CAPÍTULO 68
Naomi
Había dos formas de gestionar una sospecha de sabotaje informático dentro de una franquicia de la NFL.
La primera era acudir al departamento de ciberseguridad, sentarte muy recta y explicar con calma que alguien estaba manipulando los datos de tu aplicación desde dentro del edificio, con toda probabilidad con acceso privilegiado y una habilidad preocupante para moverse sin dejar huella.
La segunda era fingir que a tu hermano le habían hackeado el portátil y hacerlo con cara de nerd despistada mientras intentabas sonsacar información sin levantar sospechas.
Elegí la segunda.
En principio porque la primera implicaba confiar en personas que podían estar implicadas, y yo ya había cubierto mi cupo mensual de decisiones estúpidas creyendo en hombres misteriosos, quarterbacks emocionalmente defectuosos y departamentos internos con demasiado acceso a mis cosas.
Era lunes.
Veníamos de un fin de semana de derrota, frustración contenida y una noche casi sin dormir porque, además de revisar logs de la aplicación, mi cerebro había decidido alternar entre paranoia tecnológica y obsesión romántica humillante, como si ambas fueran pestañas compatibles del mismo navegador.
Me até mejor la coleta, ajusté el iPad contra el costado y me planté en la puerta del despacho de ciberseguridad con mi mejor expresión de «hola, soy inofensiva y, desde luego, no he venido a inspeccionar nada».
La chica levantó la vista del monitor. Todavía no había estado allí y me sorprendió lo guapa que era.
Morena, con enormes ojos azules y manos rápidas sobre el teclado. No tenía pinta de supervillana. Claro que yo también había pensado que Valentino Dalton solo era un deportista insoportablemente guapo con demasiado ego, y mirad cómo nos había ido a todos.
Debería ajustar mi intuición.
—Hola… —Asomé la cabeza con una sonrisa leve—. ¿Tienes un minuto?
—Claro —respondió, apartando una carpeta—. ¿Todo bien?
—Sí… Bueno. No nos han presentado, soy Naomi Park.
—Alexandra Mitchell. Sé quién eres, la chica de la app . Todo el mundo te admira mucho en este departamento, tu aplicación es brutal.
—Vaya…, gracias… —Me sonrojé un poco.
—¿Necesitas algo?
—En realidad, no es por mí. Es por mi hermano.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Tu hermano?
— Sip …, cree que le han hackeado el terminal.
Estaba intentando explicarle cómo funcionan los protocolos básicos de seguridad, pero me di cuenta de que no tenía ni idea de qué herramientas utilizáis vosotros aquí.
Ya sabes…, revisar accesos, detectar puertas traseras, rastrear entradas sospechosas…
, esas cosas divertidísimas que hacen que una quiera mudarse a una cueva y volver al papel.
Sonrió.
Eso era bueno. La gente hablaba más cuando creía que estaba ayudando a alguien competente, pero ligeramente sobrepasado.
—Depende del caso —respondió—. Lo primero es mirar el origen del acceso y si hay rastro de intrusión externa o movimientos internos raros. Luego revisamos logs , permisos, terminales vinculados…
Mientras hablaba, mis ojos recorrían la pantalla detrás de ella. No buscaba nada concreto. Solo patrones. Nombres de programas. Ventanas abiertas. Todo lo que pudiera servirme sin preguntar lo que en realidad quería saber.
—Y cuando revisasteis mis terminales… —pregunté con tono casual—, ¿con qué programa lo hicisteis? Por si le sirve a mi hermano.
Ella siguió tecleando.
—Nada especialmente exótico. Los revisamos cuando Vivian nos los trajo. Stephen también estaba por aquí ese día, creo. Fue bastante rápido.
Mi pulso dio un pequeño salto.
Vivian y Stephen.
Los mismos dos nombres que llevaban días revoloteando en mi cabeza como dos TIE fighters a punto de estrellarse contra mi paciencia.
—Ah —murmuré, fingiendo que aquello no significaba nada—. Sí, claro. Mi hermano se lo merece un poco por usar la misma clave para todo desde 2020. Esto es selección natural digital.
Ella volvió a reír.
—Eres muy divertida. Si algún día te aburres, pásate por aquí a alegrarme la mañana.
¿Divertida? ¿Yo? Al parecer, todavía existían personas con un criterio peor que el mío.
Le di las gracias y me marché antes de quedarme demasiado tiempo y empezar a parecer sospechosa.
En cuanto salí al pasillo, mi cerebro comenzó a atar cabos con la eficiencia de un droide de guerra.
Stephen había sido ludópata y dependía económicamente de su mujer.
Vivian tenía acceso a movimientos internos y estaba demasiado cerca de donde no debía.
En la fiesta de bienvenida escuché que alguien se estaba haciendo rico con las apuestas deportivas y que algunos artículos ya apuntaban hacia los Cowboys.
No tenía pruebas. Tenía algo peor, una teoría. Y una en manos de una mujer herida, con poco sueño y acceso a demasiada información era básicamente una granada con la argolla medio salida.
El despacho que compartían Stephen y Vivian se encontraba en la zona administrativa, algo apartado del flujo principal. Perfecto para moverse con zapatos caros y secretos peores.
Llamé una vez. Nada.
Llamé otra. Silencio.
Miré a un lado. Luego al otro.
«Esto probablemente sea una pésima idea».
Justo el tipo de frase que un jedi decía antes de ignorar por completo sus propios instintos.
Abrí.
El despacho era amplio, con dos mesas enfrentadas, archivadores y carpetas alineadas a la perfección. Un nivel de orden que, en otras circunstancias, me hubiese dado confianza. En ese momento solo me puso nerviosa.
Cerré despacio.
Fui primero al ordenador de Vivian. Pantalla bloqueada. Reconocimiento dactilar.
Claro. Porque solo a mí se me ocurría hacer allanamiento de morada corporativa en la era de la biométrica.
Probé con el escritorio. Cajones, una carpeta azul con contratos para medios. Un archivador metálico.
Nada.
Papeles anodinos, informes, agendas, presupuestos.
En el escritorio de Stephen, más de lo mismo.
Abrí una carpeta con extractos de gastos y durante un segundo pensé que quizá sí había dado con algo…, hasta que entendí que eran cuentas domésticas. O peor: notas sobre una gala benéfica con nombres horribles tipo Cowboy Hearts for Hope .
No había encontrado nada comprometedor cuando oí voces en el pasillo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Imposible salir por la puerta.
Miré alrededor.
Mesas de cristal: demasiado transparentes.
Armario: demasiado estrecho.
Puerta en la pared derecha.
La abrí sin pensarlo. Un baño. Perfecto.
Me metí dentro y cerré con el cuidado de alguien que, en ese instante, lamentaba no haber elegido una carrera más tranquila.
La respiración se me aceleró porque no pude terminar de cerrar antes de que se abriera la puerta del despacho.
«Ojalá Vivian no sea de las que revisan las puertas tres veces antes de salir».
Un estremecimiento me recorrió el cuerpo.
La voz de Stephen llegó primero, baja, tirante.
—¿Estás segura de que Charlotte no sospecha nada de lo del otro día?
Se me tensó toda la espalda. Ella contestó en un susurro.
—Si sospechara algo, ya habría montado un espectáculo.
—Estuvo rara.
—Stephen, respira. ¿Te has tomado tus pastillas?
—No puedo respirar si empiezas a comportarte como si esto fuera normal.
—Precisamente porque no lo es tienes que dejar de ponerte nervioso. Nadie sabe lo que estamos haciendo, y menos mi hermana.
Mi corazón hizo clic.
Supe que había dado con algo gordo.
—Más nos vale —murmuró él.
—Mientras nadie empiece a mirar donde no debe, estamos seguros.
«Oh, estáis tan muertos…».
Mi cerebro empezó a montar la teoría a velocidad absurda. Relación secreta. Necesidad de dinero. Acceso a datos. Manipulación. Chantaje. Fraude.
Y, entonces, lo oí.
Un roce de tela. Una exhalación. Después otra. Un gemido.
Me quedé completamente quieta.
Un segundo más tarde ya no había duda.
No estaban planeando sabotaje.
Estaban magreándose a menos de tres metros del baño donde yo me escondía con la dignidad de C-3PO intentando pasar desapercibido.
Perfecto.
Había descubierto una aventura extramatrimonial, un posible móvil económico y, con toda probabilidad, un escándalo familiar capaz de incendiar a los Joneson de aquí a Navidad.
Y en ese momento necesitaba un plan de huida antes de que decidieran entrar al baño.
Volví a evaluar mis posibilidades.
Lavabo. Espejo. Toallas. Ventana.
Pequeña, pero suficiente.
Segunda planta.
No mortal…, si calculaba bien.
Asomé medio cuerpo. Había una repisa estrecha, una bajante, un saliente del aire y una zona ajardinada debajo. Con mentalidad de exgimnasta artística parecía una mala decisión viable.
«Vale. He hecho salidas de asimétricas bastante más comprometidas».
Saqué una pierna. Luego la otra. Me agarré al marco, bajé a la repisa y me pegué a la pared con toda la dignidad que permitía un escape por una ventana mientras dos adúlteros jadeaban dentro del despacho.
Los primeros movimientos fueron sorprendentemente elegantes.
Los siguientes, menos.
Conseguí bajar casi todo el recorrido apoyándome en la tubería. El problema llegó en el último metro, cuando la mano derecha resbaló y mi cuerpo se convirtió en el péndulo de un hipnotista.
—¡Mierda!
Aterricé de pie. Más o menos.
Hubo un rebote nada glamuroso y un amago de perder el equilibrio que hubiese hecho llorar a Volkova.
Me quedé inmóvil, con la respiración entrecortada.
Arriba no parecía que nadie hubiera oído nada.
«Bien».
Me sacudí las manos, me incorporé y levanté la vista.
No podía ser.
Frente a mí estaba Elliot.
En una de las salas de ensayo de las DCC.
Con dos pompones plateados y ropa de entrenamiento capaz de provocar un derrame visual.
Haciendo una coreografía vomitiva con la concentración de un neurocirujano y la música a toda pastilla.
— Five, six, seven, eight… —marcaba en voz alta.
Sacudió los pompones, giró sobre sí mismo e hizo un salto ridículamente entusiasta.
Mi cerebro tardó un segundo en procesarlo, sobre todo después de la patada a media altura y el giro con intento de espagat que le rajó el diminuto pantalón con estrellas.
De todas las ventanas posibles del edificio, había tenido que salir justo por la que daba al patio de los delirios privados.
Se puso en pie, llevándose la mano al trasero y girándose como si me hubiera detectado.
Reaccioné por puro instinto.
Me lancé detrás de un grupo de arbustos ornamentales con la rapidez de alguien que huía de una muerte laboral segura.
Las ramas me arañaron los brazos.
Una hoja se me quedó enganchada en la coleta.
—… ¡Repetimos! —remató él, todavía ajeno a mi crisis botánica.
Me quedé agachada, conteniendo la respiración y la imagen que me perseguiría en pesadillas.
Emergí del arbusto con la dignidad de alguien que acababa de perder un combate contra una planta.
Di dos pasos hacia el camino… y me quedé clavada.
Frente a mí estaban Thiago, Landon y Sienna.
Los tres.
Mirándome a mí, a la ventana abierta del segundo piso y a mi aspecto.
Thiago arqueó una ceja.
Landon cruzó los brazos.
Sienna entrecerró los ojos al más puro estilo excapitana de la SSU.
Levanté un dedo.
—No digáis nada.
Thiago miró el edificio, el arbusto y después a mí.
—¿Hay algún motivo por el cual te has descolgado de un despacho y reptado entre los setos que dé sentido a esto? ¿Algún tipo de vídeo corporativo rollo Supervivientes en Frisco ?
Inspiré hondo.
—Preferiría no responder a esa pregunta.
Sienna señaló una hoja atrapada en mi coleta.
—Te has metido en un seto de PVC, tu idilio con las plantas de plástico empieza a ser preocupante.
—No era parte del plan.
Thiago se pasó una mano por la cara.
—Por favor, dime que no estabas espiando a alguien.
Lo pensé un segundo.
—Técnicamente estaba investigando.
Landon sonrió despacio.
—Eso suena peor. Me gusta. Parks, te vienes con nosotros a tomar un café.
Suspiré.
—Odio el café. ¿Puede ser un matcha ?
—Lo que sea que te haga confesar.
Había lunes que era preferible borrar.