CAPÍTULO 70
Valentino
La puerta se cerró detrás de Thiago.
El clic resonó en la sala como un mal presagio.
Naomi fue la primera en romper el silencio.
—Esto ha sido cosa suya —soltó, clavándome esa mirada que usaba cuando estaba a punto de diseccionarte como si fueras un droide imperial defectuoso—, pero tú sabías que iba a pasar.
No preguntaba. Me limité a asentir.
—Sí.
Una risa corta escapó de su boca.
—Increíble. Además de mentiroso, también participas en encerronas.
—No quería encerrarte.
«Mentiroso, si de ti dependiera, la meterías en una de las habitaciones del ático hasta que sufriera síndrome de Estocolmo».
—Claro… Igual que no querías mentirme en el cuarto oscuro, ¿no?
Respiré hondo.
Vale. Empezábamos fuerte y no podía quejarme. Me merecía cada reproche que saliera de esa boca.
—Supongo que vamos a hablar de eso otra vez.
—Supones bien.
Avancé hasta la mesa.
—Tienes razón. En todo. Fui un capullo y un cabrón. Todas las veces que interactué contigo debiste saber quién era y tener la opción de decidir si querías seguir hablando conmigo…
—¿Hablando?
—O follando… —«o tocándote hasta volverme loco de necesidad»—, o, si lo preferías, volarme las pelotas.
—Eso no me sirve.
—Ya lo sé.
—Entonces no lo uses como comodín, los has agotado todos conmigo, no tienes cartas de rescate.
Apoyé las manos en la mesa.
No tenía del todo claro qué esperaba Naomi de mí, pero sí sabía una cosa, lo que yo quería, y era a ella.
Estaba dispuesto a pelear hasta el final por su perdón.
—Mentí —seguí.
—Lo hiciste.
—Invadí tu ordenador.
—Me stalkeaste y jodiste mi presentación para echarme.
—También. —Tomé aire—. Y me acosté contigo escondido detrás de una máscara. —El recuerdo me golpeó con fuerza—. Confieso que aquel día me dije muchas cosas para convencerme de que, lo que estaba haciendo, estaba más o menos bien. A mi modo de verlo, te protegía de cualquier indeseable.
—Quizá el indeseable eras tú.
—Quizá. Si te soy franco, no soportaba la idea de que lo hicieras con cualquier otro que no fuera yo.
Hice una mueca.
—Por supuesto, porque nadie folla mejor que el gran Valentino Dalton, ¿o debería llamarte Val Daver?
Me estremecí por dentro.
—Sé que suena fatal. En mi cabeza tenía más sentido… —Solté una risa corta—. Supongo que también influye que jamás me había sentido tan atraído por alguien como por ti.
Sus labios se tensaron.
—Venga ya… —Bufó.
—Es cierto.
Solté aire por la nariz al ver que no me creía.
—Para ti parece una especie de venganza por lo del beso. ¿No querías besarme? Pues voy a darte algo mejor…
—No soy así. —La corrección me salió seca—. Puede que esté demasiado acostumbrado a quitarle hierro a todo —continué—. Es mi superpoder de mierda…, pero nunca habría usado tu primera vez para algo tan despreciable.
Naomi no apartó la mirada.
—La cagaste.
—Sí.
—Mucho.
—Muchísimo.
«Joder».
Me quedé un momento en silencio, buscando por dónde demonios empezar.
—¿Sabes qué fue lo más jodido de crecer en mi casa?
Naomi entrecerró los ojos.
—Como empieces con que tuviste una infancia terrible…
—No la tuve. —Negué—. Para nada. Mi madre era increíble y papá…, bueno, él estaba más tiempo siendo general que siendo padre, aunque se esforzaba por estar cuando podía.
—Eso ya lo sabía.
—Claro, Avery os habrá contado cosas, imagino… —Me quedé mirándola un segundo antes de continuar—. El problema no era ese.
—Entonces, ¿qué?
—Mi hermana... —Naomi bajó la mirada un instante—.
Siempre fue ella el planeta frente al que todos orbitábamos —continué—.
Y no porque mis padres quisieran más a uno que a otro.
Simplemente… había días en los que toda la casa giraba alrededor de que Avery pudiera levantarse de la cama sin que todo doliera.
Sabía que eso podía entenderlo, no me interrumpió.
—Aprendí rápido a no ocupar demasiado espacio.
—¿Tú?
La incredulidad en su voz me arrancó una media sonrisa.
—Sí, Parks. Yo.
—¿El tío que entra en una habitación y media población femenina pierde capacidad cognitiva?
«Yo solo quiero que pierdas la cabeza tú».
—Ese mismo.
Apoyé las manos en la mesa, estaba cada vez más cerca y no había huido, eso tenía que significar que iba por buen camino…
Intenté concentrarme en el relato en lugar de en su aroma o las ganas que tenía de besarla.
—En casa no funcionaba así. En casa, lo mejor que podía hacer era ser fácil.
—¿Fácil?
—No dar problemas, hacerla reír para que su día fuera menos gris. No añadir más problemas al montón.
Me observó pensativa.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Mi sentido del humor de pacotilla?
—Entre otras.
Una pequeña sonrisa apareció en su boca. Dios, qué bien sabía.
«Vale…, primer down . Sigue avanzando, Dalton, no la fastidies ahora».
—El fútbol fue lo único que era mío. El único sitio donde podía destacar sin sentir que estaba quitándole algo a mi hermana.
Naomi frunció ligeramente el ceño.
—Eso no funciona así.
Me pasé la lengua por los dientes.
—Díselo a mi yo adolescente, ese que veía a su hermana intentando no llorar porque ya no podía hacer lo que más amaba, por no añadir sus dificultades con los números… Te aseguro que te vuelves bastante cuidadoso con dónde brillas.
El silencio volvió a caer entre nosotros.
—Así que el fútbol se convirtió en tu refugio.
—Algo así. —La miré con intensidad—. También en una forma de que mi padre gritara mi nombre desde las gradas, igual que gritaba el de sus quarterbacks favoritos. Sigo trabajando duro para ser esa estrella que pueda admirar.
»Todo iba según lo planeado hasta que una chica se me cayó encima en una fiesta, la besé… y me puso en mi sitio. ¿Te suena? Creo que ese día reprogramaste algo aquí dentro.
Me di un toque en la sien.
Naomi entrecerró los ojos.
—Yo no hice nada.
—Ese fue el problema. —Frunció el ceño—. No te impresioné.
—Nada. —Se mordió el labio un segundo—. Bueno…, tu beso sí me impresionó. Ya te lo dije, me dejó bastante descolocada y tu antecesor perdió muchos puntos.
La miré con calma.
Saber que no había sido el único al que ese momento le había trastocado los esquemas tenía algo peligrosamente satisfactorio.
—Eso no debería molestarte —comentó.
—¿El qué?
—Que no me impresionaras del modo en que esperabas, como a las demás chicas de la uni.
Solté aire por la nariz.
—¿Todavía no te has dado cuenta de que la única persona —salvo mi padre— a la que quiero impresionar es a ti? —Incliné ligeramente la cabeza—. Mataría por impresionarte.
—¿Por qué?
—Porque tú nunca me has mirado como los demás.
—¿Y cómo te he mirado?
Una media sonrisa tiró de la comisura de mi boca.
—Como si fueras capaz de ver el truco detrás del espectáculo.
No respondió. No hacía falta.
—Siempre me has puesto de los putos nervios —seguí—. Eres lista, borde, imposible de impresionar… y me hablabas como si yo fuera solo otro tío más.
—Lo eres.
—Lo sé. —Me acerqué un poco más a la mesa—. Y eso es lo que me vuelve loco, Parks. Porque la única persona en el planeta que no quería que pensara eso… eres tú.
Se quedó quieta.
—¿Por qué?
Otra vez esa pregunta… La respuesta salió antes de filtrarla.
—Porque tu cabeza me pone muy mal. —Sus cejas se alzaron un milímetro mientras yo descendía—.
Tu forma de analizarlo todo. De desmontar cada cosa que digo, como si estuvieras buscando el bug en el sistema.
—Apoyé una mano en la mesa—. Y porque cuando te pones en modo genio borde…
me entran unas ganas de besarte que me cuesta un huevo recordar que estamos teniendo una conversación seria.
Me incliné un poco más.
—Solo quería que me vieras. A mí, al puto tío que se escondía tras la máscara, y si sigo mirándote así otros diez segundos…, esta mesa va a dejar de servir para hablar.
El silencio cayó pesado entre los dos.
Sus pupilas se estaban dilatando, la vena del cuello le palpitaba.
Si en ese momento la besaba, con toda probabilidad acabaría follándola hasta que se le pusieran los ojos en blanco.
El problema era que no había venido a eso, sino a que me perdonara. Si quería su rendición, primero tenía que ganármela.
«Concéntrate, Dalton».
—El cuarto oscuro fue una puta locura —admití—. No iba con ningún plan. Iba disfrazado, te vi, sentí esa atracción de siempre y… pasó lo que pasó. Aunque reconozco que no debí quitarte la posibilidad de elegir.
Naomi no apartó la mirada.
—Eso fue muy grave, Valentino.
—Sí, y no voy a discutirlo. —Exhalé despacio—.
Sería absurdo. Después de esa noche, pensé que, si te decía quién era, cualquier opción de acercarme a ti se iría a la mierda.
Y tampoco podía aparecer delante de ti y soltar: eh, Parks, ¿te acuerdas del cuarto oscuro?
Pues fui yo el que te enfundó la espada láser.
Sus labios se separaron apenas.
—Porque, lo creas o no, para mí aquello fue algo más. No quería perderte.
Naomi negó despacio.
—No podías perder algo que no tenías.
La miré fijo.
—Ese era exactamente el puto problema, siempre he querido tenerte.
Su respiración se aceleró un poco.
Apoyé las palmas en la mesa, atrapándola entre mis brazos sin tocarla.
«Ni siquiera intenta apartarse, sigue por ahí, Dalton».
—Por eso no pude resistirme cuando te encontré en el bar. Y mucho menos cuando vi tu usuario en el canal… Tenía que contrastar, no podía arriesgarme.
Naomi frunció el ceño.
—¡Te metiste en mi ordenador y amañaste aquel juego! Eso fue manipulación.
—Fue desesperación.
—No mejora mucho la cosa.
—No pretendía que lo hiciera —admití—. Quería entenderte. Saber qué demonios tenías en la cabeza para volverme loco.
La miré directo.
—Llegaste a Dallas con una aplicación capaz de analizar cada error, cada patrón, cada decisión bajo presión —seguí—. ¿Sabes lo que significa eso para un QB1 al que todavía le recuerdan por su debut de mierda?
Naomi abrió su preciosa boca.
—Te lo he dicho mil veces. No vine a destruirte, nunca fui el enemigo.
—Puede que no —di medio paso hacia ella—, pero hace unos meses yo solo veía a una genio con acceso a mi cabeza, a mi juego y a mis peores días. Y llevaba demasiado tiempo sintiéndome reemplazable.
Su expresión cambió.
—Tenía miedo, Naomi —admití más bajo—. De perder mi puesto… y a la única persona que me ha apetecido que me vea de verdad.
Se quedó callada.
«Vamos, Parks…».
No iba a rendirme, no ahora.
—Actué como un imbécil —continué—. Te traté como una amenaza cuando, en realidad, eras lo único interesante que me había pasado desde que llegué aquí.
Sus ojos subieron hasta los míos.
—No soy un entretenimiento.
—No —negué—. Eres bastante peor que eso.
—¿Perdón?
—Eres la chica que me hace desear lo que no tengo y que me dé igual si mi equipo pierde o no.
Sus labios temblaron apenas.
«¡Hostia!».
—Y hay otra cosa.
Naomi suspiró.
—Sorpréndeme.
—Si pudiera volver atrás…, me gustaría decirte que lo haría todo bien. Que te lo contaría todo. Que no me pondría la máscara. Que no aprovecharía el canal. —Negué despacio—. Pero estaría mintiendo. —Sus ojos se abrieron un poco—. Lo repetiría una y mil veces.
—Esto es increíble.
Se puso en pie y yo la acorralé contra la mesa.
Ahora sí, ahora estábamos demasiado cerca. Tanto que dolía.
«No la beses todavía».
—Hazme esa maldita pregunta que tanto te gusta y deja de huir, Parks.
Tomó una bocanada de aire.
—¡¿Por qué?!
«Eso es…».
Mi voz cayó ronca.
—Porque si ese camino de mierda me llevara otra vez a ese momento…, a besarte…, a tocarte…, a descubrirme en ti… —me incliné para que mi aliento acariciara su oído—, lo repetiría sin dudarlo, asumiendo cada jodida consecuencia.
Busqué sus ojos.
Seguían brillando y no me había estampado un guantazo. Buena señal.
—Estás loco.
—Por ti.
—Eres desesperante.
—Mucho.
—Y no tienes arreglo.
Una media sonrisa tiró de mi boca.
—Soy edición limitada.
Creí ver las comisuras de sus labios alzarse.
«Solo un poco más y tienes el partido, Dalton».
—Llevo semanas intentando portarme bien, siendo paciente, dándote espacio, pero ya no puedo más, Naomi. Te puto necesito y me está saliendo como el culo pedirte disculpas.
Eso sí le arrancó una sombra de sonrisa.
—No es tu fuerte…
—No. Aunque se me ocurren un par de cosas bastante sucias que sí lo son. —Apoyé las manos a ambos lados de la mesa—. Podrías perdonarme. Demostrarme que eres la adulta funcional y la mente analítica… porque yo me vuelvo bastante imbécil cuando se trata de ti.
Su pecho subía y bajaba más rápido, la vena del cuello pedía lengua y mi polla estaba más que erecta, lista para la misión.
—Eso no es muy científico.
—Me la suda la ciencia ahora mismo —murmuré—. Salvo si es para demostrarte lo bien que me funciona el sistema reproductivo.
Naomi tragó saliva.
—No deberías decir eso delante de mí.
—Pues tápame la boca, Parks.
Sus ojos bajaron a mis labios.
Solo un segundo, suficiente cuando humedeció los suyos de manera automática.
«A la mierda».
Se me daba de puta pena esperar.
La agarré de la cintura y la senté sobre la mesa de un tirón.
—¡Valentino!
—Déjalo mejor en mis manos, digo, en mis labios.
Y la besé.
Sin suavidad, sin pensar.
«Vale…, o me mata o me besa».
Entonces, respondió con la misma desesperación. Separando los muslos para dejarme encajar. Con los dedos cerrados en mi camiseta. Me atrajo como si llevara demasiado tiempo queriendo hacerlo.
Y en ese momento lo supe. No por el beso, sino por cómo dejó de resistirse.
Hambrienta, exigente.
La agarré con más fuerza por la cintura, pegándola a mí, demostrándole lo mucho que me ponía restregándome contra ella.
Soltó un gemido que me ofreció una certeza brutal.
Valió la pena cada error, cada mentira y cada jodido paso en falso.
Porque al final de todo este desastre…
Naomi Parks estaba besando al hombre de detrás de la máscara porque también había dejado de huir.