EPÍLOGO #2
Exactamente igual que su madre, con la picardía de su padre. Y tan parlanchina como él.
—Demasiado —dijo Valentino, abriendo los brazos hacia Avery.
—Solo mi marido puede llamarme así, hermano insufrible —respondió ella, abrazándolo.
Luego me miró a mí y sonrió de esa forma suya que siempre parecía más íntima que expansiva.
—Parks.
Había cosas que nunca cambiaban…
—Capitana.
Mi sobrina me estudió.
—Vamos, bichito, dile algo a la tía Naomi —murmuró Jackass, instando a su mujer a que la bajara al suelo para que corriera hacia mí.
Ella correteó hacia mí y yo la subí a mis brazos.
—Tía Naomi, ¿es verdad que vas a darme un primo?
Me quedé helada.
Valentino alzó las cejas.
—¿Algo que confesar, cariño?
Jaxon se llevó una mano al pecho. Avery suspiró.
—No le hagas caso. Lleva un mes entero preguntando cuándo vamos a darle un hermanito y Jaxon le ha dicho que primero os toca a vosotros darle el primito.
—Muy propio de mi cuñado —comentó jocoso Valentino.
Fui a hablar, pero Jaxon me interrumpió.
—Ya tengo bastante con que mi madre haya vuelto a ser madre y mi hermana tenga prácticamente la misma edad que mi hija. El universo ya ha sido lo bastante creativo conmigo, así que los bebés le tocan a otro.
Valentino se echó a reír.
Landon y Sienna aparecieron poco después, algo apurados y con esa pinta de gente que llevaba años gestionando agendas imposibles, deportistas de élite y su propia paciencia.
Seguían trabajando con Thiago. Su empresa de rendimiento deportivo había crecido lo bastante como para financiar el proyecto benéfico, reforzado además con el dinero que los Cowboys acabaron soltando.
Ahora, además de arreglar atletas millonarios, ayudaban a niños sin recursos a entrar en el deporte sin tener que vender un riñón por el camino.
Esa noche, de hecho, la universidad iba a darles un reconocimiento por ello.
—No me acostumbro a veros convertidos en adultos responsables —dijo Sienna, dejándonos a todos bajo su mirada de jueza suprema.
—Ni nosotros a que, después de once años, sigas con el Princeso —saltó Mase—. ¿Cuándo vas a asumir que te casaste con el sapo y que, por mucho que le metas la lengua, siempre será rano ?
Landon sonrió con esa cara de tío que sabía a la perfección que la genética y la vida lo habían tratado obscenamente bien.
—Muy gracioso, capullo. Ya querrías tú besarme como lo hace ella.
—Nah, paso de tu nabo. Me va más el suyo.
Buscó a Thiago y lo besó sin el menor pudor.
Sienna soltó una exhalación lenta.
—Lo tuyo es el teatro, Fitzy. Sigues igual de melodramático, tendrías que haber seguido la estela de tus padres…
—Y tú sigues igual de encantadora. No me arranques la marca personal. Cuando quieras, te doy cita en una de mis clínicas y te quito esos nudos que no te dejan pensar con claridad.
Mason se había montado un pequeño imperio de fisioterapia que Avery dirigía con mano de hierro. Según él, prefería poner la pasta y reservar su talento innato para dar magreos en la cama, que la vida eran dos días y había que aprovecharlos bien.
Nos acomodamos alrededor de una mesa y el caos empezó a fluir con una naturalidad que me hizo feliz de una forma casi dolorosa.
Risas, copas, niños correteando, fotos antiguas proyectadas en una pantalla y ese raro milagro de los reencuentros buenos: descubrir que la gente a la que quisiste de joven había encontrado su sitio sin dejar de ser ella misma.
Yo aguanté bastante bien.
Hasta la tercera vez que el olor del salmón ahumado me subió por la nariz como una agresión química directa al alma.
Me quedé inmóvil.
Valentino, que me conocía mejor que muchos algoritmos de predicción, me miró justo cuando me llevé una mano a la boca.
—No, no, no. Aquí no.
Yo ya me estaba levantando.
—¡Abrid paso, necesito un bañ…!
No llegué.
La vomitona me pilló en el jardín lateral, entre unas hortensias blancas y una estatua horrible de un gimnasta abstracto. Detrás de mí oí pasos, voces y luego ese silencio expectante de la gente a la que le encantaba una tragedia mientras no le estuviera ocurriendo a ella.
Cuando terminé de maldecir mi existencia y el sistema digestivo del planeta entero, me incorporé muy despacio.
Camila fue la primera en hablar.
—Bueno, al menos esta vez no ha sido un apretón y no había plantas de plástico.
Sienna cruzó los brazos.
—Deberías demandar al catering . Seguro que te has comido algo pasado. Con este calor se habrá roto la cadena de frío.
Mason sonrió como un demonio con título de vidente.
—Yo lo que creo que se ha roto es el condón. Parks, ¿Summer tenía razón y ahí dentro hay un primito?
Valentino, a mi lado, parpadeó.
Una, dos, tres veces.
La lengua de Fitzroy la cargaba el diablo.
—¡¿Qué?!
Me limpié la boca con una servilleta que Avery, por supuesto, había sacado de la nada porque seguía siendo la capitana incluso fuera del deporte.
Hice gárgaras con el vaso de agua que me tendió, escupí como pude entre las plantas y me pasó un caramelo de menta; probablemente también llevaba un desfibrilador en el bolso, por si su hermano decidía morir allí mismo.
—No me jodas…, o sea, me haría muchísima ilusión, pero… ¿estás embarazada y no me has dicho nada?
—Tú tampoco me dijiste que me stalkeabas y hacías directos +18 con máscara, así que estamos empatados —contesté con la poca dignidad que me quedaba—.
No me mires así. En una de tus múltiples campañas de acoso amoroso has vuelto a tener éxito, y sí, has fecundado uno de mis óvulos.
Estaba esperando el momento adecuado para…
El silencio duró medio segundo.
Luego, reventó todo.
Camila chilló. Mason levantó los brazos como si hubiera ganado él la Super Bowl y chocó el puño con Jackass.
Thiago se rio en silencio. Jaxon le gritó a Valentino algo sobre que por fin había marcado el touchdown correcto.
Avery tenía los ojos brillantes mientras Summer intentaba confirmar si, en efecto, venía un primo en camino.
Sienna parecía alucinada. Landon murmuró que aquello explicaba bastantes cosas.
Mi vida entera convertida en un coro de caos histérico rodeado por mis amigos.
Valentino seguía quieto.
Me miraba como si acabara de caerle del cielo algo demasiado grande para sostenerlo con una sola emoción.
Él, que había sido MVP de la NFL el año anterior.
—¿En serio? —preguntó, y por una vez no sonó a cabrón, sino a hombre completamente desnudo por dentro.
Asentí.
—En serio.
Entonces, sonrió de esa forma suya que siempre conseguía dejarme sin sistema operativo, me alzó en brazos y se puso a darme vueltas como un tiovivo desquiciado.
—¡Bájala al suelo, animal, antes de que nos riegue a todos con jugos gástricos! —le advirtió Camila.
Cuando por fin me dejó en pie, el mundo seguía girando un poco.
—Mira que te lo he dicho veces, Parks. Sabes que quiero casarme contigo a todos los efectos y me prometiste que, si alguna vez decidíamos ser padres, daríamos ese paso antes.
Las carcajadas subieron de volumen.
Yo metí una mano en el bolso con el sudor frío bajándome por la espalda.
—Y no te engañé, a mí me ha pillado por sorpresa. Te he dicho muchas veces que el matrimonio me parecía algo arcaico, pero una promesa es una promesa y quería hacerlo delante de todos estos para que luego no nos dieran la turra con el «cómo fue».
—No puede ser… —murmuró mi mejor amiga con un graznido.
Él entrecerró los ojos.
—Naomi…
Saqué la cajita negra con el Halcón Milenario tallado.
Hinqué la rodilla sobre el césped —todo lo que la raja del vestido me permitió— y la abrí frente a sus ojos.
El silencio cayó de golpe.
Dramático. Perfecto, mientras yo temblaba por dentro de la emoción. Quién me lo iba a decir.
Él soltó una blasfemia tan baja que solo yo la oí. Por muy rápido que me latiera el corazón, su voz estaba ahí, sin modulador y completamente ahogada.
Lo miré desde abajo, con el corazón en la garganta, el estómago revuelto y una felicidad tan grande que daba miedo.
—Contigo las cosas nunca son como esperaba —murmuré—. Así que esta vez he querido que no lo esperaras tú.
Me aclaré la garganta antes de seguir.
—Le doy gracias al universo, a la Fuerza o al capullo de tu equipo que me empujó a tus brazos en aquella fiesta, porque si no lo hubiera hecho me habría perdido la mejor mitad de lo que me ha pasado en la vida.
Así que, sí, Valentino Dalton, ¿quieres casarte conmigo, seguir siendo una perturbación obscena en mi sistema nervioso, criar conmigo a este bebé y asumir de una vez por todas que siempre serás mi lugar seguro en el lado oscuro?
Valentino se quedó quieto dos segundos.
Solo dos.
Luego me levantó del suelo como si no pesara nada, me dio otra vuelta en el aire y me besó en mitad del jardín, delante de todos, como si acabara de ganar otra maldita Super Bowl.
Y yo le di las gracias, en silencio, al caramelo de menta de mi cuñada.
Cuando me dejó en pie, me cogió la cara con las dos manos y estaba riéndose.
Riéndose de verdad, mirando el anillo, que no era otra cosa que una réplica de su máscara con una inscripción por dentro.
«Que la Fuerza nos aguante».
—Voy a casarme con esta maravillosa mujer —anunció, girándose hacia todos los demás—. Estáis invitados a la boda, y desde ya os digo una cosa.
Me besó otra vez, rápido, arrebatado, feliz.
—Nunca habréis vivido una igual.
Me miró a los ojos y sonrió como el cabrón del que me había enamorado.
—Vais a flipar, palabra de Valentino Dalton.