Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 7
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SHERYL

Me incorporo en la cama mientras la luz de Texas se cuela por las rendijas de la persiana, iluminando el caos de ropa y botas tiradas por el suelo.

Lauren y Anne se mueven con la pesadez de quien ha librado una batalla que no salió como esperaba.

Hay un silencio raro entre ellas, una forma de evitarse la mirada que confirma mis sospechas de anoche y me deja un regusto amargo en la boca.

Bajamos al pequeño comedor del motel, donde el olor a gofres industriales y tocino frito parece castigarles la resaca con especial crueldad. Lauren juguetea con el tenedor mientras Anne se esconde tras unas gafas de sol gigantescas a pesar de estar bajo techo.

—A ver —empiezo, bajando la voz mientras les paso un par de analgésicos—, soltadlo ya. ¿Tan terrible ha sido que ni siquiera podéis miraros a la cara?

Lauren deja escapar un suspiro y aparta un mechón de pelo de la frente antes de cruzar una mirada rápida con Anne, que termina devolviéndole una sonrisa que se queda en casi nada.

—Joder, Sheryl —murmura Lauren, y de pronto rompe a reír en voz baja—. No te lo vas a creer. Ese tipo será el rey de la arena y muy bravo con los toros, pero en la cama… Dios, en la cama era como un perrito manso pidiendo permiso para respirar.

—Peor —añade Anne, bajándose un poco las gafas para mostrar unos ojos cansados pero burlones—.

Tenía más técnica un novillo de los que laza por la tarde.

Mucha hebilla de plata y mucho músculo, pero en cuanto se apagaron las luces, el «gran campeón» se convirtió en un gatito que no sabía ni por dónde empezar con nosotras dos.

No puedo evitar sonreír mientras la opresión que arrastraba desde anoche empieza a aflojarse. Las escucho bromear sobre lo mucho que prometía el «talento» de Ray-Lee Powell y la realidad tan decepcionante que encontraron bajo las sábanas.

—A ver si lo he entendido bien… —empiezo, dejando la taza de café sobre la mesa—, ¿a qué os referís exactamente con que fue «manso»?

Anne me mira directamente, sin molestarse en disfrazar lo ocurrido.

—Entré en esa habitación pensando que iba a tener una orgía salvaje con dos vaqueros y mis dos mejores amigas. Al final, los vaqueros se redujeron a la mitad y tú te largaste, así que el plan terminó derivando en un simple trío. Que no me malinterpretes, Lauren… eres un bombonazo y lo sabes.

—No me ofendo, cielo —responde Lauren, recolocándose las gafas sobre la cabeza con falsa dignidad—. La cuestión, Sheryl, es que el vaquero no…

—¿No qué? —pregunto ya desesperada—. ¿Podéis ir al grano de una puta vez? Le estáis dando más misterio a esto que a un asesinato.

—Pues que el trío terminó convirtiéndose en mi debut lésbico porque el vaquero no estuvo precisamente a la altura —suelta Lauren sin ningún filtro.

Mis dos amigas aguantan serias apenas un segundo antes de romper a reír a carcajadas. Varias personas del comedor giran la cabeza hacia nuestra mesa mientras Anne casi tiene que sujetarse el estómago para recuperar el aire.

—¡No me jodáis! —exclamo tapándome la boca con la mano—. ¿Me estáis diciendo que terminasteis vosotras solas y haciendo…? Dios, no quiero detalles.

—Eh, pues déjame decirte que estuvo bastante bien —protesta Lauren antes de señalar a Anne con una  solemnidad ridícula—. Duke es un cabrón y no te merece. Tienes un talento que ese idiota no sabe apreciar.

—Coincido —dice Anne devolviéndole la sonrisa—. Y voy a añadir algo más: estás increíblemente buena y besas mejor que cualquier tío con espuelas que haya pasado por este pueblo.

—Vale, ya. Parad —las interrumpo levantando las manos—. ¿Esto significa que vais a pasar el resto del viaje ignorándome por vuestra… experiencia espiritual?

—¡Nooo! —responden las dos al mismo tiempo antes de volver a reírse.

—El experimento salió regular —puntualiza Lauren mientras juega con la tostada—. Como experiencia no estuvo mal, pero creo que ya hemos cubierto nuestra cuota de tríos por una temporada.

Anne asiente enseguida.

—La próxima vez quiero un vaquero solo para mí. Uno que sepa qué hacer con las manos además de agarrar una cuerda.

—Y, si puede ser —añade Lauren—, que aguante más de ocho putos segundos.

Pasamos el resto de la mañana perdiéndonos entre los puestos de la feria.

Lauren y Anne parecen haber reiniciado el cerebro después del desastre de anoche; se prueban botas de piel de serpiente, compran camisetas con lemas patrióticos absurdos y se ríen mientras comparten un algodón de azúcar gigante bajo el calor pegajoso de junio.

Para ellas, Stephenville ya se ha convertido en otra anécdota divertida que añadir a la colección.

Yo, en cambio, camino un paso por detrás soportando el peso del sol sobre la nuca y esa irritación constante que no termina de desaparecer.

Y, por desgracia, mi cabeza vuelve otra vez a Jackson Evans.

No consigo quitármelo de encima.

Repito su nombre mentalmente mientras avanzo por la acera y noto cómo el cabreo vuelve a subir poco a poco. Me sigue molestando la forma en que me habló en la barra, tan convencido de que ya me tenía calada desde el primer vistazo.

Groupie .

La palabra sigue molestándome bajo la piel igual que una quemadura reciente.

¿Quién demonios se cree que es para decidir en diez minutos qué clase de mujer soy?

No deja de ser un tipo que vive orbitando alrededor del campeón, sujetándole las cuerdas mientras el otro se lleva los aplausos, el dinero y a las chicas.

Y lo peor es que me fastidia más de lo que debería.

Esa noche, cuando regresamos al dance hall , el ambiente parece distinto. El local sigue abarrotado, pero el plan ha cambiado.

—Escuchadme bien: hoy nada de vaqueros —sentencia Anne levantando la botella de cerveza—. Esta noche solo quiero pasármelo bien con mis dos mejores amigas. Nada de dramas, espuelas ni tipos convencidos de que el mundo gira alrededor de ellos.

—Brindo por eso —dice Lauren chocando la botella con la suya—. Además, ahora que estoy oficialmente en paro, quién sabe cuándo volveré a poder permitirme un viaje así.

—Claro que podrás —le aseguro rodeándole los hombros con el brazo—. Eres la tía más lista que conozco, Lauren. Solo estás pasando una mala racha.

Nos tiramos las siguientes horas bailando hasta acabar con los pies destrozados, apartando entre risas a cada tipo que intenta acercarse demasiado. El brindis improvisado termina convirtiéndose en una especie de pacto: esta noche somos solo nosotras tres.

Y, durante unas horas, todo vuelve a parecer fácil.

Cuando regresamos al motel estamos agotadas, sudadas y oliendo a cerveza, humo y perfume barato mezclado con el calor pegajoso del dance hall . Extiendo el mapa sobre la colcha mientras Lauren se deja caer boca arriba con un gemido dramático y Anne desaparece en el baño para desmaquillarse.

—A ver, chicas, repasemos la ruta —digo señalando el mapa—. Mañana hay una exhibición de cutting en el recinto ferial. He estado leyendo sobre ello y, sinceramente, parece lo más elegante que existe dentro de este mundo. No hay lazos, ni fuerza bruta ni hombres saliendo despedidos contra el suelo.

—¿Y eso exactamente qué es? —pregunta Lauren mientras se quita los zapatos.

—Consiste en separar una res del rebaño —les explico, notando cómo mi voz recupera automáticamente ese tono seguro que uso cuando hablo de animales—.

El jinete entra, elige una vaca y luego prácticamente deja trabajar al caballo solo.

El animal tiene que impedir que la res vuelva con el grupo, moviéndose por puro instinto.

Se agachan muchísimo, giran en seco y reaccionan antes incluso de que la vaca cambie de dirección.

Es casi una conversación entre el caballo y el ganado.

Paso el dedo por una nota marcada en el mapa.

—Dicen que mañana participa una tal Mandy Petersen. Por lo visto es una de las mejores de Texas y casi siempre gana a los hombres porque esto no va de músculos ni de fuerza, sino de anticiparse. De entender lo que el otro va a hacer antes de que ocurra.

Anne deja el cepillo quieto a mitad del movimiento y me dedica una mirada cargada de intención.

—Vaya… Una mujer que sabe exactamente dónde presionar, que se agacha hasta el suelo y que no necesita riendas para conseguir que el otro haga lo que quiere.

Lauren deja escapar una risa corta.

—E instinto —añade Anne sosteniéndome la mirada con descaro—. Saber lo que va a pasar antes de que ocurra. Después de lo de anoche con el «gran campeón», creo que nos vendría bien ver a una profesional de verdad.

—¿En serio? —pregunto negando con la cabeza entre divertida y escandalizada—. ¿Pasáis una sola noche juntas y ya estáis pensando en cambiar a los vaqueros por las vaqueras?

—Pues qué quieres que te diga… —responde Anne encogiéndose de hombros—. A mí la idea me parece cada vez mejor.

—Te has tomado demasiado en serio lo de vengarte de Duke —interviene Lauren entre risas—. Vamos a calmarnos un poco y seguir con el plan original.

—Sí, será lo mejor —asiento bajando otra vez la vista al mapa para disimular la sonrisa—. En cuanto salgamos de esta ciudad podréis volver a deleitaros con la testosterona de los vaqueros y los toros.

—He oído que Glen Rose es otro mundo —dice Anne dejándose caer sobre la cama—.

Que es precioso, con el río Paluxy y las huellas de dinosaurio del parque estatal.

Y el rodeo parece mucho más pequeño, más cercano.

Nada de pantallas enormes ni gradas gigantes.

Solo arena, tierra y los toros prácticamente respirándote encima.

Apago la lámpara de la mesilla y el silencio del motel empieza a instalarse poco a poco entre nosotras. Anne y Lauren no tardan ni cinco minutos en quedarse dormidas.

Yo, en cambio, sigo mirando el techo mientras el aire acondicionado zumba de fondo.

Y, sin venir a cuento, vuelve a aparecer él.

Jackson Evans.

La línea dura de su cara. El ala del sombrero proyectándole sombra sobre los ojos. Esa expresión cerrada que parecía mantener al resto del mundo a kilómetros de distancia.

Me irrita que, después de todo lo que pasó anoche, siga siendo precisamente su imagen la que vuelve una y otra vez a mi cabeza.

Y me irrita todavía más que no fuera solo arrogancia.

Había algo raro en él. Algo cansado. Contenido. Algo que no terminaba de encajar con el papel de vaquero soberbio que intentaba venderme desde la barra.

«Es solo un vaquero amargado, Sheryl», me repito mientras acomodo la almohada bajo la cabeza. «Mañana habrá otros caballos, otras arenas y otras caras».

Eso debería bastar.

Pero mientras el sueño empieza por fin a pesarme en los párpados, me doy cuenta de que hay ciertas miradas que no desaparecen tan fácilmente una vez se te meten dentro de la cabeza.