CAPÍTULO 79
Valentino
Si alguien me hubiera dicho a principios de temporada que iba a llegar a enero con el vestuario detrás, la división casi atada, una novia capaz de freírme las neuronas con una mirada y una vida sexual que merecía santoral propio, le hubiese respondido dos cosas.
La primera: que dejara las drogas.
La segunda: que me pasara el contacto de su camello.
Porque, joder, me iba bien.
Me iba tan bien que hasta empecé a sospechar que el universo estaba cogiendo carrerilla para meterme una hostia. En general, no se equivocaba nunca con esas cosas.
Aunque, claro, imagino que antes de que caigais en mi asquerosa balsa de almíbar, querréis saber qué ocurrió tras la conversación de mi chica con la hija pródiga de la franquicia.
Pues bien, Naomi me contó la charla que tuvieron y al trato que llegaron, después de que le echara en cara el uso fraudulento de su aplicación, en la guarida de la loba.
Quedamos ese mismo día, después de que Naomi fuera por la tarde a entrenar un rato para soltar su mala hostia, y yo la esperaba en el ático con la cena lista.
Apareció con esa cara suya de mujer inteligente a punto de exponer una tesis o incendiar una ciudad. Las dos me ponían y eran jodidamente mías. Se quitó el abrigo, dejó el bolso en la encimera y me soltó:
—Antes de que pongas esa cara de quarterback posesivo con ganas de empotrarme contra cualquier superficie…, he tomado una decisión.
Apoyé el hombro en la nevera, cerveza en mano y cero ganas de fingir serenidad.
—Cariño, yo siempre pongo cara de quarterback posesivo. Y tendrás que ser más específica sobre la superficie en la que, sí o sí, te voy a follar.
Ella puso los ojos en blanco. Señal maravillosa. Cuando Parks rodaba los ojos, normalmente todavía quedaban opciones de salir vivo y con orgasmo incluido.
—He llegado a un acuerdo con Charlotte.
Me quedé quieto.
—Eso no me gusta nada.
—No he dicho que te tenga que gustar.
—Parks…
—Ni ella ni Alexandra van a volver a tocar la app . Ni usarán los datos. Se acabó, cero accesos, cero inventos, cero desvíos de información. Le he dado de margen hasta que termine diciembre. Después tendrá que decírselo a su familia y asumir las consecuencias.
Bebí un trago sin apartar los ojos de ella.
—Eso no es un acuerdo. Eso es dejar que una Joneson con dinero, traumas y cero costumbre de perder le envuelva una granada a su familia y le ponga un lazo rojo para Navidad.
Naomi cruzó los brazos.
—No la estoy absolviendo. Estoy evitando que me arrastre con ella, y si quiero eso, debo hacerlo bien. Una cosa es que pueda entender su motivación y otra que no crea que debe pagar por lo que me ha hecho.
—También podrías denunciarla.
—Y también podría pasarme los siguientes seis meses explicando que no estaba compinchada con ellas mientras convierten mi app en carnaza y la palabra «apuestas» se pega a mi nombre como chicle al pelo.
Vale. Punto para mi nerd .
Se acercó despacio y me quitó la botella de la mano para dejarla a un lado.
—Entiendo por qué quería largarse de esa familia de dementes con cubertería cara, lo que no significa que pueda pasarlo por alto. Pero prefiero que la mierda Joneson la limpien ellos antes de que me salpique a mí, a la aplicación o al equipo.
La miré unos segundos.
Y no podía sentirme más orgulloso. Naomi estaba siendo Naomi: brillante, fría donde tocaba y con esa ética rarísima suya de no querer ensuciarse con barro ajeno si podía evitarlo.
—No me gusta Charlotte —dije, apretándola contra mi cuerpo.
—Ya.
—Y, aun así, vas a dejarla caminar hasta final de mes.
—Sí, tiene como último día el partido contra los Eagles.
Suspiré.
—Eso es el 4 de enero.
—Eso es dejarle pasar la Navidad tranquila, tampoco es que quiera joderles las fiestas.
—Te odio un poco cuando tienes razón.
Ella sonrió de lado.
—No me odias, solo te pone nervioso que no necesite que vengas a salvarme.
La agarré de la cintura y la senté en la encimera.
—Cariño, a mí lo que me pone nervioso es tenerte aquí, abierta de piernas para mí.
Me besó con esa media sonrisa suya que siempre parecía contener un insulto muy cariñoso mientras yo le restregaba mi más que evidente erección.
Aquella noche cenamos frío y poco nos importó.
El domingo jugábamos contra Tampa y, aunque aún me escocía el runrún de Charlotte, en cuanto me puse el casco, todo lo demás se colocó en su sitio.
El partido contra los Buccaneers tuvo esa clase de ritmo que te hacía sentir que el balón latía contigo.
No fue el más bonito de la temporada ni el más histérico, fue uno de esos en los que veías claro dónde respirar, dónde apretar y dónde clavar el cuchillo sin montar un numerito de héroe de acción.
Ellos venían con un receptor élite, ganas de tocar los cojones y una defensa bastante decente contra la carrera.
Nosotros teníamos frío suave, estadio medio encendido y una sensación cada vez más evidente de que aquel equipo ya sabía a qué jugábamos cuando yo dejaba de ponerme épico y me dedicaba a mandar.
Eso, por cierto, también tenía mucho que ver con Naomi.
No porque ella entendiera de protecciones mejor que mi línea.
Bueno, en realidad, igual sí. Sino porque me había colocado la cabeza donde debía estar con Thiago Cruz dándome soporte.
Ya no jugaba para demostrar que era el puto amo con veintitrés años.
Jugaba como el tipo que ya sabía lo que valía y no necesitaba recordárselo a nadie cada dos snaps .
Cuando salí al campo y miré hacia la banda, la vi. iPad en mano, coleta alta, expresión de estar procesando ochocientas variables y de poder castrarme con un gesto si perdía el tiempo mirando demasiado.
Me guiñó un ojo.
Y yo pensé, como un absoluto imbécil encantado de conocerse: «sí, esto va bien».
Ganamos 29-17. Otro paso hacia los playoffs , que comenzábamos a sentir en la punta de los dedos. La prensa nos situaba como uno de los equipos favoritos, y eso no pasaba muy a menudo con los Cowboys.
Otro día en la oficina para un tío al que la vida empezaba a tratarlo bastante mejor de lo que merecía.
Teníamos unos días de descanso para reunirnos con la familia en Navidad, solo tres porque no podíamos perder fuelle, teniendo en cuenta que el siguiente partido era el 28, así que volamos el 24 y me quedé en Los Ángeles hasta el 26.
Naomi y yo volamos juntos y no supe qué coño me gustó más: tenerla acurrucada contra mi hombro en el avión, verla refunfuñar porque mi playlist de viaje le parecía criminal o notar que ya no había nada raro en compartir espacio, planes, maletas y ese lenguaje silencioso de pareja que aparecía cuando ya no estabas fingiendo que lo vuestro era temporal.
Con mi familia todo fue… bueno. Nos hospedamos en casa de los Reyes-Hayes.
A Mariana, la madre de Jaxon, no le quedaba mucho para casarse con el entrenador y era imposible que aceptara que mi padre y yo durmiéramos en otro sitio que no fuera su casa.
Ellos aportaban esa clase de calor familiar que te hacía pensar que quizá el universo no era siempre un sitio tan cabrón.
Naomi me escribió desde casa de sus padres con mensajes que oscilaban entre «mi madre cree que mi microbiota es de interés nacional» y «si mi padre vuelve a comparar mis relaciones sentimentales con la trayectoria de un satélite, me voy a tirar por el balcón».
Yo me reía como un subnormal y le respondía con audios obscenos o con fotos estratégicamente guarras, escogidas para recordarle lo mucho que me echaba de menos.
Todavía no les había dicho que salía conmigo porque estaba seguro de que habría sido una conmoción…
Preferíamos dejarlo para el momento en que Naomi les hubiera pasado por la cara que había ganado un pastizal con su aplicación y que iba a hacer con su vida lo que le diera la gana y con quien le diera la gana, incluso si ese alguien era un QB1 de la NFL.
Nos vimos el 25 por la noche.
Ella necesitaba aire de su familia. Yo necesitaba verla y salimos de fiesta al Sand con los chicos.
Nos reímos, nos besamos, recibí más de una regañina por parte de mi hermana por magrearla demasiado mientras que Camila le decía que nos dejara disfrutar de la magia navideña y que ella se convirtiera en el regalo para Jaxon.
Cada día que pasaba me gustaba más Naomi. Era inteligente, afilada, preciosa y tenía esa forma rara de estar en el mundo, como si ya hubiera analizado a todos y, aun así, eligiera quedarse. Más de una vez pensé que yo solo era el cabrón con más suerte de Texas por poder verla tan de cerca.
Volvimos a Texas y contra Washington cerramos la división.
El General estaba otra vez en las gradas.
Y no fue exactamente miedo lo que noté. Fue algo más viejo.
Esa necesidad absurda de querer hacerlo bien delante del hombre que me enseñó a no pedir, a no ocupar espacio y a cargar con todo sin abrir la boca.
El mismo que convirtió el fútbol en una de las pocas cosas que parecían legitimar mi sitio.
El mismo ante el que, por mucho que me repitiera que ya no tenía nada que demostrar, todavía se me tensaba algo por dentro.
Naomi lo vio al instante.
Se acercó, me recolocó el cuello de la chaqueta térmica con una calma insultante y me dio uno de esos besos suyos que no montaban espectáculo, pero te enderezaban el eje.
—Lo estás haciendo de puta madre, Valentino Dalton —murmuró contra mi boca—. Sé que quieres que se sienta orgulloso de ti, pero a estas alturas ya debería estarlo. Así que sal ahí, haz lo que mejor sabes hacer y dame una buena razón para que esta noche juguemos con tu espada láser.
Fue una tontería, o tal vez no.
Lo que supe era que me recolocó por dentro, como si acabara de encajarme una pieza que llevaba días suelta, y la besé con todas mis ansias.