Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 81
97%

CAPÍTULO 81

Valentino

No éramos los favoritos. ¡Menuda sorpresa!

Los analistas de televisión, los exjugadores con micrófono y los señores que vivían de opinar desde un sofá repetían la misma letanía desde hacía días: los Cowboys no llegaban a una Super Bowl para ganarla, yo era demasiado joven, demasiado novato, demasiado todo, y enfrente teníamos a Kansas City, una franquicia con más experiencia, más oficio y menos tendencia a que su quarterback titular se dejara distraer por una chica de ojos rasgados y un cerebro que me ponía a cien.

Lo que no sabían era que ella era mi Fuerza, mi jodido lado oscuro, y que, lejos de descentrarme, había conseguido lo que nadie antes: que confiara al cien por cien en mí mismo.

El estadio de Santa Clara parecía otro planeta.

Luz blanca cayendo a plomo, música reventando el aire, cámaras por todas partes y un rumor de fondo tan grande que ya ni sonaba a gente.

Sonaba a destino, a dinero, a historia. A la clase de noche en la que un tío podía quedarse pequeño o hacerse leyenda.

En el calentamiento levanté la vista y los vi: mi equipo.

Ty saludándome como si me estuviera mandando a la guerra y esperara que volviera con una anécdota divertida.

Marcus mascando chicle con esa cara de «si me das medio hueco, arranco la defensa rival en dos».

EJ fingiendo que no estaba acojonado porque él era mi puto muro.

Devin con su cinismo habitual, que en días así no era más que miedo vestido de mala hostia.

Jace serio, quieto, capitán hasta en cómo respiraba.

Whitaker un poco más atrás, correcto, silencioso, ya sin la sombra de amenaza constante que había sido durante medio año.

Y luego estaban los míos.

Mi padre. Avery. Mis amigos, Levi, Skyler y Evander con pancartas, jaleando como si quisieran empujar el estadio ellos solos. Y Naomi en la banda, que era justo donde tenía que estar.

Mi jodido universo entero condensado en una noche.

Aquella mañana había despertado con ella en la cama, y sí, le pedí un polvo de la suerte extra porque lo necesitaba más que nunca.

«Hoy no juegues para que te quieran. Juega para que te recuerden y para estar orgulloso de ti mismo. Yo ya lo estoy», me dijo antes de despedirnos.

Harlow reunió al equipo antes del kickoff . No dio una charla de película, gracias a Dios. Solo nos miró como si ya supiera de qué pasta iba a estar hecha esa noche.

—No les regaléis nada. Ni el ritmo ni el miedo. Si quieren este trofeo, que vengan a arrancárnoslo de las manos.

Mac se me acercó cuando rompimos la reunión.

—Empieza fácil —murmuró—. No quieras ganar la Super Bowl en el primer drive .

Sonreí.

—Qué poca fe tienes en mí.

—Tengo muchísima. Por eso te aviso.

Ty me golpeó el casco.

—Como lances un pick en el primer cuarto, te juro que te entierro con este uniforme.

—Qué bonito. El apoyo emocional del vestuario.

Marcus se puso a mi lado, brincando sobre las puntas de los pies.

—Tú dámela y yo me encargo del resto, cachorro.

—Lo dices como si el resto del país no supiera ya que quieres tocar mi balón en prime time .

Marcus me enseñó el dedo corazón y lo metió y sacó de la boca en un gesto obsceno.

Jace apareció por el otro lado.

—Eh. Ojos aquí. Primer drive . Respiramos, ejecutamos y nada de sobreactuar.

—Lo dices como si me conocieras —contesté burlón.

—Desgraciadamente, sí. No la líes hoy, que llevas una temporada muy buena.

—Se intentará.

La previa fue una jodida locura. Himnos, fuegos, cámaras, humo y una actuación musical tan exagerada que por un momento pensé que la NFL no montaba una final, sino el fin del mundo patrocinado por una marca de cerveza.

Las DCC salieron impecables, brillando bajo los focos como si no existieran ni el cansancio, ni la sombra de la huida de Charlotte ni toda la mierda que habíamos tenido que tragarnos en las últimas semanas.

Mis ojos volaron a la banda. Allí me aguardaba ella con esa expresión suya de chica que podía resolver una fuga de datos, mandarte a la mierda y dejarte sin respiración en menos de un minuto.

No llevaba hombreras ni casco, pero yo la veía y pensaba lo mismo que pensaba cada vez que el partido se ponía feo: «Vale, ya está. Tengo lo que necesito».

Cuando nos tocó salir del túnel, el estadio tembló.

No de manera metafórica, tembló de verdad.

Jace chocó su casco contra el mío. Marcus rugió como si estuviera a punto de entrar en una jaula.

Ty se santiguó y luego dijo que solo por si acaso, que él era espiritual pero no idiota.

Yo respiré hondo, apreté los dientes y salí disparado al campo con la sensación de que llevaba toda la vida corriendo hacia ese momento.

Nos agrupamos en círculo antes de colocarnos.

Jace nos miró uno a uno. Sin aspavientos. Sin discurso de película. Solo con esa voz suya de capitán que te entraba recta en el pecho.

—No hemos llegado hasta aquí para mirar. Hemos llegado para morder. Así que nada de regalarles el ritmo, nada de jugar asustados y nada de bajar la cabeza. Hoy jugamos como nosotros. Hoy se llevan nuestro golpe o se llevan nuestro nombre, pero no las dos cosas.

Extendió la mano al centro.

—¿Quiénes somos?

—¡COWBOYS! —rugimos todos.

La patada inicial fue para ellos y Kansas City abrió primero.

Su quarterback , Cooper Maddox, era un cabrón frío, de esos que no parecían impresionantes hasta que te habían convertido dos terceros downs imposibles y te entraban ganas de darle una patada a una nevera.

Les dirigió un drive largo, paciente, apoyándose en su tight end y en el receptor, Darius Voss, que tenía manos de ladrón y ego de estrella.

Devin volvió a la banda soltando espuma.

—El cabrón me ha empujado antes del corte.

—Pues, la próxima vez, empújalo tú más fuerte —le dije.

Se giró hacia mí con una sonrisa torcida.

—Qué inspirador eres cuando no te ha partido aún la cara nadie.

Salimos al campo y el estadio rugió como si quisiera tragarnos.

La defensa de Kansas City venía con un front asquerosamente disciplinado y dos hijos de puta en concreto que me dieron la noche: Malik Graves, edge rusher , largo como una pesadilla con tacos, y Trent Holloway, el linebacker central, uno de esos que olían el snap antes de que existiera.

Su coordinador mezclaba presión con zonas trampa, enseñando una cosa y girando a otra medio segundo antes.

Bonito, retorcido, perfecto para una Super Bowl.

El primer ataque fue justo lo que Mac quería: fácil, limpio y sin que yo me pusiera a jugar a ser el puto mesías en la primera serie.

Un pase rápido a Ty para quitar tensión, una carrera de Marcus por fuera, balón seguro para EJ —que tenía manos benditas cuando el mundo se volvía idiota— y una carrera mía en tercera oportunidad para sacar lo justo y callar un poco a la grada.

No acabamos en la zona de anotación, solo tres puntos, pero sirvieron para clavar una bandera: no habíamos venido a mirar.

«Vale. Ahora sí».

Kansas City respondió clavándonos otro touchdown después de un drive largo, paciente, de esos que te obligaban a ver cómo te iban comiendo terreno a mordiscos mientras el estadio rugía como si quisiera meterse también en el campo.

10-3.

No era una tragedia, pero en una Super Bowl tampoco hacía falta que lo fuera para que el pulso se te pusiera fino.

Volvimos a la banda y Jace reunió al ataque un segundo antes de que nos tocara salir otra vez. Tenía el casco bajo el brazo, el pecho subiendo y bajando y esa mirada de capitán que no pedía calma: la exigía.

—¡Esto no se gana con prisa, se gana con huevos!

Ty resopló a mi lado mientras se recolocaba los guantes.

—A veces habla como si fuera a apuñalarnos y abrazarnos a la vez.

—Es su lenguaje del amor.

Me coloqué detrás de la línea, flexioné los dedos, sentí el sudor secándose bajo las hombreras y levanté la vista un instante antes del snap , con el corazón golpeándome las sienes.

Naomi no sonreía, nunca lo hacía en esos momentos.

Apretaba el iPad contra el pecho, quieta, concentrada, exacta, como si pudiera lanzarme calma a cuarenta metros de distancia sin mover un músculo.

Tomé aire. Palmada. Snap.

El ruido se convirtió en un zumbido sordo. Vi venir la presión por el lado del nickel , avisé la protección con una señal rápida y amagué la entrega a Marcus justo lo necesario para congelar medio segundo a la defensa. Y, en una Super Bowl, medio segundo era básicamente tiempo cuántico.

Ty ganó ese medio paso por dentro.

Eso fue todo lo que necesité.

Vi al corner , Darnell Pike, abrir demasiado pronto las caderas, como si ya hubiera aceptado que llegaba tarde.

Mi brazo salió solo, con fuerza, todos mis músculos en tensión extrema.

El balón abandonó mis dedos antes de que Ty terminara siquiera de romper la ruta y durante un segundo todo se quedó suspendido en el aire, limpio, perfecto, inevitable.

Touchdown .

El estadio explotó.

Ty cruzó la end zone girando sobre sí mismo, señalando a la grada como si le acabaran de absolver de todos sus pecados en directo y en alta definición.

Cuando volvió corriendo hacia la banda, me gritó en la cara:

—¡Te dije que estoy guapo en HD!

Lo empujé del casco.

—Menos modelito y más bloqueo, diva.

Nos fuimos al descanso 17-17 después de un intercambio de hostias bastante elegante y carísimo.

Marcus encontró por fin dos huecos seguidos por dentro y corrió como si quisiera arrastrarse con Kansas City pegada a la espalda.

EJ me salvó un tercer down imposible, atrapando el balón entre dos safeties con esas manos suyas que parecían hechas de acero y sacramentos.

Devin le soltó a Callahan un golpe limpio, brutal, de esos que hacían temblar al rival y a la retransmisión al mismo tiempo.

Volví a la banda con el corazón galopándome en la garganta y los antebrazos cargados de adrenalina. Whitaker me tendió una tablet sin decir una palabra y señaló la repetición con el dedo.

—Holloway está vendiendo la presión interior demasiado pronto. Mira su pie izquierdo.