CAPÍTULO 60
Valentino
—¡Bájame ahora mismo!
Ni de coña.
Seguí caminando por el pasillo del hotel con Naomi colgada sobre mi hombro como si fuera el trofeo de la Super Bowl y no la analista más peligrosa del equipo.
Sus manos golpeaban mi espalda.
No fuerte.
Más bien indignadas.
—¡Dalton!
—Relájate, Parks.
—¡No tiene ninguna gracia!
Le di otro azote rápido.
—A mí me está pareciendo divertidísimo.
—¡Valentino!
—Además —añadí sin detenerme—, técnicamente has dicho que te pongo cachonda, así que esto es un rescate humanitario. El SOS de tu clítoris se veía desde otra galaxia muy muy lejana.
—¡No tergiverses mis palabras!
—Demasiado tarde.
Ella resopló contra mi espalda.
—Hay cámaras en este hotel.
—Perfecto.
—¡No podemos salir en prime time !
—Que graben mi mejor jugada de la noche.
—Te van a cancelar.
—Lo dudo, los Joneson no lo permitirán. Vivian se ocupará, si es que algo de esto sale a la luz.
Doblé el pasillo hacia los ascensores privados mientras ella seguía retorciéndose sobre mi hombro.
—Bájame.
—No, estás intentando sonar enfadada, pero sigues apretando los muslos.
Silencio, dos segundos, los suficientes para que sonriera.
—Eres un imbécil.
—Tu imbécil favorito.
El ascensor se abrió con un ding suave.
Entré y me recreé en el reflejo de mi cuerpo enfundado en un traje caro y su perfecto culo al lado de mi cara.
Las puertas se cerraron.
La música de la fiesta quedó muy lejos, solo se oía la respiración de Naomi y el latido brutal en mi propio pecho.
Ella dejó de golpearme.
—Bájame.
Esta vez lo dijo más bajo.
—Vale.
La sujeté por la cintura y la dejé en el suelo con cuidado, deslizándola por mi torso, sin perderme las mejillas encendidas.
—Estás loco.
—Probablemente.
—No puedes hacer estas cosas.
—Acabo de hacerlo.
Ella me miró y… ¡Joder!
Ese brillo en sus ojos no era enfado, era algo mucho más peligroso que no la llevaba a apartarse.
—La prensa está abajo.
—Lo sé.
—Grayson y la familia al completo están abajo.
—Lo sé.
—Esta noche era importante.
—También lo sé.
—Entonces, ¿por qué demonios…?
El ascensor empezó a subir.
—Porque necesito estar contigo a solas y parece imposible en mitad de tanta gente.
Le acaricié el rostro, despejado por el recogido que llevaba.
—Sé sincera, dime que no quieres y yo mismo volveré a pulsar el botón de bajada.
Su respiración cambió.
—Valentino…
—Dímelo.
—No es tan simple.
—Para mí, sí. —La miré directamente—. Porque llevo semanas intentando comportarme y te juro que ya no puedo más. Por fin lo he entendido, mi cuerpo y mi mente desean lo mismo, y eso que quieren eres tú. Dime que no me deseas, dime que lo prefieres a él, dime que no soy justo lo que…
No pude terminar la frase porque sus manos subieron a la velocidad de la luz. Usó mi cuello de anclaje y saltó directa a enrollar las piernas en mi cintura para saquear mi boca con la suya.
El sonido gutural de mi garganta no le hizo justicia a la batalla de lenguas que Naomi acababa de desatar.
No era comedida, al contrario, estaba siendo feroz, exigente.
Mis rodillas amenazaron con doblarse ante el asedio, así que no tuve otra que empujarla contra el cristal y afianzarla con mi erección.
¡Dios, la habría atravesado allí mismo!
Le amasé el culo con avaricia y ella jadeó, frotándose sin control, lo que me hizo gruñir a lo bestia y me recordó que volvíamos a estar en vertical.
—¡Mierda! Eres la única mujer que consigue que pierda el control contra una pared.
Conseguí que me mirara y sonriera.
—¿Eso es un halago?
—Para mí, sí.
El ascensor se detuvo. Menos mal que era su planta.
Las puertas se abrieron y no había nadie.
—¿Vas a bajarme?
—Ya te lo dije, en tu cama…
—Esto es una locura —murmuró, ocultando su preciosa cara en mi cuello mientras avanzaba—. Si alguien nos ve…
—Pensarán que soy un puto salido acompañando a una mujer a su habitación. Puedes ocultar tu cara, a mí me tienen demasiado visto como para no reconocerme.
Llegamos a la puerta.
—¿Dónde tienes la tarjeta?
—Adivina…
—No me digas que entre las tetas, ¡por Dios!
—No las tengo tan grandes… El vestido lleva un bolsillo oculto…
—Tú y los bolsillos ocultos…
Recordé su primera vez conmigo, cuando se sacó un condón de la nada.
—¿Cómo dices?
—Nada, que siempre pareces tener solución para todo, aunque no pienso quejarme.
Sacó la tarjeta. La pasé y, por fin, entramos.
La puerta se cerró detrás de nosotros.
Fui directo a su cama y la hice aterrizar sobre el colchón, como prometí.
Rebotó un poco, se saltaron algunas horquillas del peinado y me miró desde abajo, respirando rápido.
La falda del vestido se abrió y ella no cubrió la diminuta prenda de encaje.
Apenas me llegaba sangre al cerebro porque la tenía concentrada en el maldito punto P.E. Exacto, polla en erección.
—Última oportunidad, Parks.
Ella torció el cuello.
—¿Para qué?
—Para pedirme que me vaya o para irte.
—¿Y dejarte solo en mi cuarto? ¿Qué harías?
—Probablemente una paja, no te lo voy a negar. —Vi como se aguantaba la risa—. Si decides que no quieres esto, prometo comportarme como un adulto y dejar de insistirte.
—¿En serio?
Mi mirada bajó un segundo a sus labios, a su entrepierna y luego volvió a sus ojos.
—No, aunque lo intentaré.
Eso la hizo romper a reír. Suave, cálida. Una chispa de algo indecente, la misma que iluminaba su rostro en nuestros privados, se encendió en su expresión.
—¿Y si te pido que te quedes?
—¿Obviando a todo el mundo que tienes ahí abajo por mí?
Ella asintió, mordiéndose el labio.
—Entonces, se acabará la tregua —anuncié, dando un paso al frente.
El silencio volvió a caer entre nosotros, pesado, cargado.
—Muy bien, Anakin. Que así sea…
Mi corazón dio un golpe brutal.
Casi me arranqué la chaqueta, la dejé caer al suelo. No iba a molestarme en buscar una silla porque lo que menos me importaba era que se arrugara.
Me incliné y apoyé las manos a los dos lados, con mi boca muy cerca de la suya, pero sin besarla.
Mi nariz casi rozó la de ella.
—Dime que mañana todo estará bien entre nosotros y que sabremos separar… —murmuró.
—Mañana seguirás siendo la mujer más brillante que ha pisado Dallas y yo el idiota que se vuelve loco por ti, aunque le saques los fallos.
Sus dedos subieron por mi brazo. Lentos, explorando.
—Esto cambiará las reglas —susurró.
—Entonces, tendremos que inventar otras.
Sus ojos brillaron.
—Eres un problema.
Sonreí.
—Pero soy tu problema, y a ti te flipa lo que te reta.
Y esta vez, cuando nuestros labios se encontraron, ninguno de los dos intentó detenerlo.
🏈📱🏈📱🏈
Naomi
Mis manos volaron a los botones de su camisa porque ya no podía más.
Lo había intentado todo para resistirme, pero la ley de la atracción parecía empujarme una y otra vez hacia él y ya no tenía ganas ni fuerzas.
Cuando terminé con el último botón y por fin pude tocar la solidez de su torso, quise fundirme de inmediato con él.
Apenas me cabía oxígeno en el pecho, y eso que acabábamos de empezar.
Los labios me hormigueaban por los besos y él se separó solo un poco para dejar un reguero que serpenteó sobre mi rostro hasta llegar a la vena de mi cuello, la cual lamió demasiado lento.
El gesto me hizo jadear.
—Sabía que este punto te iba a volver loca…
Volvió a hacerlo con desfachatez, y fue como si me estuviera saboreando en otra zona.
—No puede ser… —pronuncié entrecortada.
Sus labios se estiraron sobre la parte sensible. Podía imaginar su sonrisa ahí.
—Tengo la impresión de que podría hacer que te corrieras solo a lametazos aquí.
Repitió la tortura y el sonido estrangulado de mi garganta le dio la razón.
—Aunque eso será otro día, hoy no. Me he quedado con hambre después del tentempié de antes…
Descendió con una mirada perversa en sus ojos azules. Separó mis muslos y paseó de manera deliberada la lengua por encima del encaje. Se me borró el mundo.
Me olvidé de respirar, porque no había dejado de mirarme y estaba ahí abajo…
El maldito Valentino Dalton derritiéndome, haciéndome cortocircuitar…
—Mírame… No dejes de hacerlo —me pidió, dando algunos bocados a mis labios.
No me salió nada, salvo una respiración rebelde mientras él hacía a un lado la prenda y me saboreaba sin quitármela.
—¡Ah!
—Eso es… Me encanta como sabes.
Volvió a hundir su boca para dejármelo claro. Me estaba devorando, pero con una lentitud que me exasperaba.
—Por favor… —supliqué mientras sus manos me abrían.
No respondió. Se limitó a pasar la superficie blanda y húmeda despacio, de arriba abajo, anegando mi sexo.
—Va-Valentino…
—Shhh, deja que te disfrute.
No podía, era demasiado intenso, nada parecido a estimularme con uno de mis juguetes.
Una de sus manos se movió y buscó la hendidura para tantearme con un dedo, sin parar de succionar la pequeña protuberancia.
Mi cuerpo reaccionó abriéndose a él. Lo deseaba tanto en ese punto…
—Eres tan estrecha y húmeda…
—Hace mucho que… Bueno, yo solo…
Se detuvo antes de seguir avanzando.
—Tú solo, ¿qué?
—No soy muy experimentada, igual es eso… No tengo un máster como tú en sexo.
—¿Cuántos?
Abrí y cerré la boca, sin saber muy bien qué responder.
—No voy a juzgarte, Naomi, solo quiero saber a lo que me enfrento…
—Noté cómo su dedo fue avanzando despacio y él sopló sobre el clítoris—.
Dime, cuántos han estado aquí dentro sin contar con tus juguetes…
Solo pollas de carne y hueso… —El vaivén del apéndice, sumado a sus palabras, me estaba volviendo loca—. Dilo o pararé.
—Uno.
Se detuvo. Me di cuenta de que había cerrado los ojos al pronunciarlo, y volví a abrirlos. Cuando lo hice, su mirada me sorprendió.
No lo había visto así nunca, bueno, quizá una vez en la SSU, cuando fue él quien libró la carrera y, en lugar de lanzar, corrió hasta marcar un touchdown.
—Sé que mi experiencia es muy limitada, pero…
—Tu experiencia es perfecta para mí. Eres jodidamente perfecta… y mía. Voy a volarte todas las putas estrellas, Parks.