Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 71
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CAPÍTULO 71

Naomi

Valentino Dalton besaba como si tuviera la capacidad de que todo lo demás dejara de existir.

No era delicado ni educado ni remotamente prudente.

Era intenso, desesperado y bueno de una manera peligrosa. Y eso me encantaba.

«Genial, Parks».

Sus manos rodeaban mi cintura con firmeza mientras mi espalda chocaba de forma irremediable contra la mesa. Durante un segundo pensé en empujarlo.

Se suponía que veníamos de un enfado monumental y yo, sin embargo, me estaba derritiendo más rápido que un servidor cuando alguien abría treinta pestañas de Chrome.

¿Tendría que recordarle que no se me iba a pasar con facilidad, que todavía tenía un millón de reproches preparados y que aquello era una idea horrible?

Puede.

Aunque también era posible que se me olvidara cuando me bajó las bragas y hundió la lengua entre mis muslos.

Mi cerebro decidió tomarse vacaciones y mis piernas se abrieron como las puertas de un centro comercial el primer día de rebajas.

Mis dedos agarraron su pelo por puro instinto, tirando de él con la misma fuerza con la que llevaba semanas intentando mantenerlo a distancia.

Valentino gruñó contra mí, saboreándome sin ninguna clase de pudor.

El sonido fue grave. Me recorrió la columna como una descarga eléctrica.

«Oh, maldita sea, sabes que esto ya no lo puedes frenar».

Cuando se separó apenas un centímetro para dar un lametón a mi clítoris y buscó mis ojos, los suyos estaban más oscuros de lo normal.

Peligrosamente oscuros.

—Naomi…

Solo dijo mi nombre, no hizo falta más porque era peor que cualquier frase seductora.

Sonó como si estuviera perdiendo el control, y yo también lo estaba haciendo…

«Esto es una idea pésima. Estás en la sala de juntas de los Joneson. Estadísticamente, las probabilidades de que alguien entre en este momento son altísimas…».

Su lengua volvió a desplazarse por todo el epicentro de mis dudas.

«¡A la mierda!».

—Fóllame —pedí autoritaria, ganándome una de sus sonrisas y un sonido ahogado de pura frustración.

—Ojalá pudiera, pero no me he traído ningún condón… No esperaba un resultado tan bueno, la verdad… Aunque puedo ocuparme perfectamente de lo que necesita este coñito…

Metió los dedos. Empezó a moverlos con una seguridad obscena y a mí se me fue el aire de los pulmones.

—No puedo… No quiero…

—Sí puedes y sí quieres…

—Podrían entrar.

—Podrían.

Debía de estar sufriendo un déficit neuronal importante porque la posibilidad de que alguien entrara… solo consiguió excitarme más.

Me atrajo hacia él y lo besé mientras encontraba ese punto de mi interior capaz de fundirme los plomos… Gemí en su boca, con el ansia tomando el control.

Si íbamos a cometer un error monumental, al menos, que fuera uno épico.

—He pensado en hacerte esto muchas veces, Parks.

—¿El qué?

Malditas preguntas.

En un parpadeo estaba desnuda, de pie, con el pecho apoyado en la mesa y su boca tomándome por detrás.

La saliva y la lengua recorriéndome sin pudor mientras mis ojos estaban puestos en el campo.

Tenía la necesidad física de arañar la madera pulida. Si seguía haciendo eso, no dudaba de que dejaría varias muescas…

—Valentino… —resollé cuando noté que se ponía en pie y se bajaba los pantalones.

—Tranquila…, sé lo que hago…

No lo ponía en duda.

Sus manos se deslizaron por mi espalda con una seguridad que hizo que se me escapara una respiración entrecortada.

Su polla se puso a balancearse entre mis labios, solo el tronco, arriba y abajo.

Me estaba destruyendo.

Noté caer algo de saliva desde arriba y uno de sus dedos empezó a trazar mi compuerta trasera.

Siempre sentí curiosidad por qué se sentiría y, tal vez…

Gemí al notarlo empujar justo ahí.

—¿Me das permiso para entrar aquí?

—Sí, joder, ¡sí!

Las caderas seguían balanceándose, friccionando cada maldita terminación nerviosa empapada por mi flujo. Mi visión periférica empezó a volverse borrosa mientras él comenzaba a tantearme por detrás.

Todo desapareció en cuanto logró encajarme un dedo. Todo.

—Así, relaja, disfruta…

La estancia me daba vueltas. El despacho, la mesa, la razón. Mis pulmones estaban al límite cuando logró meterme el dedo al completo; mi cuerpo se tensó alrededor.

La madera pulida bajo mi cuerpo, el sonido rítmico de mis boqueos y nuestras pieles erizándose.

Solo quedábamos él y yo.

«Vale, esto sí que no lo tenía previsto».

Reconocía que en algún momento había fantaseado con algo así, pero no era ni remotamente tan bueno. Valentino estaba entre mis piernas, como si ese fuera justo el lugar al que siempre había pertenecido.

Lo odié un poco por lo bien que me hacía sentir, y otro poco más por saber que él era conocedor.

Tomó mi pelo y tiró de él.

Mi cuerpo se elevó.

—Joder… —murmuró contra mi cuello—, eres la puta hostia, Parks. Perfecta para mí.

Me costaba aguantarme de lo excitada que estaba.

Apoyé las palmas en la mesa, sujetándome con fuerza. Mis pechos se bamboleaban. Tenía los pezones erectos y podía ver nuestro reflejo en la ventana…

Eso multiplicó el calor que ya me recorría.

—Voy a correrme…

—¿Es lo que quieres?

—¡Sí!

—Pues dime que eres mía.

El dedo seguía colonizando aquella parte de mi anatomía, sentía el grosor rígido de su erección envuelto en mis labios, que se licuaban encima.

—Naomi…, hazlo o paro.

Eso no me apetecía.

—¿Me estás manipulando?

—No —gruñó—, solo quiero una confesión porque tú ya has tenido la mía. Dilo, Naomi, dime que siempre fui yo…

Todo me daba vueltas, era demasiado intenso…

Mi capacidad para razonar estaba en huelga.

—Sí.

—Sí, ¿qué?

Ahora era él el de las preguntas.

Arrugué los dedos de los pies ante su mordisco en la vena del cuello.

—Soy tuya. Siempre lo he sido, aunque no lo comprendiera. Me gusta el hombre que hay detrás de la máscara, y también me gusta cuando la llevas puesta.

Su boca succionó con fuerza y tuve que morderme el labio para no hacer ningún sonido que pudiera ser utilizado en mi contra en un tribunal.

—Buena respuesta.

Mi cerebro ya no buscaba recuperar el control.

Valentino Dalton parecía activar algún interruptor que mi lógica no había contemplado.

—Fóllame —volví a pedir, a sabiendas de lo que estaba haciendo—, por detrás —necesité aclarárselo por las dudas.

Su expresión se volvió bastante turbia.

—¿Estás segura? —su voz descendió, volviéndose oscura.

—Sí, te quiero dentro, y sé que por ahí no tendremos un resultado que cuidar…

—Naomi…

—Hazlo, por favor, hazlo.

Él estaba muy lubricado gracias a mí y yo me había dilatado bastante por el juego.

Así que, cuando se posicionó detrás, yo ya estaba lista para recibirlo.

—Si te duele…

—No dolerá.

Estaba segura. Valentino podía ser muy apasionado, pero también muy cuidadoso.

—Tócate mientras lo hago, así te gustará más…

Cogió mi mano y la llevó delante. Hizo que moviera los dedos.

—Eso es, mi reina… Mira lo bien que te sienta que te posea —susurró, contemplando nuestro reflejo, mientras separaba mis nalgas y empujaba.

Sus dedos se hundieron en mi cadera y noté el momento exacto en el que comencé a abrirme para él. Ardía y era excitante al mismo tiempo…

—Sigue —jadeé, moviendo los dedos sobre el nudo de nervios. Me masturbé aprovechando la humedad.

—Eres preciosa…, joder.

Se hundió hasta el fondo y ambos jadeamos con fuerza.

Se quedó quieto unos segundos para que me habituara.

La sensación era brutal, él llenándome y yo tocándome, no podía aguantar.

—No pares ahora… —protesté con un hilo de voz.

Empezó a moverse con embestidas largas, calmadas y profundas que me hacían agonizar.

—Más, ¡más! —lo insté.

Lo necesitaba de verdad.

—¡Joder, Naomi! Si soy muy bruto…

—No lo eres, dale más ritmo, más fuerza…

—Si hago eso me voy a correr.

—Quiero que te corras.

No volví a hablar, no pude… Porque Valentino Dalton hizo realidad mis deseos y solo era capaz de bañarlo en sonidos ahogados. Sus gruñidos se intensificaron al ritmo de su bombeo.

Todo mi cuerpo comenzó a temblar y supe que el estallido era inminente.

—No aguanto más… —fue lo último que recuerdo decir.

Entonces, apartó mi mano, llevó la suya a mi interior y alcanzó el punto mágico que me destruyó por completo.

Lo único que recuerdo fue que me partí en dos.

Su mano libre me tapó la boca por el alarido que solté.

Las compuertas se abrieron y el 75% del agua de mi cuerpo me abandonó por aquel maldito lugar que no dejaba de estimular.

Creo que encadené varios orgasmos, no estaba muy segura. Al final noté su sacudida entre mis nalgas y un quejido amortiguado abandonando sus cuerdas vocales.

Cuando salió de mi interior, me dio la vuelta, me abrazó y me besó; estaba destruida y sin defensas.

—Te quiero, joder.

Sé que lo oí y que no fue producto de mi imaginación, aunque en ese instante no supe qué decir. Solo me quedé ahí, dejándolo cuidar de mí.

Minutos después —o tal vez siglos, el tiempo había dejado de tener sentido— estábamos los dos respirando con dificultad.

Apoyé la frente contra su hombro, intentando recordar cómo funcionaban los pulmones.

Valentino seguía sujetándome por la cintura, como si temiera que pudiera desaparecer.

Pasando sus callosas manos por mi espalda.

Yo desnuda y él con los pantalones por los tobillos.

«¡Menuda estampa!».

Levanté la cabeza.

Me estaba mirando con una intensidad que habría hecho sudar a cualquier sith .

—Naomi…

Había algo diferente en su voz.

Más calmado.

Más vulnerable.

—Me gustas. Mucho, muchísimo…

Parpadeé, sabía que lo estaba diciendo para asegurarse de que lo que dijo antes no cayera en saco roto.

«Respira, Parks».

—No espero que todavía me correspondas, pero…

—Valentino…

—No digo que esto tenga que ser perfecto —añadió rápido—. Solo… que quiero hacerlo bien esta vez.

Su pulgar dibujaba círculos distraídos sobre mi cintura.

—Podemos ir despacio, a tu ritmo, como tú quieras. Voy a esperar todo lo que haga falta porque sé, con certeza total, que eres todo lo que quiero en mi vida.

Eso sí que me desarmó.

Valentino Dalton no era un hombre que fuera despacio con nada, excepto conmigo.