Vas a montar (Chicos de Uniforme 6) 5
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SHERYL

La risa de Lauren me llega amortiguada por el ruido que todavía llevo metido en la cabeza después del rodeo.

También por las cervezas que me han soltado el cuerpo más de la cuenta.

Caminamos por el pasillo exterior del motel mientras el asfalto sigue expulsando el calor acumulado durante todo el día.

Nuestras botas chocan contra el hormigón sin ningún ritmo concreto.

Hay algo raro flotando entre nosotras, una mezcla de alcohol, euforia y ganas de hacer alguna estupidez antes de que acabe la noche.

Estamos desinhibidas, sí, y el alcohol le ha dado a todo un brillo dorado y peligroso, pero somos perfectamente conscientes de hacia dónde vamos.

Delante de nosotras, Ray-Lee camina con la llave en la mano sin molestarse siquiera en comprobar si lo seguimos. Bajo la luz amarillenta del motel está ridículamente bueno, y hace apenas cinco minutos la idea de acostarnos con el campeón del rodeo nos parecía la forma perfecta de cerrar la noche.

Él abre la puerta de la habitación y el chirrido de las bisagras me baja de golpe la euforia.

El cuarto es pequeño y el aire acondicionado apenas puede con el calor que arrastramos desde fuera.

Hay ropa tirada sobre una silla, hebillas sobre la cómoda y una bolsa de deporte abierta junto a la cama.

Lauren se deja caer sobre el colchón soltando una carcajada mientras Anne ya está mirando a Ray-Lee de esa forma que deja bastante claro lo que tiene en mente.

Es entonces cuando el alcohol deja de hacer efecto de golpe y empiezo a ver la situación con demasiada claridad.

Miro a mis amigas. Las quiero muchísimo.

Precisamente por eso empiezo a sentirme incómoda.

Sí, nos hemos besado alguna vez de broma en fiestas y las he visto desnudas mil veces en vestuarios o probadores sin darle importancia.

Pero esto es otra cosa. Ahora mismo somos demasiado conscientes de lo que hemos venido a hacer.

De la habitación cerrada, de las camas deshechas, de Ray-Lee mirándonos como si ya hubiera ganado.

Y, de repente, todo deja de parecer divertido.

No es el sexo lo que me echa para atrás. Es la sensación de que vamos a cruzar una línea rara entre nosotras, una de esas que luego no sabes cómo deshacer.

Es el hecho de que estoy a punto de ver ángulos de ellas que prefiero que sigan estando en el ámbito de la amistad.

—Hey, rubia —le dice Ray a Lauren con una voz cargada de autoridad—, ¿por qué no empiezas a desnudar a tu amiga? Quitaos todo menos el sombrero. Quiero veros así.

Me fastidia que ni siquiera se haya molestado en recordar nuestros nombres después de las copas en el dance hall , pero Anne y Lauren parecen divertirse con todo esto.

Yo, en cambio, noto cómo el arrepentimiento empieza a subir despacio.

La idea de la «venganza contra Duke» pierde toda la gracia en cuanto veo a Anne, medio mareada por el alcohol, peleándose con los botones de la camisa de Lauren mientras las dos se ríen sobre la cama.

El vaquero se mueve con una soltura que deja claro que esta escena no tiene nada de especial para él.

Se coloca a mi espalda, me pasa un brazo por la cintura y me acerca contra su pecho.

Huele a colonia cara y a cuero caliente después de horas metido en el bar, y lo que hace un rato me parecía atractivo ahora empieza a agobiarme.

—Tú, guapa —me susurra al oído—, me la vas a chupar mientras tus amigas se divierten, ¿de acuerdo?

Su tono, más que seductor, suena demasiado seguro de que voy a hacer exactamente lo que espera. Ray se deja caer en el borde de la cama, abriendo las piernas mientras nos mira con esa confianza sobrada que a cada momento me parece más molesta.

Miro a mis amigas, que ya están enredadas en un beso que parece sacado de una película en la que no quiero participar y no parecen darse cuenta de que llevo varios minutos queriendo salir de la habitación.

—Chicas… —Mi voz sale más baja de lo que esperaba, pero no me echo atrás—. Yo… creo que me voy a marchar.

Las dos se separan al instante. Lauren se aparta el pelo de la cara y me mira con expresión extraña por el alcohol y la incredulidad.

—Joder, Sheryl, ¿te vas a rajar ahora? —me pregunta, con fastidio—. ¿Tenemos al puto campeón del rodeo en la cama y tú decides que es el momento de ponerte puritana?

—Vamos, tía, es divertido —añade Anne, encogiéndose de hombros con una naturalidad que me deja helada. Se pasa la lengua por los labios, todavía brillantes por los besos de Lauren—. Somos nosotras. No es nada que no hayamos fantaseado alguna vez de fiesta, ¿no? No seas estrecha.

Miro a Anne, luego a Lauren y finalmente a Ray, que sigue sentado en la cama observándonos con una paciencia cada vez más escasa. El malestar me sube despacio por el estómago. No es miedo al sexo. Tampoco vergüenza. Es otra cosa.

Solo puedo pensar en lo raro que sería volver a desayunar con ellas mañana después de esto.

Compartir carretera, moteles y bromas como si nada hubiera cambiado.

Parece que ellas no ven con la misma claridad que yo que puede ser una forma muy estúpida de ensuciar una amistad que nunca había necesitado nada de esto.

No quiero que se enrarezca la forma en que las quiero por una noche de adrenalina compartida con un vaquero extraño. Por muy campeón del rodeo que haya sido.

—Lo siento —murmuro, retrocediendo hacia la puerta mientras busco el pomo a tientas—. De verdad. Creo que esto no es para mí.

Cierro la puerta de un portazo, dejando al otro lado las protestas de mis amigas y la voz de Ray intentando quitarle importancia al momento. Camino por el pasillo exterior del motel buscando la llave de nuestra habitación, que está varias puertas más allá, y entonces caigo en la cuenta.

—Mierda —exclamo en voz alta.

Las llaves las tiene Lauren en su bolso. Ni de coña voy a volver ahí dentro; no voy a interrumpir ese espectáculo por una puta tarjeta de plástico que ahora mismo me parece el menor de mis problemas.

A paso rápido, cruzo el parking y regreso al d ance hall . Necesito ruido, necesito gente y, sobre todo, necesito algo que me quite el sabor amargo de la garganta. La borrachera se me ha evaporado de golpe, sustituida por una lucidez incómoda que ahora mismo necesito borrar de mi mente.

Al entrar, la música country sigue sonando, pero ahora me resulta invasiva, casi molesta. Me abro paso hasta el final de la barra, lejos de la pista, y pido una cerveza solo por tener algo entre las manos. Es entonces cuando lo veo.

Está allí, al fondo, casi fundido con las sombras.

Es el compañero de Ray Lee, Jackson… si no recuerdo mal, al que su toro lo derribó en menos de cuatro segundos y el que compite con él en el lazo.

Lleva el sombrero calado hasta los ojos, ocultando su mirada bajo el ala de fieltro, y mantiene la vista fija en la gente que baila con una expresión que no es de diversión, sino de aburrimiento.

Parece una estatua de piedra en mitad de una fiesta de papel que amenaza con desmoronarse.

Nuestras miradas, al igual que ocurrió al salir del recinto, vuelven a cruzarse durante un segundo eterno. Solo es un instante, pero noto el golpe de reconocimiento antes de que todo se corte otra vez cuando otro vaquero se planta delante de mí, demasiado cerca, invadiendo mi espacio personal.

—Hola, guapa —me dice con una sonrisa ensayada que no llega a sus ojos—. ¿Puedo invitarte a una copa?

Me limito a levantar mi botella de cerveza en silencio, dándole a entender que ya estoy servida, pero él no parece tener intención de captar la indirecta. Se apoya en la barra, recortando la distancia entre nosotros.

—Me llamo Cody Miller. He participado en el rodeo hoy. ¿Lo has visto? —pregunta, inflando un poco el pecho bajo la camisa de cuadros.

—Sí —contesto, más por educación que por verdaderas ganas de entablar conversación.

—La monta de toros es peligrosa, ¿sabes? —continúa él, bajando la voz para darle un tinte dramático—. Esos ocho segundos pueden ser mortales. Estamos a un paso de morir ahí fuera cada vez que se abre la puerta. Es algo que solo los hombres de verdad comprenden.

Bajo la botella y lo miro fijamente. Todavía llevo la cabeza revuelta por lo de la habitación de Ray-Lee y, de repente, Cody termina de agotarme la paciencia.

No es solo él. Es la forma en la que todos aquí parecen convencidos de que ponerse un sombrero y montar un toro los convierte automáticamente en alguien irresistible.

—Pues según he visto esta noche, tú no has pasado el tiempo suficiente encima del toro como para estar en un riesgo real, Cody —le espeto con una frialdad que lo deja mudo—. Así que guárdate el discurso del héroe trágico para alguien que no tenga ojos. No quiero compañía.

El vaquero abre la boca para responder, pero no llega a decir nada. Se le endurece la mandíbula y, después de soltar algo ininteligible entre dientes, se gira y se pierde entre la gente del bar sin volver a mirarme.

Me quedo sola… o eso creo. Entonces noto movimiento a mi izquierda.

Jackson ha sido testigo de la escena desde el fondo del bar, apoyado contra la pared.

Se incorpora despacio y alza un poco el ala del sombrero por primera vez desde que entré.

La luz de la barra le alcanza lo justo para dejarme ver mejor los ojos mientras me observa en silencio.

—Eso ha sido un poco cruel, ¿no crees? —me suelta con una voz profunda, cargada de sarcasmo.

Se apoya en el borde de la madera, observándome bajo el ala del sombrero—.

Lo digo porque a mí también me ha tirado el toro en menos de cuatro segundos hoy.

No todos podemos ser el puto héroe de la película.

Le sostengo la mirada, ignorando el vuelco que me da el estómago. Sus ojos me observan de una manera que me pone a la defensiva al instante.

—Tú eres el que lanza el lazo con Ray-Lee, ¿verdad? —le pregunto, tratando de sonar indiferente —. ¿Jackson…?

—Evans —termina por mí—. Y tú eres una de las chicas que se ha ido con Ray esta noche.

Me sostiene la mirada un segundo más antes de rematar:

—¿Qué pasa? ¿Te arrepentiste… o es que no te hacía gracia tener que compartirlo?

Siento que la sangre me sube a las mejillas, pero no es vergüenza. Es rabia. Una rabia caliente que me despeja la mente de golpe. Me giro por completo hacia él, ignorando que me saca una cabeza y que debería resultarme mucho menos atractivo cuando abre la boca.

—Vaya, no sabía que además de recoger los platos rotos de tu socio también te dedicabas a llevar la cuenta de sus conquistas —le espeto, sosteniéndole la mirada bajo el ala de su sombrero—. Debe de ser agotador quedarse fuera y estar a la sombra del campeón, ¿no?

Le veo endurecer el gesto al instante. Algo se le tuerce en la cara de una forma fea, casi automática, y sus ojos dejan atrás el cansancio para clavarse en mí con una intensidad que ya no tiene nada de relajada. Tengo la sensación de haber dado con algo que le jode de verdad.

Jackson da un paso al frente, invadiendo mi espacio hasta dejarme prácticamente pegada a su pecho. Tengo que levantar un poco la barbilla para seguir sosteniéndole la mirada bajo el ala del sombrero. Se inclina hacia mí lo justo para que su voz me golpee de lleno.

—No te equivoques, guapa —me suelta—. Si hubiera querido, estaría ahora mismo ahí dentro, participando de la fiesta. No estoy a la sombra de nadie ni necesito las sobras de Powell. Lo que pasa es que me cansé de follarme a groupies como tú.

El insulto me cae encima como una bofetada.

Me quedo quieta un segundo, notando la rabia subir desde el estómago hasta la garganta. La palabra sigue ahí, entre los dos, cargada de un desprecio que no me merezco. Y él ni siquiera parece arrepentirse de haberla dicho.

—Me cansé de las que vienen buscando el sudor de la arena para sentirse vivas un rato —continúa él, sin apartar la vista de la mía—.

Me cansé de las que no saben distinguir entre un hombre y un cinturón con una hebilla de plata.

Así que no te hagas ilusiones; si estás aquí sola en la barra no es porque yo no pueda tenerte, es porque he decidido que no vales el esfuerzo.

La rabia me sube todavía más por el cuello. Me dan ganas de estamparle la botella de cerveza en esa cara de vaquero insoportable, pero me obligo a mantenerme quieta. No voy a darle el gusto de verme tocada. Ni de que sepa que sus palabras han encontrado justo el sitio donde podían hacer daño.

Me doy la vuelta sin decirle una sola palabra más, dejándolo allí plantado junto a la barra con su estúpido sombrero de vaquero tapándole media cara. Camino hacia la salida con la espalda recta, atravesando la pista de baile sin mirar atrás, aunque sé que sigue pendiente de mí.

Es un idiota.

Un arrogante que ha decidido, desde su pequeño pedestal de hombre herido, que soy exactamente igual que todas las demás. Me ha llamado groupie , me ha juzgado sin conocerme y me ha metido en el mismo saco que a las chicas que persiguen a Powell por los rodeos para sentirse elegidas un rato.

Al salir al parking , el calor pesado de la noche de Stephenville me golpea la cara.

Me quito mi propio sombrero de un tirón, de pronto incómoda bajo el ala, y lo aprieto contra mi costado mientras intento tragarme el cabreo.

Supongo que para tipos como Evans es más fácil escupir mierda que admitir que no tiene ni idea de quién soy.

Mañana seremos solo tres turistas más en su lista de gente a la que mirar por encima del hombro y, por mí, puede quedarse con su orgullo reventado y con todo eso que le amarga la cara cada vez que mira a Powell.

Mis amigas seguirán ahí dentro, perdiendo la cabeza por el campeón, pero yo camino sola hacia el motel con la voz de Jackson todavía dando vueltas en mi cabeza.

Que lo jodan a él, a su maldito prejuicio y a esa soledad de vaquero resentido que parece empeñado en usar como excusa para tratar fatal al resto del mundo.