Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 78
92%

CAPÍTULO 78

Naomi

Cuando atrapabas a un ladrón, solo había dos formas de actuar: llamar a la policía o mirarlo a los ojos y preguntarle por qué demonios decidió prenderle fuego a tu vida.

Yo había elegido la segunda.

Darah Mitchell.

La rookie de las DCC.

La chica a la que acusaron de haber drogado a Charlotte Joneson cuando las pillaron juntas.

¡La hermana de la informática!

Y, por si fuera poco, detrás de todo estaba la mismísima Charlotte, porque las cuentas llevaban a una sociedad en la que ella constaba como cotitular junto a Darah.

No me costó dormir una mierda. Me costó no reventar algo y no presentarme en la mansión de los horrores para sacudir algo que no eran precisamente pompones.

A la mañana siguiente me até el pelo en una coleta superprieta, me puse la microcámara que trajo Valentino —cuya procedencia u objetivo pasé por alto— y me fui directa al edificio donde las DCC estaban preparando la gala de Navidad.

Si Charlotte había convertido mi app en su vía de escape, iba a tener la decencia de explicármelo mirándome a la cara y en 4K.

La encontré en un despacho lateral, revisando unas carpetas con la serenidad impecable de quien había nacido para posar sobre una ruina y seguir pareciendo una portada de revista. Alzó la vista al verme entrar.

—Señorita Park, ¿qué te trae por esta zona de The Star? Lo cierto es que no te esperaba, aunque ya te dije que tienes potencial de DCC. ¿Buscas una oportunidad para la plantilla del año que viene?

Cerré la puerta tras de mí.

—Ya somos dos las sorprendidas. Yo tampoco esperaba descubrir que mi app estaba financiando una red de apuestas con apellido Joneson.

Su expresión no cambió al instante. Primero hubo una pausa pequeña, elegante, casi teatral. Luego dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—No sé de qué me hablas.

—Claro que lo sabes, y yo ya no tengo paciencia para tu versión Joneson del gaslighting .

Me acerqué despacio. No quería gritar. Quería que le doliera entender que ya no estaba un paso por delante.

—Sé que la chica que ha estado revisando mis equipos y paseándose por ellos es la hermana de Darah Mitchell, y las dos sabemos que todo esto no empezó por dinero.

Charlotte se quedó mirándome en silencio. Midiendo su respuesta, asumiendo que, por mucho que tratara de ocultarlo, era tarde, porque yo ya sabía la verdad.

—Ahórrate ponerte creativa conmigo. Nos ha costado, pero al final encontramos todas las conexiones.

Las rutas salían por revisión interna, se cruzaban con las apuestas y el dinero acababa demasiado lejos como para parecer casualidad, a nombre de una sociedad cuyas administradoras conoces bastante bien.

Podrías intentar seguir mintiendo, sin embargo, las dos perderíamos el tiempo.

No pensaba mencionar a Valentino ni loca, ponerlo en el punto de mira podría ser fatal.

—¿Qué quieres, Naomi? ¿Dinero? Porque si se trata de eso…

Por primera vez vi algo distinto en sus ojos. No miedo exactamente. Más bien cansancio. El de alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo un decorado con las manos desnudas.

La pregunta me enfadó más de lo que debería.

—Para empezar, quiero saber cuántas partes de esta mierda eran venganza y cuántas puro instinto de supervivencia.

Charlotte soltó una risa breve, sin humor.

—Qué bonito. Te diré una cosa: estoy harta de auditorías morales, ya me han hecho demasiadas.

—Tú has usado mi trabajo para llenarte los bolsillos y has puesto en peligro al equipo. Perdóname si no aparezco con flores.

Se apoyó en el respaldo de la silla y me observó de una forma extraña, como si estuviera decidiendo cuánto de mí le convenía respetar.

—Lo creas o no, nunca quise perjudicarte.

—Pues casi te sale de puta madre. Los medios ya hablan de alguien que parece conocer ciertos resultados de antemano.

Eso sí la hizo bajar la vista un segundo.

Solo uno.

—Te juro que no era por ti —repitió.

Charlotte tragó saliva. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido parte del barniz.

—Siempre fue por salir de aquí.

Alzó una mano, abarcando el despacho, el edificio, la vida entera.

No dije nada.

Ella tampoco durante unos segundos. El aire se puso raro. Más denso. Como si la verdad llevara años pegada a las paredes, esperando a que alguien la obligara a sentarse.

—Nunca quise casarme con Stephen —dijo al final—. Nunca quise a ningún hombre. Pero en mi familia eso no era una opción. Ser lesbiana no era una posibilidad, era una vergüenza, una enfermedad, un castigo divino con apellido Joneson.

La miré sin moverme.

—Pensé que, si me esforzaba, podría soportarlo. Que quizá funcionaría. Mi noche de bodas terminé vomitando y llorando mientras él me preguntaba si necesitaba un médico. Me dolió demasiado. Y no hablo solo de lo físico.

Cerré la boca. Cualquier respuesta me habría sonado idiota.

—Con el tiempo dejó de tocarme. Y yo lo agradecí como si me hubieran absuelto de una condena. Luego empezó a acostarse con Vivian. —Se encogió apenas de hombros—. Créeme, prefería que se acostara con mi hermana a que me tocara a mí.

Aquello era tan jodido que, por un momento, me dieron ganas de sentarme.

—Me refugié en las DCC —continuó—. Y entonces llegó Darah.

Su nombre cambió algo en su cara. No la ablandó. La volvió real, humana.

—Fue amor a primera vista. Ridículo, adolescente, devastador.

Como una maldita enfermedad de la que no quería curarme.

Cuando nos pillaron en el despacho, mi padre montó un escándalo.

A ella la acusaron de haberme puesto algo en la bebida.

A mí me ingresaron en una clínica donde prometían arreglar a mujeres como yo.

—Dios.

No quería ni imaginarlo.

—No. Dios no. Mis padres. Si nuestro Señor existe, lleva años apartando la vista de Texas.

Pese a todo, casi sonreí.

—Fingí que me habían curado —dijo—. No porque me lo creyera, sino porque necesitaba salir.

Necesitaba encontrar una forma de largarme sin que mi familia me despedazara por el camino y acabara mendigando en cualquier rincón de Estados Unidos.

El amor es precioso, Naomi, pero también hay que llevarse algo a la tripa. Entonces, Stephen me dio la idea.

Charlotte inclinó la cabeza.

—En una de sus visitas al centro me habló de tu aplicación.

Dijo que Vivian había dado con una herramienta revolucionaria, que en el mundo de las apuestas deportivas valdría millones, que podría hacer inmensamente rico a cualquiera.

Lo soltó como quien comenta el tiempo, porque Stephen nunca ha tenido demasiadas luces y su ludopatía es de las que no se curan, pero yo llevaba meses encerrada con demasiado tiempo para pensar. La semilla prendió y la idea germinó.

—Así que colocaste a la hermana de Darah en la franquicia.

—No. Alexandra ya trabajaba aquí antes de que Darah entrara.

Pasa mucho. Algunas chicas son hijas de antiguas DCC o familiares de empleados.

Pero sí, cuando salí y le conté a Darah lo que se me había ocurrido, Alexandra aceptó ayudarnos.

Quería echarnos una mano. Estaba harta de ver cómo mi familia nos había triturado y luego se había echado perfume para que no oliera.

—Su voz se quebró apenas—. Todavía no sé cómo quiso darme soporte después de todo lo que la prensa dijo de su hermana.

Me clavé las uñas en la palma.

La entendía.

Joder. Esa era la parte más molesta. La entendía.

La jaula, la rabia, la desesperación obscena de necesitar dinero para comprar una salida cuando todo a tu alrededor llevaba años repitiéndote que ni siquiera tu cuerpo te pertenecía. Pero mi compasión tenía un límite y estaba justo en el punto donde empezaba a arder mi vida.

—Podría haber comprendido que quisieras irte —dije por fin—. Incluso que quisieras llevártelo todo por delante. Lo que no puedo tolerar es que usaras mi trabajo, mi app y a todo el equipo como munición.

Charlotte se puso en pie.

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Pedir permiso? ¿Esperar a que mi padre me bendijera el divorcio para irme con una mujer? ¿O quedarme aquí sentada hasta convertirme en un cadáver carísimo con sonrisa de revista, sabiendo que el amor de mi vida no me esperaría eternamente?

—No, pero tampoco prenderle fuego a los demás.

—No robé tus datos para hacer daño. Lo hice para largarme.

—Y para conseguirlo casi hundes mi trabajo. Manipulaste apuestas con información confidencial, pusiste a la franquicia en el centro de una mierda que no era suya y me convertiste a mí en una pieza de tu plan.

Se tensó.

—No eras una pieza. Eras una oportunidad.

—Me usaste.

Charlotte soltó aire por la nariz.

—No me hables como si tú no supieras lo que es sentirse usada en este sitio.

A los Joneson no nos educan para querer.

Nos educan para poseer, para creer que el mundo nos pertenece y que las personas también.

Lo has sentido, tuviste que pasar la criba de papá.

Las miradas de Elliot. A Vivian diciéndote qué hacer o con quién relacionarte. A Grayson buscando ponerte un anillo…

Eso me golpeó donde debía. La odié un poco por acertar.

—La diferencia —dije despacio— es que yo no arrastro a los demás al incendio para escapar.

Charlotte levantó la barbilla, orgullosa, rota, acojonada justo por debajo de la piel.

—Tú no estabas encerrada en mi vida.

—No, pero sí estaba atrapada en la mía y, aun así, he tenido que buscarme la salida sola, sin llevarme por delante el nombre de nadie por el camino.

—Puede que yo no sea tan buena como tú. Ni tan capaz. Pero he intentado cavar con las uñas el único túnel que veía hacia la libertad.

Y ahí estaba, la verdad más incómoda de todas.

No era una villana de opereta. Era una mujer a la que habían destrozado con tanta educación y tanto dinero que, cuando por fin encontró una salida, eligió la que podía cargarse al resto.

Nos miramos en silencio. Dos mujeres demasiado cansadas para fingir que aquello iba de blanco o negro.

Entonces, volvió a hablar.

—Estoy en tus manos. ¿Qué piensas hacer? —preguntó al fin, con la barbilla alta y el miedo latiéndole justo debajo de la piel —. ¿Vas a ir corriendo a contárselo a mi padre y así obligarme a renunciar a lo único que he amado en la vida?