío. Así puedes dejar de llamarme vaquero y yo puedo empezar a llamarte…
—Sheryl —me interrumpe al final, bajando apenas el tono—. Sheryl Mercer.
—Encantado, Sheryl —le digo, tendiéndole la mano—. Jackson Evans.
En cuanto sus dedos rozan los míos noto el contraste inmediato entre su piel suave y la dureza áspera de mis manos llenas de cortes, cuero y resina.
—¿Vais a venir esta noche al rodeo?
Ella no responde enseguida. Me estudia en silencio durante unos segundos que se me hacen demasiado largos.
—Por supuesto —dice al final, encogiéndose de hombros—. Estamos recorriendo Texas para empaparnos un poco de todo esto. Rodeos, pueblos pequeños, carreteras eternas… No hemos venido hasta aquí para quedarnos encerradas en un motel viendo la televisión.
La estudio con más calma mientras habla. No tiene la actitud de las turistas que aparecen por aquí disfrazadas de cowgirls durante un fin de semana. Hay algo demasiado natural en ella. Demasiada seguridad.
Y eso me hace sentir curiosidad.
—¿De dónde sois? —pregunto, apoyándome contra el lateral del remolque todavía caliente por el viaje—. No pareces una chica de ciudad, pero tampoco pareces de por aquí.
—Texas City —responde sin vacilar—. Venimos de la costa. Refinerías, humedad y olor a mar las veinticuatro horas del día. Así que sí, esto nos parece otro planeta.
Asiento en silencio, encajando la imagen en mi cabeza. Texas City. Refinerías, barcos y acero en lugar de corrales y ganado.
Estoy a punto de decir algo más cuando Trigger da un paso hacia delante.
Mi caballo suele ponerse tenso con cualquiera que no sea yo, así que verlo acercarse de esa manera consigue que me quede quieto al instante. Sheryl no se aparta. Ni duda. Simplemente levanta la mano y le acaricia el hocico con una seguridad tranquila que me descoloca.
Trigger resopla caliente contra su palma y baja un poco la cabeza, relajándose de una forma que no le he visto hacer con casi nadie.
Noto cómo se me endurece la espalda.
Ni siquiera Ray consigue tocarlo así la mayoría de las veces.
—Le gustas —consigo decir al final, y odio que mi voz suene ligeramente rara al escucharlo en alto—. Y eso no pasa mucho. Trigger detecta a la gente falsa antes que yo.
Sheryl sigue acariciándole la frente, moviendo la mano despacio mientras el caballo se queda completamente quieto bajo sus dedos.
—Bueno, Evans —dice sin mirarme directamente, con una pequeña curva divertida apareciendo en su boca—, los caballos suelen ser bastante más inteligentes que muchas personas. No necesitan hablar para saber a quién tienen delante.
Hace una pausa breve mientras Trigger apoya el belfo contra su mano y entonces levanta la vista hacia mí.
Y ahí vuelve esa forma suya de mirarme que parece ir siempre un paso por delante.
—Ellos no pierden el tiempo inventándose historias para sentirse superiores —continúa, dejando claro que sigue hablando de la otra noche—.
Un animal no te mira y decide que eres una «turista» o una «interesada».
Solo sabe si puede confiar en ti o no. A lo mejor deberías aprender un poco de tu socio de cuatro patas.
Parece bastante menos prejuicioso que tú.
No muevo un dedo, incapaz de apartar la vista de ella.
Me ha golpeado justo donde más me duele, usando al único ser vivo que realmente me conoce para dejarme en evidencia.
Trigger resopla despacio, todavía relajado bajo el recuerdo de sus manos, y por primera vez en mucho tiempo me siento incómodamente desplazado en mi propio espacio.
Ella se da la vuelta para reunirse con sus amigas sin esperar una respuesta, dejándome plantado junto al remolque con el pulso golpeándome fuerte en el cuello.
Me quedo observando cómo se aleja entre la gente del recinto, sintiendo una presión desagradable en el estómago que me irrita más que cualquier derrota de Fort Worth.
Y no es solo porque sea guapa.
Es la manera en que acaba de desmontarme sin levantar la voz. La facilidad con la que ha conseguido que parezca un idiota delante de mi propio caballo mientras Trigger sigue ahí, con las orejas relajadas, observándola marcharse como si acabara de perder a alguien importante.
—Vaya, vaya… —La voz de Ray-Lee rompe el momento antes de que pueda recomponerme. Aparece por el otro lado del remolque con esa media sonrisa de tipo convencido de entender siempre lo que pasa alrededor—. Veo que te estás trabajando a la morena. No pierdes el tiempo, hermano.
—Se llama Sheryl —lo corto al instante, y mi propia voz suena más seca de lo que esperaba.
Ray se queda callado un segundo.
Me mira con atención, dejando la broma suspendida en el aire mientras intenta encajar algo que no termina de cuadrarle.
Supongo que no está acostumbrado a escucharme corregirlo así.
Mucho menos a ponerle nombre a una chica a la que normalmente habría reducido a un apodo o a una historia de una sola noche.
Al final se limita a encogerse de hombros y cambia de tema, soltándome detalles sobre las inscripciones y el sorteo mientras caminamos hacia el interior del recinto.
Seguimos el ritual habitual de cada competición: revisar el equipo, cruzar un par de palabras con otros vaqueros y acercarnos a los corrales para estudiar los toros de la noche. Pero hoy algo es distinto.
No estoy funcionando en automático.
Me detengo frente a la valla y busco mi emparejamiento en la lista colgada junto al corral.
En cuanto veo el nombre del toro, noto un golpe seco de adrenalina recorriéndome el cuerpo.
Tiene fama de ser rápido, limpio y espectacular.
Uno de esos animales que pueden hacerte quedar como un rey o partirte contra la arena delante de todo el mundo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, la idea no me pesa.
Ajusto el ala del sombrero y levanto la vista hacia las gradas que empiezan a llenarse poco a poco bajo la luz cálida de la tarde.
No es por el dinero. Ni por los puntos. Ni siquiera por dejar de sentirme la sombra de Ray-Lee Powell.
Esta vez es otra cosa.
No sabría explicarlo exactamente, pero sé perfectamente a quién quiero encontrar entre el público cuando se abra la puerta del cajón.
Y por primera vez en meses, siento unas ganas reales de salir ahí fuera y demostrar algo.