Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 80
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CAPÍTULO 80

Naomi

Descubrir que estaba enamorada de un quarterback de los Cowboys era fuerte. Que el resto del planeta se enterara antes de que mis padres elevaran la experiencia a k-drama con cobertura deportiva, analistas gritando desde un aparcamiento y mi dignidad ardiendo en directo era peor.

Mi móvil parecía tener un brote psicótico.

Me encerré en mi habitación del hotel mientras Valentino se sometía a un baño con hielo y un masaje con el fisio. Respiré hondo y acepté el FaceTime familiar como quien aceptaba un duelo a muerte sabiendo que iba a salir herida.

Aparecieron los tres. Daniel incluido.

Mamá en pijama de satén color marfil y mascarilla de hidrogel en el cuello. Mi padre con una sudadera de la NASA de 2007 y el bonsái que había mutilado en sus clases de arte topiario. Mi hermano con cara de llevar años esperando que yo cometiera una decepción socialmente jugosa.

—Bueno —abrió fuego Daniel—, nuestra pequeña especialista en volteretas se ha enamorado de un lanzamelones profesional. La caída del imperio Park ha sido más rápida de lo previsto.

—Cállate, idiota —gruñí.

Mi madre se inclinó hacia la pantalla con esa intensidad suya de mujer que había construido un imperio multimillonario sin despeinarse.

—Antes que nada, necesito saber tres cosas. Una: si ese chico usa retinol. Dos: si le quedan neuronas vivas, porque vi un documental espantoso sobre impactos cerebrales y testosterona mal gestionada. Y tres: si te trata bien.

—Mamá, por favor…

—No, por favor tú. Me he enterado de que sales con uno de esos hombres, cuyo talento consiste en correr con un balón entre las manos, porque una de mis amigas de pilates me ha enseñado un vídeo de ESPN donde te llaman « the mysterious data girl » y luego te enfocan besándote con el tal Dalton como si fueras la novia secreta de Batman.

Mi padre se ajustó las gafas.

—No era Batman, ese chico es quarterback .

Mamá parpadeó, sorprendida de que en su vocabulario existiera esa palabra.

Suspiré con resignación mientras les daba una definición que cupiera en su cuadriculada mente.

—Para que lo entendáis en términos útiles: es uno de esos jugadores que calculan trayectorias, velocidad, ángulo de lanzamiento y punto de impacto en décimas de segundo mientras evitan una colisión inminente.

O, dicho de otro modo, un ser humano resolviendo física aplicada en tiempo real mientras doscientos kilos de masa hostil corren hacia él.

Daniel soltó una carcajada.

—Increíble. Naomi ha conseguido meter a un jugador de fútbol en la familia fingiendo que es un problema de mecánica avanzada.

Sabía que iban a mirarlo por encima del hombro por ser deportista, y no había nada que me diera más rabia.

—No os lo he contado antes no porque me avergüence de él, sino porque sabía perfectamente que ibais a reaccionar así.

Estoy con Valentino y lo nuestro va en serio.

Estoy enamorada, y antes de que lo sugiráis, no, ningún balón me ha impactado contra el cerebro.

Ya sé que para vosotros parece que me ha abducido un Ken con casco, pero os prometo que debajo hay una persona real, inteligente, divertida y con un talento innato para hacerme feliz, que, dicho sea de paso, es lo único que debería importaros.

Mi madre se quedó callada dos segundos mientras mi corazón golpeaba como un loco.

—Entonces…, ¿te hace feliz?

Así, sin ironía, sin dramatismo, descolocándome más de lo que esperaba.

—Sí —admití—. Muchísimo, y, aunque no debería contároslo, además es un crack de la informática, alucinaríais con las cosas que hace.

Daniel sonrió como un maldito cuervo satisfecho.

Mi padre asintió despacio.

—Entonces, hija, no compliques una ecuación que ya funciona.

Mi hermano se echó hacia atrás.

—Míralo. Te acaba de dar su bendición en idioma de ingeniero aeroespacial.

—Papá, un día de estos voy a hacerte subtítulos.

—Hazlo en una tipografía limpia —intervino mi madre—. Y, ahora, mándame una foto de ese chico. Quiero evaluar su estructura ósea y meterla en mi nuevo programa predictivo para saber cómo serán mis nietos.

«¿Acaba de decir “nietos”?».

Me quedé congelada.

—Creo que algo falla, Naomi se ha quedado como si le hubiera dado un ictus, ¿es el wifi? Daniel, no habrás vuelto a tocar algo, como vuelva a salirnos esa guarrilla en tetas…

Entonces, reaccioné.

—Uy, mamá, lo siento, hay interferencias. Tengo que colgar.

—Nao…

Bip. Bip. Bip.

Colgué con el corazón un poco acelerado, algo agobiada y bastante más tranquila de lo que habría admitido en voz alta. Que el mayor problema de mi madre fuera imaginar la posible estructura facial de mi futura descendencia me pareció, dadas las circunstancias, una victoria espectacular.

Esa misma noche, cuando Valentino vino a consolarse en mi cama por la trágica derrota, terminó muerto de risa mientras le contaba lo de la llamada.

—En la próxima me aseguraré de estar.

—Ni en tus sueños, Anakin. Mi familia ya tuvo bastante con descubrir que me follo a un tío con hombreras, no necesitan comprobar que eres una perturbación bastante obscena en la Fuerza.

—Ven aquí y deja que te demuestre toda mi obscenidad...

Al día siguiente tuve reunión extraordinaria con los Joneson para hablar de la fuga de Charlotte, su implicación para forrarse con las apuestas e imagino que asegurarse de que no fuera a salirme del tiesto.

Jerry me convocó a primera hora. Presidía la sala como si siguiera creyéndose emperador de una galaxia en decadencia.

Vivian estaba a su derecha, impecable y ya en modo control de daños.

Stephen tenía cara de desear una muerte rápida.

Elliot parecía estar afilando el hacha por deporte y Grayson…

, bueno, Grayson se mostraba como el único afectado de verdad. O el único que sabía fingirlo mejor.

Jerry fue directo.

—Sé que todos estáis al corriente de que Charlotte ha abandonado el país con esa animadora que la llevó por el mal camino. Está claro que no estaba bien. Ha enviado una confesión por correo privado y un comunicado interno a la familia. Necesitamos resolver esto sin arrastrar la franquicia al barro.

—Qué alivio —murmuró Elliot—. Temía que, por una vez, fuéramos a probar con sinceridad y consecuencias.

Vivian ni lo miró.

—Lo primero es contener la narrativa. El comunicado no puede salir de este círculo.

La miré.

—La narrativa —repetí—. ¡Qué sorpresa! La familia que convirtió a una hija en decorado humano quiere controlar la narrativa para no admitir que se largó porque ya no soportaba un minuto más vuestra presión.

Jerry clavó en mí una mirada glacial.

—Señorita Park, esto no es asunto suyo y no voy a tolerar…

Solté una risa sin alegría.

—¿El qué? ¿Que diga en voz alta lo que nadie aquí se atreve?

Su hija ha usado mi aplicación para alimentar apuestas ilegales, ha puesto en riesgo mi trabajo, mi reputación y la franquicia para poder largarse con algo más que aire en los bolsillos, ¿y usted me dice que no es asunto mío? Vaya concepto creativo de la realidad.

Vivian carraspeó.

—Naomi, nadie está minimizando tu papel, pero…

—No, Vivian. Ese es exactamente vuestro problema, que lleváis años minimizándolo todo. Lo de Charlotte con Darah. Lo de Stephen contigo. Lo de Grayson intentando que yo le gustara por pura inercia familiar… Aquí no hay un solo santo sentado a esta mesa.

Elliot alzó una ceja.

—Espero con interés mi diagnóstico, ya que ahora resulta que eres terapeuta familiar.

—El tuyo es fácil. Demasiado veneno para alguien que, en el fondo, tiene más energía de cheerleader que media plantilla de las DCC.

Vi cómo abría los ojos y después trataba de disimular que había dado en el blanco de la diana.

Grayson soltó aire de manera abrupta. Stephen se pinzó el puente de la nariz. Vivian me fulminó. Yo seguí.

—Voy a deciros algo que nadie os ha dicho nunca con suficiente claridad: necesitáis terapia, muchísima, cantidades industriales, y también deberíais preguntaros si de verdad os parecía mejor tener una hija o hermana escondida, rota y amargada que dejarla vivir su vida.

Porque alguien tiene que estar muy jodido para hacer lo que hizo Charlotte, y eso no la absuelve, pero os señala a todos.

Jerry endureció la mandíbula.

—Modere su tono, señorita Park.

—No. Llevo meses moderándolo por cortesía profesional y se me ha acabado el saldo.

Usted menosprecia a sus hijos porque, en el fondo, está convencido de que es el único capaz de sostener lo que ha construido.

A Vivian le gusta dirigir las vidas ajenas mientras se acuesta con su cuñado.

Stephen sigue oliendo a apuestas, aunque vaya envuelto en traje caro.

Elliot vive de lanzar cuchillos por la espalda porque es más cómodo eso que admitir que está tan atrapado en un cuerpo que no es el suyo como el resto. Y Grayson…

Lo miré.

—Grayson fue capaz de admitir que no había sido el mejor en nada, pero ahora quería intentarlo.

No respondió, solo asintió una vez.

La sala quedó en silencio. De esos que te hacían pensar que alguien iba a pulsar un botón y expulsarte al espacio sin traje.

Respiré hondo.

—No voy a hablar de esto fuera de esta sala —dije al final—.

No quiero que mi nombre, el de mi aplicación o el del equipo se manchen más de lo que ya se han manchado.

Pero quiero un contrato, uno de verdad. Quiero quedar desvinculada de cualquier responsabilidad sobre el uso fraudulento de mi app , blindar mi propiedad intelectual y asegurar por escrito que, si el equipo llega a la Super Bowl, se cumplirá lo que pacté con Charlotte: que el importe que recaudó con las apuestas irá al proyecto benéfico de mis amigos.

Elliot se removió.

—Eso será complicado si…

—Me da igual lo que tengáis que hacer, si hipotecar un yate o rifar el ego de esta familia por fascículos. Lo quiero por escrito y firmado o me aseguraré de hacer una declaración pública que me exima hasta de respirar vuestro mismo aire.

Jerry me sostuvo la mirada, y por primera vez vi algo que se me estaba resistiendo desde el principio: respeto.

—Lo tendrá.

—Perfecto, y dado que vuestra familia ha decidido convertir diciembre en un especial navideño de HBO, procurad que yo no aparezca en los créditos.

Me levanté antes de que nadie pudiera responder y salí de allí con el corazón a mil y la sensación de haber sobrevivido a una cena de sith con corbata.

🏈📱🏈📱🏈

Las siguientes semanas me vi enfrascada de lleno en los playoffs .

No los viví como quien veía partidos. Los viví como quien observaba una estrella colapsar y renacer a la vez, con mi mirada puesta en él y la alegría burbujeando tras cada triunfo.

Contra Seattle, Valentino jugó bien. Seguro, limpio, sin intentar ganarlo todo en una sola jugada.

Contra los 49ers fue otra historia. La última vez que fueron a San Francisco, él tenía la cabeza hecha puré y el corazón colgándole del pecho por mi culpa, o por la suya, o por nuestra mutua incapacidad para comportarnos como adultos.

Esta vez jugó como si ya supiera que yo no pensaba irme a ninguna parte.

Ganaron. Y yo, desde la banda, entendí que el amor no lo distraía, lo centraba.

La final de conferencia contra Eagles fue guerra santa con casco.

Hostilidad, gritos, golpes, jugadas que parecían escritas por un guionista adicto a la cafeína.

Apenas pude respirar durante tres horas.

Valentino sí, y eso lo cambió todo. Ganaron.

Tres partidos, tres victorias y se plantaron en la maldita Super Bowl mientras medio estadio explotaba tras el hito y la prensa buscaba la foto.

Busqué su mirada en mitad del caos y pensé algo bastante simple y bastante aterrador.

Que ya no me daba miedo el futuro, y menos uno con él.

Al final no me había enamorado del quarterback estrella.

Me había enamorado del idiota que usaba el humor como escudo, consumía maratones de Star Wars como un poseso, le flipaban los ordenadores, me miraba como si mi cerebro fuera porno duro y había aprendido a llegar a lo más alto sin perderse a sí mismo por el camino.

Y, joder, eso sí que daba vértigo y me hacía flipar.