Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 53
62%

CAPÍTULO 53

Valentino

La noche se había torcido en el momento exacto en que Naomi decidió que el Blue Moon era una pista de guerra y no un bar.

Cuando salimos, iba pegada a mí como si hubiera decidido que yo era la gravedad y ya no tuviera ganas de luchar contra ella. Reía demasiado, hablaba demasiado bajo y, cada vez que lo hacía, su aliento me rozaba el cuello.

—Estoy perfectamente —dijo mientras intentaba meter la tarjeta del hotel al revés por tercera vez.

La cuarta casi acaba estampada contra el suelo.

La sujeté por la cintura antes de que se cayese.

Mala decisión.

Sentí el calor de su tripa encendiendo las palmas de mis manos y el de su cuerpo atravesándome la camiseta. Mi cerebro apagó varias funciones esenciales y encendió otras demasiado proactivas.

—Creo que el Imperio está saboteando la puerta —murmuró, mirándome con los ojos brillantes.

Su trasero se frotaba contra mi entrepierna, demasiado cerca para no perforarle el pantalón.

—Ups… Tu Halcón Milenario está listo para el despegue.

—Creo que has bebido más de la cuenta.

—Puede… —Se encogió de hombros—. Pero me gustas más cuando no intentas controlarlo todo y quieres atravesarme con tu misil nuclear.

Eso me golpeó directo a la entrepierna.

La puerta se abrió al fin y ella entró dando dos pasos inseguros. Iba a apartarme cuando tiró de mi camiseta con fuerza.

Su boca rozó mi cuello. No fue un beso, fue mucho peor.

Un roce húmedo, lento, deliberado de su lengua contra él.

Sentí el pulso estallar.

—Hueles y sabes tan bien… Quédate —susurró.

«Joder».

Mis músculos reaccionaron antes que el cerebro.

Tuve que apretar la mandíbula para no inclinarme hacia delante y realizar un placaje de colchón.

La Naomi Parks achispada era demasiado apetecible como para ignorarla, y estaba seguro de que había triplicado su tasa de chupitos en sangre por culpa de los animales de mi equipo.

—Estás borracha, Parks.

—Y tú demasiado sobrio —murmuró bajito, arrastrando las palabras.

Me miraba como si quisiera desmontarme pieza por pieza.

«No sabes lo que me está costando no arrancarte la puta camiseta».

—No voy a aprovecharme de ti —comenté, echando mano de toda mi fuerza de voluntad.

Su expresión cambió apenas. Frustración, cabreo liviano y finalmente… desafío.

—Quizá no sería aprovecharte…

Sus dedos caminaron por mi torso y se mordió el labio inferior.

—Quizá por fin estés de suerte y quiera montarte… —continuó.

«No sigas por ahí…».

Tendría que haberme largado de manera fulminante, sin embargo, cuando trastabilló hacia atrás, tuve miedo a que se desnudara sin mí, digo…, a que se desnucara sin que yo estuviera…

«¡Maldito cerebro de polla!».

Entré y cerré la puerta.

Naomi se fue canturreando hacia atrás hasta caer en la cama muerta de la risa. Quiso descalzarse, pero fue misión imposible.

Me acerqué, me arrodillé y me dispuse a quitarle las botas.

Ojalá le hubieran olido los pies, porque desde esa posición era imposible no pensar cosas que deberían estar prohibidas por ley federal frente a una mujer ebria.

Sus piernas rozaron mis hombros al moverse y tuve que respirar hondo cuando trató de arrastrarme a ese punto que me moría por lamer.

—Naomi…, deja de provocarme o no podré descalzarte.

—¿Por qué, de golpe, te has vuelto un caballero? Quiero al Valentino de «te follo en un avión».

—No te follé, y ese no ha venido esta noche.

Ella bufó. Por fin pude quitarle las botas, y en cuanto acabé, hice que se sentara.

—¿Duermes así? ¿O te ayudo con el pijama?

«Que diga que quiere dormir así».

«¿Desde cuándo eliges esas opciones de mierda?».

—Por favor… —musitó, alzando las manos.

La ayudé a quitarse el top, mortificado. Su piel estaba caliente. El perfume floral mezclado con alcohol era una combinación peligrosa.

Miré sus tetas, envueltas en un sujetador push up que duplicaba su tamaño. Mi boca salivó con ganas de mamar.

Error número tres: se dio cuenta y tiró de mí otra vez. Casi acabé encima de ella.

—No te vayas…

Su voz bajó medio tono y sentí que algo dentro de mí perdía la batalla.

La palma femenina ascendió por mi brazo, lenta, sin prisa, como si estuviera explorándome.

«Si te quedas diez segundos más, vas a hacer algo de lo que luego vas a arrepentirte toda la vida».

—Necesito quitarte el pantalón.

—Mmm, sí…, hazlo, tengo mucho calor…

Maldije en arameo —lengua que no tenía ni idea de que sabía— cuando deslicé el fino tejido por sus piernas. Siempre me habían flipado. Llevaba un tanga diminuto y la combinación suplicaba que se lo arrancara con los dientes.

—¿Dónde tienes el camisón del otro día?

—En la lavandería… Tendré que dormir desnuda…

«¡¿Por qué me haces esto, Dios?!».

—Vale, no pasa nada, deja que te arrope…

—¿Con tu cuerpo?

—Con la sábana.

«Antes de que te haga un pijama de saliva y me sienta el peor depravado del universo».

Lo hice y protestó. Lo de taparla, me refiero.

Sus ojos medio cerrados me miraban como si supiera con exactitud lo que estaba provocando en mí.

—Duerme, Naomi.

—No quiero dormir, quiero que me f…

Le tapé la boca con la mano y ella me dio unos mordiscos.

—Pues yo sí quiero que duermas, es más, lo necesito…

Se rio bajo y luego suspiró, hundiéndose un poco más en la almohada.

—Si no vas a darme placer, como mínimo, abrázame hasta que me duerma…

La frase me atravesó de lleno. Me quedé quieto. Su brazo se estiró hacia mí otra vez, buscando.

«Joder».

Claudiqué.

Me tumbé a su lado, rígido como un idiota, intentando no tocarla más de lo necesario. Su cabeza terminó apoyada en mi pecho, intuyendo que era su posición natural y estaba en el lugar correcto, sobre mi corazón.

Su respiración me golpeaba la piel.

Olía bien, demasiado bien, a flores y fruta, me volvía loco.

Notaba el calor de su cuerpo pegado al mío y cada músculo reaccionaba.

«No te muevas, no hagas nada, solo recuerda que debes respirar para seguir vivo».

Ella murmuró algo ininteligible y su mano se cerró sobre mi camiseta.

—No desaparezcas… —farfulló mientras cruzaba su pierna sobre las mías.

Eso fue peor que cualquier insinuación porque no sonaba a deseo, sonaba a confianza.

Esperé hasta que su respiración se volvió profunda, regular y el veinticinco por ciento de mi volumen sanguíneo regresó al lugar correcto, lo que me permitió mover las piernas.

Me separé despacio, como si romper el contacto fuera arrancarme la piel.

Al incorporarme, mi entrepierna protestó.

Tenía los músculos como si hubiera jugado cuatro cuartos completos sin descanso.

—Maldita seas, Parks… —mascullé.

La arropé mejor y salí del cuarto antes de que el lado oscuro me hiciera cometer una estupidez.

Dormí tres horas.

El teléfono empezó a sonar cuando por fin conseguía dejar de ver su cara cada vez que cerraba los ojos.

—¿Diga?

Lo único que recuerdo fue la voz precipitada de mi agente y la frase: «Europa. Desfile. Veinte minutos coche pasa a buscarte».

—¡¿Me estás escuchando, Valentino?! —rugió su voz al otro lado de la línea.

—Alto y claro.

—Pues hazte un café y la maleta. Lo imprescindible.

Por lo que pudo resumirme cuando nos vimos en la terminal de salidas, la otra cara visible de la marca de ropa interior que me patrocinaba había acabado en quirófano, operación de apendicitis urgente, y me necesitaban al otro lado del charco.

Vuelo a Europa y desfile de ropa interior exprés pasado mañana.

Me quedé mirando el móvil unos segundos.

«Perfecto. Distancia. Eso es lo que necesitas para no tirar la puerta abajo de su hotel y ponerte a follar. Pues deseo concedido, a ver si aprendemos a manifestar mejor las cosas».

Acepté. Tampoco era que me quedara otra.

En el avión pensé en ella más de lo que debería. No en cómo se había movido contra mí ni en su boca cerca de mi cuello.

En como se había quedado dormida, confiando en que yo no cruzaría la línea.

Le mandé un mensaje antes de embarcar, no podía desaparecer sin darle una explicación.

MARTES, recién aterrizado — Resaca emocional

Estaba esperando desembarcar cuando leí su primer mensaje de vuelta, el cual me hizo sonreír.

Pensé bien antes de responder, podía imaginarla torturada.

🏈📱🏈📱🏈

Los días siguientes fueron infinidad de mensajes. Demasiados.

Bromas sobre el jet lag , fotos borrosas del backstage , sarcasmo constante. Ella riéndose de mí desfilando y yo fingiendo que no me importaba.

Cada conversación era más fácil, más cómoda.

Y cada noche acababa mirando el móvil, esperando a que escribiera primero.

MIÉRCOLES — Backstage Europa

—¡Dalton! Sales ahora, deja ya de mensajearte con tu novia.

«Ojalá».

JUEVES — Aeropuerto, antes del embarque.

Cuando aterricé el viernes por la mañana, llevaba sueño acumulado, café mediocre y la sensación de que la semana se había pasado demasiado rápido.

El móvil vibró antes de salir del avión sin respetar mi jet lag .

Sonreí y lo entendí.

No era un desfile en Europa o un partido importante lo que me ponía nervioso… Era volver a verla, aunque no estuviéramos solos.