CAPÍTULO 74
Naomi
Las dos semanas posteriores a Detroit fueron una mezcla bastante poco saludable de trabajo, sexo y paranoia funcional.
Valentino y yo seguimos revisando accesos, patrones, movimientos raros y cualquier grieta que oliera a intrusión.
La trampa que habíamos montado empezó a moverse, sí, pero no como yo esperaba.
Ni Thiago ni Sienna ni Landon consiguieron nada realmente útil.
Sospechas, silencios, malas vibras, alguna frase torcida en el momento equivocado por parte de todo el staff y los Joneson al completo. Migas, solo migas.
Tampoco ayudaba que tuviéramos que fingir normalidad.
Nadie, salvo nuestros amigos, sabía que estábamos juntos.
Bueno, y Ty probablemente, porque Ty tenía esa mirada de pequeño maestro jedi cabrón que parecía verlo todo, aunque nadie le hubiera contado una mierda.
No decía nada, pero cada vez que Valentino y yo coincidíamos en un pasillo y luego uno de los dos salía con cara de haber recordado una escena censurable, él sonreía como si llevara semanas viendo una serie antes que el resto.
El lunes anterior al mítico partido de Acción de Gracias, Grayson me invitó a una cena familiar para el martes, sugerencia expresa de su madre, según dijo. Acepté pese a la cara de funeral que puso Valentino cuando le conté que nuestros planes de cena, peli y polvo tendrían que aplazarse.
—Sabes que el sexo desenfrenado de los martes forma parte de mi preparación de élite.
—Pues esta semana tendrás que sobrevivir sin él… —farfullé mientras buscaba un vestido que no desentonara.
—No puedes hacerme esto. No pienso jugar Thanksgiving con el karma sexual desajustado, tus orgasmos son mi puto amuleto, no he vuelto a desconcentrarme desde que lo hicimos.
Se ha convertido en un ritual. Además, ese tío te quiere follar —gruñó, apoyado en el marco de mi puerta mientras alargaba la mano hacia la percha del Vera Wang.
—Pero los dos sabemos que solo me follas tú —contesté, dejando caer el vestido blanco sobre mi cuerpo—. Necesitamos avanzar, y para eso tengo que observar a los Joneson en su hábitat. En libertad, como si fueran depredadores de Coruscant con apellido caro y demasiados secretos.
No le hizo ninguna gracia, confieso que a mí un poco sí.
Le hice largarse antes de que Grayson viniera a por mí. Prometiéndole que lo compensaría con creces.
Mi jefe me recogió a las cinco y cuarto en punto, con una sonrisa seductora, un beso en la mano y un «estás espectacular» que me sonrojó un poco.
Tardamos media hora en llegar a la propiedad de su familia. La mansión Joneson era justo lo que esperaba y peor. Jardines imposibles, columnas que gritaban dinero viejo, obras de arte lo bastante caras como para pagar la deuda externa de un país pequeño.
Nos abrió la puerta una mujer del servicio impecable, y segundos después aparecieron Jerry Joneson y su mujer sonriendo como dos tiburones de gala.
Charlotte sostenía una copa de vino frente al ventanal con cara de estar valorando si merecía la pena seguir conviviendo con su propia familia.
Vivian charlaba plácidamente con Stephen, como si no se estuviera tirando a su cuñado frente a su hermana, y Elliot estaba tan tieso que daba la impresión de haber sido ensamblado esa misma mañana.
Cualquiera diría que en sus ratos libres agitaba pompones, juzgaba a desconocidos y se hidrataba con lágrimas ajenas.
Tras el saludo de rigor, la señora Joneson hizo que todos nos sentáramos a la mesa.
La cena arrancó con el tema de conversación que unía a toda la familia: los Cowboys, por supuesto.
—Parece que al fin estamos remontando —comentó Jerry, cortando la carne con la misma precisión con la que debía cercenar cabezas en juntas directivas—.
Dalton ha dejado de jugar como si tuviera el culo en llamas y me han dicho que las charlas con el psicólogo deportivo que trajiste han tenido mucho que ver en la mejora del equipo.
Charlotte bebió un sorbo de vino.
—Quizá solo necesitaba dejar de escuchar opiniones no solicitadas de ciertos despachos.
Vivian sonrió sin alegría.
—O quizá el nuevo quarterback tenía que madurar un poco. No todo puede solucionarse con carisma y abdominales, por mucho que se lo rifen las marcas de calzoncillos.
«Discrepo», pensé. Lo más prudente era no intervenir. Que el peligro siguiera disfrazado de quarterback follable un rato más.
Stephen se limpió la comisura con la servilleta con esa calma de hombre convencido de que llevar traje y modular la voz ya lo convertía automáticamente en respetable.
—Lo importante es que la franquicia vuelve a inspirar confianza, y eso siempre es positivo para una banca que se estaba resintiendo con tanto fichaje nuevo y tan pocos logros.
Noté cómo algo se me enganchaba por dentro.
«¿Resintiéndose?».
Fruncí apenas el ceño. Los Cowboys no eran precisamente una empresa familiar al borde del embargo. Aquello no sonó a comentario casual ni a crítica deportiva de sobremesa. Sonó a alguien que sabía demasiado… o que acababa de hablar más de la cuenta.
Vivian se tensó y lo miró de refilón. Elliot soltó una risa breve.
—Qué bonito te ha quedado eso, Stephen. Casi parece que te importa la estabilidad económica de la franquicia y no que el ventajoso matrimonio con mi hermana te mantenga.
—¡¿Disculpa?! ¡Trabajo con Vivian!
«Más bien te la trabajas».
—Un trabajo de ayudante, menudo logro —se mofó Elliot.
Desvié la mirada hacia Charlotte, que seguía bebiendo como si aquello no fuera con ella, contra ella o alrededor de ella.
Menuda vida de mierda la suya. Mucho brillo por fuera y negrura por dentro.
La madre de Grayson intervino entonces con esa alegría inconsciente que siempre precedía al desastre.
—Hablando de amor, Naomi, querida, ¿cuándo vais a dejar de fingir que no pasa nada entre vosotros y vais a hacer oficial que salís juntos? Grayson no trae a cualquiera a esta casa…
Sentí cómo se me atragantaba el aire.
Grayson me miró.
No incómodo, no sorprendido, expectante.
Por primera vez, Charlotte dejó la copa sobre la mesa con un clic suave.
—Madre.
—¿Qué? —replicó ella, abriendo una mano enjoyada como si aquello fuera la observación más inocente del mundo.
—En esta familia deberíamos perder la mala costumbre de decidir por los demás con quién deberían acostarse, casarse o arruinarse la vida.
«Auch, eso ha dolido».
Charlotte no había venido a cenar. Había venido a degollar con cubertería de plata.
La madre de Grayson soltó una risita nerviosa.
—Oh, vamos, si solo hacía falta ver cómo se miraban en la fiesta y fíjate ahora… Hacen una pareja preciosa. Son adultos, se gustan, trabajan juntos…
«Y así empiezan también la mitad de las demandas por despido improcedente», pensé, manteniendo la sonrisa pegada con Loctite.
Elliot soltó una risa nasal.
—Qué combinación más sana. Negocios familiares y romance. Nunca ha salido mal en esta casa. Jamás.
Charlotte levantó otra vez la copa.
—Depende de con quién se acueste cada uno, supongo.
Stephen se tensó tan rápido que hasta yo lo vi.
Vivian giró la cabeza hacia su hermana con una lentitud peligrosa.
—Ten cuidado, Charlotte. A veces hablas demasiado cuando bebes.
—Y tú demasiado poco, teniendo en cuenta que eres la encargada de comunicación de esta familia…
Silencio. De esos que te hacían pensar que alguien iba a acabar apuñalado con el tenedor del pescado en cuanto se apagara la luz.
Jerry dejó el cuchillo sobre el plato.
—Basta.
—¿Por qué? —preguntó Elliot, recostándose en la silla con cara de niño rico que disfrutaba viendo arder la casa—. Si Naomi va a unirse a esta familia, debería hacerlo sabiendo cómo somos.
«Sobre todo tú, que pareces una mezcla entre heredero amargado y animadora vengativa».
Grayson sonrió sin enseñar los dientes.
—Habló la voz de la experiencia. ¿Cuántas propuestas matrimoniales has hecho ya? Espera, déjame pensar… Ah, no, cierto, ni siquiera has conseguido traer una mujer a casa siendo el CEO.
Elliot clavó la mirada en él.
—Porque estoy demasiado ocupado trabajando para que no nos arruinemos. Ya sabes, alguien tiene que hacerlo mientras tú juegas a ser el hijo favorito de mamá con un departamento creado a medida para tapar tus fracasos.
Vale. Eso ya no era una cena, más bien era una Estrella de la Muerte familiar a punto de explotar, y yo no pensaba quedarme dentro cuando activaran el láser principal.
Me limpié los labios con la servilleta, me obligué a sonreír como una persona estable y me puse en pie.
—Perdónenme un instante, necesito ir al baño.
«A ver si me tiro por el retrete».
Grayson se levantó al momento para retirarme la silla. Nadie trató de detenerme.
Normal.
Cuando una mesa entera olía a traición, infidelidad y rencor añejo, nadie perseguía a la única que había encontrado una salida de emergencia.
Tardé treinta segundos en encontrar el baño y uno más en decidir que no había ido hasta allí para mear y largarme como una figurante.
Necesitaba mirar. El problema era que no sabía con exactitud qué, lo cual no era ideal.
Yo funcionaba mejor con objetivos concretos, mapas claros y cero riesgo de acabar convertida en la gilipollas de una película de terror.
Dos minutos después estaba, en efecto, en el despacho de Jerry Joneson, porque el universo me odiaba de forma creativa.
No encontré un ordenador encendido ni una carpeta con un título tipo «Pruebas del hacker , qué no hacer si eres un delincuente incompetente».
Solo archivadores, trofeos, una biblioteca comparable a la de La Bestia, una mesa de madera enorme y fotografías familiares cuidadosamente elegidas.
Todo estaba demasiado en orden. Como si alguien se hubiera pasado la vida entera borrando huellas, incluso antes de cometer el crimen.
Abrí un cajón. Luego otro. Nada.
Iba a revisar el tercero cuando oí la voz de Grayson a mi espalda.
—¿Naomi?
Me giré tan deprisa que casi me di con la esquina de la mesa. Por suerte, la salita previa al despacho me dio margen para agarrar una foto familiar y fingir que aquello era una tocata y fuga completamente legítima.
—Estoy aquí…
Escuché la puerta cerrarse y él se acercó sin un ápice de sospecha en la mirada.
—Perdona, necesitaba…
—Lo entiendo. Te juro que pensé que habrías huido por una ventana. Mi familia sobrepasa a cualquiera.
—Tu familia tiene la calidez de una sala de interrogatorios —dije al final—. Necesitaba refugiarme en alguna parte.
Su expresión se suavizó y sonrió.
—Lo siento. Mi madre no debería haberte puesto en esa situación.
Se colocó a mi lado para mirar la imagen que yo tenía en la mano. La devolví a la estantería.
—Ahí casi parecemos normales...
—«Casi» es una palabra muy generosa.
Soltó una risa breve, pero cuando volvió a hablar su tono cambió.
—Sinceramente, la cena ha sido terrible. En lo único en lo que estoy de acuerdo con mi madre… es en que quiero avanzar contigo.
Mi estómago se contrajo.
—Grayson…
—No, déjame hablar. —Su voz bajó un poco—.
Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, la única persona con la que no siento que tengo que interpretar un papel.
La que me da calma. —Sonrió, triste, guapo y peligrosamente convincente—.
Puedo imaginarme una vida a tu lado y me gustaría que me dieras una oportunidad de verdad.
No he querido condicionarte, pero se acerca el final de la temporada y necesito que lo sepas.
Me gustas mucho, Naomi Park, y quiero que lo intentemos.
Entonces, hizo lo que cualquier hombre encantador con complejo de protagonista haría en su lugar: intentó besarme.
Yo le hice la cobra tan rápido que mi cuello podría haber competido en gimnasia rítmica.
—Lo lamento —solté—. Yo no siento lo mismo. Eres un jefe estupendo, pero…
Su expresión mutó.
No demasiado. Solo lo justo.
—No me jodas.
—Lo lamento de verdad. ¿Podemos ser solo amigos? No le diré a nadie que has intentado…
Se rio sin humor.
—¿Me tomas el pelo? Has estado coqueteando conmigo todo este tiempo, y ahora que doy un paso hacia delante… ¿Es por el puto quarterback ? No me digas que te pone ese idiota y que Vivian tenía razón… No quise creerla cuando dijo que las fotos que nos habían llegado no eran casuales.
Que Vivian y él hubieran hablado sobre Valentino y sobre mí me descolocó.
—Mi negativa no tiene que ver con terceras personas. Me caes fenomenal, pero mis sentimientos…
—¡A la mierda, Naomi!
Lo escupió en voz baja, lo cual fue bastante peor que si hubiera gritado. Se dio media vuelta y salió.
Me quedé quieta un segundo, con el corazón golpeándome las costillas y la sensación de haber metido la mano donde no debía. Sin saber muy bien cómo actuar, hice lo único que me pareció razonable.
Me marché también.
Cuando regresé al comedor y vi que Grayson no estaba, me inventé que no me encontraba bien y dije que pediría un Uber. La señora Joneson insistió en que Elliot me acercara porque su hijo menor, al parecer, había salido a despejarse.
«Seguro que sí».
El trayecto con el hijo pródigo fue bastante incómodo, casi en silencio. Solo al aparcar frente al hotel habló.
—Consejo gratis, señorita Park —añadió, mirando al parabrisas—. En esta familia nada es gratis.
No quise preguntar, me limité a desearle buenas noches y me marché cuanto antes.
Tenía unas ganas salvajes de llegar a la habitación y meterme en una ducha tan larga que me borrara el mal cuerpo que me había dejado Grayson.
Llevaba la cabeza hecha un nudo. La sensación pegajosa de que se había tomado mi negativa mucho peor de lo que quiso aparentar y de que, a partir de esa noche, algo iba a cambiar entre nosotros.
Abrí la puerta.
Estaba a punto de meter la tarjeta en la ranura para dar la luz cuando alguien tiró de mí desde la sombra.
Me estampó contra la pared y cerró de golpe.
Un cuerpo duro se aplastó contra el mío y una mano enguantada me cubrió la boca antes de que pudiera gritar.
Mi corazón intentó escaparse por la garganta.
Forcejeé por puro instinto, tratando de librarme del agarre, hasta que una voz que conocía demasiado bien me rozó el oído y me dejó sin aire.
¡No podía ser!