EPÍLOGO
Naomi
La SSU seguía oliendo a magnesio, perfume de nicho, césped recién cortado, ambición juvenil y traumas deportivos envueltos en excelencia académica. Algunas cosas no cambiaban nunca. Otras sí, como nosotros.
Ya no éramos un puñado de veinteañeros hormonados sobreviviendo entre competiciones, egos, becas y decisiones cuestionables.
Ahora éramos adultos funcionales. Más o menos.
Lo suficiente para pagar impuestos, gestionar empresas, criar hijos y fingir en público que teníamos un mínimo control sobre nuestras vidas, o frente a mis padres, que, para el caso, era lo mismo.
Ya habían asumido que el deporte iba a formar parte del apellido Park, les gustara o no, y, por fortuna, a mamá le entusiasmó el análisis de la microbiota de Valentino.
La fiesta de antiguos alumnos había convertido el campus en una mezcla entre gala de premios, reencuentro festivo y experimento social de alto riesgo.
Había luces colgadas en los árboles, una carpa enorme sobre el césped y demasiada gente abrazándose como si no hubieran envejecido ni un solo día.
Algunos, casi, gracias a la cirugía. Lo cierto era que todos cargábamos con diez años más, un par de cicatrices bien colocadas y un talento mucho más refinado para disimular el cansancio.
Me preparé para bajar del coche respirando hondo y apoyando una mano en el estómago.
Muy discreta. Cero sospechosa de que tenía las tripas revueltas.
Valentino rodeó el capó y me abrió la puerta con esa cara de estrella de la NFL a la que le quedaban pocos años como profesional y que seguía sabiendo a la perfección el efecto que provocaba cuando sonreía de lado.
Tras ganar la Super Bowl con los Cowboys, fichó por los San Francisco 49ers —sí, seguía pareciéndome una ironía de muy mal gusto después de todo lo que nos costó San Francisco en su día— y pasó allí los últimos años de su carrera porque no quería nada que lo vinculara a los Joneson, cediéndole el puesto, muy a gusto, a Whitaker.
Ahora decía que le quedaban dos o tres temporadas antes de retirarse y pasarse al lado oscuro de mi empresa, concretamente a la seguridad y blindaje de aplicaciones deportivas.
Según él, ya que la vida le dio una nerd multimillonaria, pensaba exprimir la fantasía hasta el final.
Jerry cumplió su parte del trato. Mi aplicación quedó blindada con un contrato, una patente, exclusividad y más ceros de los que mi calculadora aceptaba sin colapsar.
También cumplió con lo otro: el dinero que Charlotte había sacado de las apuestas terminó donde debía, en manos de Landon, Sienna y Thiago, que lo convirtieron en algo infinitamente más útil que una huida de lujo: oportunidades para niños que jamás hubiesen podido permitirse acceder al deporte de élite.
Unos meses después de uno de los mayores triunfos de la franquicia, Jerry sufrió un infarto en vacaciones. Sobrevivió, aunque el médico soltó aquello de «cero emociones fuertes si quería conocer a algún nieto», y por una vez el universo pareció tomarse en serio su propio sentido del humor.
Las piezas cambiaron en el tablero familiar después de aquello.
Elliot acabó quedándose con el puesto que más ansiaba, el de Charlotte, lo cual seguía haciéndome bastante gracia teniendo en cuenta su energía crónica de animadora reprimida.
Stephen fue apartado de la cara visible de la franquicia, aunque eso no impidió que siguiera acostándose con Vivian en la más estricta clandestinidad, como dos adolescentes ricos con demasiado tiempo libre y nulo interés en la terapia.
Vivian terminó convertida en la nueva CEO y, para sorpresa de absolutamente nadie, se le dio obscenamente bien.
Grayson heredó la parte de comunicación y logró volverla más humana, quizá porque, después de todo aquel desastre, dejó por fin de sonar a folleto corporativo.
Y la hija pródiga que se dio a la fuga… Desapareció durante un tiempo, vivió exactamente la vida cara y libre con la que había fantaseado junto a su chica y, según supe años después, acabó comprendiendo que huir no arreglaba todo lo que llevaba roto por dentro.
Aun así, no volvió. Ni a Texas ni a la franquicia ni a la familia que la obligó a convertirse en alguien que nunca fue.
Darah siguió con ella durante años, y aunque lo suyo no sobrevivió para siempre, al menos Charlotte tuvo por fin algo que nunca le habían permitido: una vida elegida por ella misma.
Por si os lo preguntais, Valentino y yo no estábamos casados.
Siempre opiné que el matrimonio era una institución arcaica inventada para complicarle la vida a la gente que ya se acostaba junta sin necesidad de papeles.
Él seguía diciendo que un día me pillaría en un momento de debilidad, me pondría un anillo delante y yo caería.
Lo que no sabía era que no necesitaba un círculo en el dedo para sentir que me hizo caer, saltar, volar y flipar desde el principio. No me interesaba compartir la vida con nadie más.
Aun así, llevábamos años con ese baile y, por desgracia para mi paz interior, yo tenía un secreto bastante grande guardado en el bolso que podía cambiar el rumbo de los acontecimientos.
—¿Vas a quedarte ahí plantada o piensas entrar conmigo del brazo como la poderosa CEO de Silicon Valley que eres? —preguntó Valentino, con su traje hecho a medida y esa sonrisa que me derretía por dentro.
—Estoy mentalizándome para sobrevivir a un evento lleno de exgimnastas, entrenadores retirados y gente que me vio hacer mortales carpados con coleta.
—Cariño, has sobrevivido a los Joneson, a tu familia, a dos Super Bowl y a mis ganas de follarte en sitios inapropiados. Esto es Disneyland para ti.
Le lancé una mirada de advertencia y él me guiñó un ojo.
—Anakin, hoy te controlas.
—Llevo intentándolo desde que te conocí y aquí seguimos, Rey.
Hice rodar los ojos y entramos.
A la primera que vi fue a Camila.
No porque nadie pudiera ignorar a Camila Ortiz, aunque quisiera, sino porque iba con un vestido rojo capaz de provocar una taquicardia comunitaria, el pelo recogido de forma escandalosamente sexy en sus dos moños característicos y una barriga de embarazada, ya bastante evidente, que no le quitaba ni medio gramo de energía.
A su lado estaban Mason y Thiago.
Fitzy acariciaba la espalda de su mujer con esa cara de chulo sin filtro que anunciaba barbaridad inminente. Thiago seguía siendo el único ser humano del grupo capaz de parecer estable y tener siempre una píldora de sabiduría para cada uno de nosotros, lo cual resultaba tan útil como irritante.
A su alrededor, como satélites de un sistema solar particularmente desvergonzado, corrían dos niños pequeños idénticos de estatura y completamente opuestos de alma.
Uno tenía la mirada observadora y tranquila de Thiago.
El otro llevaba la sonrisa de Mason y la energía de un huracán alimentado a base de azúcar.
Valentino suspiró a mi lado y me murmuró al oído:
—Míralos. Diez años después y siguen pareciendo una secta sexual muy bien vestida.
Camila nos vio y chilló tan fuerte que varios exalumnos se giraron.
—¡Mira quién ha venido, el matrimonio que no quiere reconocer que es un matrimonio!
Mi mejor amiga llevaba años confabulándose con Valen para que termináramos en un «sí, quiero».
—No estamos casados —repliqué de manera automática.
Fitzroy sonrió.
—Eso ya lo sabemos, pero discutís como si llevarais veinte años compartiendo hipoteca y fantasías raras. Además, Cami se muere por ser dama de honor, ya lo sabes.
—Al final seré dama de horror como esta tripa siga creciendo.
—Tiene que crecer mucho más, cariño —murmuró Thiago con veneración en la mirada—. Nuestra pequeña tiene que salir tan guapa y fuerte como su madre.
Los mellizos vinieron corriendo. Uno se estampó contra la pierna de Thiago. El otro intentó tirarse a por Valentino, que lo atrapó al vuelo.
—¡Tío Valen!
No, no éramos familia, pero sus padres les habían dicho que tanto nosotros como Sienna y Landon éramos sus tíos del alma, así que heredamos tanto el título como las obligaciones.
—Eh, campeón —dijo él—. ¿Sigues aterrizando peor que tu padre?
—¿Cuál de los dos? —preguntó el niño con total inocencia.
Mason se llevó una mano al pecho.
—Eso, Dalton, ¿cuál? Porque yo exijo reconocimiento biológico y fiscal.
Camila puso los ojos en blanco.
—No vuelvas a empezar.
Valentino me guiñó un ojo.
—Sigo sin superar que vuestros hijos sean uno de cada. Ni adrede os sale… ¿Cuántas posibilidades había?
—No hay un estudio al respecto, aunque en nuestra historia todo es tan fuera de lo común que tampoco me extraña demasiado la gran suerte de una superfecundación heteropaterna.
Thiago soltó aire por la nariz al escuchar a Mase.
—La genética decidió venir a divertirse a nuestra cama y darnos un premio.
Camila sonrió, orgullosísima.
—Y, además, ahora viene una niña a completar el caos. Solo espero que sí se parezca a mí.
Mason le puso una mano en la barriga.
—Seguro que sí. Mi princesa…
Thiago alzó una ceja y sumó su palma.
—También es mía.
Cami les quitó la mano a ambos.
—Vosotros ya tenéis a vuestros clones. Esta pequeña es mía y de nadie más. Dejadme soñar.
—Si sale como Camila, os enterrará a todos —comenté divertida.
—Eso sería justicia genética —dijo ella, viniendo a por mí para apretujarme.
Nos abrazamos, reímos y, por un segundo, tuve la sensación deliciosa de que el tiempo no había pasado. Luego vi aparecer a mi cuñada en tacones y supe que sí.
Avery seguía siendo capitana, incluso con una nueva profesión.
Traje blanco roto, moño perfecto, mirada de mujer que llevaba empresas, agendas, niños y hombres imposibles sin despeinarse. A su lado iba Jaxon, igual de descarado, igual de guapo, igual de bocazas, con una niña pequeña colgada al cuello como si fuera una medalla olímpica.
La pequeña Summer tenía tres años, rizos oscuros, ojos azules enormes, hoyuelo y una expresión de estar evaluando a toda la sala para decidir si merecía la pena quedársela.