CAPÍTULO 77
Valentino
Mientras todo el mundo preparaba el partido contra los Buccaneers como si aquella fuera la única guerra abierta, yo llevaba dos semanas y media librando otra desde las sombras.
La otra era más sucia, más silenciosa y muy divertida si te gustaba ver caer a un cabrón gracias a tus propias trampas.
Confieso que cuando le dijeron a Naomi que debía entregar sus dispositivos apenas dormí.
No de los nervios, sino atando todos los hilos para que no nos fueran a descubrir y plantar la semilla en el maldito Caballo de Troya.
Lo hizo con esa cara suya de nerd brillante, fingiendo normalidad mientras por dentro iba más armada que el Halcón Milenario.
No había manipulado los equipos para blindarlos, eso hubiese sido de pardillos.
Si le ponías un muro a alguien listo, sabía que había una guerra, así que le ofrecí una puerta entornada, una luz cálida al fondo y un cartel gigante que decía «pasa, cariño, aquí dentro hay oro».
Un honeypot elegante, una baliza diminuta y una firma fantasma escondida en los paquetes que más les interesaban.
Nada que saltara a simple vista. Nada que sonara a alarma.
Solo un rastro tan fino que ni un paranoico con doctorado lo habría visto si no sabía dónde mirar.
La idea era sencilla: dejar que robaran convencidos de que se iban a forrar.
Y funcionó.
En los partidos que disputamos contra los Eagles y los Browns, el hijo de puta hizo justo lo que necesitaba.
Entró limpio, usó credenciales válidas, tiró de rutas internas, mascó variables ofensivas y salió por nodos intermedios para no dejar el culo al aire.
Profesional, cuidadoso. Nada de amateur con capucha en un sótano.
Esto lo llevaba alguien con acceso, paciencia y manos hábiles, aunque no tanto como las mías.
No corté nada.
Me limité a recabar datos y analizar.
Me fijé en lo que robaban. No iba solo a por el ganador del partido. Era listo, buscaba múltiples apuestas, detalles pequeños que diversificaban las ganancias para que fuera menos ostentoso. Detalles que, bien usados, daban dinero sin hacer demasiado ruido.
Llevaba todo ese tiempo obsesionado, metiéndome en el sistema de apuestas más encriptado del mundo en busca de mi queridísimo mamón.
No había sido simple.
La extracción se producía siempre en ventanas muy concretas, pegadas a revisiones internas o actualizaciones de rutina. Con el olor exacto a «esto pertenece al sistema» que hacía que nadie mirara dos veces.
Después vi adónde iba.
Tiré de correlación temporal, seguí movimientos espejo, identifiqué cuentas puente y dejé que la baliza me fuera dibujando el mapa.
Robaban aquí, empaquetaban allí, cruzaban por un nodo limpio, fragmentaban el envío y, al poco, ciertos mercados reaccionaban demasiado pronto.
No mucho. Lo justo, usando la codicia, no el hambre. El hambre aprieta, la codicia sonríe.
Dos partidos para que se confiara y yo me percatara de aquellos cuantiosos beneficios bien repartidos, limpios, metidos en varias cuentas de paso y enviados después a destinos que olían a fiscalidad creativa y a gente muy convencida de que nunca la pillarían.
Y esa última semana, por fin, les corté las alas.
Contra los Buccaneers activé el veneno.
No toqué el plan real del equipo ni la lectura de Naomi. Lo que alteré fue la lectura robada, las variables espejo, la capa bonita del señuelo. Esa en la que parecían seguir encontrando oro, pero en realidad solo había mierda brillantemente empaquetada.
Le dejé creer que ese domingo íbamos a cargar más el juego corto por dentro.
Que cierto receptor iba a comerse más targets en red zone .
Que, si Tampa enseñaba presión, yo reaccionaría conservador.
Mentira.
Lo bastante precisa para ser creíble, lo bastante falsa para costarle al ladrón un pastizal cuando usara esa información para mover sus props .
Había momentos en un partido en los que notabas el giro antes que nadie. No hacía falta ver todo el campo; bastaba una cadera mal colocada, un linebacker medio paso tarde o un safety mirando donde no debía. En la red pasaba igual. Y en las apuestas, todavía más.
No tuve que esperar al lunes ni a que ningún analista dijera gilipolleces en televisión.
Bastó el domingo.
Bastó ver cómo ciertas variables amañadas se iban torciendo en directo, cómo algunos props que habían afinado demasiado bien las semanas anteriores se estrellaban uno detrás de otro y cómo una de las cuentas que llevaba días vigilando empezó a moverse con esa clase de urgencia que solo daba el pánico cuando el dinero salía por el desagüe rápido.
Demasiado feo para alguien que hasta entonces había sido matemático.
No era solo que hubiera perdido. Era cómo intentó recolocarse.
Hubo una entrada precipitada, un salto de ruta menos limpio que de costumbre, una consulta acelerada a través de un acceso interno y un barrido torpe de logs , como si quisiera comprobar qué demonios había fallado y borrar huellas a la vez.
Sonreí.
—Ya te tengo, cabrón.
Seguí el rastro mientras se desplegaba por mis pantallas. Cuenta de apuestas, cuenta puente, rebote. Otra cuenta, salida internacional, vuelta, nodo interno. Revisión informática, credencial espejo. Un nombre corporativo que no me decía nada y otro que…
«¡Joder! Este puto apellido lo conozco demasiado bien».
Me incorporé despacio en la silla.
Volví atrás y rehíce el trayecto porque eso era demasiado grave para ser cierto.
Comparé marcas horarias, las claves de sesión, el orden de los accesos y la firma del script que intentó limpiar el movimiento. Todo cuadraba.
Tenía el apellido, pero me faltaba asociarlo al nombre, porque ahí no había solo una persona, sino dos, y el segundo apellido no era el esperado si se hubiera tratado de Vivian y Stephen.
Pensé en Grayson el primero, claro.
Era fácil, no podía ni verlo después de que tratara de levantarme a Naomi, aunque no las tenía todas conmigo.
Así que tecleé el otro apellido para ver a qué Joneson podía asociarlo… Seguí tirando del hilo, mis dedos volaban sobre el teclado.
Benditos prompts y benditas búsquedas profundas con IA; di con ello en cuestión de segundos.
El tirón me devolvió una conexión con informática tan clara que hasta me dio rabia no haberla visto antes.
¿Cómo había estado tan ciego?
Seguí tecleando y entonces apareció la segunda capa, la de verdad, la de la certeza.
El tipo de detalle que pasabas por alto si no conocías a la familia adecuada y no llevabas meses viviendo entre sus egos, sus silencios y sus putos modales de realeza texana.
Me quedé mirando la pantalla sin pestañear.
—No me jodas.
Todo encajó de golpe.
La brecha limpia. El control de imagen, el odio larvado, la necesidad de no dejar huella. La venganza cocinada a fuego lento. La persona perfecta para no levantar sospechas porque siempre había hecho lo esperado, hasta que dejó de hacerlo.
Apoyé las manos en el escritorio y solté aire despacio, intentando ordenar el subidón de rabia, admiración involuntaria y ganas de romper algo. Porque no solo sabía ya quién nos había estado jodiendo todo este tiempo.
Sabía también que, cuando se lo dijera a Parks, iba a explotarle la cabeza.
Cogí las llaves, el móvil, la chaqueta y, mientras cerraba el ático, la llamé.
Tardó dos tonos en descolgar.
—Estamos a jueves, son casi las once y no, no voy a darte sexo telefónico por muy convincente que te creas, Anakin.
Me monté en el ascensor para bajar al garaje.
—Parks, deja lo que estés haciendo. Paso a buscarte por el hotel.
—Si esto no incluye una emergencia, un asesinato o una muy buena razón para que te espere sin bragas, cuelgo.
—No hace falta que me esperes sin ellas porque vas a perderlas, y no me refiero a que vaya a arrancártelas, por mucho que me tiente la idea.
—¿Qué pasa?
Abrí el coche y me metí dentro con el corazón yendo a cien.
—Que ya he descubierto a nuestro hacker y no te lo vas a creer, necesito que lo veas.