Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 73
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CAPÍTULO 73

Valentino

Naomi me había prometido que, si ganaba en Detroit, haría lo que yo le pidiera.

No era la motivación más profesional del mundo, pero tampoco iba a fingir que no funcionaba de puta madre.

El jueves llegué a las instalaciones con la cabeza en su sitio por primera vez en semanas.

No ligera, porque seguíamos teniendo a un fantasma metido en los sistemas y a un cabrón jugando con datos que no debía tocar, aunque sí alineada.

Como cuando por fin veías la defensa bien, reconocías la shell antes del snap y sabías con exactitud dónde iba el balón.

Eso hacía Naomi conmigo. No me ablandaba, me colocaba.

El viernes tuvimos reuniones, vídeo, red zone , ajustes, tratamientos, más vídeo.

Lo normal. La diferencia era que Parks y yo no nos evitábamos.

Tampoco íbamos por las instalaciones restregándole a nadie que nos habíamos quitado por fin la ropa y las tonterías.

Nos conteníamos, y eso, en mi caso, era casi una disciplina olímpica.

En una pausa de la mañana la vi al otro lado del cristal de la sala técnica, inclinada sobre su iPad, con el ceño fruncido y un lápiz recogiendo su pelo en un moño improvisado.

Ni me miró. Ni falta que hacía. Me bastó con que, al pasar junto a mí minutos después, me rozara la muñeca con dos dedos y murmurara:

—No falles en la red zone , Dalton. Me gustaría cobrar en especies.

Casi me atraganté con mi propia saliva.

Ty lo vio. No la escuchó, pero le bastó con ver el charco de baba a mis pies para atar cabos.

El sábado, antes de subir al avión, me bajó los cascos y murmuró en mi oído.

—Estás insoportable.

Lo miré de reojo.

—Siempre he sido insoportable, forma parte de mi encanto.

Jace soltó una risa, el capi estaba a mi lado.

—Me refiero a otra cosa... Ahora estás… distinto, menos a punto de explotar.

«Porque no me has tocado las pelotas, las tengo cargaditas de leche, como putas rocas».

EJ asintió desde la fila de delante.

—Más claro —siguió—. El miércoles, en la instalación, leíste la cobertura antes de que Harlow terminara de explicarla.

Devin, al otro lado, resopló.

—Igual simplemente ha decidido recordar que es el quarterback titular y no un crío con crisis existencial temeroso de Whitaker.

Ty ni lo miró. Seguía con las pupilas puestas en mí.

—¿Tiene nombre y apellido ese cambio, o solo es el milagro de la vida saliéndote por la punta de la polla?

Sonreí.

—Qué obsesión tienes con mi vida íntima, ¿por qué no buscas a alguien que te la chupe?

—Eso es un sí —canturreó Jace.

—Eso es un «callaos, cabrones» —repliqué.

Ty me dio un golpe en el hombro.

—Solo te diré una cosa, cachorro. Juegas mejor cuando dejas de querer demostrar algo y te limitas a mandar.

No hizo falta que dijera más. El muy hijo de puta tenía razón.

Detroit nos recibió con un estadio hostil, un ruido de esos que se te metían en el pecho y te obligaban a elegir: encogerte o disfrutarlo.

Yo lo disfruté.

Aquello fue un intercambio de golpes constante. Tú anotas, yo respondo. Tú aprietas, yo te devuelvo la hostia.

El primer ataque nos exigió calma. Su defensa salió agresiva, queriendo dejar claro desde el principio que iban a por mi cuello. Me llevé un golpe feo, solté el balón a tiempo en la siguiente jugada y seguimos vivos. Nada espectacular. Solo fútbol útil.

Cuando volví a la banda, miré a Naomi casi sin querer.

Ahí estaba, con el iPad en la mano, concentrada, seria, preciosa. Ni me miró, no le hizo falta, con eso ya tuve bastante.

Entré en ritmo. Empecé a mover el ataque con paciencia, castigando sus errores y esperando el momento de clavarles el puñal. Y llegó, ya lo creo…

Touchdown .

Uno de sus defensas pasó a mi lado y soltó:

—No volverá a salirte, Cowboy.

Sonreí al recolocarme el casco. Marcus intervino.

—Eso se lo dices cuando lo veas montando a tu madre.

Negué con la carcajada atragantada en la garganta.

—¡¿Qué has dicho, subnormal?! —le ladró mientras Knight le ofrecía una peineta.

Unas semanas atrás habría entrado al trapo como un imbécil. Esa vez no, estaba centrado.

Ellos respondieron, nosotros también. Golpe por golpe. En el tercer cuarto fallé un lanzamiento y me comí un sack feo, pero no me aceleré. Volví al huddle , respiré y ordené.

—Eh, ojos aquí. Bajamos revoluciones, aseguramos el bloqueo y avanzamos jugada a jugada. Que no nos saquen del partido.

Ty me señaló con dos dedos.

—Tú danos tiempo y yo les hago pagar cada metro.

—Firmes por dentro —añadí, mirando a la línea—. Primero orden, luego sangre.

Antes del último cuarto miré otra vez a la banda.

Naomi levantó la vista un segundo y yo le guiñé un ojo. Iba a por mi premio de la noche.

Con el marcador apretado y el estadio rugiendo como si quisiera tragarnos, conduje el ataque que necesitábamos. Pase corto, carrera, conversión y otra vez avance. Ya cerca de la zona de anotación, cambié la jugada en la línea y elegí la opción correcta.

Touchdown .

Victoria de las que daban titulares y un mensaje claro después de dos derrotas.

En el campo me comí abrazos, golpes en el casco y a medio equipo gritándome en la cara. Sonreí hacia nuestra banda y pensé una sola cosa al buscar a Naomi otra vez.

«Vale, Parks, ahora me debes un orgasmo».

Antes de que pudiera meterme en el vestuario, me atrapó un periodista para avasallarme a preguntas que tuve que responder.

—¿Cuál cree que ha sido la clave esta noche?

—Hemos ejecutado. Cuando este ataque juega suelto, somos peligrosos, y hoy me he sentido jodidamente bien. Gracias por ponernos las cosas fáciles, Cincinnati.

El periodista parpadeó con ese «esto no sé si me lo dejarán emitir» que tanto me gustaba provocar.

El vestuario fue toda una celebración. Tras el hielo y los masajes pusimos rumbo al aeropuerto.

Me contuve para no celebrarlo antes de tiempo y solo le dediqué algunas miradas furtivas a Naomi.

En el avión me tocó volver a sentarme con Ty. La mayoría del equipo cabeceaba, sumidos en la luz tenue. Cansancio de victoria y ese murmullo de ronquidos a media asta que dejaban los partidos fuera de casa cuando volvías con el culo molido y el ego encantado.

Mi compañero estaba viendo una repetición en la tablet .

—Ese tercer down del último drive fue porno duro —murmuró.

—Lo sé. Lo lancé yo, procura no pajearte mientras me miras.

—Qué humildad.

Sonreí, pero ya estaba mirando hacia atrás.

Naomi iba en una de las últimas filas, sola, con el iPad encendido y esa postura de persona que había dejado de vivir en el plano físico para mudarse a una hoja de datos. Me levanté sin molestarme en fingir otra cosa.

—Eh —dijo Ty—, eso también cuenta como porno, por si preguntas.

Le levanté el dedo corazón y avancé por el pasillo.

Naomi ni alzó la cabeza cuando me dejé caer a su lado.

—Hola, premio de honor.

—No te flipes —murmuró, tocando la pantalla con el lápiz—. Estoy trabajando.

Miré la bandeja bajada.

—Eso no va a impedir que te corras...

En ese momento sí me miró. Ojos oscuros, brillantes, lengua asomando para humedecerlos.

—Valentino…

—¿Qué haces? —pregunté mientras mi mano volaba entre sus muslos y comenzaba a tantear el punto cálido que tanto me gustaba.

Ella dio un respingo, pero no cerró las piernas.

—Comparo props ofensivos que se movieron antes del partido con ciertos patrones que metimos en el sistema. Y no me gusta una mierda lo que veo.

No me detuve mientras prestaba atención.

—¿Han picado?

Ella soltó un sonido ahogado cuando incrementé la presión. Me gustaba que se pusiera cachonda conmigo, tener ese poder de excitación.

—Algunos mercados clavaron demasiado bien varias líneas.

—Carraspeó, queriendo mostrar control—. Yardas, intentos, distribución de targets …

, demasiado cerca para ser casualidad. —Metí la mano por la cinturilla y hurgué la humedad en el interior de las bragas—. ¡Por Dios, nos van a pillar! —farfulló.

—No lo harán si sigues hablando…

Me incliné hacia ella y tracé el clítoris con los dedos empapados.

—Entonces, ¿la lectura falsa no ha funcionado?

—No he dicho eso. He dicho que alguien está ajustando muy rápido o tiene otra fuente. Necesito…

Su respiración tropezó.

—Necesitas relajarte.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también, mi reina.

Notaba cómo se le tensaba el vientre. Su mano salió disparada a mi muñeca.

—Por favor…

—Este es mi premio —murmuré contra su oído—. Quiero que te corras mientras trabajas, es una orden, Rey.

Se quedó quieta un segundo. Luego, apartó muy despacio la mano de mi muñeca.

Aceptándome.

«¡Joder!».

Seguí acariciándola con precisión criminal, observando cómo intentaba mantener la vista en la pantalla mientras el cuerpo la traicionaba por completo. Sus labios se entreabrieron. Las pupilas se le oscurecieron. Las puntas de sus dedos apretaron el borde del iPad.

—No… puedo… concentrarme.

—Eso es problema del Imperio, princesa.

Una exhalación temblorosa. Un estremecimiento, otro cuando hice que se deslizara un poco en el asiento para meterle los dedos.

Estaba muy caliente. Los músculos me absorbían y mi polla parecía fundida en titanio.

—No, no…

—Sí puedes, córrete para mí, Rey Parks.

Apoyó la parte trasera de la cabeza contra el asiento, elevó el antebrazo y lo mordió con fuerza para ahogar el gemido.

Cuando por fin se corrió, lo hizo con esa mirada incendiaria clavada en mí que casi me desmontó más que cualquier lanzamiento del partido.

Retiré la mano despacio y me lamí los dedos.

—¿Qué te parece si terminamos lo que dejamos abierto en el último vuelo? —pregunté, cabeceando hacia el baño.

Naomi se pasó la lengua por el labio inferior. Echó un vistazo rápido al pasillo, después al fondo del avión. Calculando. Valorando. Entrando, claramente, en territorio criminal.

Cerró el iPad con un clic seco.

—Me parece que estás a un paso de convertir este vuelo en una escena eliminada bastante guarra de Star Wars .

Sonreí y me incliné hasta rozarle la boca.

—No, cariño. Esto ya no son escenas eliminadas. Esto es canon del lado oscuro, y ahora mismo estás lista para caer en él. Ven a comprobarlo.

Me levanté y sonreí cuando alguien llamó a la puerta al ritmo de la Marcha Imperial.