CAPÍTULO 66
Valentino
Nada.
Esperé.
Primero de pie, apoyado en la pared del pasillo, mirando la puerta como si pudiera abrirse por pura insistencia.
Luego sentado en la moqueta, con la espalda contra la pared y el móvil en la mano, repasando los mensajes que le había enviado, como si al leerlos otra vez fueran a sonar menos patéticos.
Diez minutos, quince, veinte…
Al principio pensé que quería castigarme y estaba dispuesto a ello, hasta que las puertas del ascensor se abrieron con un ding suave y una chica del servicio de habitaciones salió empujando un carrito lleno de bandejas.
Cuando me vio plantado delante de la puerta, levantó las cejas con curiosidad; parecía que intentara decidir si aquello era asunto suyo.
Me levanté.
—Disculpa…, ¿la señorita Park está dentro?
La chica negó enseguida.
—Lo siento, señor. Salió temprano esta mañana.
Algo se me encogió en el estómago.
—¿Sabes dónde fue?
—No suelen decirnos esas cosas.
Saqué un billete del bolsillo y lo doblé entre los dedos.
Sus mejillas se pusieron rojas al instante.
—De verdad que no lo sé.
Suspiré.
—Ya…, bueno.
Le tendí el billete de todos modos.
—Toma. Por las molestias.
Me giré hacia el ascensor.
—Señor…
Me detuve y volví la cabeza.
La chica seguía junto al carrito, retorciendo una servilleta entre los dedos.
—No sé si le servirá o no… Solo puedo decirle que vi al señor Joneson en el hall muy temprano…, cuando estaba limpiando las zonas comunes.
Se me tensaron los puños.
—¿A Jerry?
«Que diga que sí».
La chica negó con rapidez.
—No…, al pequeño, a Grayson.
Y añadió, todavía más colorada:
—Ya sabe… lo que dice la prensa sobre ellos, puede que haya romance…
Claro que lo sabía.
Todo el puto país lo sabía después de lo que Vivian sembró en la fiesta de la Bye Week .
«Perfecto».
Eso era justo lo que me faltaba.
«La cagas, la pierdes».
«Sobre todo, cuando hay otro imbécil con apellido de millonario para recoger lo que tú mismo has destruido».
Me pasé la mano por la cara.
—Gracias.
La chica asintió, incómoda, y siguió con su carrito.
Yo me largué antes de quedarme allí, imaginando cosas que iban a acabar conmigo haciendo una estupidez.
Por la tarde, los chicos quedaron para beber.
El bar estaba hasta los topes. Música alta, ríos de cerveza y el tipo de iluminación que te permitía fingir que todo iba bien, aunque estuvieras hecho polvo.
Marcus levantó su botellín cuando íbamos por la tercera ronda.
—Te estás poniendo fino, QB.
—Déjame en paz.
—Tiene razón —comentó Ty.
—¿Desde cuándo Knight la tiene?
—Solo digo que mañana entrenamos.
—Y yo solo digo que hoy me la suda.
Bebí, tratando de ahogar mis cagadas.
Otra cerveza, y otra.
Porque llevaba dos semanas con una frase clavada en la cabeza como una astilla.
—Porque perder a alguien no pasa cuando se enfada contigo, pasa cuando dejas de importarle.
Y, joder… Ella estaba peligrosamente cerca de ese punto.
Con Grayson Joneson haciendo de ayudante para pasar página.
La imagen se reproducía una y otra vez, hasta que ya no pude más.
Así que, después de beberme medio bar, decidí hacer justo lo que cualquier persona con dos neuronas funcionales evitaría: volver al hotel.
El ascensor subió demasiado lento.
El pasillo hacia su habitación parecía más largo de lo que recordaba y la moqueta se doblaba bajo mis pies como si intentara hacerme tropezar.
Cuando llegué a su puerta, golpeé con los nudillos.
—Parks.
Nada. Insistí.
—¡Parks!
Entonces, me fijé.
—Joder…
Me había equivocado de planta.
Miré a ambos lados del pasillo. Nadie.
«Perfecto, Dalton. Borracho y perdido».
Subí por las escaleras de emergencia porque me pillaban más cerca. Me agarré con fuerza a la barandilla para no perder los dientes por el camino y repetí la operación llamada en la puerta correcta.
Golpeé otra vez.
—Naomi…, abre, soy yo.
Apoyé la mano en la madera.
La luz que se filtraba por debajo indicaba que estaba dentro.
—Joder…, solo quiero hablar…
Exhalé y apoyé la frente en la puerta antes de golpear de nuevo.
—Naomiiii…
Su voz llegó amortiguada desde el otro lado.
—Vete, Dalton.
Su respuesta no era la esperada, y, aun así, al oírla, sentí un alivio tan grande que me entraron ganas de reír.
Solté una carcajada seca.
—No.
—Deja de insistir.
Apoyé la frente contra la madera.
—Nunca. No puedo.
El alcohol me tenía la cabeza caliente y el estómago revuelto, pero las palabras salieron igual.
—Lo siento.
—Ya. Yo también.
Aquello dolió más de lo que esperaba, porque me temía que lo que ella sentía no era lo mismo que yo.
Seguí intentándolo porque a cabezota no me ganaba nadie.
—No me estaba riendo de ti.
—Puede que no —respondió—. Lo que está claro es que me mentiste, me engañaste y yo merecía saber quién se ocultaba detrás de la máscara para poder decidir.
Tragué saliva.
—No sabía cómo acercarme a ti… —confesé—, nunca he sabido cómo hacerlo.
«Patético, ¿no? El quarterback número uno de la SSU sin tener ni puta idea de cómo hablar con la nerd de artística».
—Eso no es excusa.
—No, no lo es —admití—. Pero deja que te diga una cosa… Todo el mundo prejuzga al jugador estrella, al popular, igual que te prejuzgaban a ti, tú mejor que nadie deberías entenderlo.
Pasé la mano por la puerta, como si pudiera acariciarla a través de ella.
—Tú también lo hiciste.
No era una acusación, sino un hecho.
La madera vibró levemente. Quizá también estaba apoyada al otro lado. O quizá solo lo estaba imaginando porque lo necesitaba.
—Eso no justifica que jugaras conmigo o que me mintieras con algo tan importante como es la intimidad.
—No estaba jugando. —Apreté los puños—. Me estaba escondiendo detrás de una máscara para que me vieras de verdad y dejaras a un lado los prejuicios. Tiene gracia, ¿sabes? Todo el mundo intentando acercarse a mí por quien soy… y contigo tenía que ocultarlo para que todo fluyera.
El silencio del otro lado se alargó lo suficiente para que me diera tiempo a arrepentirme de cada palabra.
—No debiste hacerlo —dijo al final. Sonaba apesadumbrada.
—Claro que sí.
—No.
Apreté los nudillos contra la puerta.
—Estaba desesperado por que me vieras como una opción.
Su respuesta tardó en llegar.
—Ese fue el problema desde el principio —murmuró con calma—. Nunca fuimos una opción. Somos demasiado distintos… y tenía derecho a elegir.
La frase me atravesó limpia.
«Bien, Dalton. Un gol en propia puerta».
—Eso no es verdad —murmuré—. Lo de tu derecho a elegir sí…, pero lo otro no. Nos gustan las mismas cosas, nos parecemos más de lo que creemos, es solo que nunca he sabido cómo encajar esa parte de mí con lo que el resto del mundo espera.
—Ahí lo tienes —respondió—. A mí eso me trae sin cuidado, porque nadie espera nada de la friki de la app , por eso necesito demostrarles que se equivocan. Mis padres, los que decidieron poner en entredicho el funcionamiento de mi aplicación.
Sus palabras llegaron amortiguadas a través de la madera.
—Lo que sí me importa es no perder este trabajo. Necesito recuperar el foco y tú también. En tu caso, no soy yo.
«Sí lo eres, joder».
—Persigue tus sueños —continuó—. Yo haré lo mismo con los míos. Lo que pasó entre nosotros debe quedarse ahí, no quiero ni puedo seguir dándole vueltas.
—¿Te arrepientes?
Se calló, y ese silencio fue peor que cualquier reproche.
—Me arrepiento de haber sido tan ingenua y pensar que no importaba la persona tras la máscara, cuando está claro que sí. Será mejor que te vayas a dormir.
Su voz ya no tenía rabia, solo cansancio.
—En lo único que debes concentrarte es en que el equipo llegue a la Super Bowl, no en mí —añadió—. Yo no soy un objetivo o algo que debas alcanzar.
Tragué aire como si me faltara.
—Es mejor que tú sigas por tu camino y yo por el mío. Sin que compliquemos más las cosas.
«Mierda, Parks…, necesito que sea el mismo».
Estaba respirando demasiado rápido.
Me quedé allí unos segundos más, con la frente contra la puerta, como el mayor idiota del planeta.
—Naomi…, yo…, lo siento de verdad, si pudiera cambiar algo…
Callé, porque con toda probabilidad volvería a hacer mal las cosas.
Tampoco respondió.
Me aparté y me fui.
Esa noche no dormí una mierda.
El miércoles tuve una resaca de campeonato y el jueves llegaron Landon, Sienna y Thiago al Omni.
No estaba para recibir a nadie, aunque insistieran en quedar.
Entrené. Mal.
No era algo que se notara en cada jugada —cuando llevabas media vida jugando a esto, el cuerpo seguía funcionando, aunque la cabeza estuviese hecha polvo—, pero Mac lo vio enseguida.
Cuando terminó el entrenamiento, me agarró del hombro antes de que pudiera desaparecer hacia el vestuario.
—Si sigues así, Whitaker va a sustituirte.
No levanté la vista del suelo.
—No lo hará.
—No me pongas en esa situación —replicó—. Porque Harlow no dudará.
Levanté la cabeza.
Mac no parecía enfadado.
Parecía preocupado.
—¿Eso es lo que quieres, Dalton?
Negué despacio.
—Pues espabila.
Lo intenté, de verdad, quise centrarme, el problema era que cada vez que levantaba la cabeza en las instalaciones, la veía a ella hablando con alguien, trabajando, revisando cosas como si nada hubiera pasado.
Como si yo fuera solo otro jugador del equipo, y no quería volver a ser eso para Naomi.
Y a su alrededor orbitaba Grayson Joneson como un puto satélite adulador y sonriente.
Siempre demasiado cómodo.
El jueves por la noche me llamó Levi.
No supe quién le fue con el cuento, bueno, sí lo sabía.
Tyler el espía.
Ese cabrón seguía siendo su mejor amigo y, por lo que parecía, en sus ratos libres era paloma mensajera.
Estaba sentado en la cama cuando vi su nombre en la pantalla.
Durante un segundo pensé en no cogerlo.
Luego suspiré y respondí.
—¿Qué pasa, viejo? Todavía no me toca pagar el alquiler.
—Me dicen que estás jugando como el culo.
Directo al grano. Muy Levi Carter.
—Me halaga que sigas viendo los partidos y no solo te estés follando a Sky para darle un hermanito a Evander.
—No te hagas el gracioso conmigo.
Rodé los ojos.
—Estoy bien.
—Ty dice que no.
—Ty también cree que el sushi de gasolinera es buena idea.
Se hizo un pequeño silencio al otro lado.
—Valentino.
—Vejestorio…
—¿Qué coño te pasa?
Miré al techo. No tenía ganas de hablar, ni con él ni con nadie.
—Es por…
No lo dejé terminar, sabía con exactitud lo que diría.
—No es nada en concreto, ya sabes que a veces hay altibajos. Nada que no pueda arreglar el domingo.
—Eso espero —respondió—. Porque ese equipo te necesita con la cabeza en su sitio, no entre las piernas.
«Ojalá solo fuera eso».
—La tengo.
Mentí.
—Bien.
La llamada terminó poco después, Carter no insistió.
Los quarterbacks sabíamos reconocer cuando otro QB no quería hablar más.
El viernes viajamos a Detroit, y sí.
Grayson volvió a subirse al avión con nosotros.
Verlos hablar tan cómodos en sus asientos me revolvía el estómago de una forma que no me gustaba reconocer.
«No tienes ningún derecho a enfadarte».
«La cagaste tú».
«Así que te jodes si ahora Parks quiere tirárselo a él».
El domingo, el estadio de los Lions era una puta caldera.
Ruido ensordecedor, la defensa gritándote en la cara.
Cuarenta mil personas esperando a que metiera la pata.
Jace me dio un golpe en el casco antes de salir al campo.
—Vamos, Dalton.
—¿Qué?
—Sea lo que sea que te pasa…, suelta la mierda contra estos cabrones.
Una sonrisa torcida se me escapó al imaginar la cara de Grayson en todos mis rivales. Iba a crujir muchos huesos.
—Eso puedo hacerlo —respondí más animado.
El primer ataque salió limpio.
Leí la presión de la defensa, cambié la jugada sobre la marcha y solté el balón justo antes de que el defensa que venía a por mí intentara arrancarme la cabeza.
Avanzamos.
El estadio rugía cada vez que nos acercábamos a la zona de anotación y, durante unos minutos, todo volvió a ser simple.
Leer lo que hacía la defensa. Lanzar el balón. Seguir avanzando. Pero cada vez que terminaba una jugada y levantaba la cabeza…, mi mente se iba a otro sitio.
A la banda. A la idea de si ella estaría viendo el partido.
O si estaría demasiado ocupada con Grayson como para acordarse de que yo existía.
«Concéntrate, joder».
El tercer cuarto empezó a torcerse.
Un pase llegó tarde. Otro salió demasiado alto. La defensa empezó a oler la sangre.
Cuando regresé a la banda, Mac me miró como se observaba a alguien que estaba perdiendo una pelea que no tenía nada que ver con el rival.
—Respira.
—Estoy bien.
—Eso dijiste la semana pasada… y perdimos.
Apreté la mandíbula y volví al campo, aunque los dos sabíamos que el partido ya no estaba bajo control. Ni mi cabeza tampoco.
Mac empezó a alternarme con Whitaker y terminé viendo demasiadas jugadas desde el banquillo.
Sesenta por ciento yo, cuarenta él.
El tipo de estadística que ningún quarterback quería ver junto a su nombre.
Aun así, no fue suficiente.
El marcador final fue una sentencia. 22–27.
Otra derrota a la saca.
Cuando regresé al vestuario, me dejé caer en el banco con el casco todavía puesto.
El ruido del estadio seguía retumbando dentro.
Pensé en el equipo. En mi padre. En todo lo que estaba empezando a tambalearse.
En cómo algo que durante años había sido mi lugar seguro, se había convertido de repente en un campo de minas.
La gente tendía a creer que los jugadores profesionales estábamos hechos de acero.
Que el dinero compensaba todo. La mala prensa, las críticas, los comentarios incendiarios en X. Los desastres sentimentales.
Nada nos afectaba porque habíamos dejado que el mundo pensara que éramos superhéroes capaces de separar la vida personal del juego como si fuera un interruptor. Que bastaba con entrar al campo, leer una defensa y ejecutar la jugada perfecta sin importar lo que estuviera pasando fuera.
Sonreí sin ganas. La verdad era bastante menos épica.
A veces bastaba una conversación mal hecha —o una cadena de cagadas con la persona que más te importaba— para romperte la cabeza sin necesidad de un placaje.
Y cuando eso pasaba… ni el mejor playbook del mundo podía salvarte.