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JACKSON
Camino por el asfalto del parking con el cuerpo pasándome factura en cada paso, pero no es el dolor lo que más me jode ahora mismo. Es el orgullo.
Maldita sea esa chica y su comentario sobre ser «la sombra de Ray-Lee».
La frase sigue dándome vueltas en la cabeza mientras rodeo la camioneta.
Ella no tiene ni puta idea de quién soy ni de todo lo que llevo años tragándome sin abrir la boca.
No sabe que soy el único de los dos que piensa bajarse de esta vida antes de acabar hecho polvo.
Cada cheque de la PRCA que entra en mi cuenta tiene ya un destino marcado: tierra, ganado y una vida donde nadie decida por mí qué coño hacer con el apellido Evans.
Solo necesito aguantar una temporada más.
La última.
Después dejaré los toros, los focos y toda esta mierda de carreteras interminables. Que Ray siga disfrutando de las fiestas, de las fotos y de las mujeres que olvida a la mañana siguiente. Yo estoy cansado de vivir de rodeo en rodeo sin construir nada que realmente me pertenezca.
Llego frente a la hilera de habitaciones del motel y freno en seco.
Allí, apoyada contra el capó de una Silverado azul eléctrico, está ella.
Se ha quitado el sombrero y el pelo le cae por los hombros, suavizándole un poco el gesto aunque sigue igual de distante.
Basta verla mirando hacia la puerta de su habitación para entender que está atrapada en la misma situación que yo: esperando a que el espectáculo de dentro termine para poder recuperar su cama.
Nuestras miradas se cruzan en la penumbra del parking .
Ninguno dice nada. No hay saludos ni disculpas. Solo ese silencio incómodo cargado con todo lo que acabamos de soltarnos en el dance hall.
Me apoyo contra el lateral de la camioneta, ignorando el pinchazo de las costillas, y fijo la vista al fondo del parking, fingiendo que no existe. Ella hace exactamente lo mismo, apretando el sombrero contra el pecho y mirando hacia cualquier sitio que no sea mi dirección.
Somos dos desconocidos compartiendo una espera incómoda en mitad de la noche texana.
Los minutos pasan lentos. El silencio solo se rompe por algún motor lejano y el grillo escondido bajo el porche del motel. Entonces, el chirrido de una puerta corta la calma.
Las dos amigas de la chica salen al pasillo entre risas y recolocándose la ropa sin demasiado disimulo. Me reconocen enseguida y una de ellas me dedica una sonrisa cargada de intención.
—Buenas noches, vaquero.
Me limito a tocarme el ala del sombrero por pura costumbre mientras veo cómo la chica del sombrero chocolate se incorpora de inmediato, recuperando el bolso y el orgullo con una rigidez que se nota incluso desde aquí. No se despide ni me mira.
Se acerca a sus amigas, les murmura algo al oído y las tres desaparecen por el pasillo.
Al cruzar la puerta de la habitación, el aire cargado me golpea de inmediato.
Huele a sexo, alcohol barato y al desorden habitual que Ray deja siempre detrás de él.
Está tumbado sobre la colcha revuelta, medio desnudo, con un brazo colgando hacia el suelo y el pecho subiendo y bajando con la pesadez de una borrachera que ya lo ha dejado fuera de combate.
Es el retrato perfecto del campeón después del espectáculo y, por primera vez en años, la escena no me provoca cansancio ni resignación.
Me provoca hastío.
Cojo la sábana tirada en una esquina y se la echo encima con un gesto automático. Ray ni siquiera se mueve. Masculla algo inentendible antes de hundirse otra vez en el colchón, completamente ajeno a todo.
Me desvisto en silencio y me dejo caer en la cama, pero el sueño no llega.
Las sombras del neón del parking se reflejan en el techo desconchado mientras la cara de la chica del sombrero chocolate vuelve una y otra vez a mi cabeza.
Ni siquiera sé cómo se llama.
Pero sus palabras siguen ahí, clavadas en un sitio incómodo dentro de mí.
«La sombra de Ray-Lee».
Trato de sacarme las palabras de la mente. Me revuelvo entre las sábanas, irritado porque una desconocida haya sido capaz de ver tan rápido algo que llevo meses intentando enterrarme a mí mismo.
Porque una cosa es pensar ciertas cosas cuando estás solo y otra muy distinta que alguien te las escupa a la cara después de conocerte diez minutos.
Cierro los ojos intentando apartarla de mi cabeza, pero vuelvo a verla apoyada en el parking, mirándome como si pudiera leerme por dentro.
Maldita sea.
Mañana se habrá ido y todo esto no será más que otra noche de paso en Stephenville. Eso intento repetirme mientras el cansancio empieza por fin a arrastrarme.
Pero lo último que noto antes de quedarme dormido sigue siendo el peso de sus palabras golpeándome en el pecho.
El despertador del móvil me atraviesa el cerebro a las seis de la mañana, recordándome de inmediato que las costillas siguen hechas polvo.
Ray-Lee todavía parece un cadáver bajo la sábana, pero en cuanto la luz empieza a colarse entre las rendijas de la persiana, se incorpora con esa energía absurda que solo él tiene después de una noche de excesos.
Media hora después ya estamos en la camioneta, con el remolque enganchado y el café amargo dejándome la lengua ardiendo mientras tomamos la US-377 en dirección a Fort Worth.
El paisaje de junio desfila al otro lado de la ventanilla, seco, dorado y cubierto de ese polvo que acaba pegándose a todo antes incluso del mediodía.
Llevamos apenas diez minutos de carretera cuando Ray-Lee rompe el silencio del habitáculo.
—Joder, Jack, te perdiste lo mejor. Estuvieron bien, de verdad. Divertidas, escandalosas y, lo mejor de todo, sin demasiadas preguntas.
Mantengo las manos fijas sobre el volante.
—Yo solo quería descansar, Ray. Mi cuerpo no estaba para fiestas después de lo de anoche.
Ray se ríe y me pega un golpe amistoso en el hombro.
—Te estás convirtiendo en una puta monja, Evans. Me dejaste solo con tres chicas. ¿Sabes lo agotador que es eso? Siempre funciona mejor cuando repartimos el trabajo.
Noto una punzada de irritación al recordar a las dos amigas saliendo al pasillo mientras yo seguía esperando fuera.
—¿Tres? Anoche solo vi salir a dos de la habitación.
Ray se encoge de hombros.
—Ah, es verdad. La morena se rajó en el último momento. Se puso digna y se largó antes de que empezara la fiesta.
Me lanza una mirada de soslayo con esa sonrisa de cabrón satisfecho que pone cuando cree haber entendido algo antes que el resto.
—Ahora que lo pienso, haríais buena pareja. Los dos sois igual de puritanos. Ella se pierde la diversión y tú te quedas mirando las estrellas.
No respondo. Me limito a tensar las manos sobre el volante mientras el silencio vuelve a instalarse en la cabina y dejamos atrás Stephenville.
Ray cambia de emisora varias veces antes de volver a hablar.
—Aunque, en realidad, te eché de menos, hermano. La próxima vez no me dejes solo, ¿vale? Es mejor cuando estamos los dos.
Y sé que lo dice de verdad.
Ese es precisamente el problema.
Para Ray-Lee, esas chicas no tienen nombre ni historia. Son otra forma de expulsar toda la adrenalina que se le queda dentro después de ocho segundos sobre un toro. Igual que las fiestas, las hebillas o las fotos con fans.
Ray colecciona mujeres igual que colecciona hebillas de plata.
Y para el resto del mundo la imagen funciona. El gran Ray-Lee Powell siempre se lleva a las mejores y, de paso, comparte alguna conmigo cuando le sobra sitio en la fiesta.
Ese pensamiento me deja un regusto desagradable.
Entonces vuelvo a escuchar la voz de la chica del sombrero chocolate dentro de mi cabeza.
«¿La sombra del campeón?».
Maldita sea.
Si ella supiera que lo que Ray llama lealtad hace tiempo que empezó a sentirse como una cadena. Que estoy cansado de sus sobras, de sus fiestas y de esa costumbre de compartirlo todo como si yo tuviera que agradecérselo.
Piso un poco más el acelerador mientras intento quitarme esa sensación de encima.
Miro a Ray de reojo. Va dormido contra la ventanilla, completamente ajeno a todo lo que me pasa por la cabeza.
Para cualquiera que nos vea desde fuera, yo soy el segundón resentido. El tipo que vive a la sombra de la estrella y recoge lo que va dejando atrás.
Pero la realidad empezó mucho antes de los rodeos.
Todavía hay noches en las que sigo escuchando el sonido del metal doblándose sobre sí mismo bajo la lluvia.
Teníamos diecisiete y quince años cuando todo se fue a la mierda. Nuestros padres no eran solo vecinos de rancho; eran prácticamente hermanos y murieron siéndolo en aquel accidente que nos dejó solos de golpe.
Fue la abuela de Ray quien nos recogió después de aquello. La que nos mantuvo juntos. La que se pasó años repitiéndonos que los Powell y los Evans tenían que seguir unidos si queríamos conservar las tierras y sobrevivir en Texas.
Llevamos casi diez años funcionando como un solo bloque.
Ray me cuidó cuando yo todavía era un chaval asustado que no sabía qué hacer con toda la rabia que llevaba dentro y, desde entonces, yo intento mantenerlo con los pies en el suelo cada vez que el éxito amenaza con arrastrarlo.
Lo quiero, maldita sea.
Es lo más parecido a un hermano que tengo.
Y quizá por eso mismo cada vez me cuesta más seguir soportando sus excesos y fingir que nada de esto me pesa.
Mantengo las manos fijas sobre el volante mientras el perfil de Fort Worth empieza a dibujarse en el horizonte.
La chica del sombrero chocolate me llamó «sombra», pero ella no sabe por qué sigo aquí. No sabe que llevo una década intentando proteger al único pedazo de familia que me queda.
Ni tampoco sabe cuánto tiempo más voy a aguantar antes de cansarme definitivamente de este papel.