CAPÍTULO 64
Valentino
La puerta se cerró de un portazo.
Reconozco que tardé unos segundos de más en salir del cuarto porque no era capaz de respirar.
Era un memo, un necio, un cabrón y un gilipollas elevado al cubo.
¿En qué momento se me ocurrió que soltarle la verdad a bocajarro la iba a aliviar?
Cuando salí al exterior, las puertas del ascensor acababan de cerrarse.
Recorrí la distancia hasta el salón como un maldito zombi.
Todos los ojos estaban puestos en las puertas metálicas.
La música seguía sonando y, durante un segundo, nadie dijo nada.
Hasta que me vieron y Marcus abrió la bocaza desde el sofá.
—Hostia…, Dalton —dijo con una sonrisa torcida—, ¿por fin le has puesto las cosas claras a Parks?
No respondí.
Él siguió, porque Knight nunca sabía cuándo parar.
—¿Qué pasa? ¿Se ha puesto dramática cuando le has dicho que no te la ibas a…?
—Cierra la boca —ordenó Devin desde la isla de la cocina al ver mi cara.
No levantó la voz, ni siquiera lo miró.
Marcus giró la cabeza, contemplando a unos y a otros.
—¿Qué? ¿Es que se le ha muerto la erección a alguien?
EJ negó despacio.
—Tío…, estaba llorando.
Jace se apoyó en la mesa.
—No es el momento, deberías saberlo.
Marcus levantó las manos.
—Solo preguntaba. ¿Desde cuándo os importa a todos tanto?
Lo vi incómodo por primera vez.
Di un paso hacia él.
La conejita que estaba sentada a su lado se encogió.
—No vuelvas a hablar de ella así. Nunca. ¿Me oyes?
Mi voz salió amenazante, demasiado.
Marcus frunció el ceño.
—Pero ¿qué cojones te pasa? ¿No te la ha querido chupar?
Estaba fuera de mí.
Ni siquiera recuerdo avanzar hasta agarrarlo de la camiseta y levantarlo del sofá.
La chica que estaba a su lado gritó.
—¡Te he dicho que cierres la puta bocaza o te lanzo directo a la puta zona de anotación!
Jace y Ty me agarraron por detrás.
—Eh, eh…, tranquilo.
—Dalton, suéltalo, ha bebido —proclamó el capitán.
Lo hice un segundo después.
Respiré hondo, con los ojos de todo el mundo puestos en mi nuca.
Los altavoces seguían tronando. El salón estaba lleno de botellas, vasos y gente mirándonos como si acabara de empezar una pelea de bar.
De pronto, todo me pareció ridículo.
Caminé hasta la consola de domótica y apagué el sonido de un manotazo.
El reguetón murió en seco.
Nadie discutió.
Se notaba en mi cara.
—Largaos a vuestra puta casa.
Mis compañeros y las chicas se evaporaron en cuestión de minutos. Murmullos, puertas, tacones alejándose. Marcus fue el último en salir, y ni siquiera intentó abrir la boca esa vez.
En cuanto la puerta se cerró, fui directo a la isla de la cocina.
Whisky , vaso, trago, ardor en la garganta.
Apoyé las manos en el mármol y me quedé mirando el reflejo de las luces del techo.
«Buen trabajo, hijo de puta».
La promesa de los Cowboys, capaz de leer defensas en tres segundos y completamente incapaz de ver la jugada más obvia de su vida.
—Vale… —la voz de Mason llegó desde el pasillo—, esto no pinta bien. Reunión de emergencia, colegas.
Levanté la cabeza.
Thiago no dijo nada, solo me observó. Ese tipo de mirada suya que parecía abrirte el cráneo y rebañar lo que había dentro.
Landon estaba apoyado junto a Jaxon con una cerveza en la mano.
—¿La has cagado a lo bestia? —soltó Hayes.
—Demasiado.
Jaxon alzó una ceja.
—¿Nivel «he dicho algo estúpido», o nivel «he destruido una relación que ni ha empezado»?
Solté una risa seca.
—Nivel «soy un mierda y podéis ir levantando el muro para emparedarme».
— Wow … —Landon dio un trago—. Pensaba que ese nivel solo lo alcanzaba yo.
—No nos menosprecies, Princeso —saltó Mason, acercándose—. Aquí, quien más y quien menos, tiene un doctorado en cagadas sentimentales.
Me dio una palmada en el hombro.
—Relájate, colega. A las mujeres se les pasa. Además, Parks no es de las que se asustan fácil. Esa chica tiene más carácter que Volkova. Solo hay que pensar bien la estrategia hacia el perdón. Yo lo haría si aparecieras en mi habitación con esa máscara tuya y el sable láser en alto.
—Mase…
Thiago no levantó la voz, solo lo riñó.
Cruz estaba frente a mí, demasiado cerca para esconder nada.
—¿Qué ha pasado entre vosotros?
No respondí, porque en cuanto lo dijera en voz alta iba a sonar todavía peor.
—Habla antes de que suba tu hermana y deba entender por qué debo arriesgarme a quedarme sin follar durante una semana por dar la cara por ti —insistió Jaxon.
Me pasé una mano por la nuca.
—Le conté la verdad.
Jaxon soltó un resoplido.
—Ah, la estrategia suicida, ¿y qué verdad es esa?
Tuve que ponerlos al día.
—¡No me jodas! —Ese era Hayes—. En serio, tío, pensaba que solo yo era capaz de cagadas tan bestias. Empiezas a caerme bien, Dalton…
—Vete a la mierda, Landon. —Él alzó su botellín.
Thiago seguía mirándome.
—Vale —pronunció al final—. Entonces, has hecho exactamente lo que hace un tío cuando cree que ya ha perdido a una chica.
Jaxon frunció el ceño.
—¿Decir la verdad?
—No —respondió Cruz—. Entrar en pánico y soltarlo todo creyendo que esa persona será capaz de entenderte y ponerse en tu piel.
Landon soltó una risa corta.
—Hostia, eso suena dolorosamente familiar.
—Sí —continuó Thiago—. Porque, cuando haces eso, realmente no le estás dando a la otra persona una explicación.
Le estás tirando encima un camión de mierda que contiene todas tus cagadas y esperas que lo procese en diez segundos como si fuera una planta de reciclaje capaz de sacar algo bonito de toda tu basura.
Mason chasqueó la lengua.
—Visto así…, sí que suena feo.
—La he perdido.
Thiago negó.
—No.
—Ah, ¿no? —se interesó Landon.
—No, ahora mismo Naomi no está decidiendo si quiere estar contigo. Está decidiendo si puede volver a confiar en ti, que es peor.
Landon bebió un trago.
—Definitivamente, ha sonado peor.
Thiago remató:
—Porque perder a alguien no pasa cuando se enfada contigo —me miró—, pasa cuando dejas de importarle.
El ático quedó en silencio un segundo.
Jaxon suspiró.
—Amén, bro . Pues, querido cuñado…, por tu bien, más te vale que todavía le importes.
Me quedé mirando el vaso vacío.
—Le importo.
—¿Seguro? —murmuró Landon.
Apreté la mandíbula.
—Lo suficiente como para haberla hecho pedazos y que haya tenido que salir del edificio. Todavía no he perdido este partido y no pienso irme al vestuario sin pelearlo.
—Puf, y nosotros tenemos que largarnos en mitad de este culebrón, si es que no hay justicia divina. O nos vamos ya o perdemos el avión.
—¿Algún día dejarás de decir cosas estúpidas, Fitzy?
—Si no, no sería yo, Jackass.
Mason se puso al lado de su chico y me dio unas palmadas en la mano.
—Estoy contigo, Dalton, lo solucionarás, si no, en una semana tendrás aquí a los refuerzos. —Apuntó hacia Landon y Thiago—. Entre mi chico y el Princeso, algo se os ocurrirá.
Ojalá.
Naomi Parks podía estar furiosa conmigo, pero si pensaba que iba a dejar este partido sin jugar el último cuarto…, no tenía ni idea de lo cabezota que podía ser Valentino Dalton.