1
SHERYL
Anne lanza la maleta de Lauren en la caja trasera de la camioneta, donde el metal suena con ese sonido pesado de los vehículos americanos de antes.
Es una Chevrolet Silverado de un azul cobalto que el sol de Texas ha vuelto mate y polvoriento, dándole ese aspecto de veterana que ha dormido más bajo las estrellas que en un garaje.
Es enorme, con un tanque de acero en la parte de atrás que nos hace sentir pequeñas a su lado.
—¿Qué llevas aquí, Lauren? ¿Rocas de recuerdo? —bromea Anne mientras empuja el portón hacia arriba hasta hacerlo encajar.
Nos subimos a la cabina y, aunque somos tres, el interior es tan ancho que no nos agobiamos.
Anne se pone al volante, yo me hundo en el asiento del copiloto y Lauren se acomoda en la parte de atrás, estirando las piernas como si el espacio trasero fuera el sofá de su casa.
La camioneta arrastra señales de años en carretera: polvo incrustado en las alfombrillas, un vaso olvidado junto al cambio de marchas y manchas oscuras en la tapicería que ya forman parte del interior.
El salpicadero tiene un par de grietas por el calor y la guantera solo cierra si le das el golpe exacto, pero hay algo en la solidez de sus puertas que te hace sentir a salvo.
Antes de arrancar, Anne golpea dos veces la pantalla del equipo porque no responde a la primera, trastea un momento entre los menús y, al cabo de unos segundos, las notas de una guitarra empiezan a poner banda sonora a nuestra aventura.
—He decidido que Brett Young va a acompañarnos en este viaje —nos informa—. Y no admito discusiones.
—Me encanta Brett —acepta Lauren—, así que por mí no hay problema.
—¡Amo a Brett! —grito, subiendo el volumen antes de empezar a cantar la primera frase sin saberme bien la letra.
—Entonces en marcha, chicas —dice Anne con una sonrisa amplia y decidida, mientras el motor empieza a ronronear bajo nuestros pies—. Próxima parada: Stephenville.
El viaje empieza bien temprano, pero nos pilla demasiado emocionadas para quejarnos. Al principio tarareamos las canciones casi por lo bajo. Media hora después, las tres estamos gritando los estribillos con las ventanillas bajadas.
Entonces suena el móvil de Lauren y se queda callada al instante. Mira la pantalla unos segundos antes de descolgar.
—Que le den por culo a mi jefe —exclama, indignada—. ¿Os podéis creer que acaba de despedirme?
—Tenías que haberle dicho que te tomabas las vacaciones con más tiempo —le recrimino—, llevamos planeando este viaje meses, Lauren.
—¿De parte de quién estás, tía?
—Tuya. Siempre. Pero es que…
—Es que nada. Es un gilipollas y además odiaba ese antro —dice más para sí misma—. Os recomiendo que no pidáis una hamburguesa en ese sitio… nunca.
—¡Anotado! —grita entusiasmada Anne—. ¡Este viaje va a ser una pasada! Épico.
Anne-Mae lleva ahorrando más de un año para poder venir con nosotras. Su novio Duke, no está demasiado contento, pero ese imbécil no hace más que cortar con ella cuando le interesa, así que creo que, en esta ocasión, el que va a terminar con más cuernos que un toro de rodeo va a ser él.
Atravesamos el laberinto de Houston. El tráfico es una locura de camiones gigantes y autopistas elevadas que parecen no tener fin.
Anne maldice entre dientes mientras adelanta a un tráiler, pero en cuanto dejamos atrás el tráfico y la Highway 6 se abre frente a nosotras con kilómetros de asfalto vacío, el ambiente cambia.
Los edificios se rinden ante las vallas de madera y los pastos infinitos. El sol ya golpea el parabrisas y el aire acondicionado de la Chevy empieza a luchar contra el calor exterior.
Llevamos un par de horas en la carretera y el paisaje es puro Texas: graneros rojos, caballos que ni levantan la cabeza al vernos pasar y gasolineras que parecen atrapadas en otra década.
Paramos en Hico, un pueblo pequeño de aceras anchas, letreros antiguos y locales con ventiladores girando tras los escaparates.
La estatua de «Billy the Kid» nos vigila desde una esquina mientras estiramos las piernas sobre el asfalto caliente.
El aire aquí ya es seco, de ese que te pica un poco en la garganta y te recuerda que el rodeo está cerca.
Nos sentamos en la caja de la camioneta, con las piernas colgando y el café helado en las manos. La emoción pesa mucho más que el cansancio que acumulamos y el calor asfixiante que empieza a invadir el estado.
—Chicas, quiero daros las gracias por organizar este viaje —digo con toda la sinceridad de la que soy capaz—. Sé que he estado ausente por la carrera y no hemos podido pasar tiempo juntas. Os he echado de menos.
—No le eches la culpa solo a la carrera —me reprocha Lauren—. Ese estirado de novio que tenías, también hizo su parte.
Lauren quizás sea de las tres la que menos se piensa las cosas antes de hablar.
No se calla nada, y eso le ha costado amistades y más de un trabajo.
Pero también sé que sería la primera en meterse en una pelea por cualquiera de nosotras.
Tiene algo de esas amistades que siempre acaban en líos por abrir la boca en el momento equivocado.
Con ella misma es un desastre, sí, pero nunca te deja sola y detecta la mierda antes que nadie.
—Billy es un capullo. No quiero ni pensar en él. —Me apoyo en la puerta y cruzo los brazos—. Solo en todos los vaqueros a los que voy a montar en este viaje.
—Amén, amiga —asiente chocando su café con el mío en un brindis que suena a declaración de intenciones.
Anne es mucho más tradicional. Lleva desde el instituto con Duke. La típica historia de animadora con uno de los jugadores del equipo de fútbol.
Él le dio su chaqueta y desde entonces parece que Anne pasó a ser de su propiedad. Duke es un capullo, aunque en eso, tanto Lauren como yo tenemos la batalla perdida. Ella no piensa dejarlo aunque se haya acostado con la mitad de las chicas del pueblo.
De vuelta a la autopista, los carteles de «Cowboy Capital of the World» empiezan a multiplicarse.
La carretera se llena de camionetas como la nuestra, muchas arrastrando remolques cargados de caballos que van camino del rodeo.
El corazón me late un poco más rápido al ver las primeras banderas de Texas ondeando en el recinto de Stephenville.
Anne reduce la marcha y entra en el pueblo. La Silverado avanza despacio entre camionetas aparcadas en doble fila, sombreros de ala ancha y botas cubiertas de polvo cruzando las aceras.
—Hemos llegado, chicas —anuncia, apagando la música.
El cartel de madera desgastada nos da la bienvenida con letras mayúsculas: STEPHENVILLE.
COWBOY CAPITAL OF THE WORLD. En cuanto la Silverado entra en el centro y empezamos a cruzarnos con más sombreros que gorras, entiendo que no es solo un eslogan publicitario; es una declaración de guerra al mundo moderno.
A través del parabrisas, el pueblo se despliega ante nosotras como el escenario de una película que se ha olvidado de gritar «corten».
No hay rascacielos ni edificios de cristal; solo negocios bajos, fachadas castigadas por el sol y porches donde la gente mira pasar las camionetas como si tuviera toda la tarde libre.
El aire, que entra por la rendija de mi ventanilla, ya no huele a la humedad salada de Texas City; ahora es una mezcla seca de tierra caliente, cuero curtido y el aroma dulzón del heno.
—Mirad eso —susurro, señalando la acera.
Es como si hubieran convocado un casting masivo de vaqueros.
Por todas partes hay hombres y mujeres con sombreros de ala ancha.
Cruzan la calle despacio, arrastrando las botas sobre el cemento mientras las espuelas tintinean a cada paso.
Casi todas las camionetas aparcadas en batería son como la nuestra, o más grandes, y la mitad arrastran remolques de aluminio que brillan bajo el sol como espejos plateados.
Pasamos por delante de una tienda de botas que tiene filas interminables de pieles exóticas en el escaparate y, justo al lado, una cafetería donde un grupo de viejos con camisas de cuadros charlan mientras se apoyan en sus camionetas con gesto despreocupado.
No hay rastro de las prisas de Houston. Aquí, el tiempo parece medirse en lo que tarda en hervir un café o en lo que aguanta un jinete sobre un animal.
Anne reduce todavía más la marcha al acercarnos al recinto del rodeo.
Hay camionetas entrando y saliendo, gente cruzando entre los corrales y música sonando desde algún altavoz perdido.
Las banderas de Texas y de Estados Unidos se mueven con fuerza sobre las gradas, y el polvo que levantan los caballos acaba flotando sobre todo el recinto.
Noto esa presión rara en el estómago que me entra cuando algo está a punto de empezar. Lauren se inclina entre nuestros asientos para mirar mejor el recinto y Anne aprieta el volante mientras busca un sitio donde aparcar.
—Bienvenidas al corazón del espectáculo, chicas —dice Anne, mientras buscamos un hueco entre un mar de acero y sombreros.
—Ya sabéis lo que necesitamos, ¿verdad? —les digo, girándome hacia ellas mientras noto cómo se me empieza a contagiar la emoción.
Anne asiente con una sonrisa que ya promete problemas.
Aparcamos cerca de la calle principal y el calor nos cae encima en cuanto abrimos las puertas.
Las botas golpean la acera de madera mientras avanzamos entre tiendas de sombreros, hebillas gigantes en los escaparates y banderas de Texas colgadas bajo los porches.
Una de las fachadas tiene un letrero tallado a mano: Western Wear & Custom Hats.
Al empujar la puerta, una campana suena sobre nuestras cabezas y el aire acondicionado nos golpea de lleno después del calor de la calle.
Dentro huele a cuero, a tela nueva y a ese vapor caliente que dejan las planchas sobre los sombreros recién moldeados.
El olor se te mete tan rápido en la nariz que por un momento parece imposible que exista algo fuera de esa tienda.
Las paredes están cubiertas de arriba abajo con estanterías de madera repletas de cajas de cartón blanco.
Hay cientos. Sombreros de fieltro negro, castaño, gris plateado y ese blanco roto que los tejanos llaman «sand».
En el centro del mostrador, un hombre de manos grandes y nudillos deformados trabaja sobre un sombrero mientras una máquina escupe vapor a intervalos.
Va girando el ala despacio entre los dedos, corrigiendo la forma con pequeños movimientos que parecen aprendidos después de toda una vida.
—Buscamos algo de verdad —dice Anne, apoyándose en el mostrador con la confianza de quien ha nacido aquí—. Nada de plástico de gasolinera o brilli brilli de turista.
El dependiente alza la vista por encima de las gafas y nos observa unos segundos, deteniéndose en la cabeza de cada una igual que un sastre tomando medidas antes de cortar la tela.
Lauren se queda hipnotizada ante un sombrero de paja fina, ideal para el calor de junio, mientras yo paso los dedos por el ala de uno de fieltro oscuro.
Es suave como el terciopelo pero firme como el acero.
—Probáoslos —invita el hombre desde el otro lado del mostrador—. Un sombrero de cowboy no se elige. Él te elige a ti. Si no notas que te encaja hasta el alma, es que no es el tuyo.
Me coloco uno color chocolate frente al espejo. En cuanto me bajo el ala sobre la frente, dejo de parecer una turista perdida en Texas. El sombrero me endurece un poco la mirada y, por primera vez desde que empezó el viaje, me veo encajando de verdad en todo esto.