Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 76
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CAPÍTULO 76

Naomi

Mi primer Acción de Gracias con los Cowboys fue una experiencia entre entrañable, surrealista y digna de estudio sociológico.

En mi familia hubiese sido distinto. Mi madre habría convertido la cena en una mezcla de masterclass sobre skincare , microbiota y alimentos antiinflamatorios, todo mientras vigilaba que nadie saboteara su equilibrio intestinal con salsas sospechosas.

Mi padre habría aparecido con esa calma suya de científico brillante, probablemente dejando caer alguna comparación espacial que sonaría mucho más lógica de lo que debiera.

Y yo habría acabado refugiándome en la cocina, preguntándome en qué momento una celebración terminó pareciéndose a un congreso de élite con buen cutis.

Así que no, no venía exactamente de un hogar convencional.

Pero, al menos, los Park no fingían ser otra cosa.

Los Cowboys, en cambio, convertían cualquier celebración en una mezcla extraña de espectáculo, testosterona, focos y dinero suficiente como para que más de uno quisiera meter la mano donde no debía.

Valentino estaba radiante.

No solo en el campo, que también. Fuera de él había dejado de andar como si estuviera librando una guerra civil interna, y eso, en un hombre como él, era casi más llamativo que cualquier estadística.

Seguía siendo intenso, bocazas y peligrosamente consciente de su propio atractivo, pero ya no transmitía esa sensación de chico empeñado en demostrarle algo al universo.

Parecía más… asentado. Thiago decía que por fin había dejado de jugar contra sí mismo; incluso recibió una llamada de Levi dándole la enhorabuena.

Mi cuerpo se ponía en alerta cada vez que nos encontrábamos, ya fuera en una sala visionando jugadas o en la intimidad de una habitación.

No era solo el sexo, aunque el sexo seguía teniendo el mismo efecto en mi sistema nervioso que una descarga bien colocada en la Estrella de la Muerte.

Era todo lo demás. Cómo me escuchaba. Cómo me dejaba pensar en voz alta sin interrumpirme con soluciones de macho alfa de saldo.

Cómo había empezado a mirarme, no como a una chica complicada que lo ponía cachondo, sino como alguien con quien quería construir estrategia, planes y quizá algo más peligroso: futuro.

Grayson, en cambio, se mantuvo a distancia desde mi cobra en casa de sus padres, como si hubiera decidido guardar nuestra amistad en un cajón con el resto de cosas que no estaba acostumbrado a perder.

Nos cruzábamos por las instalaciones, me saludaba con una inclinación de cabeza y seguía su camino.

Sin tensión evidente, sin escena de celos o petición de explicaciones.

Algo en ello me tranquilizaba y me ponía nerviosa a la vez, que venía a ser la especialidad de esa familia.

El partido contra los Packers convirtió Dallas en una mezcla de circo romano, misa de Navidad y final de saga galáctica.

Acción de Gracias en los Cowboys no era un simple partido.

Era una institución, un ritual, una demostración pública de músculo, orgullo y espectáculo.

Y Valentino, por supuesto, brilló como si alguien hubiera decidido subirle el contraste al universo.

No necesitaba contar cada jugada para saber lo que supuso aquella victoria.

Bastaba con mirar las caras. La grada rugiendo, los flashes , los reporteros atropellándose por un titular y él ahí, enorme bajo los focos, manejando el caos con esa mezcla de descaro y sangre fría que hacía que cualquier lectora de romántica perdiera la dignidad y cualquier coordinador defensivo se replanteara sus decisiones vitales.

Lo peor era que yo también caía.

No con la parte obvia, que también. Con la otra. La más peligrosa, la que veía entre una repetición y otra cómo ciertos mercados de apuestas movían líneas con una precisión que me erizaba la nuca.

Porque el volumen había subido.

Más exposición mediática significaba más dinero entrando, más ojos puestos en los props y más margen para que la rata adecuada intentara sacar rendimiento de los microeventos rentables: touchdowns , yardas, eficiencia en red zone , reparto de snaps , decisiones bajo presión.

Ya no me quedaba ninguna duda de que no iban solo a por resultados globales.

Iban a por pequeñas piezas del partido capaces de generar dinero sin hacer demasiado ruido y que mi aplicación predecía con claridad rotunda.

Solo esperaba poder celebrar que nuestro señuelo seguía funcionando, como Valentino había previsto.

Avery y el General estaban en la zona reservada a las familias. Este año habían venido a apoyar a Valentino y a pasar Acción de Gracias en Dallas, lo que significaba que, después del partido, cenarían con nosotros.

Eso me puso un poco nerviosa.

En una videollamada con mis amigas les confesé que Valentino y yo no solo habíamos arreglado las cosas, sino que estábamos juntos.

Camila se puso a chillar como si hubiera ganado la lotería romántica.

Avery, en cambio, adoptó una expresión mucho menos festiva.

Más bien una de «como vuelva a hacerte daño, entierro el cadáver en un campo de maíz».

Y, sinceramente, la entendía.

La última vez que nos vio, yo estaba hecha polvo por culpa de su hermano y ella se puso de mi lado sin pestañear. Así que esa cena tenía un pequeño componente de examen oral con riesgo de suspenso.

Valentino, por supuesto, decidió resolverlo a su manera.

Me esperó junto al ascensor, me besó como si no hubiera nadie mirando, y antes de que pudiera protestar, me presentó al General como su novia y remató la jugada dejando caer que aquel era nuestro primer Acción de Gracias juntos de muchos.

Su padre me dio la bienvenida con educación militar, de esa que no te insultaba, pero tampoco te invitaba a relajarte.

Luego se quedó con su hijo en el salón viendo repeticiones del partido, como si hablar de fútbol americano les resultara más fácil que charlar de cualquier otra cosa.

Avery aprovechó para arrastrarme a la cocina.

—Más te vale decirme que mi hermano te está tratando bien o le echo laxante al pavo.

La miré con una mezcla de ternura y culpa.

—Tu hermano no es como piensas.

Se cruzó de brazos.

—Ya. Entonces, lo de colarse en tu habitación vestido de lord Oscuro porque había perdido su polvo talismán fue una alucinación colectiva.

Iba a matar a Camila, si es que no podía guardarse una…

—Bueno…, me dio varios orgasmos con su sable láser y después me dijo que me quería. Además, era una de mis fantasías, así que, técnicamente, salí ganando.

Avery cerró los ojos un segundo.

—Qué asco. Qué innecesario vuestro roleplay imperial y qué típico de él.

—Al margen del sexo —dije, ya sin ironía—, vamos en serio.

Me sostuvo la mirada unos segundos más. Evaluándome. Valorándolo a él a través de mí.

—Eso ya me lo imagino. Lo que todavía no tengo claro es si sabe lo que tiene delante.

Sonreí un poco.

—Tal vez tú tampoco sabes del todo quién es tu hermano.

Avery arqueó una ceja.

—Eso ha sonado demasiado bonito para alguien que acaba de contarme que mi hermano se la folló vestido de villano galáctico.

Las dos miramos hacia el salón. Él acababa de girarse hacia nosotras y me lanzó uno de esos guiños suyos que deberían venir con advertencia para el útero.

Avery resopló.

—Sigue pareciéndome insufrible.

—Lo es, y, aun así, me encanta.

—Por lo menos te mira como si fueras lo único que le importa en esta galaxia.

Tragué saliva.

—Sí.

Ella me pasó una fuente.

—Vale. No pienso darle mi bendición para que esté contigo hasta que no me demuestre que te hace cien por cien feliz, pero tampoco pienso envenenarlo. Bienvenida a la familia Dalton, Naomi.

Nos dimos un abrazo, nos echamos a reír y salimos hacia el comedor con las bandejas.

Mis padres me llamaron esa misma noche y mamá, después de asegurarse de que mi cena no hubiera consistido en algo texano, frito y bañado en grasa saturada, quiso saber si iría en Navidad. Le dije que sí, probablemente. Solo esperaba que, para entonces, el problema del hacker estuviera resuelto.

No le conté que me estaba enamorando de un quarterback arrogante, escandalosamente listo y con una capacidad francamente ofensiva para desmontarme.

Eso lo dejaba para otro día. Cuando quisiera poner a prueba la posible úlcera de mi madre.

El partido contra los Giants, apenas tres días después de jugar contra los Packers, fue intenso, tenso, sucio y bastante menos vistoso que el anterior, pero lo que a mí me tuvo con el pulso alterado no fue el marcador.

Fueron los props . Demasiado afinados otra vez.

No perfectos, pero sí sospechosamente cerca en cosas que no deberían anticiparse con tanta precisión, salvo que alguien siguiera oliendo información interna.

Mis ojos no dejaban de moverse en busca del posible ladrón.

Quién se tensaba en una conversión de red zone . Quién respiraba de más cuando determinado jugador se quedaba sin snap . Quién reaccionaba como si no estuviera viendo un partido, sino una cuenta bancaria actualizándose en tiempo real.

Valentino y yo seguíamos obligados a mantener viva la estrategia que habíamos marcado para descubrir quién estaba detrás de la sustracción de datos. El problema de tender trampas a gente inteligente era que, a veces, la gente inteligente detectaba enseguida que el queso olía raro.

Alguien debió molestarse.

Porque recibí una llamada del departamento de informática para que, con la excusa de que quedaba un mes para cerrar el año y tocaba actualización de sistemas, antivirus y revisión general de seguridad, entregara mis equipos el lunes siguiente para echarles un ojo.

Mis equipos, en plural.

Portátil principal, estación auxiliar y el iPad.

Sonreí, firmé la entrega y por dentro se me activaron todos los protocolos.

Aquello ya no iba solo de robar datos, iba de medir reacciones.

Fue en mitad de aquel repaso mental cuando Grayson se acercó a mí en el pasillo, justo cuando iba hacia la zona de visionado.

—Naomi, ¿podemos hablar un instante?

No podía negarme. Al fin y al cabo, era mi jefe.

Asentí. Me llevó a un rincón tranquilo, lejos de las oficinas principales.

—Quería disculparme por lo del otro día —farfulló—. Estuve fuera de lugar y no debí tomármelo así. No estoy acostumbrado a que me digan que no y reaccioné como un imbécil.

Lo observé en silencio mientras se disculpaba.

—No era mi intención hacerte sentir incómoda. Ni complicarte el trabajo aquí. Si no sientes nada, no voy a insistir, no estás aquí para rellenar mis carencias afectivas por mucho que me gustes.

Algo en su tono parecía sincero. O eso, o era peligrosamente bueno fingiendo.

Me tendió la mano.

—¿Amigos? Eres de las pocas personas en las que confío aquí, y te juro que no quiero complicarte el trabajo o que te sientas incómoda. Eres fundamental para que las cosas funcionen y, como dijo mi cuñado…, necesitamos que los números salgan.

Miré esa mano un segundo más de lo necesario.

«¿Stephen? ¿Los números?».

La frase me dejó un regusto raro.

¿Quiénes necesitaban que funcionaran? ¿Él y su cuñado? ¿La franquicia? ¿Y si había pasado algo por alto?

Al final le estreché la mano. No quería pasar el resto de mi tiempo en los Cowboys trabajando de culo con él.

—Amigos —sentencié.

Grayson sonrió, esta vez con menos brillo y más cansancio.

Me quedé con una sensación muy clara pegada al estómago. ¿Y si la oveja negra de los Joneson era mucho más oscura de lo que yo había calculado?