CAPÍTULO 65
Valentino
Hay maneras más dignas de arruinarte la vida que contarle a la chica que te gusta que la primera vez que folló fue con un Darth Vader de saldo…
y que ese Darth Vader eras tú. Pero suponía que nunca había sido especialmente brillante fuera del campo.
En el campo sí. Ahí leía defensas, cambiaba jugadas en la línea y hacía que once tíos se movieran como si compartieran el mismo cerebro.
Fuera…, fuera era un puto desastre con tendencia a incendiar todo lo que me importaba.
Cuando bajé al vestíbulo, después de quedarme arriba intentando procesar la conversación con ella —los consejos de los chicos y la sensación bastante evidente de haber metido la pata hasta el fondo—, pensé que todavía estaba a tiempo de arreglarlo antes de que se fuera a la mierda del todo.
Las chicas aún no habían subido, mis amigos tenían que marcharse al aeropuerto o perderían el vuelo y, con un poco de suerte, seguiría allí abajo, lo suficiente para que pudiéramos hablar.
Salí a la calle.
Ella no estaba.
Lo que sí me encontré fueron dos pares de miradas bastante hostiles… y una tercera que parecía sentir un poco de lástima por mí.
¿Adivináis cuál?
Exacto.
No era la de mi hermana.
Avery tenía la mandíbula tensa, de esa forma suya que aparecía cuando estaba decepcionada de verdad, cuando ni siquiera le apetecía discutir porque creía que ya era demasiado tarde para arreglar nada.
Los demás se movían con prisa porque llegaban tarde al aeropuerto.
Mason estaba comentando algo con Landon que no escuché, Sienna sacó el móvil con cara de pocos amigos, Camila parecía debatirse entre reírse de la situación o darme un abrazo que al final no llegó y Thiago…
, bueno, Thiago me observaba como si acabara de presenciar un choque de trenes y se encontrara calculando cuántos cadáveres iba a dejar el desastre.
Jaxon decidió hacerse a un lado para que mi hermana y yo pudiéramos hablar.
Pero hablar fue mucho decir.
Ella se limitó a ajustar la correa del bolso en el hombro, mirarme un segundo con esa mezcla de decepción y cabreo que solo sabían ponerte las personas que te querían de verdad y soltar:
—Ya hablaremos.
Solo eso.
Ni un «eres gilipollas», ni un «te odio por lo que le has hecho a mi amiga, pero sigues siendo mi familia». Nada.
Luego pasó de largo porque, al parecer, los Uber que habían pedido para ir al hotel y de ahí al aeropuerto ya estaban esperando.
«Perfecto, Dalton. Has conseguido cabrear a una de las pocas personas que tienen un vínculo de sangre contigo y perder a la chica en una sola jugada».
Jaxon se quedó un segundo más.
—Se le pasará —murmuró en voz baja—. Está mosqueada… y preocupada. Hablaré con ella, yo me encargo.
Luego añadió, mirándome con algo que sonaba peligrosamente a compasión:
—Suerte con lo otro.
Asentí porque no sabía qué más hacer.
Los vi marcharse y, durante un momento bastante incómodo, tuve la sensación de que el universo acababa de vaciarme la casa de golpe.
Thiago fue el último en subirse al coche.
Se acercó, metió las manos en los bolsillos y me miró con esa calma suya que daba ganas de romper algo contra la pared.
—Dale espacio para procesar, ahora mismo no es el momento.
¿Espacio?
Le daría la puta galaxia si eso ayudara, aunque yo apenas podía respirar.
Sentía como si me estuviera ahogando por dentro. Nunca he sido de los que dejan que las cosas se pudran en silencio. Cuando algo se rompe, lo arreglas. Lo hablas. Lo enfrentas antes de que empiece a carcomerte las entrañas.
Pero mi cara debía decir con exactitud lo que estaba pensando, porque negó despacio.
—Insistir solo va a empeorarlo. Hazme caso. Estaré aquí en unos días y, si no lo habéis solucionado, te ayudaré. Confía.
«Qué fácil es todo desde fuera…». Luego se marchó.
No podía seguir su consejo cuando lo único que escuchaba dentro de mi cabeza era el eco de mis propias cagadas.
Aun así, lo intenté. Me duró el mismo tiempo que tardó el ascensor en llegar a mi planta.
Saqué el móvil y empecé a escribir porque, por suerte, todavía no me había bloqueado.
«Lo siento».
«Tenemos que hablar».
«Por favor».
«Soy un gilipollas, lo sé, pero necesito que lo entiendas».
«Te juro que, si hablamos, me dejo meter la espada láser por donde quieras».
Borré la mitad. Reescribí la otra mitad. Lo envié todo. No respondió a nada.
Ni esa noche ni cuando amaneció.
El lunes no apareció. Cuando pregunté por ella dijeron que estaba enferma, y no fue a las reuniones.
«¿Enferma? Mis cojones».
Lo que no quería era verme.
El martes libramos y yo seguí enviando mensajes como un puto obseso. Ya no eran solo escritos, también audios, luego llamadas, después otra vez mensajes, como si repetir lo mismo de distintas formas fuera a cambiar algo.
No lo hizo. El miércoles volvió, y fue entonces cuando entendí que estaba realmente jodido.
Porque la chica que discutía con medio vestuario sin pestañear, la que no se achantaba ante nadie y te soltaba una estadística en la cara antes de que terminaras la frase, decidió tratarme como si fuera invisible.
Pasó por mi lado sin detenerse, más seria que de costumbre, concentrada en su tablet .
Y, joder…, eso dolía más que cualquier bronca.
Entró en la sala técnica, saludó al staff con la educación justa, se sentó con los analistas… y pasó por mi lado como si yo fuera parte del mobiliario. Una puta silla, algo que estaba ahí ocupando espacio, pero que no merecía ni un segundo de atención.
Los chicos se limitaron a lanzarnos miradas de reojo y, por mucho que preguntaron en petit comité qué demonios había pasado en el ático, yo me limité a encoger los hombros y soltar un seco:
—Sin comentarios. Meteos en vuestros asuntos.
No era mentira.
Si abría la boca, iba a tener que explicar cómo había conseguido arruinar una de las pocas cosas buenas que me habían pasado en meses, y no procedía.
El jueves fue todavía peor.
Intenté pillarla a solas varias veces y me resultó imposible. Siempre estaba con alguien. Analistas, técnicos, reuniones…, lo que fuera. Cuando por fin logré acercarme lo suficiente como para intentarlo, me despachó con un simple:
—No es momento, Dalton. Estoy ocupada.
Sin levantar la vista.
Me sentí una interrupción menor en su agenda.
Tuve ganas de cargármela al hombro, como hice en el hotel, y llevármela de allí, aunque fuera a rastras, pero me contuve.
Me largué con la misma sensación que debía tener una mascota cuando, de repente, la dejaban en la calle y todavía no entendía qué coño había hecho mal, a pesar de que yo sí lo supiera.
Cuando nos dijeron que viajábamos para el partido contra los 49ers, pensé:
«En el avión habrá tiempo».
No lo hubo, y si lo hubo lo evitó.
Se sentó con los analistas de datos y no volvió a moverse de allí en todo el vuelo. Tenía tiempo para revisar métricas, discutir jugadas, comentar estadísticas con el staff .
Para mí, no.
El domingo, mi cabeza estaba hecha puré.
El estadio de San Francisco rugía como si quisieran arrancar el cielo a gritos. Defensa agresiva, ambiente hostil, presión en cada snap .
Aquello no fue un partido.
Fue un intercambio de hostias ofensivas.
Anotábamos nosotros, respondían ellos y vuelta a empezar.
Y, mientras tanto, mi cabeza en la grada, imaginando si me estaba mirando o qué demonios estaría pensando de mí.
«Ridículo, Dalton. Contrólate, joder».
Me obligué a centrarme. De verdad que lo intenté.
Pero cuando llevabas días durmiendo mal, comiendo peor y pensando demasiado en alguien que había decidido que ya no existías…, el cerebro no funcionaba como debería.
En el segundo cuarto lancé un pase demasiado alto a Ty.
En el tercero forcé uno en doble cobertura que no debería haber tirado ni en un entrenamiento.
Cuando salí del campo después de esa jugada, Mac apareció a mi lado y me agarró del casco como si quisiera sacudirme las ideas de la cabeza.
—Dalton.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Lo estoy, y te lo voy a demostrar.
No pude.
El partido terminó 31–34 y sumamos una nueva derrota que nadie quería.
El vestuario se llenó de silencio. Ese silencio denso que significaba una sola cosa: el lunes alguien iba a pagar los platos rotos.
Y así fue.
Harlow entró en la sala de reuniones con cara de querer arrancar cabezas.
—¿Queréis saber lo que vi ayer? —Silencio—. Un equipo con talento jugando como si fueran universitarios resacosos; dabais pena. —Su mirada se clavó en mí—. Especialmente tú, Dalton.
Ella estaba al fondo de la mesa con los ojos puestos en la tablet .
Cuando levantó la mirada y nuestros ojos se cruzaron por primera vez en días…
Me importaba un bledo la bronca que salía por la boca del entrenador o si me ponía como una maldita mierda, al fin y al cabo, era como me sentía.
Lo único que quería era eso, su atención, la de ella.
Mi corazón dio el primer latido decente en días… y se evaporó en el mismo segundo en el que reconocí lo que había en sus pupilas: Vacío.
Ni enfado ni reproche, ni siquiera desprecio. Nada.
Y eso me golpeó más fuerte que cualquier reproche que Harlow pudiera soltar; seguro que yo me había hablado peor.
Tras el chaparrón, intenté acercarme, me quedé en el pasillo y esperé a que saliera para pillarla.
—Necesito que hablemos.
La vi sobresaltarse ante mi voz, pero no se detuvo.
—Ya te dije lo que tenía que decirte, Dalton.
—Tenemos que hablar.
Alargué el brazo. No me hizo falta agarrarla porque se giró. Lo justo para mirarme.
—No. Todo lo que teníamos que decirnos ya nos lo dijimos. Por el bien de ambos, vamos a mantener una relación estrictamente profesional, lo único que importa es llegar a los playoffs .
«¿Lo único que importa? ¡Y una puta mierda!».
—Deberías enfocarte mejor y quitar toda la distracción que empeora tu juego. Ahora mismo, lo que necesitas es centrarte y jugar.
«Lo que necesito es a ti».
Quise contradecirla.
Replicarle que era imposible concentrarme si seguía mirándome como a un extraño.
Pero en ese momento apareció Harlow y me mandó al vestuario para empezar cuanto antes con la estrategia ofensiva.
Perfecto.
A la mierda mi cabeza.
A la mierda todo.
Sin embargo, una cosa tenía clara.
No iba a poder centrarme en nada si no arreglaba aquello.
Así que el martes por la mañana me planté en su hotel.
Me daba igual que salieran más fotos en la prensa o que empezaran a inventar historias otra vez.
A la mierda el orgullo.
A la mierda lo que dijeran.
Total, la verdad era peor que cualquier titular.
Subí a su planta y llamé a la puerta.