Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 69
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CAPÍTULO 69

Thiago

Habían pasado dos semanas desde la noche del ático.

Dos semanas desde que vi a Parks salir con los ojos rojos y la mandíbula apretada, como si estuviera sujetando algo que se le rompía por dentro.

Dos semanas desde que Dalton se quedó plantado, mirando la puerta por la que ella desapareció con esa sonrisa torcida que usaba cuando no tenía ni idea de qué hacer con lo que sentía.

Puede que el resto no lo viera. Yo sí.

Siempre había tenido ese problema, o ese don.

No porque fuera especialmente listo, sino porque llevaba media vida observando cómo la gente se protegía detrás de lo que mostraba. Las bromas, las sonrisas, los silencios incómodos…, todo eso solía decir más que cualquier discurso.

Y aquella noche vi algo bastante claro.

Dos personas que encajaban demasiado bien como para no hacerse daño con lo ocurrido.

A Parks la conocía de sobra.

No solo por el año que compartimos equipo en la SSU, también por Cami, que hablaba de su mejor amiga como si estuviera redactando un informe psicológico.

Los padres de Naomi nunca iban a verla competir. No porque vivieran en la otra punta del país, como los míos, sino porque no respetaban lo que hacía.

Cuando crecías así, aprendías rápido a no depender de nadie. Construías un sistema donde todo estaba bajo control.

Naomi lo hizo.

Datos. Variables. Conclusiones. Hasta que apareció Valentino y le rompió el algoritmo.Y Valentino… Bueno.

Todo el mundo creía conocer al quarterback brillante, seguro de sí mismo, el chico al que todo le salía bien.

Sin embargo, a mí me recordaba demasiado a Mason como para no ver el patrón.

La broma constante, la sonrisa fácil, la capacidad de adaptarse a cualquiera.

Eso no era carisma, era supervivencia.

Los tíos que crecían así solían buscar una sola cosa: alguien que los mirara y no viera la estrella. Y cuando vi cómo miraba Valentino a Naomi aquella noche… supe que estaba jodido.

Porque ella era la única persona de la sala que no estaba impresionada por uno de los QB1 más jóvenes de la NFL.

Después de que Parks se marchara del ático y Valentino echara a sus compañeros, nos quedamos allí con Dalton.

Mason, Jaxon, Landon y yo.

Y cuando alguien dejaba de hacerse el gracioso y empezaba a hablar en serio…, solía admitir más de lo que pretendía.

Así que, cuando llegué a Dallas, no necesité mucho tiempo para confirmar algo bastante evidente.

Ninguno de los dos había arreglado nada. Se evitaban con precisión extrema.

Conversaciones que se cortaban en seco cuando el otro entraba en la sala. Miradas que se apartaban demasiado rápido… para volver cuando el otro apartaba los ojos.

Para el domingo tenía claro que debía intervenir.

Primero, porque eran mis amigos.

Segundo, porque era incapaz de ver a dos personas jodidas y no intentar arreglarlo.

El problema de Valentino en el campo era que su cabeza jugaba en otro partido, y así no iba a llevar a los Cowboys a ninguna Super Bowl.

El lunes me levanté decidido a hacerlos hablar, aunque la realidad tomó un camino bastante más extraño.

En lugar de una conversación civilizada, terminé viendo a Naomi descolgándose por una ventana del edificio y atravesando unos setos decorativos mientras Landon, Sienna y yo caminábamos por las instalaciones rumbo a la cafetería.

Lo que nos llevó a arrastrar a Parks para que confesara el motivo de su peripecia. Hasta donde sabíamos, no estaba entrenando para ser doble de acción.

Por mucho que la atosigamos, lo único que conseguimos fue que nos dijera que estaba pasando algo complicado con su aplicación y que, cuanto menos supiéramos, mejor.

Lo verbalizó con ese tono tranquilo que en realidad significaba pánico contenido.

Cuando Naomi entraba en modo bucle era como intentar hackear un servidor sin contraseña. No hubo manera, así que lo dejamos correr, por lo menos, de cara a ella.

Nosotros no paramos de lanzar teorías.

Por la tarde intenté buscar a Valentino; estaba más receptivo que la semana anterior, que no quiso ni hablar.

Lo esperé al final de su entrenamiento y lo invité a tomar algo en el bar. Nunca lo había visto tan abatido.

—Lo he intentado todo, Thiago —me dijo, pasándose las manos por el pelo y una cerveza sin tocar sobre la mesa—. Hablar con ella, darle espacio, pedir perdón… Joder, hasta ignorarla. Nada funciona. Y, mientras tanto, mi mente está hecha un puto desastre y no rindo.

Lo dejé desahogarse.

A veces, ordenar la cabeza empezaba por sacar todo el ruido.

—Escucha —le solté al final—, lo que te pasa en el campo no va a mejorar hasta que arregles lo que ahora mismo te importa de verdad, y los dos sabemos que no es tu equipo.

Levantó la vista.

—Naomi.

—Exacto. Puedes intentar convencerte de que basta con concentrarte…, pero tu cabeza debe estar alineada con tus emociones.

Se quedó callado un momento.

—¿Y qué hago si ella no quiere ni cruzarse conmigo?

Me encogí de hombros.

—Primero, dejar de fingir que no te importa. Y segundo…, permitir que os ayude. Porque créeme, Dalton, tú no eres el único que lo está pasando mal en esta historia, y si estás tan jodido es porque, en el fondo, sabes que la cagaste mucho.

—Muchísimo.

—Ya, bueno.

—No va a querer perdonarme, quizá yo tampoco lo haría.

Si algo tenía claro era que lo suyo podía funcionar y que Naomi Park, bajo su coraza, tenía un corazón enorme que yo sí veía capaz de perdonar.

Solo necesitaban entender qué demonios estaba pasando entre ellos, y eso se me daba bastante bien.

—Eso ya lo veremos. —Le palmoteé el brazo.

Así que hoy, el día libre para casi todo el mundo, le envié un mensaje a Naomi.

Le dije que necesitaba su ayuda para analizar a un jugador.

Que era importante, urgente y no podía esperar por el bien del equipo.

Debí elegir el prompt adecuado para sus neuronas porque tardó exactamente treinta segundos en responder. Eso también decía mucho de ella.

Y cuando me preguntó dónde nos veíamos, le respondí que en la sala de juntas. Ese día apenas había gente en las oficinas y ninguno pertenecía a la familia Joneson.

Cuando Naomi Park abrió la puerta, se quedó quieta en el marco.

Sus ojos fueron primero hacia mí.

Luego hacia el ventanal que daba al campo, donde estaba Valentino Dalton.

Tardó con exactitud dos segundos en entender lo que estaba pasando.

Cerró los ojos un instante, apretó los labios y me miró.

—Esto es una encerrona.

—No —respondí—. Es trabajo. Te dije que necesitaba tu ayuda para analizar a un jugador. —Señalé hacia la ventana con la barbilla—. Y, que yo sepa, eso es un jugador.

Naomi me miró con esa cara que ponía cuando estaba desmontando algo pieza por pieza.

—Thiago…

—Tú querías que viniéramos a ayudar al equipo, ¿no?

No contestó.

—Pues esto también es ayudar al equipo.

Señalé otra vez hacia Valentino.

—Y vosotros dos sois parte, os guste o no.

Naomi soltó una risa corta. No porque le hiciera gracia, porque no se creía nada.

Aun así, entró. Eso ya era medio camino.

La puerta se cerró con un clic suave.

Dalton seguía apoyado en la ventana. Podía oír como había cambiado el ritmo de su respiración. Se había hecho pequeño, algo raro en él.

Normalmente era el tipo de tío que llenaba las habitaciones sin darse cuenta.

En ese momento parecía que trataba de no molestar, que ella no se fuera.

Naomi se quedó frente a la mesa, sin acercarse demasiado.

—Tienes cinco minutos —me advirtió.

—Suficiente.

Me apoyé en la mesa.

—Valentino pensó que, si sabías quién era…, no le darías ni una oportunidad.

Naomi ladeó la cabeza.

—Qué análisis tan cómodo.

—No es cómodo —farfulló.

Valentino soltó aire por la nariz y se pasó la mano por la nuca.

Ese gesto lo había visto mil veces. Era lo que hacía cuando estaba a punto de admitir algo que no le gustaba aceptar.

—No sabía cómo acercarme a ti. Ni antes ni ahora.

Naomi ni pestañeó.

—Podrías haber empezado por no mentir.

—Sabía cómo ibas a reaccionar, y perdona si no supe actuar del mejor modo contigo en un cuarto oscuro y queriendo entregar tu virginidad al primero que pasara.

—Al primero que pasara no, al que escogiera —respondió con los labios apretados—. ¿Sabías que, cuando me abordaste, estaba a punto de abandonar?

Él abrió y cerró la boca.

—No.

La respuesta salió tan rápida que Naomi parpadeó.

Valentino dio un paso hacia la mesa. Pequeño, pero suficiente para que el aire cambiara.

—Pensé que, si te decía quién era…, ni siquiera hablarías conmigo.

Naomi cruzó los brazos, ese era su escudo.

—¿Y la solución lógica fue acostarte conmigo disfrazado?

—Puedes verlo así.

—¿Y de qué otra forma podría hacerlo?

—No lo planeé, quería protegerte.

Ella bufó.

—Qué tranquilidad. Si hubiera querido protección, hubiese pedido un guardaespaldas.

Valentino bajó la mirada un segundo. Luego volvió a levantarla al escucharla de nuevo.

—¿Sabes lo humillante que fue descubrir que eras tú? —preguntó Naomi.

—Sí.

—No, no lo sabes. Como tampoco sabes lo que fue entender que, cuando hablaba con ese enmascarado dedicado al entretenimiento para adultos…, también eras tú. Que cuando me abrí a alguien, creyendo que conectaba, eras tú condicionando mis decisiones.

—Lo lamento —dijo él más bajo—. No te imaginas cuánto me he odiado por eso. Incluso llegué a sentir celos de mi propio alter ego . Solo quería que me vieras a mí —continuó—, no a él. Que me eligieras.

—¿Elegirte? Me has puesto las cosas difíciles desde el principio. Entraste en mi ordenador sin mi permiso…, me dejaste en evidencia delante de todo el equipo.

Valentino apretó la mandíbula.

—Y fue una cagada, épica, lo asumo. El problema era que temía que te cargaras mi carrera, que, al dejarme en evidencia con tu aplicación, me echaran antes de que pudiera demostrar que soy lo que este equipo necesita.

No te haces una idea de la presión a la que me veo sometido a diario, no solo por el entrenador, también está la franquicia, los medios, yo mismo…

Naomi respiró hondo.

—Te lo dije entonces y te lo repito ahora: no vine a eso.

—Lo sé. Ahora lo tengo más claro que nunca, pero estaba aterrorizado.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Quiero que te quede claro que, cuando interactuaba contigo disfrazado…, solo era un idiota intentando hacer algo bien, aunque no lo pareciera... En lo más hondo de mí, esperaba que te dieras cuenta de que siempre fui yo la opción correcta, y entiendo que te parezca una mierda de razonamiento.

Nadie habló durante un momento.

Naomi respiraba más rápido, no parecía enfadada. Parecía… descolocada.

—Esto no cambia nada —dijo al final.

—Claro que no —respondí.

Me miró.

—¿Entonces?

Me recosté en la silla.

—Entonces, el problema no es solo lo que hizo Valentino. Todos estamos de acuerdo en su pésima actuación. —Él la miraba mientras yo seguía dando mi veredicto—. El problema es que sigue importándote pese a que hayas hecho lo posible por que no lo haga.

Naomi soltó una risa seca.

—Esto es absurdo.

—Si lo fuera, tu cerebro ya lo habría eliminado del sistema, y no es así. ¿O me equivoco?

Vi cómo sus dedos se tensaban contra sus propios brazos.

—No funciona así con él, nunca lo ha hecho.

—Exacto. ¿Y no te has planteado por qué?

—Demasiadas veces estos días.

Valentino dio otro paso y reconocí esperanza en él.

Naomi lo notó y no se apartó. Un avance.

—Te juro que no quería hacerte daño —musitó él.

—Pues lo hiciste. Me mentiste de la peor manera posible. Entraste en mi sistema…, y no me refiero solo al informático.

Y, en ese instante, supe que ya no pintaba mucho más ahí.

Habían empezado a escucharse. Me levanté, tragándome una diminuta sonrisa.

—Aseguraos de arreglar esto antes de salir por esa puerta —dije—. Los dos sabéis que no hay otra alternativa.

Me dirigí entonces a Naomi.

—No hizo las cosas bien, pero quizá, si no se hubiera equivocado…

, tampoco habrías dado una oportunidad al hombre que estaba detrás de la máscara.

Puede que eso fuera justo lo que te hizo conectar, lo que te ayudó a romper la barrera y no prejuzgar, la usaste de coraza.

Y si Valentino no significara nada para ti…

—insistí—, no llevarías dos semanas intentando convencerte de que sí.

Ninguno respondió, sonreí un poco y salí del despacho. Dentro quedaron los dos y el silencio. Ese tipo de silencio que solo aparecía cuando dos personas estaban demasiado cerca de decir algo que podía cambiarlo todo