Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 81 #2
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CAPÍTULO 81 #2

Lo miré. Tenía razón.

—Gracias.

Levantó un hombro.

—No hagas que parezca que me caes bien.

—Los dos sabemos que te enamoraste de mí desde el primer minuto en que te topaste con mis ojazos azules y me viste la polla en la ducha. —Le guiñé un ojo y él hizo un amago de sonrisa.

El tercer cuarto empezó mal. Muy mal.

En segundo y siete, con el marcador 20-17 para ellos tras un field goal , vi a Marcus libre en corto y solté el balón justo cuando Graves me entró por el lado ciego como un puto tren de mercancías con ganas de matarme.

El golpe me explotó en el costado derecho, el aire desapareció, el mundo se me volvió blanco y luego negro por los bordes.

Caí al césped y, durante un segundo, no fui QB1, ni Dalton ni un cabrón enamorado.

Fui solo un cuerpo intentando recordar cómo coño se respiraba.

Escuché el estadio desde muy lejos, como si estuviera debajo del agua.

Jace fue el primero en llegar.

—¡No te muevas, coño!

—Yo que pensaba que ibas a sacarme a bailar —jadeé.

El médico y dos fisios me sacaron del campo. Cada paso me clavaba algo afilado entre las costillas. Harlow me esperaba en la banda con la mandíbula tan tensa que parecía de cemento.

—¿Qué tienes?

—Algo que me está reventando los cojones.

En la carpa médica fueron deprisa. Manos presionando costillas, respiración, movilidad, pupilas. Nada roto. Contusión en la parrilla costal, espasmo y un dolor de la hostia.

—No vuelves ahora —dictó el médico—. Vamos a comprimírtelo, ponerte protección y, si en el último cuarto puedes respirar sin parecer un abuelo moribundo, hablamos.

—Qué forma tan poética de dar malas noticias.

—Es por tu bien.

—Dile a mi novia que caliente, que sale. —Harlow frunció el ceño.

—Naomi no…

—Me refiero a Whitaker, señor.

Mac se rio por lo bajo y Whitaker salió.

Y yo me quedé con hielo, cinta y una rabia que me latía hasta en los dientes.

Ver el partido desde la banda fue una tortura de lujo. Kansas City olió sangre, apretó y se puso 27-17. Whitaker no la cagó, que ya era bastante, pero aquel no era su partido. Era el mío. Lo sentía en el pecho, en las encías, en cada músculo todavía caliente.

Ty se dejó caer a mi lado cuando volvió a banda.

—No me gusta tu cara.

—A mí no me gusta respirar como si se me hubiera sentado un elefante encima y aquí estamos.

Marcus apareció un segundo después, sudado, con el pecho subiendo y bajando como un animal listo para embestir.

—En cuanto vuelvas, les abro la caja torácica.

—Qué romántico eres, si sigues diciendo esas cosas me voy a casar contigo.

Jace se agachó delante de mí.

—Escúchame. No necesitas volver para hacer una heroicidad. Necesitas volver porque estás bien, no quiero que arriesgues si después tendremos que lamentar tu pérdida.

Lo miré, ahí había buena intención y compromiso de verdad.

Asentí.

El médico me dejó regresar al inicio del último cuarto. Me apretaron el costado con una compresión salvaje, me metieron una protección rígida y algo para el dolor que no iba a convertirme en Superman, pero sí en una versión funcional y muy cabreada de mí mismo.

Cuando entré otra vez en el huddle , íbamos 27-20.

Ty sonrió al verme.

—Mira quién ha resucitado.

—Calla y corre, vejestorio.

Marcus se golpeó el pecho.

—Vamos a hacerlo.

Y ya lo creo si lo hicimos.

Primer drive del cuarto, nada de locuras.

Pases rápidos, juego por dentro. Marcus rompiendo placajes como si cada defensa rival le debiera dinero.

EJ sacándome un balón imposible con esas manos suyas de campeón de hostias cabreado.

Una carrera mía con más dolor que dignidad, y ya en la goal line , amagué, Holloway picó y vi a Ty en la esquina.

Touchdown .

Logramos ponernos 27-27.

Kansas City respondió, claro. Maddox encontró a Voss en un cruce entre zonas blandas y nos hicieron sangrar reloj con esa calma de cabrones que sabían con exactitud dónde apretar. Quedaba 1:48 cuando metieron el field goal .

30-27.

Perfecto. Toda mi puta carrera resumida en esto.

Respiré con fuerza, el dolor me invadió, los pulmones me ardieron, tenía el sudor pegado a cada maldito poro de mi piel y estábamos en el último drive .

Un minuto cuarenta y ocho, sin margen, sin posibilidad de error. Medio país esperando que el niño bonito de los calzoncillos se estampara.

«Pues que esperen sentados».

Entré al huddle y los miré uno por uno.

—Nada heroico. Hacemos nuestro puto trabajo. Ty, dame la banda. Marcus, si ves luz, rómpela. EJ, manos, si me muero, quiero que hayas reventado a algún cabrón antes. ¡Vamos!

—¡Cowboys! —corearon.

La primera jugada fue para Ty, abierto hacia la banda.

Doce yardas y fuera del campo para congelar el reloj.

Después, Marcus encontró hueco por tierra y nos regaló ocho más.

Luego conecté con EJ pegado a la línea lateral y cruzamos medio campo con el tiempo respirándonos en la nuca.

En la siguiente presión, Graves me cazó tarde y, al levantarme del césped, me escupió al oído:

—Se te acaba el cuento, rookie .

Le sonreí con sangre en la boca.

—Cariño, tú solo eres el descanso que necesitaba.

Quedaban diecisiete segundos cuando llegamos a la veintidós. Harlow no pidió tiempo muerto. Mac me miró desde la banda y levantó dos dedos: la jugada.

Vi a Naomi quieta, sin respirar.

Pensé en mi madre, en el General, en Levi, en el equipo. En todo en lo que me había dejado la piel para llegar hasta aquí.

No iba a joderla en los últimos segundos.

Naomi hizo un amago de sonrisa y yo cabeceé afirmando.

«Vamos».

Snap .

En cuanto se puso el balón en juego, Holloway amagó presión y cayó atrás. Pike abrió las caderas demasiado pronto. El defensa mordió el señuelo y Ty se llevó a su hombre. EJ ocupó al linebacker y Marcus, saliendo tarde desde backfield , encontró la ventana perfecta en mitad del caos.

Solté.

El balón salió de mi mano limpio, tenso, precioso.

Durante un segundo, el mundo entero fue una espiral perfecta.

Knight la atrapó en la cinco, giró con una violencia salvaje, se quitó un placaje de encima y se lanzó a la end zone como si quisiera empotrar la historia contra el césped o desmontar la teoría de Naomi de que siempre lo placaban en el último tiempo.

Buen día para lograrlo, sobre todo cuando lo vi cruzar como un rayo la end zone y anotar.

Touchdown.

Quedaban nueve segundos.

El estadio reventó.

Yo no grité al principio. Me quedé quieto un segundo, con el casco puesto, el costado ardiendo, el sudor bajándome por la espalda y el corazón golpeándome tan fuerte que pensé que se me iba a salir por la boca.

Luego me lancé sobre Marcus y media plantilla hizo lo mismo. Ty me agarró por el cuello. Jace me estampó el casco contra el suyo. Devin, que era incapaz de sonar cariñoso ni en una Super Bowl, me gritó en la cara:

—¡No vuelvas a hacerme dudar de ti en la puta vida, cachorro!

Kansas City tuvo un último intento desesperado.

No llegó a ninguna parte.

Y, entonces, sí.

Entonces ganamos la putísima Super Bowl.

No recordaba el ruido exacto. Recordaba el peso del casco al quitármelo. El césped pegado a las rodillas. El pecho subiéndome y bajándome como si acabara de salir de una guerra. Y a Harlow abrazándome una sola vez, fuerte, seca, suficiente.

—Buen trabajo, Dalton.

Mac me dio una palmada en el pecho:

—Ahora sí. Ya eres leyenda.

Whitaker sonrió desde un lado, sin amargura y cabeceando en su máxima expresión de enhorabuena.

No me alcanzaba la vista, pero imaginé a mi padre en la grada, de pie, orgulloso.

A Skyler abrazada a Levi y al pequeño Evander llorando y riéndose a la vez.

A mis amigos dando saltos de alegría mientras mis colegas me apretaban por todas partes.

Y a Naomi no pensaba imaginarla, porque a ella quería sentirla en todas sus putas versiones.

Cuando me dieron el trofeo, lo levanté mirando al cielo y sentí las lágrimas anegando mis ojos.

Por mi madre.

Por el chico que fui.

Por todo lo que estuvo a punto de romperme.

Y también para darle las gracias, porque estaba seguro de que algo había tenido que ver con poner a la persona adecuada en mi camino cuando más cerca estuve de convertirme en mi peor versión.

Bajé la vista y sentí las mejillas húmedas, no era sudor, sino emoción en estado puro.

Naomi me estaba mirando como si me viera entero. El cabrón, el quarterback , el niño herido, el hacker , Val Daver y el hombre en el que me había convertido.

Sonreí y entendí que, al final, el anillo, el confeti y toda aquella locura pesaban menos que una sola verdad.

Que ganar la Super Bowl era la hostia.

Pero que volver a ella con el casco bajo el brazo y saber que ya no iba a jugar ni una sola batalla sin su mirada encima…, eso sí que era tocar el puto universo.