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SHERYL
Anne huye de su novio Duke. No es una huida en sí misma, porque ella está encantada de ejercer el papel de la novia abnegada que espera a su chico cuando este sale de trabajar y le dedica el tiempo que le sobra.
Ese tiempo que él no puede llenar con sus amigos en el bar después de salir de la fábrica porque ellos tienen su propia novia o familia, esperándolos a la vuelta para cenar.
Tanto Lauren como yo odiamos a Duke. La manera en la que engaña a nuestra amiga mientras ella parece asumir un papel que, no sabemos por qué, acepta de tan buen grado nos revuelve las entrañas. Pero este viaje es una especie de venganza cocinada a fuego lento.
Ahora mismo Duke ha roto con ella. Por enésima vez.
Lo hace siempre con el comienzo del buen tiempo, como si necesitara soltar lastre para disfrutar del calor.
Pero esta vez, lejos de quedarse en casa esperando que decida volver a buscarla, Anne ha despertado.
Al menos, como ella dice, va a pagarle con la misma moneda.
Esa moneda incluye fiestas, borracheras y sexo. Y ha empezado fuerte.
Nada más dejar las cosas en el motel, vamos directas al Lone Star Arena.
El recinto aparece al fondo de la explanada rodeado de camionetas, remolques y corrales improvisados.
Desde fuera ya se escuchan los altavoces, el ruido metálico de las puertas y los caballos golpeando el suelo dentro de los cercados.
El calor cae sobre el hormigón y el aire arrastra tierra roja de un lado a otro cada vez que pasa una ráfaga de viento.
Al entrar, las gradas parecen mucho más grandes de lo que imaginaba.
La arena de la pista ya está marcada por las pezuñas y hay vasos de cerveza aplastados bajo los bancos de cemento.
Todo el mundo mira hacia la pista, pendiente de los cajones y de quién será el siguiente en salir despedido contra la arena.
La competición está a punto de empezar. Monta de caballos, de toros, y el Team Roping , esa disciplina de lazo por equipos que aquí se vive como una religión.
El tiempo se nos va pasando entre cervezas, risas y vítores a los vaqueros. Tengo que reconocer que el espectáculo engancha, aunque en más de una monta acabo encogiéndome en el asiento. Hay momentos en los que parece imposible que esos tipos puedan levantarse después de caer ahí abajo.
Algunos se estampan contra la arena antes de cumplir los ocho segundos.
La mayoría se pone en pie enseguida, se toca las costillas o escupe tierra antes de salir caminando como si nada.
Otros tardan más en levantarse y entonces el recinto entero cambia de golpe.
La música baja, aparecen los sanitarios corriendo hacia la pista y, al poco, las ambulancias atraviesan la explanada con las sirenas encendidas.
La gente chilla, vitorea, y yo no puedo más que preguntarme si merece la pena poner en riesgo tu cabeza y tu vida por ocho putos segundos.
Cada vez que se abre uno de los cajones, el ruido de las gradas sube de golpe y hace temblar hasta los asientos metálicos.
Anne parece haberse olvidado de Duke por completo; agita la cerveza en el aire y grita cada vez que un vaquero sale disparado hacia la arena.
Lauren, a su lado, no deja de señalar a los tipos de las primeras filas, repasándolos sin ningún disimulo mientras comenta a cuál se llevaría al motel y a cuál no.
Pero yo no puedo evitar fijarme en lo que hay detrás del espectáculo.
—Vale, chicas, necesito detalles técnicos, porque no me entero de nada. ¿Qué hacen esos dos? —pregunto, señalando a una pareja que sale a galope tendido tras un novillo que parece llevar un cohete en el rabo—. Parece que se van a chocar en cualquier momento.
Anne se ríe y me pega un codazo suave.
—Joder, Sheryl no pareces de Texas. Eso es el Team Roping. El único momento del rodeo donde estos tíos tienen que demostrar que saben trabajar con alguien más que con su propio ego.
—Es una carrera contra el reloj —añade Lauren, pendiente de la pista—.
El primero es el cabecero, el que engancha los cuernos para frenar y girar al novillo.
El segundo entra justo después y tiene que lazarle las patas traseras antes de que el animal vuelva a arrancar.
Cuando los dos tensan las cuerdas desde lados opuestos, el cronómetro se para.
—¿Y si solo atrapa una? —pregunto mientras veo salir el lazo disparado por el aire con una precisión que me parece increíble.
—Cinco segundos de penalización —dice Anne antes de darle otro trago a la cerveza—. Y aquí cinco segundos te mandan del primer puesto al fondo de la clasificación. Puedes pasar de llevarte un cheque bueno a no pagar ni el gasoil del viaje.
—O sea, que dependen totalmente el uno del otro.
—Exacto —dice Lauren, bajando un poco la voz—. Tienen que funcionar como una sola persona. Se pasan media vida juntos en la carretera, compartiendo moteles y cuidando los caballos del otro. Si tu socio falla en la arena, te quedas sin cobrar. Así de simple.
Me quedo hipnotizada por la rapidez de los lazos en el aire. Es una danza de cuerdas y caballos que apenas dura seis o siete segundos de pura coordinación y nervios de acero.
La música de ambiente se corta de golpe y un foco blanco barre la arena hasta detenerse frente a los cajones de salida. El locutor empieza a hablar por los altavoces con ese acento texano tan cerrado que casi parece otro idioma, y las gradas responden al instante con silbidos y gritos.
—¡Atención, Stephenville! ¡Poneos en pie y haced algo de ruido!
—grita el locutor con una energía contagiosa—.
¡Llegan los chicos de la casa, los favoritos de la Capital Mundial del Cowboy !
A la cabeza, el hombre que hace que lazar parezca un arte, el rayo de Texas: ¡Ray-Lee Powell!
Y cubriéndole las espaldas, el brazo más firme del condado de Erath: ¡Jackson Evans! ¡Démosles la bienvenida que se merecen!
El estadio estalla en un rugido ensordecedor.
Silbidos, sombreros al aire y vítores que parecen sacudir los cimientos del recinto.
Ray-Lee entra al galope saludando con una mano, bañándose en la gloria del momento, mientras Jackson aparece un segundo después, con la mirada clavada en el novillo y el lazo ya listo en su mano derecha.
Para el pueblo, son héroes; para mí, son dos locos que están a punto de jugarse el tipo en una danza de seis segundos que huele a peligro y a tierra batida.
El silencio cae sobre la arena, roto solo por el metálico golpeteo de los cascos de los caballos contra el suelo de los cajones.
Los dos vaqueros están ahí, encajonados en esos pasillos de hierro, con una cuerda tensa frente a ellos que parece un hilo dental comparado con la potencia de sus animales que bufan impacientes.
Veo a Ray-Lee. Está tenso, inclinado sobre el cuello de su caballo, con el lazo ya formando un círculo en su mano derecha. Jackson está a unos metros, a su derecha, inmóvil como una estatua de granito bajo el ala de su sombrero. El novillo muge dentro de su jaula, impaciente.
De repente, Ray-Lee hace un gesto rápido con la cabeza, un simple asentimiento, y todo estalla.
La puerta central se abre de golpe y el novillo sale como un proyectil gris.
Casi al mismo tiempo, los dos caballos saltan hacia delante, rompiendo la inercia con una violencia que me corta la respiración.
Ray-Lee Powell sale primero, persiguiendo los cuernos del animal, mientras Evans le sigue los pasos, esperando el momento exacto para entrar en juego.
El polvo todavía flota en el aire, una nube dorada que envuelve a los dos caballos mientras tiran de las cuerdas en direcciones opuestas, manteniendo al novillo inmóvil en el centro. El silencio de esos segundos de tensión se rompe con el pitido del cronómetro electrónico.
—¡Damas y caballeros! —truena la voz del locutor, que parece tan excitado como el público—. ¡Cuatro segundos y siete décimas! ¡Sin penalizaciones, señores! ¡Powell y Evans acaban de pulverizar el marcador y se colocan en el número uno de la tabla! ¡Esa es la forma de defender la casa!
El ruido del Lone Star Arena se vuelve insoportable cuando terminan la carrera.
Ray-Lee se quita el sombrero y lo agita en el aire mientras hace girar al caballo en un pequeño círculo, saludando a las gradas como si acabara de ganar las finales nacionales.
Jackson, en cambio, recoge el lazo sin prisa y le pasa la mano por el cuello sudado al caballo antes de empezar a salir de la pista.
—¿Cuatro coma siete? —pregunto, tratando de entender la magnitud del grito de la grada—. ¿Eso es mucho o poco?
—Sheryl, eso no es mucho, es una auténtica animalada —suelta Anne, pegando un salto en el asiento mientras agita su cerveza—.
Bajar de los cinco segundos es entrar en el terreno de los profesionales de élite.
Significa que Ray-Lee ha volado sobre la arena; fíjate en cómo ha metido el lazo por los cuernos, ha sido perfecto.
Y lo mejor es que el juez no ha levantado el pañuelo: no hay penalizaciones.
El de las patas también ha estado rápido y las ha cazado limpias de un solo golpe.
Si hubiera enganchado solo una, nos habríamos ido a los nueve segundos y estarían ahora mismo los últimos de la lista.
—Estar los primeros en la tabla ahora mismo significa que Powell tiene el cheque de ganador prácticamente en el bolsillo —añade Lauren con los ojos brillando de excitación mientras no pierde de vista la figura de Ray-Lee en la pista—.
Quedan algunas parejas por salir, pero va a ser casi imposible que alguien supere esa marca hoy.
Ese tiempo le da a Ray-Lee los puntos máximos para el ranking nacional y, con lo que va a cobrar, ya verás…
va a estar pavoneándose por todo Stephenville como si hubiera inventado él mismo el rodeo. Menudo espectáculo acaba de dar.
El pitido final marca el cierre de la primera parte y el Lone Star Arena se pone patas arriba.
Un par de tractores entran para alisar el suelo mientras la gente aprovecha para levantarse, comprar cerveza o ir hacia los puestos de comida.
Por los altavoces suena country y el payaso del rodeo aparece en mitad de la pista intentando mantener entretenida a la grada.
El calor de junio es asfixiante, y en el aire flota una mezcla de sudor, fritanga y euforia local. Anne se levanta de un salto, abanicándose con el sombrero, mientras Lauren estira las piernas con un suspiro de alivio.
—Vamos a vaciar las cervezas —dice con urgencia— y a por otra ronda. Pero esta vez con unos nachos con queso.
En el trayecto a los baños, Anne frena de golpe y resopla mirando al móvil.
—¿Qué pasa? —preguntamos Lauren y yo casi al unísono.
—Es Duke —nos informa—. Me pregunta que cuándo pienso volver.
Mi amiga se guarda el móvil en el bolso sin contestarle y Lauren y yo chocamos las manos por detrás. Este viaje no ha hecho más que empezar y ya creo que se va a convertir en una aventura de las que hacen historia. Más si mi amiga pasa del tóxico de su novio de esta manera.
Regresamos a los asientos con las cervezas frías y las bandejas de nachos a rebosar justo cuando las luces del Lone Star Arena vuelven a bajar. La gente empieza a sentarse deprisa otra vez y el ruido cambia de tono alrededor de la pista.
—¡Damas y caballeros, dejen la comida a un lado y prepárense para contener el aliento —truena la megafonía, resonando en mi pecho—. Llegamos al plato fuerte, la prueba que separa a los hombres de los niños. ¡El Bull Riding! ¡Ocho segundos de gloria o el sabor amargo del polvo!
—A ver, chicas —digo, acercándome a ellas para que me oigan sobre la megafonía—. Explicadme esto de los ocho segundos, porque me parece una locura. ¿Cómo saben quién gana si casi todos acaban en el suelo?
—Porque no solo es eso, Sheryl —me dice Anne, dándole un trago largo a su cerveza y señalando con la lata hacia el centro de la arena—. No es solo mantenerse ahí arriba. Esto no es una atracción de feria.
—¿Entonces? —pregunto, viendo como un chico sale despedido como un muñeco de trapo tras apenas tres segundos—. No me malinterpretéis. Es emocionante, comprendo el riesgo y la adrenalina, pero… No entiendo nada.
—Es una cuestión de puntos, Sheryl —dice Lauren, acercándose un poco para que pueda oírla entre el ruido—.
Hay dos jueces. La mitad de la nota es para el toro y la otra mitad para el jinete.
Si el animal sale flojo y casi no se mueve, el vaquero lo tiene difícil aunque aguante los ocho segundos.
Lo que quieren ver es control, equilibrio y que el tipo siga mandando aunque el toro intente arrancarle el brazo.
—Exacto —añade Anne—. Tienen que mover las espuelas al ritmo de los saltos, aguantar el equilibrio y no tocar nada con la mano libre. Si esa mano roza el toro, la cuerda o incluso al propio jinete, se acabó. Cero puntos.
—O sea, que se juegan el cuello y encima tienen que quedar bien haciéndolo —resumo, mirándolos bajar hacia los cajones.
—Más o menos. —Anne se ríe—. Aquí no basta con aguantar; también tiene que parecer que lo tienes bajo control. Duke saldría corriendo a llamar a su mamá al primer bufido de ese animal, pero estos tíos… estos tíos están hechos de otra pasta.
Me quedo mirando la arena mientras el polvo sigue flotando bajo los focos.
Los vaqueros esperan junto a las vallas con una tranquilidad que no consigo entender.
Algunos hablan entre ellos, otros revisan las cuerdas o se ajustan el chaleco como si fueran a empezar cualquier trabajo normal y no a subirse encima de un toro de casi una tonelada.
Como veterinaria, sé perfectamente lo que puede hacer un animal así cuando decide embestir. Quizá por eso me cuesta apartar la vista. Hay algo completamente absurdo en todo esto… y, aun así, no puedo dejar de mirar.
De repente, la megafonía truena de nuevo, cortando el murmullo de las gradas:
—¡Damas y caballeros, abran paso al primero de la noche! ¡Directo desde Amarillo, en el corazón del Panhandle de Texas, montando a Iron Fist… denle la bienvenida a Cody Miller!
El cajón de metal vibra bajo el golpe de un animal furioso y comprendo que en Texas la vida no se mide en años, sino en esos ocho putos segundos en los que te atreves a mirar a la muerte a los ojos solo para sentirte vivo y notar cómo el corazón te golpea las costillas.