2
JACKSON
El intermitente de la camioneta lleva tanto rato sonando que ya no sé si lo escucho o lo tengo metido dentro de la cabeza.
Apenas hemos tardado veinte minutos desde el rancho hasta el Lone Star Arena, pero siento como si viniera de cruzar todo el país.
Miro mis manos sobre el volante. Tengo los dedos marcados por años manejando la cuerda y el calor húmedo de junio me obliga a aflojar el agarre cada pocos segundos para no acabar con las palmas empapadas.
A mi lado, Ray-Lee bosteza y se recoloca el sombrero, tan fresco como si acabara de salir de un anuncio de detergente.
Para él, Stephenville es solo el calentamiento para el «Cowboy Christmas» de julio, pero yo solo puedo pensar en que mis caballos necesitan un descanso y mis costillas, un respiro que no llega nunca.
—Ya estamos —digo, más para convencerme a mí mismo que por informar—. Aparcaré cerca de las cuadras de descarga.
—Alegra esa cara, Jackson, joder —me recrimina Ray—. Este fin de semana jugamos en casa.
Luego me guiña el ojo y me da su típica palmada en la espalda.
Para él, cada competición es como un puto partido de bolos.
Sin riesgo, divertida y una opción para pasar el rato.
Algo que lo aleje de las responsabilidades en el rancho y de la monotonía de un trabajo que él considera aburrido pero que a mí es lo único que todavía me mantiene con los pies en el suelo.
Maniobro entre cientos de remolques de caballos que brillan bajo el sol como espejos, mientras el polvo que levantan las otras camionetas se nos mete por las ventanillas dejándome un sabor a tierra en la boca.
El ritual empieza de nuevo: apagar el motor, quedarme un segundo escuchando el silencio y abrir la puerta para que el calor me caiga encima.
Mis botas pisan la tierra de Stephenville y el olor llega al instante: estiércol, caballo sudado, combustible.
Llevo toda la vida rodeado de eso y últimamente empiezo a preguntarme cuánto tiempo más quiero seguir aquí.
Abro la rampa y los caballos relinchan, nerviosos por el ajetreo de los otros animales.
Ray-Lee se baja de un salto, ignorando las bolsas de equipo, y se queda mirando hacia las gradas, buscando caras conocidas o, más bien, alguna chica que lo reconozca.
Yo me quedo atrás, comprobando la tensión de las cinchas y revisando que los protectores de las patas de los caballos estén en su sitio con un cuidado obsesivo que Ray nunca entenderá.
Me acerco a la pizarra de anuncios. Mis ojos van directos a la lista del Team Roping y luego a la del Bull Riding. Localizo mi nombre, el número del novillo y el toro que me ha tocado en el sorteo de hoy.
—Nos espera un crossbred de los Miller para el lazo —le grito a Ray sin mirarlo—. Y tengo a Skullbreaker para los toros.
Ray-Lee deja de juguetear con su guante y me mira con una mezcla de envidia y reproche que le cambia la expresión por completo.
—Ey, de puta madre, Jack. Te ha tocado la lotería con ese toro.
Ese cabrón tiene un salto limpio y gira como un demonio; si aguantas los ocho segundos, tienes el cheque en el bolsillo.
En cambio, a mí me ha tocado Dust Devil —resopla mientras aparta grava con la bota—.
Es un perro, Jackson. No es gran cosa. Es de esos que salen del cajón trotando como si fueran a por el pan.
Me va a tocar espolearlo hasta en las orejas para que los jueces me den algo más que un aprobado por lástima.
Me embarga un sentimiento extraño al oírle quejarse. Contradictorio. Él quiere espectáculo; yo, en cambio, miro el nombre de Skullbreaker en la lista y solo pienso en salir entero del cajón. Sé cómo se mueve ese toro y también la mala leche que tiene. Si pudiera, le cambiaba el puesto ahora mismo.
—Al menos Dust Devil no intentará pisotearte el hígado en cuanto toques el suelo, Ray —le respondo, volviendo a la camioneta—. Yo preferiría un paseo tranquilo hoy. Tengo la mandíbula hecha polvo de tanto apretar los dientes.
Caminamos hacia la oficina de inscripciones para confirmar que estamos aquí y pagar las tasas.
Por el camino, Ray-Lee se detiene cada tres pasos para dar una palmada en la espalda a alguien o firmar un autógrafo rápido.
Yo sigo adelante, con la bolsa de las cuerdas al hombro, sintiéndome como un fantasma en mi propio pueblo.
Entonces las veo.
Tres chicas que desentonan entre tanto cuero curtido y caras quemadas por el sol.
Llevan sombreros que brillan de nuevos, de esos que todavía conservan el olor a caja de cartón, y caminan como si estuvieran en una pasarela de Dallas.
Se nota que no tienen ni idea de dónde están pisando; el suelo aquí es una trampa constante de barro, mierda de novillo y charcos que salen de los bebederos y convierten todo en una pasta negra pegada a las botas.
Veo a la morena —la del sombrero color chocolate que le queda un poco grande— intentar esquivar un charco especialmente oscuro con unos andares que me hacen sonreír aunque quiera evitarlo.
Un paso en falso y sus botas relucientes conocerán la realidad de Stephenville antes de que empiece el primer turno de lazo y hará que se le acabe de golpe la tontería de turista.
Ray-Lee, por supuesto, frena su marcha de golpe. Se ajusta el cinturón, saca pecho y pone esa sonrisa de «bienvenidas al espectáculo» que usa cuando sabe que tiene audiencia.
—¿Te has fijado, Jack? —me susurra, aunque sé que quiere que lo oigan—. Parece que hoy el ganado no es lo único que ha venido de fuera. Tenemos carne fresca y parece de primera.
Las chicas se giran al escucharlo y yo escondo mi rostro bajo el ala del sombrero. Ray tiene un talento especial para dejarme en evidencia sin proponérselo siquiera.
—Céntrate en la competición, ¿vale? —le recrimino—. No quiero tener otro percance como el de San Angelo.
Ray-Lee suelta una carcajada corta, pero no deja de mirar a la morena del sombrero chocolate.
Yo, en cambio, siento que se me cargan los músculos del cuello al recordarlo.
En San Angelo, Ray se trajo a dos chicas al motel y la fiesta se alargó hasta que el sol empezó a asomar por las cortinas baratas de la habitación.
Luego, fui yo quien tuvo que encargarse de los caballos, de cargarlos en el remolque y de conducir con la cabeza a punto de estallar mientras él roncaba en el asiento del copiloto.
Llegamos a la arena con los pulmones llenos de café solo y el tiempo justo para que los jueces no nos tacharan de la lista.
—Eso fue un «error de logística», Jack. No seas tan dramático —me contesta, sin perder la sonrisa de depredador—. ¿Recuerdas las tetas de la rubia?
—Creo que se llamaba Cindy —le puntualizo—. Y sí, las recuerdo perfectamente.
—Es la mejor parte de esta vida, hermano. Cuando volvemos al motel y nos follamos a todas esas chicas juntos —suspira cerrando los ojos como si estuviera reviviendo cada segundo—. Me gusta casi tanto como montar a esos toros, los aplausos del público y el olor de la pista.
—Fue una irresponsabilidad, Ray. Casi nos quedamos fuera y el gasoil de esta camioneta no se paga con las orgías que te montas.
Hoy no tengo cuerpo para tonterías. O te centras en el cronómetro o te buscas a otro que te cubra las espaldas en la arena.
No voy a estar siempre ahí para arreglar tus desastres.
Él me dedica una mirada de reojo, de esas que dicen que soy un viejo gruñón antes de tiempo, pero se ajusta el cinturón y parece que, por fin, pone un pie en la tierra.
—Venga, socio. Relájate. Stephenville es nuestra casa. Estas chicas solo son el decorado.
Me alejo del remolque tirando de la cabezada de Trigger.
El paso constante del caballo a mi lado es lo único que consigue bajarme las revoluciones en medio de tanto ruido y polvo.
Ray-Lee se queda atrás, repartiendo sonrisas como si fueran caramelos, moviéndose entre la multitud con esa facilidad pasmosa que siempre envidio y detesto a partes iguales.
Llegamos a la zona de las vallas metálicas, el backstage donde se decide quién cobra y quién se va a casa con las manos vacías.
Me detengo frente a un poste de madera desgastada por años de fricción y saco la cuerda de lazo.
Es un ritual que hago con los ojos cerrados: pasar el nailon por la madera, notar el calor de la fricción en la palma de mi guante, asegurar que el lazo corra sin un solo tropiezo.
La cuerda tiene que estar viva, flexible, lista para obedecer al menor giro de mi muñeca y a la fuerza de mi brazo.
Me giro un segundo para buscar a mi socio y lo veo.
Ray-Lee está apoyado en la valla, con el sombrero inclinado en ese ángulo perfecto que ha ensayado mil veces, charlando animadamente con las tres chicas que hemos visto antes.
Ellas ríen, fascinadas por su verborrea y esa hebilla de campeón que brilla bajo el sol de junio como un faro.
Ninguna me mira. Para ellas, yo solo soy el tipo serio que se encarga de los caballos, tan solo un secundario de la estrella principal.
Me obligo a centrarme en mis cosas, antes de que la mala hostia me arruine el día.
Me agacho junto a Trigger para terminar de ajustarle las protecciones de las patas; es un trabajo rutinario, mecánico, de esos que mis manos hacen solas después de tantos años de rodeos.
Alguien tiene que asegurarse de que todo esté en su sitio antes de que el cronómetro se ponga en marcha, y sé de sobra que no será Ray-Lee.
Saco la bolsa de cuero y empiezo a preparar mi guante de monta.
El olor de la resina, pegajoso y denso, me llena la nariz, recordándome que en poco tiempo estaré ahí fuera jugándome el tipo.
Es un proceso que requiere paciencia; si no lo haces bien, el toro te lanza al suelo antes de que puedas siquiera parpadear.
Mientras froto la pasta contra el cuero del guante, levanto la vista y veo a Ray-Lee acercándose.
Camina con la tranquilidad y parsimonia de quien sabe que el mundo entero es su escenario, todavía con la sonrisa puesta después de su pequeña charla con las turistas del sombrero nuevo.
Para él, la vida es una fiesta continua; para mí, es este sudor y este polvo que ya no se me quita de la piel ni con litros de agua caliente.