CAPÍTULO 75
Valentino
El susto en sus músculos duró medio segundo.
La furia, bastante más.
Naomi me apartó la mano de la boca de un tirón, se dio la vuelta y me clavó una mirada que podría haber derribado una nave imperial.
—¡¿Tú eres gilipollas?!
Sonreí detrás de la máscara.
La habitación seguía a oscuras, salvo por la luz tenue que entraba desde el ventanal y la del sable de luz puesto en color rojo que reposaba sobre la mesa.
La música ya sonaba baja desde el altavoz, que había dejado preparado con anterioridad a que llegara, y antes de que os lo pregunteis…
Sí, puede que Thiago hubiera dejado dicho a la recepcionista de guardia que lo avisara cuando la señorita Park volviera a su habitación, y este, a su vez, me mandara un mensaje de audio.
De fondo sonaba Mine , de October Ends, lento, grave, sucio, el tipo de música que te arrastraba directamente hacia el lado oscuro.
Respiré junto a su oído y el modulador deformó el sonido lo justo para volverlo más profundo, más oscuro, más Daver.
—Buenas noches, Rey.
Se quedó inmóvil.
Noté el instante exacto en que lo entendió. El chispazo. La fantasía encajando de golpe con el cuerpo real que tenía delante. Yo, sin camiseta, con la capa cayéndome por la espalda, los guantes negros, los pantalones bajos en la cadera, descalzo y la máscara puesta.
Su respiración cambió, menos temerosa, más irregular.
Joder.
—¿Qué haces? ¿Ahora también te cuelas en habitaciones, además de en ordenadores ajenos?
Apoyé una mano enguantada a cada lado de su cabeza, encerrándola entre la pared y mi cuerpo.
—Deberías darme las gracias, princesa. No me gusta que mi amuleto le dé suerte a otro, y mucho menos que me dejes sin esto…
—Apreté los dedos contra su entrepierna, ella dio un respingo, pero no cerró los muslos, lo que me puso más cachondo—.
Ningún Joneson es digno de estar contigo.
He venido a cobrar lo que me debes con intereses.
Naomi se pasó la lengua por el labio inferior. Sus ojos bajaron por mi pecho, los abdominales y la abultada pretina del pantalón para ascender de nuevo a la máscara.
—Esto es… obscenamente poco justo.
—La justicia está sobrevalorada. El lado oscuro da mejores premios, y pienso darte el tuyo.
Le rocé la mandíbula con los nudillos de la mano libre y la noté temblar.
—Dime una cosa, Rey. ¿Saber que voy a follarte con la máscara te excita?
Su barbilla subió un poco. Desafiante, como a mí me gustaba.
—Puede.
—Bien, porque ahora empieza lo divertido…
La agarré de la cintura, la giré y tiré del vestido hacia abajo sin darle margen a pensar demasiado.
Un escalofrío de placer tensó su espalda. Pasé las manos hacia delante para pellizcar los pezones, provocando que se apretara contra mí.
—Has sido muy mala… No se deja tirado a tu lord Oscuro cuando tiene ganas de esto…
Desplacé los dedos por su abdomen tenso hasta la diminuta prenda interior. Tracé la hendidura varias veces mientras seguía retorciéndole un pezón. Sus labios se separaron, llenos de jadeos inconexos.
—Quítate las bragas, Rey.
Lo hizo sin apenas moverse, dando vía libre a las yemas enfundadas en cuero, que la penetraron sin dificultad.
—Ah…
—¿Lo ves…? Puedes negar tu atracción por lo que te ofrezco, pero tu cuerpo es incapaz de mentir…
Saqué la mano bajo un sonido de protesta y empujé los dedos entre sus labios.
Ella los saboreó y succionó sin pensarlo.
Mi polla protestó.
—Ven aquí.
Le di la vuelta y la llevé a la mesa.
—Val… —empezó.
Negué despacio.
—Esta noche soy tu lord.
La senté en ella y cogí el sable de luz.
Incliné un poco la cabeza.
—Apoya los talones en la madera y separa las piernas.
Vi la orden atravesarla.
Su placer culpable tenía voz, máscara y manos reales. Y su deseo de seguir mis órdenes me complacía más que nada.
Naomi tragó saliva y obedeció despacio, quedando expuesta.
Me acerqué, la capa rozó su hombro. Bajé una mano hasta su nuca y le acaricié el pelo, suave, casi tierno. Luego enganché un mechón y tiré apenas.
—Así me gusta. Lista y preciosa.
Su respiración se aceleró.
—Eres un cabrón.
—No, mi reina. Soy un hombre que sabe exactamente lo que quiere. Y esta noche te quiero a ti perdiendo el control gracias a mí.
Levanté su barbilla con dos dedos enguantados.
Me sostuvo la mirada detrás de la máscara. Sexy , cachonda y valiente. Naomi Park en estado puro.
—¿Sabes quién soy?
La comisura de su boca tembló.
—El cabrón de mi lord Oscuro.
Eso me hizo reír dentro de la máscara.
—Casi aciertas…
Cerró los ojos un segundo y yo me aproximé a su oído, agarrando el sable.
—Soy tu lado oscuro.
La besé con la máscara puesta. Las palabras rozándole la piel.
—Lo eres —confesó.
—Buena chica.
La música seguía latiendo lenta, como un pulso caliente metido bajo la piel de la escena. Me separé un poco y tracé con el haz de luz rojo sus labios, la mandíbula, el cuello, los pechos erizados, los abdominales y los muslos definidos con una parsimonia cruel que me obligó a apretar los dientes.
Estaba preciosa.
Abierta. Temblando. Mía y, al mismo tiempo, no del todo. Porque lo que más me volvía loco de Naomi no era tenerla. Era que me eligiera.
Acerqué el sable a su centro y lo recorrí, contemplando cómo lo empapaba, cómo no tenía suficiente con lo que le ofrecía. Me miraba entre las pestañas con los ojos nublados.
—Quiero oírte —le ordené—. Nada de esconderte, di lo que deseas, mi reina.
Cuando coloqué la punta en la entrada, arqueó la espalda con un gemido que me recorrió entero.
—Val…
Tracé un círculo perezoso.
—Nombre equivocado.
Sus labios se entreabrieron, frustrados.
—Mi lord.
—Otra vez.
—Mi lord Oscuro.
—Así, di lo que quieres.
Estaba jugando con ella, metiéndola poco a poco en ese estado en el que su cerebro brillante dejaba de mandar y solo quedaba piel, respiración y hambre. Cada orden era un hilo más tirando de ella. Cada gemido suyo, una putísima victoria.
—Más abierta.
Obedeció.
—Mírame.
Lo hizo.
—Dime lo que quieres.
Se mordió el labio.
—Quiero que me hagas corr…, joder.
Sonreí.
—¿Quieres que te folle con mi espada?
—Sí.
Bajé el sable y la sujeté con fuerza por las caderas sin dejar que se moviera.
—Quiero oírtelo decir todo, Rey. Quiero que verbalices lo que quieres de mí.
Tembló.
—Quiero que hagas que me corra.
—¿Con el sable de luz?
Sus pupilas ardieron.
—Con tu polla.
Le metí dos dedos de golpe y su gemido me atravesó como una descarga.
—Deseo concedido, porque mi arma se muere por atravesarte.
La trabajé hasta tenerla al borde, y cuando la noté a punto de romper, me detuve. Naomi soltó una protesta rota, preciosa.
—No seas cabrón.
—Soy exactamente el cabrón que necesitas.
Me quité los pantalones lo justo, cogí el condón especial que había comprado y la escuché sonreír sorprendida…
—No me jodas.
—Eso es justo lo que voy a hacer ahora.
—¿Con un condón rojo fosforescente?
—Con tu nueva arma de destrucción masiva favorita.
Me coloqué entre sus piernas. La punta de mi polla rozó su entrada y ambos soltamos aire a la vez.
—Escúchame bien —murmuré, inclinándome sobre ella—. Ese imbécil no va a tocarte, no va a besarte y no va a volver a invitarte a cenar con su familia. ¿Entendido?
Su mirada se suavizó de golpe, como si la oscuridad del juego hubiera dejado ver un segundo al hombre debajo.
—No volvería a esa casa ni aunque dependiera de ello el futuro de mi aplicación.
Entré de una embestida lenta, profunda.
«¡Joder!».
Naomi se arqueó debajo de mí y me agarró por los hombros. Empecé a moverme, manteniendo el ritmo exacto que sabía que la volvía loca, dejándole sentir todo: el peso, el control, la voz rota en el modulador, los guantes, la capa rozándole los muslos, la fantasía cumpliéndose a lo bestia.
—Mía —murmuré.
—Sí.
—Otra vez.
—Soy tuya, solo tuya.
No pude besarla para tragarme el gemido que siguió encadenándose al siguiente.
No follamos. Arrasamos. Con esa mezcla rara y perfecta de juego, posesión y confianza.
Ella respondió a cada orden, me devolvió mordiscos sobre la piel, me desafió con frases a media voz y acabó totalmente deshecha cuando la cargué sin salir de ella y la empotré contra el colchón, hundiéndola debajo de mí, aferrada a mis hombros hasta exprimirme cuando el orgasmo la alcanzó.
Se corrió gritando mi nombre real.
Eso terminó de joderme.
Empujé una vez más, dos, y me vacié con la frente apoyada en la suya, respirando como si me hubieran reventado el pecho desde dentro.
Tardamos un momento en volver al planeta Tierra.
Luego me quité la máscara del todo. Después la ropa. Naomi la miró, me observó a mí y sonrió con esa cara de chica brillante recién follada que podría convertirme en creyente de cualquier religión si fuera la diosa a quien le rezaba.
Le aparté el pelo pegado a la frente.
—Te quiero.
Lo dije sin chiste. Sin escudo. Sin una puta capa que me protegiera de nada.
Sus ojos se abrieron apenas.
—Yo…
—No, déjame hablar, necesito que no dudes y que lo entiendas.
Te quiero cuando te pones borde, cuando te refugias en datos, cuando finges que no tiemblas si te toco y cuando te ríes de mis gilipolleces, aunque quieras matarme luego.
Te quiero en mi cama, en la banda, con un iPad en la mano y con cara de que vas a demandar al mundo entero si se meten con tu app .
Te quiero completa, Naomi Parks. Sin modo ahorro. Sin escudos y con mucha fuerza.
Ella tragó saliva, me tocó la cara y sonrió de esa forma suya, pequeña y devastadora, como si acabara de abrirme el pecho y le gustara lo que había dentro.
—Yo también te quiero, idiota. Aunque seas un mandón insufrible, aunque a veces me desesperes por stalkeador sin principios, aunque sigas teniendo la maravillosa capacidad de meter la pata con la elegancia de un wookie borracho.
Te quiero porque me ves incluso cuando intento esconderme.
Porque me haces sentir más valiente, más libre y muchísimo más viva.
Porque debajo de todo ese ego de quarterback y lord Oscuro hay un hombre que me cuida, me empuja, me provoca y me entiende mejor de lo que me conviene.
Y porque, siendo sinceros, nadie más iba a conseguir que yo me enamorara perdidamente de un imbécil con capa.
Me reí y la besé despacio.
—Sabía que acabarías cayendo al lado oscuro.
Naomi me rozó la boca con una sonrisa cansada, caliente, peligrosamente feliz.
—No flipes, Anakin. No he caído. He saltado yo sola.
Eso me arrancó otra risa, de las de verdad.
Apoyé la frente en la suya y le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos, forzándola a que su cuerpo desnudo cubriera el mío.
—Perfecto. Entonces, ya puedes ir asumiendo que, si alguna vez corres, pienso pasarme el resto de mi vida persiguiéndote por toda la galaxia.
—Buena suerte con eso —murmuró ella, acariciándome el pecho—. Soy rapidísima, y ahora conozco todos tus trucos.
—Entonces —susurré contra su boca—, voy a asegurarme de que siempre quieras que te alcance.
En el campo siempre supe reconocer el momento exacto en que un balón cambiaba de dueño.
Esa noche sentí lo mismo, pero con mi corazón.
Esta vez no había ganado un partido, sino algo muchísimo mejor: la certeza brutal de que el mejor touchdown siempre sería ella.