Vas a montar (Chicos de Uniforme 6)
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Prólogo
LAUREN
Nunca he entendido cómo alguien puede sentirse atrapado el día de su graduación.
Se supone que este momento es importante. Histórico. El tipo de mierda que las madres enmarcan y suben a Facebook con veinte emojis llorando.
Pero Sheryl parece una condenada camino del corredor de la muerte.
Desde mi asiento la veo recolocarse el birrete otra vez. Ya van unas diez en la última media hora. Se aplana la toga sobre el estómago, se toca el cuello y vuelve a mirar hacia la fila de graduados como si estuviera calculando cuántos segundos le quedan antes de salir corriendo.
La conozco demasiado bien y, cuando empieza a agobiarse, no puede quedarse quieta.
—Va a desmayarse —murmuro.
Anne-Mae resopla a mi lado.
—O vomitarle encima al decano. Cincuenta dólares a que ocurre antes de que termine la ceremonia.
Sonrío, pero no aparto la vista de Sheryl.
La conozco desde que las dos llevábamos coletas torcidas y jugábamos a saltar charcos en Texas City.
He estado ahí en cada una de sus crisis: el primer suspenso, el primer novio imbécil, la primera vez que dijo que quería largarse lejos de casa.
Y también estuve cuando la aceptaron en Texas A es esa versión educada y automática que pone cuando está demasiado cansada para explicar lo que le pasa.
—Necesita estas vacaciones o va a terminar asesinando a alguien —murmura.
—O casándose con Billy y teniendo hijos rubios repelentes —añado, arrancándole una risa.
La ceremonia continúa entre discursos eternos y aplausos mecánicos.
Cuando Sheryl vuelve a su asiento, busca enseguida entre el público y nosotras levantamos los brazos desde nuestra fila, sentadas junto a su familia: sus padres, su hermana Lydia con Ethan, su marido, que han venido desde Los Ángeles y parecen bastante más emocionados con la graduación que la propia Sheryl.
Cuando todo termina, su familia la rodea entre abrazos, felicitaciones y una cantidad absurda de fotos. Su madre no deja de llorar, su padre intenta disimular que está igual de emocionado y Lydia prácticamente le aplasta las mejillas de tanto abrazarla.
Todo parece perfecto desde fuera.
Pero en cuanto consigue escapar de ellos, Anne-Mae y yo la interceptamos antes de que alguien vuelva a arrastrarla hacia otra foto familiar.
—Señorita graduada —le digo, abriendo los brazos con dramatismo—, ya tenemos reservados los moteles y comprados los pases. Dos semanas de música, vaqueros y lo que sea que el destino quiera lanzarnos a la cara.
—Y mi padre nos deja la camioneta —añade Anne mientras Sheryl suelta por fin una sonrisa un poco más real—.
Solo hay que tirar las maletas atrás y largarnos.
Dentro de dos días estaremos recorriendo Texas, viendo rodeos y tomando decisiones cuestionables, exactamente como las irresponsables que nacimos para ser.
Ese es el plan. El único que Sheryl ha tenido claro en meses.
Dos semanas de carretera antes de que la vida real empiece a pedirle decisiones que todavía no sabe tomar.
Dos semanas para respirar, para sentirse joven un poco más, para perderse entre música country , gradas cubiertas de polvo y cowboys capaces de mirarte de una forma que debería ser ilegal en varios estados.
—Estoy deseando largarme —murmura Sheryl, y luego nos mira con una sonrisa tímida pero sincera—. Gracias por venir, chicas.
Y lo dice de verdad.
Porque lleva demasiado tiempo sintiendo que todo el mundo espera algo de ella. Su familia. Sus profesores. Billy. Incluso ella misma.
Tiene la sensación de que, si no se marcha ahora, alguien acabará decidiendo su futuro antes de que pueda descubrir qué demonios quiere hacer con él.
Lo que no sospecha es que uno de esos rodeos está a punto de cambiarle la vida para siempre.