CAPÍTULO 49
Valentino
El miércoles regresé al entrenamiento con el cuerpo cansado y la cabeza demasiado despierta.
Hacía tiempo que no me levantaba con esa sensación de… calma.
La noche del lunes seguía reproduciéndose en mi cabeza a fragmentos.
La cena se nos fue de las manos. La comida terminó siendo una excusa mientras hablábamos de jedis , de finales injustos y de si la trilogía original tenía mejor ritmo que las precuelas.
Ella gesticulaba cuando se emocionaba, movía las manos como si estuviera dirigiendo una nave espacial invisible y yo me quedé observando cómo el cuello de la camiseta se desplazaba por su hombro embobado, más de lo que debería.
Hubo un momento en que miré el reloj.
19:58.
—Voy al baño un segundo —comenté, intentando que sonara casual.
Cerré la puerta.
Esperé.
La vibración llegó casi al instante.
@Rey_Parks03: Me ha surgido algo importante…, ya te contaré. Perdona por dejarte tirado, no te lo tomes a mal.
Solté el aire despacio y le respondí sin pensarlo, casi de inmediato.
@Val_Daver: A mí también me ha surgido algo. No sufras. Ya nos pondremos al día.
Cuando salí, ella estaba mirando el móvil con esa expresión leve, concentrada, y la comisura de su boca parecía contener algo que no terminaba de salir.
—¿Todo bien? —me interesé.
Levantó la vista.
—Sí…, mejor que nunca.
Sentí un pequeño golpe en el pecho.
—¿Maratón de pelis?
Asintió y se fue directa a la cama, se sentó con las piernas cruzadas y luego me miró como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Qué? ¿Vienes?
Tragué saliva.
—¿En serio piensas que me opondría a estar en la misma cama que tú? Yo no soy de esos tíos que se ofrecen a dormir en el suelo o en un sillón teniendo un espacio cómodo y con buena compañía que compartir…
Sus ojos se afilaron.
—Solo vamos a ver pelis.
—Me basta con eso…, por ahora —puntualicé.
Saqué entonces la bolsa pequeña.
Arma secreta 2: Las chucherías.
Las mismas que llevé aquella noche y que no pude darle.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—¡Oh, Dios! Son mis favoritas. ¿Cómo sabes eso?
Me encogí ligeramente de hombros, no iba a confesar…
—Uno nunca revela sus fuentes.
Se inclinó hacia mí.
—Fijo que se lo sacaste a Avery.
—Nunca lo sabrás.
Nos acomodamos.
No pasó nada y pasó todo.
Su rodilla rozó la mía.
Su hombro se apoyó contra mi brazo cuando se rio.
El olor de su pelo me distrajo más que cualquier escena de batallas espaciales.
No hubo intención sexual, sino algo más peligroso: Intimidad cómplice.
Entre la segunda y la tercera película su respiración cambió. Se fue quedando quieta poco a poco, la cabeza inclinándose hacia mi lado sin darse cuenta.
Cuando me fijé… estaba dormida, la observé más de media hora, tenía toda mi atención.
Su ceño estaba relajado, la boca apenas entreabierta, el móvil olvidado sobre la mesilla. Era tan fácil quedarse, tan condenadamente fácil, y me habría gustado tanto sentirla enroscándose contra mi cuerpo.
Podría haberlo hecho, fingir que me había quedado KO, haber cruzado la línea. No lo hice, no quería precipitar nada y disfrutar del proceso, aunque me muriera por quedarme.
Me levanté con cuidado, la cubrí mejor y salí sin hacer ruido.
Al día siguiente la invité a desayunar.
Pensé que diría que no. Dijo que sí y el día fue sencillo.
Demasiado sencillo para alguien acostumbrado a la tensión constante.
Caminamos sin rumbo por el centro; discutimos en una librería sobre finales que arruinaban sagas perfectas; ella me arrastró a una tienda de tecnología donde me explicó algo sobre interfaces predictivas mientras yo fingía no entender y me limitaba a mirarla.
Almorzamos sin mirar el reloj, hablamos de tonterías y de cosas que no lo eran.
Cuando la dejé en el hotel, hubo un segundo suspendido entre los dos. Lo vi, lo sentí, estuve a nada de inclinarme.
Y tampoco lo hice.
«Haz bien las cosas por una maldita vez, Dalton».
—Ha sido un día fantástico —murmuró ella.
La miré.
—Uno de los mejores que he tenido en meses.
No exageraba, y regresé a casa con ganas de volver a verla al día siguiente, de cruzármela en las instalaciones y que me viera entrenar.
Ahora caminaba hacia el desayuno del equipo con esa sensación todavía en el pecho cuando escuché mi nombre.
—Dalton.
Harlow y Mac juntos, caras serias.
—¿Sí?
—¿Tienes un minuto?
—Claro, señor.
—Bien, acompáñanos, tenemos que comunicarte algo y preferimos hacerlo en el despacho.
La calma se evaporó porque sus expresiones no eran de felicidad y temía que haber perdido contra los Bengals me hubiese restado la credibilidad suficiente como para sentarme de nuevo en el banquillo.
Harlow cerró la puerta con calma. Mac se quedó de pie, apoyado en la estantería, brazos cruzados. Mala señal.
No me invitaron a sentarme, supuse que fue porque era algo rápido, no esperaba el golpe.
—La liga ha revisado la jugada —empezó Harlow—. Te sancionan con un partido.
Tardé medio segundo en procesarlo.
—¿Perdone?
—Conducta antideportiva posterior al silbato. Contacto innecesario con un rival en situación muerta —precisó Mac—. Lo catalogan como un sportsmanlike conduct escalado.
Solté una exhalación seca.
—Fue un puto empujón —siseé.
—Fue un empujón después del silbato, con intercambio verbal previo y gesto desafiante posterior —replicó Harlow sin subir el tono—. En el contexto actual, la liga está siendo más estricta con cualquier acción que pueda interpretarse como escalada de violencia.
Me pasé la mano por el pelo.
—Él me agarró primero. —Y no pensaba repetir lo que ese cabrón me dijo para incitarme.
—Lo sabemos —asumió Mac—. Pero tú eres el quarterback . La reacción final es lo que se viraliza y la NFL quiere marcar precedentes esta temporada.
Ahí estaba la clave: Imagen, siempre imagen.
—Whitaker será titular la próxima semana —continuó Harlow—. La suspensión entra en vigor de inmediato, aunque seguirás entrenando.
Noté cómo algo me subía por el pecho.
—Perfecto, derrota en Cincinnati y Dalton al banquillo. El titular se escribe solo.
—No dramatices —cortó Mac con calma profesional—. Se venderá como un calentón competitivo, pero tienes que pedir disculpas públicas y mantener la cabeza fría. Vivian preparará el comunicado y una breve comparecencia ante los medios.
Me reí sin humor.
—¿Disculparme? No pienso hacerlo, fue un maldito cabrón, ya es bastante con la jodida sanción. Se merecía que le saltara todos los dientes.
—Lo harás —dijo Harlow, clavándome la mirada—. Porque, aunque no lo veas así, la liga sí, y nosotros no vamos a apelar ni a entrar en debates de patio de colegio.
Eso me hizo girar la cabeza con brusquedad.
—¿No vais a apelar?
—No compensa —respondió Mac—. Si apelamos, se alarga la presión mediática y los titulares, ya sabes que hay órdenes de arriba de evitarlos a toda costa.
Solo es un partido, discurso medido y pasamos página.
Tu reputación es buena, tus patrocinadores no se resentirán y el equipo no se convierte en el centro de un debate sobre violencia en el campo.
Apreté la mandíbula.
—Fue un maldito empujón —mastiqué cada palabra.
—Fue un empujón en prime time —matizó Harlow—, y eso se paga.
Silencio.
—Hijo, hay que saber qué batallas perder y cuáles ganar.
Algo en mí se tensó.
—No me hable como mi padre —respondí frío—. Ya tengo suficiente con un general.
—Dalton…
—Lo pillo, gracias por la charla, me voy a desayunar.
Me di la vuelta antes de que añadieran nada más y salí.
El pasillo parecía más estrecho de lo habitual, avancé a grandes zancadas, mosqueado por lo ocurrido. Giré la esquina sin mirar.
—¡Auch!
El golpe fue leve, pero suficiente para que un iPad cayera al suelo.
—Lo siento —dije de inmediato, agachándome—, no te he visto.
Naomi.
Supe que era ella por el aroma que desprendía y la funda de Star Wars .
Recogí el dispositivo y se lo tendí. Nuestros dedos se rozaron un segundo más de lo necesario.
Ella me miró como si fuera un escáner, detectando los fallos en el sistema incluso antes de que hablara.
—¿Qué te pasa?
Dudé.
—Me han suspendido.
—¡¿Cómo?!
La explicación salió seca, directa. Empujón, revisión, decisión de la liga.
Sus cejas se juntaron.
—¿Pueden hacer eso por algo así?
—Pueden hacer lo que quieran. —Bufé—. Dicen que es lo mejor para la imagen del equipo.
Se quedó pensando un segundo.
—Si quieres…, podría hablar con Grayson. Quizá él pueda hablar con su padre y… —la interrumpí seco.
—No. —Sonó más brusco de lo que pretendía—. Prefiero que no lo hagas, me apetece entre nada y menos deberle favores a ese tío, y tú harías bien en apartarte. Ya te lo dije, su fama le precede.
Ella alzó la barbilla.
—Quizá haya cambiado, conmigo es diferente.
Solté una risa corta.
—Quizá los cerdos vuelen.
La tensión se instaló entre nosotros, fina y cortante.
—No todo el mundo es inmutable, Valentino.
—No todo el mundo cambia por las razones correctas.
Nos quedamos mirándonos demasiado tiempo.
Y, entonces, una voz suave irrumpió desde el otro extremo del pasillo.
—Hola…, qué casualidad.
Vivian avanzó hacia nosotros con su carpeta bajo el brazo y esa serenidad profesional que siempre parecía llegar cuando todo se complicaba.
—Os estaba buscando. ¿Tenéis un minuto?
Naomi me miró.
Yo miré a Vivian.
—¿A los dos?
—Eso he dicho, me han llegado unas imágenes y quiero saber, antes de que caiga el chaparrón, qué está pasando entre vosotros dos.
Volvimos a mirarnos y Naomi se adelantó.
—Somos amigos.
—Sí, ya, por las imágenes, eso es evidente, pero ¿de los que se acuestan o de los que dan paseos por la ciudad?
Dio la vuelta a su tablet , las imágenes me captaron entrando en el hotel el lunes y saliendo de madrugada…
El martes se nos veía paseando por la ciudad, riendo, charlando, y la última tomando a Naomi de la nuca.
Por la forma en que nos mirábamos, estaba claro que mi intención era acabar con su boca debajo de la mía y la lengua en su garganta.
Aunque me limité a besarla en la mejilla.
—¿Y bien?
—De los que cenan, ven pelis juntos y pasan un rato caminando por la ciudad. Parks es de las mejores amigas de mi hermana y, por si no lo sabe, estudiamos en la misma universidad —corté cabreado al ver la expresión insegura de Naomi.
—Ya, bueno, digamos que este año tenemos que mirar muy bien lo que la prensa dice de nosotros, así que…
os agradecería que no deis motivos para que os persigan y saquen titulares si no los hay.
Podéis marcharos. Dalton, cuando termines el entrenamiento de hoy, pasa por mi despacho, tenemos que concretar tu discurso y el comunicado.
—¿Por salir con una amiga?
—No, por lo de la suspensión del partido. Que tengáis un buen día.
Vivian se marchó, dejando detrás ese silencio que no era silencio, sino antesala de titulares.
Naomi no me miró enseguida. Se ajustó el iPad contra el pecho y deslizó el pulgar por el borde como si estuviera alineando algo invisible.
—No quería meterte en problemas.
Negué despacio, clavando la vista en una mancha inexistente del suelo. La mandíbula me crujió al aflojarla.
—No me has metido en nada. Las fotos estaban ahí igual.
Levantó la mirada, cargada de vulnerabilidad.
—Ahora todo el mundo va a hablar.
Una comisura se me curvó sin humor.
—Siempre hablan.
Se apartó un mechón detrás de la oreja, gesto pequeño, defensivo. Cuando hacía eso, en realidad estaba calculando escenarios.
—No quiero que te perjudiquen por mi culpa.
Di un paso más cerca sin pensar demasiado.
—Ni yo quiero que te conviertan en carnaza por estar conmigo.
Sus pestañas temblaron apenas. «No me mires así…».
—Tú y yo no… Me refiero a que…
Tragué con rudeza, no quería que terminara esa frase.
—Eso da igual si el resto del mundo lo cree.
En el pasillo estábamos demasiado expuestos.
Bajé la voz.
—Solo tenemos que ser más cuidadosos, yo quiero seguir conociéndote.
Lo dije firme, como si fuera una jugada en tercera y corto. Como si controlar el perímetro fuera tan fácil.
Sus hombros cedieron un centímetro. Exhaló.
—Yo también. —Su respuesta me llenó de alivio—. Gracias por dar la cara por mí.
—He dicho la verdad. Es lo que somos, ¿no? Amigos con derecho a paseos y pelis.
«Eso era lo que Naomi acababa de sugerir hacía unos segundos».
Ella sostuvo mi mirada y sonrió lo justo.
—Sí.
Algo se tensó detrás de mis costillas. «Amigos».
—Pues nadie tiene que meterse con eso.
Lo dije con convicción, casi territorial. Y, aun así, por dentro algo murmuró: «Eso no es lo que quieres y lo sabes».
Sus dedos apretaron demasiado el borde del iPad. Se estaba conteniendo, no obstante, no añadió nada más.
—Nos vemos, tengo que ir a hablar con... Entregar unos informes.
—Y yo a desayunar con los chicos.
Parecía que ninguno de los dos supiera cómo acabar la conversación e irse.
—Buen provecho.
Se dio la vuelta antes de que pudiera leerle la cara y se fue.
Había protegido su nombre y el mío, lo que sí me estaba costando proteger… era la versión reducida de nosotros que acababa de aceptar.
«Amigos. ¡Joder!».
Ese no podía ser nuestro final.