Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 67
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CAPÍTULO 67

Naomi

El problema de tener un cerebro analítico era que no se apagaba. Nunca. A veces ni siquiera cuando dormía, o cuando sentía un nudo tan apretado en el pecho que me costaba respirar.

No solía pasarme, lo del nudo, digo, aunque en las últimas semanas me había quedado sin aire más veces de lo que podría considerarse normal.

Mientras otras personas tenían un Diógenes de pensamientos sueltos y encontrados, mi mente funcionaba como un servidor con cuarenta pestañas abiertas, tres gráficos en proceso y una alerta roja parpadeando en la esquina con nombre propio y apellido: Valentino Dalton.

Cada vez que lo veía, coexistía en el mismo espacio temporal o detectaba el sonido de su voz, todo en mí entraba en conflicto.

Cortocircuito interno, bajada de plomos y coherencia al garete.

Daba igual las veces que repitiera el análisis que había secuenciado los últimos días.

Podía ponerlo en columnas, pasarlo a un gráfico y enumerar cada variable de esta catástrofe sentimental como si fuera un informe técnico que arrojara luz a mi sistema límbico.

Hombre que se acuesta contigo ocultando quién es.

Hombre que luego se convierte en tu fantasía sexual online durante semanas sin decirte la verdad.

Hombre que entra en tu ordenador, como si fuera su casa, para saquear tu información personal.

Hombre que intenta echarte de tu trabajo, aunque sepa que tu futuro depende de dar veracidad a la aplicación que tanto te ha costado defender.

Conclusión lógica a la que llegaría toda mujer con dos dedos de frente:

Eliminar variable, bloquear contacto, seguir adelante.

Fin del análisis.

Conclusión lógica a la que yo llegué: Error crítico en la placa base.

Porque desde que me fui de su ático, cada mañana me despertaba con la sensación de que alguien me había dejado un agujero negro en el pecho.

Un vacío constante, una presión en el esternón, una opresión en la garganta que aparecía cuando menos lo esperaba, reclamando su dosis de vitamina D —de Daver, obviamente, o de Dalton, que, para el caso, era lo mismo—.

Nunca había sido una persona demasiado emocional o que llorara con facilidad.

No lo hice cuando mis padres dejaron bastante claro que lo que yo hacía con mi vida era, básicamente, una pérdida de tiempo en lo referente a la gimnasia o estudiar en la SSU.

Ni siquiera se me humedecieron los ojos cuando George Lucas vendió Star Wars y tuve que asumir que el destino de la saga quedaba en manos de ejecutivos capaces de resucitar al Emperador como si aquello fuera un glitch del sistema.

Y, sin embargo, llevaba dos semanas enteras llorando, tirando de colirio para que no se me notaran los ojos enrojecidos. Y eso… sí que no entraba en ninguno de mis modelos predictivos.

Las lágrimas siempre me parecieron un recurso poco eficiente, solía costarme ver llorar a los demás porque nunca sabía muy bien cómo reaccionar sin parecer forzada, hasta que fui yo la que cruzó el ático de Valentino con los ojos encharcados delante del núcleo duro del vestuario.

Fue profundamente humillante. Nunca me había descontrolado así en público, tanto que el lunes fui incapaz de ir a trabajar, necesité refugiarme en mi habitación porque me resultaba inútil dominar la avalancha de emociones que me inhabilitaban incluso para pensar.

Se suponía que nada era capaz de afectarme hasta ese punto, y mucho menos un quarterback que se había propasado de todas las maneras posibles.

Siempre había defendido que una mujer autosuficiente no necesitaba a nadie que le complicara la vida y que debías alejar a las personas controladoras, manipuladoras o que te mentían a la cara.

Y, sin embargo, ahí estaba yo, funcionando como un sistema defectuoso cada vez que Valentino Dalton aparecía en mi campo visual. Me hacía vibrar el móvil con mensajes que no pensaba leer o escuchar, y lo oía a través de la puerta de mi habitación, devastado y pidiéndome perdón.

Ese fue uno de los momentos más difíciles.

Llevaba todo el día fuera, obligada a llenar mi cabeza de impulsos que ocuparan todo el espacio que él se había encargado de vaciar, cuando golpeó mi puerta.

No quería atender a lo que fuera que tuviera que decir porque la lógica era aplastante: alguien que te hería así no debía estar en tu vida.

¿Y qué hice?

Aplastar la oreja contra la puerta, como si lo único que pudiera calmarme fuera el responsable de todas mis desdichas.

Mis manos temblaban ante el deseo inconcebible de abrir.

Mi corazón palpitaba con tanta fuerza que dudaba de si estaba a punto de sufrir un infarto —lo descarté porque en mi familia no había antecedentes coronarios—.

Me urgía hacerlo pasar, abrazarlo, besarle y decirle que todo había sido una estupidez, que incluso las peores decisiones podían arreglarse si dos personas dejaban de comportarse como idiotas durante el tiempo suficiente.

Que tal vez no todo estaba roto. Que quizá…

, de algún modo que escapaba a toda mi lógica cerebral, lo que había entre nosotros merecía ser salvado.

Entonces, mi corteza prefrontal volvía a encender todas las alarmas del sistema.

Porque querer a alguien no borraba lo que había hecho ni arreglaba lo que había estropeado.

Ni convertía una mala idea en una buena por mucho que te gustara lo que te hacía sentir cuando estabais juntos, y no, no me refería solo a sus besos, a sus caricias o a esa manera suya de gruñir cuando le abrí las compuertas de la nave.

Porque lo que había hecho Valentino iba mucho más allá, alcanzó un punto que ni yo misma sabía que tenía.

Con sus conversaciones, sus mensajes y esa forma suya de hacerme sentir especial en lugar de una nerd que nadie veía.

Así que me quedé al otro lado de la puerta, sentada en el suelo, con los dedos de los pies encogidos y tratando de que no se notara la necesidad en mi voz ni las lágrimas en mis ojos.

Supuse que así se sentiría un adicto frente a su droga más dura y que yo sola debía pasar el mono.

Si nuestra historia perteneciera al universo de Star Wars , alguien diría que aún había luz en él, que tenía un motivo poderoso para reconducirlo. El problema era que la vida real no funcionaba como una saga galáctica ni yo tenía capacidad de salvar a nadie.

No tenía ni idea de si Valentino Dalton era Darth Vader… o el meteorito que iba a terminar de destruir mi sistema para siempre.

Jamás lo había pasado peor.

Parte de mí quería odiarlo con toda la intensidad posible porque sería lo fácil, tenía motivos suficientes, y cualquier mujer que no estuviera cegada por el efecto Dalton diría que era lo más coherente.

Lo ocurrido debería haber bastado para apagar cualquier incendio que hubiera entre nosotros, y digo «debería» porque cada vez que lo veía en el campo, con esa postura rígida y esa mandíbula tensa que solo aparecía cuando estaba perdiendo el control…

, me apetecía saltar al césped para reconectar aquello que se había roto y convertirnos en un fuego abrasador que nos permitiera arder el uno en brazos del otro.

Nada tenía sentido.

Para colmo, no solo me enfrentaba a un caos emocional sin precedentes.

El entender cómo Valentino había podido saquear mi sistema informático a la caza de información me había llevado a otra cosa igual, si no más importante.

Ese sí era un problema grave.

No solo Dalton había logrado detectar vulnerabilidades, abrir una grieta y entrar en mi sistema, había alguien más entrando y saliendo, lo hacía en mi aplicación y los informes de análisis de datos.

Se conectaba desde servidores distintos, rutas encriptadas, obteniendo datos. No estaba muy segura de lo que buscaba, si replicar mi aplicación o tratar de atacar a la franquicia desde dentro. Lo que sí tenía claro era que alguien estaba jugando con mi trabajo, mi proyecto y mi sueño de futuro.

Todo lo que había construido estaba comprometido.

Lo lógico hubiese sido que se lo contara a Grayson, a Vivian o incluso a Elliot, pero no lo hice.

Porque tenía un pálpito, igual era infundado…

Si Dalton había conseguido entrar, tal vez lo podría hacer cualquiera, salvo que se suponía que mis dispositivos habían pasado por los expertos informáticos de la franquicia tras el asalto a mi presentación, y eso me llevaba a que, o bien eran unos memos —lo cual dudaba—, o tenía al enemigo dentro.

Por mucho que me apeteciera quedarme encerrada lamiendo mis heridas, no podía.

Necesitaba averiguar si mi teoría de la conspiración era cierta antes de hacer saltar todas las alarmas o poner en guardia a la persona menos apropiada.

Por eso no paraba de reunirme con miembros del staff , analistas, entrenadores, incluso con el propio Grayson. Intentaba encontrarle el sentido y entender quién podía estar detrás y sacar mayor partido a hackearme el programa y sustraer la información.

Tenía que ser alguien que pudiera obtener beneficio de algún tipo.

No podía decir a los Joneson que alguien había vuelto a vulnerar la seguridad porque igual incluso podrían llegar a culpar a Valentino, y vale que podía ser un terrorista emocional, pero dudaba de que se estuviera echando piedras sobre su propio tejado al vender información a terceros, ¿verdad?

Mi mente volvía fuera como fuese al mismo maldito punto: Él.

Era como intentar trabajar con una alarma sonando en segundo plano todo el tiempo.

¿Por qué tuve que fijarme en un tío de casi dos metros, rubio, atractivo y que cada domingo jugaba frente a todo un país?

Hubiese sido más fácil poner mi corazón en manos de mi jefe.

Educado, inteligente, atractivo.

La clase de hombre que cualquier madre consideraría una opción lógica.

Excepto que, después de acostarme con Valentino, había algo que tenía clarísimo.

Grayson no despertaba en mí ni una fracción de lo que ese imbécil era capaz de provocar con solo mirarme, y eso resultaba profundamente injusto.

Porque significaba que, después de todo lo que había hecho…

, seguía afectándome. Seguía respirando distinto cuando lo tenía cerca.

Seguía pensando en él cuando me iba a dormir.

Y seguía despertándome por las mañanas con la sensación absurda de que todo habría sido más fácil si solo hubiera dicho la verdad desde el principio y que ojalá pudiera volver a aquella fiesta en la que caí sobre sus rodillas.

Así que lo evitaba, no porque estuviera enfadada. Bueno…, sí, pero no solo por eso.

Lo evitaba porque sabía a la perfección qué pasaría si hablábamos, ya que el problema nunca fue el enfado, el problema era que, cada día que pasaba…, me costaba un poco más mantenerlo, y si lo perdía del todo…

No tenía ni idea de qué quedaría de mí al otro lado.