CAPÍTULO 72
Valentino
Mi ático seguía oliendo a Naomi.
Una mierda para mi concentración. Una bendición para todo lo demás.
Había abierto los ventanales, me había dado una ducha fría y hasta cambié las sábanas, como si eso pudiera borrar el hecho de que la noche anterior Parks y yo por fin dejamos de comportarnos como dos idiotas con química nuclear y nula gestión emocional.
Seguía oliendo a ella. A su champú, a su piel, a ese perfume suave que no tenía nada de suave en el efecto que me provocaba.
Anoche dejamos de huir y por fin follamos en una cama.
Bueno, no exactamente sin más. Primero trabajamos durante horas en la Vadercueva , rodeados de pantallas, logs , accesos, rutas de entrada y un montón de mierda técnica que a cualquiera le habría sonado a conjuro satánico.
Ella iba soltando datos con esa cabeza suya que me ponía cachondo, incluso cuando no debía, y yo iba encajando piezas.
La brecha era real, alguien estaba dentro y quería fastidiar a Naomi, a los Cowboys o a los dos.
Cuando el cansancio nos dejó sin filtros, rematamos entre mis sábanas. Ella no salió corriendo. Yo dejé de empujar donde no tocaba. Y lo que pasó después todavía me subía por la espalda. Lo cual estaba ocurriendo demasiado.
Apoyé los codos en la isla y miré el salón vacío.
Esta vez no quería cagarla. Ni con ella ni con esto.
Sonó el ascensor privado y levanté la cabeza. Las puertas se abrieron y ella apareció la primera, coleta alta, expresión de haber dormido poco y, aun así, ser más lista que todos los presentes juntos. Detrás venían Thiago, Sienna y Landon con bolsas de comida.
Naomi apenas llegó a la isla cuando fui a por ella.
La agarré de la cara y la besé sin titubeos.
Cero saludos. Cero disimulos. Sin una sola intención de parecer un tío razonable.
Ella me devolvió el beso al instante, clavándome los dedos en la camiseta, lo cual me alegró más que cualquier premio. Solo fueron unos segundos, pero suficientes para que el silencio del salón se llenara de carcajadas contenidas.
—Vale —dijo Landon—. Al final te veo montando un consultorio sentimental, Cruz. Tus resultados son la hostia.
Sienna dejó una bolsa sobre la encimera con esa elegancia gélida suya.
—Dejad de meteros la lengua. Se supone que venimos a cenar, no a contemplar vuestro documental de apareamiento.
Landon la rodeó por la cintura y le plantó un beso también.
—Si quieres apareamiento, yo te lo doy encantado.
Thiago cerró los ojos un segundo, resignado.
—¿Podéis cortaros los cuatro? Os recuerdo que mis chicos están en Los Ángeles, gracias.
Naomi se separó de mí con una media sonrisa que casi me dejó imbécil.
—Hola, Anakin —murmuró, dándome un pequeño bocado.
—Hola, Rey.
Sienna nos señaló con dos dedos.
—Bien. Ya hemos confirmado que os habéis arreglado y que, probablemente, también os habéis deshidratado en el proceso. ¿Nos ponéis al día del motivo de la reunión de emergencia? Gracias.
Nos sentamos a la mesa con cajas de comida china abiertas por todas partes. Thiago se sirvió arroz, Landon secuestró los dumplings , Sienna se apropió del pollo picante y Naomi se limitó a asentir para que arrancara.
Tomé aire.
—Versión rápida. Alguien ha hackeado la app de Naomi y no soy yo.
—Me incliné hacia delante—. No parece un ataque externo clásico.
No hay entrada sucia ni intentos toscos.
Los accesos están hechos con credenciales válidas, autorizadas.
Todo parece limpio a simple vista porque, quien entra, lo hace con clave.
Sienna dejó los palillos.
—O sea, ¿alguien de dentro está hackeando a Naomi? ¿Con qué intención?
—No lo sabemos. Hay timestamps alterados, trazas borradas o enmascaradas y señales de pivoting interno.
Se han movido de un sistema a otro desde puntos seguros, como si estuvieran paseando por su puta casa.
Además, la exfiltración de datos se ha hecho de forma fragmentada.
En trozos pequeños. Lo bastante poco como para no levantar alertas.
Landon dejó de masticar.
—¿Quién cojones eres y qué has hecho con el puto Dalton?
—Sorprendente, ¿verdad? —interrumpió Naomi—. Quién iba a decirnos que bajo el casco había un friki de la informática.
Sonó orgullosa, y eso me llenó el pecho. Me tomó el relevo.
—No solo están sacando datos. Están escogiendo qué sacar y cuándo.
Eso implica conocimiento del sistema y de cómo se revisan los accesos.
—Naomi se aclaró la garganta—. En la fiesta en la que estuvisteis escuché a alguien hablar de apuestas infladas con props de los Cowboys.
No dijeron nada que me sirva como prueba, pero sí lo bastante para que me chirriara.
El día que me visteis descolgarme por la ventana fue porque había entrado en el despacho que comparten Vivian y Stephen —murmuró, bajando el tono—.
Descubrí que tienen una aventura, y puesto que él tenía un pasado turbio con el juego y sigue casado con Charlotte…
, pensé que quizá ahí hay algo más. Hoy he comido con Grayson, intentando sacar conclusiones, pero sigo sin tener pruebas reales de que sean ellos.
Landon parpadeó.
—Joder, ¿así que Stephen se tira a las dos?
—Creo que solo a Vivian, Charlotte es lesbiana.
Thiago miró a Naomi con calma clínica.
—¿Crees que Vivian y Stephen están detrás, o solo cerca de quien lo está?
—No lo sé —contestó ella—. Necesito averiguarlo, aunque tienen todas las papeletas. Por lo que he podido sacarle a Grayson, Stephen firmó un contrato prenupcial. Si se separa de Charlotte lo perdería todo… E imaginaos el escándalo si lo hiciera por su hermana.
La miré de reojo. Estaba cansada, tensa y brillante. Como una maldita supernova.
—La cuestión —dije— es que todavía no podemos señalar a nadie. Hay patrón. Hay contexto. Hay una intrusión elegante de cojones. Pero prueba definitiva, no.
Sienna asintió despacio.
—Entonces, tendremos que observar.
—Qué aburridos sois cuando hacéis las cosas bien —se quejó Landon.
Thiago sonrió.
—La impulsividad suele ser una forma cutre de pedir alivio.
Landon lo señaló con un palillo.
—De verdad, un día voy a bordarte frases en cojines, o mejor, en los cojones, que siempre me los andas tocando…
Pese a la tensión, se nos escapó una risa. Duró poco. Apoyé los brazos en la mesa.
—Naomi y yo vamos a reprogramar parte del sistema para alimentar una lectura errónea a quien esté robando.
Sienna entrecerró los ojos.
—Explícalo como si no quisiéramos sacarnos una ingeniería.
Naomi intercedió.
—Vamos a alterar uno de los módulos de análisis que puede resultar útil para apuestas y proyecciones de rendimiento. No afectará a la toma de decisiones real del equipo, solo a la lectura que pueda sacar alguien que esté robando desde fuera de nuestro circuito limpio.
Qué dura me la ponía cuando entraba en modo nerd .
Thiago sonrió, comprendiendo antes que los otros dos.
—Una trampa.
—Una muy bien ejecutada —añadí—. Si quien está robando usa esa información, empezará a tomar decisiones basadas en datos falsos. Eso debería traducirse en pérdidas a partir del siguiente partido. Y cuando alguien pierde dinero, se pone nervioso.
—Y cuando se pone nervioso —murmuró—, deja huellas.
Landon levantó su vaso.
—Brindo por arruinarle el fin de semana a un hijo de puta.
—O a una hija de puta robamaridos que resulta ser tu hermana —corrigió Sienna.
—Igualdad ante el crimen —concedió él.
A partir de ahí, repartimos funciones. Thiago observaría comportamientos, cambios raros, reacciones fuera de sitio.
Él tenía esa habilidad irritante de ver grietas en la gente, aunque sonrieran.
Sienna tiraría del hilo social de los Joneson y del entorno de Vivian sin parecer que tiraba de nada.
Landon haría lo que mejor se le daba: ser encantador, parecer superficial y enterarse de todo.
Cuando terminaron de cenar y llegó el toque de queda, acompañé a Naomi hasta el ascensor.
Nuestros amigos añadieron que la esperaban abajo. Le rocé la muñeca y la atraje hacia mí.
—Quédate esta noche.
Ella levantó la vista. Tenía esa cara suya que mezclaba inteligencia, agotamiento y una cantidad de tentación nada legal.
—No puedo. Mañana tienes que rendir en el entrenamiento y debes reprogramar el sistema, señor voy-a-cazar-a-un-fantasma-digital.
—Podemos compatibilizar objetivos. Tú duermes conmigo y yo trabajo motivado…
Le besé el cuello y ella jadeó.
—Tu concepto de productividad da miedo.
—Y, aun así, te lo estás pensando…
Pasé la lengua por la zona que palpitaba, cerró los ojos y se estremeció.
—No me pongas esa sonrisa de quarterback insoportable.
Sus párpados se abrieron buscando mi boca.
—Es mi sonrisa natural. Nací bendecido.
—Naciste idiota.
—Y a ti te encanta.
La empotré con suavidad contra la pared junto al ascensor y la besé. A fondo, con ganas. De esos besos que no servían para despedirse, sino para dejarle claro al otro que la conversación seguía pendiente en la piel. Cuando me separé, respiraba más rápido.
—El fin de semana —murmuró—. Si ganas el partido, haré lo que me pidas…
—Eso ha sonado a promesa sucia, Parks.
—Interprétalo como quieras.
—Créeme, mi reina, lo estoy haciendo.
Había pulsado el botón del ascensor sin que me diera cuenta. Las puertas se abrieron y entró sin apartar los ojos de mí, me regaló una de esas miradas suyas que te dejaban claro que podía destrozarte el ego y después arreglártelo con un beso.
Me quedé solo en el ático y supe que tenía que ponerme manos a la obra.
Quien nos estaba jodiendo iba a empezar a perder dinero a partir del siguiente partido. Y yo tenía unas ganas indecentes de ver cuánto tardaba en cometer el primer error.