4
JACKSON
El estruendo metálico de los cajones resuena en mi pecho como un recordatorio de por qué, cada mañana al despertarme, me pregunto si esta será la última vez que lo haga.
Estoy sentado en la barandilla de acero, con las botas apoyadas en los travesaños, sintiendo el calor animal que sube desde el foso.
Aquí abajo el aire es pesado y sucio. Hay barro, mierda de toro y hombres intentando parecer tranquilos mientras esperan su turno para jugarse el cuello.
A mi lado, Ray-Lee se ajusta los zahones con una parsimonia que me saca de quicio. No parece notar la tensión; para él, esto es solo un trámite antes de la gloria. Observamos a Cody Miller salir disparado sobre Iron Fist, rodando por la arena como un muñeco de trapo a los tres segundos.
—Vaya aterrizaje, Cody —suelta Ray-Lee con una sonrisa burlona cuando el chico pasa por nuestro lado cojeando—. La próxima vez intenta usar el asidero, no las orejas.
Cody le responde con un corte de mangas antes de seguir caminando. Yo resoplo y vuelvo a concentrarme en el guante, extendiendo la resina sobre la palma con el pulgar.
—No seas capullo, Ray. Cody tiene suerte de haber salido por su propio pie.
Saco la bolsa de resina y empiezo a frotar la cuerda de monta.
Las manos me tiemblan un poco, algo que jamás admitiría delante de Ray aunque me arrancaran las uñas.
Miro hacia el cajón número tres. Allí está Skullbreaker.
Un toro enorme, de pelaje ceniza, resoplando contra los barrotes y haciendo vibrar toda la estructura cada vez que embiste.
Tiene fama de ir a por el jinete incluso después de tirarlo a la arena.
—Te ha tocado el gordo, socio —dice Ray, dándome una palmada en el hombro que casi me tira de la valla—.
Si aguantas a ese bicho, Stephenville será tuya.
Yo, en cambio… me tengo que conformar con Dusty Devil.
Ese animal tiene menos sangre que un filete de ayer.
Voy a tener que bailar yo solo ahí fuera para que los jueces no se duerman.
Me ajusto el guante, sintiendo el cuero apretado contra mi piel.
Ray se queja, pero sé lo que hay detrás: él tiene un talento que yo nunca tendré.
Él podría hacer que un mulo pareciera un campeón del mundo.
Yo, en cambio, solo intento sobrevivir a los ocho segundos sin que mis costillas terminen perforando un pulmón.
Escucho mi nombre por la megafonía. Es mi turno.
Me deslizo al interior del cajón y noto el costado enorme de Skullbreaker empujándome las piernas.
El toro resopla y golpea el suelo con tanta fuerza que toda la estructura vibra.
Cierro los ojos un segundo mientras termino de ajustar la cuerda, intentando no escuchar a la grada ni a Ray, que sigue arriba mirando la escena como si todo esto fuera un juego.
«Ocho segundos», me digo mientras busco el agarre de la cuerda. «Solo ocho segundos más. Una monta menos»
—¡Dame cuerda! —le grito al ayudante.
—¡Siéntate sobre tu mano, Jack! —me grita Ray-Lee desde arriba—. ¡No dejes que te eche atrás en el primer salto!
Doy el asentimiento con la cabeza. La puerta se abre y el mundo estalla.
El primer salto me sacude entero. Skullbreaker cae y gira en seco nada más tocar la arena.
El tirón me atraviesa el hombro derecho y durante un instante pierdo la referencia de dónde estoy.
Intento recuperar el ritmo, pero en el segundo salto cambia de dirección otra vez.
La cuerda se me mueve en la mano, el cuerpo se me va hacia fuera y, de repente, lo único que veo es arena acercándose a toda velocidad.
Caigo de costado y el impacto me saca todo el aire.
Ruedo por instinto mientras escucho el bufido del toro a centímetros de mi espalda.
Los payasos de rodeo saltan para distraerlo y yo me levanto rápido, con la boca llena de tierra y el orgullo roto.
El marcador se detiene en un humillante 3. 4 segundos.
Ray-Lee me ayuda a subir la valla, sacudiéndome el polvo de la espalda.
—Ese toro era un regalo envenenado, Jack. Olvídalo.
—Estoy harto, Ray. Me siento como un saco de patatas. Algún día no me levantaré así de rápido y el toro me usará de alfombra.
—No digas tonterías. Mira y aprende.
Ray-Lee baja al cajón de Dusty Devil. El toro parece aburrido, pero en cuanto se abre la puerta, Ray hace que parezca el animal más salvaje de Texas.
No hay lucha, hay un baile. Acompaña cada movimiento con una elegancia insultante, espoleando con un ritmo perfecto.
Cuando suena la campana de los ocho segundos, salta del toro con una pirueta limpia.
El marcador parpadea: 88. La nota más alta de la noche.
—¡Increíble! —brama el locutor—. ¡Powell lo ha vuelto a hacer! ¡Ha sacado petróleo de un toro manso y se coloca líder absoluto!
Ray-Lee se acerca a mí, eufórico, recreándose con los aplausos mientras se ajusta el sombrero con un gesto triunfal.
—¿Has visto eso? ¡Doble liderato, socio! Esta noche las cervezas corren de mi cuenta.
Pero yo no estoy para cervezas. Ni siquiera para un jodido refresco. Lo único que quiero es desaparecer en mi habitación del motel y descansar las costillas hasta el próximo rodeo para que el cuerpo me deje de gritar.
Otro más de esta temporada y uno menos para terminar definitivamente con este mundo. No sé todavía cómo se lo tomará Ray, pero tengo claro que de este año no pasa.
El estruendo de la arena todavía me zumba en los oídos mientras me sacudo el polvo de los vaqueros junto a los cajones.
Ray-Lee, en cambio, camina como si flotara.
El locutor vuelve a gritar su nombre y un par de oficiales de la PRCA lo escoltan hacia el centro de la pista para la entrega de la hebilla de plata.
Es el trofeo de la asociación profesional, el reconocimiento al mejor de la noche, y él lo recoge con esa tranquilidad de quien lleva años acostumbrado a ser el dueño del espectáculo.
Ray-Lee se pavonea en el centro de la arena, bañándose en una gloria que le sienta como una segunda piel.
Con una sonrisa de anuncio, lanza un beso al aire dirigido a las tres turistas de los sombreros nuevos.
Sé perfectamente lo que vendrá después: en cuanto nos hayamos sacudido el polvo, las buscará entre el estruendo del dance hall y terminarán en nuestra habitación del motel.
Ellas vienen buscando la adrenalina del rodeo y creen que la encontrarán acostándose con un vaquero.
Y a Ray eso le encanta, sabe cómo sacar provecho.
Le gusta tener público mientras las monta con la misma eficiencia fría con la que domina a un novillo o monta los toros. Le gustan los aplausos, le gusta el espectáculo y, sobre todo, le gusta tenerme a mí ahí, sujetando las riendas mientras él se lleva todo el crédito.
El guion se cumple con precisión de relojero.
Allí están las tres en la pista de baile, mientras Cody Miller merodea a su alrededor como un buitre que espera el momento de lanzarse sobre los restos.
Me quedo apoyado en la barra, pidiendo algo lo bastante fuerte como para que las costillas protesten un poco menos.
En cuanto Ray entra en el local, las miradas convergen sobre él.
Se acerca a ellas y me lanza un guiño cómplice invitándome a participar, pero no estoy de humor para ser el copiloto de su fiesta.
Solo quiero que mi cuerpo deje de gritar y que mi cabeza me dé un respiro.
Cody Miller se deja caer en el taburete contiguo, soltando un suspiro que arrastra todo el cansancio de la arena. Observa cómo las tres turistas ignoran que nosotros también nos hemos jugado el pellejo ahí fuera hace apenas una hora.
—¿No te cansas de ser siempre el perrito faldero de Ray? —me pregunta sin mirarme—. Ese tío se lleva los premios, los focos y a las mejores chicas de la noche.
Aprieto los dientes y le doy otro trago a la cerveza fría.
—Ray se lleva los premios porque es el mejor. Si no te gusta, supéralo o entrena más.
Cody se ríe sin ganas y me repasa de arriba abajo.
—¿Y a ti no te molesta estar siempre a su sombra? ¿Ser el figurante de su película?
—Yo no estoy a la sombra de nadie, Cody —sentencio, y esta vez mi voz suena más profunda—. Lo acompaño porque es mi hermano. Lo dejaré cuando me dé la gana. Para mí esto es solo un paréntesis; cuando termine, tengo mi propio rancho y una tierra que me pertenece esperándome.
—¿Y por qué lo sigues entonces si este no es tu sueño?
—Eso —digo, dejando la botella vacía sobre la madera con fuerza— no es asunto tuyo.
Me alejo de la barra apartando a las parejas que bailan una balada de Garth Brooks.
Justo delante de mí, Ray-Lee cruza la puerta principal rodeado por las tres turistas.
Sé que en diez minutos el aire de la habitación se llenará de ese ruido vacío que mi socio colecciona como si fueran hebillas de plata.
Me tocará esperar fuera, apoyado en el capó de la camioneta, hasta que termine su función para poder entrar a lamerme las heridas en paz.
Justo antes de salir al parking , la chica del sombrero chocolate se gira.
Nuestras miradas se cruzan entre las luces bajas del local y noto un golpe de sorpresa que no puedo evitar.
Es guapísima. Pero cuando veo que sostiene el contacto, me bajo el ala del sombrero y aparto la vista antes de que alcance a ver mi frustración.
Sé qué película rueda en su cabeza. Ha venido buscando el sudor de un vaquero para cumplir una fantasía barata antes de volver a su vida ordenada.
Mientras ellas se pierden en la noche riendo, yo me quedo aquí con el sabor amargo de la cerveza.
Por muy hermosa que sea, para mí ya es solo otra muesca en el cinturón de Ray.
Bajo este cielo de Texas, ya no tengo estómago para seguir siendo el espectador de su vida mientras la mía se desvanece en el polvo.