Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

Naomi

Abrí la puerta sin pensar.

—¿Siempre abres sin preguntar? —dijo él, apoyado en el marco—. Menos mal que no soy un fan de las motosierras.

Parpadeé.

Valentino Dalton.

Con una bolsa de papel enorme en una mano y otra más pequeña colgando del dedo, como si fuera lo más normal del mundo presentarse así, ¿cómo sabía el número de mi habitación?

Seguro que se había camelado a la de recepción.

—¿Y tú? —Crucé los brazos—. ¿Dejarme en visto y aparecer sin avisar está dentro de tu manual de buenas prácticas? ¿O de acosador?

Su sonrisa fue rápida. Ligera.

—Querías hablar. Acabo de salir de The Star.

Entrecerré los ojos con sospecha.

—Yo estaba esperando al de Uber Eats.

Su mirada bajó a la bolsa.

—Pues hoy comes mejor.

Lo olí entonces.

Comida recién hecha.

—No me creo que salgas ahora del centro de entrenamiento y también hayas llamado al de Uber Eats.

Él soltó una risa baja.

—Bueno…, puede que me haya dado una vuelta antes de regresar a por ti.

Se inclinó un poco, esperando, y habló muy cerca de mi oreja.

—¿Qué? ¿Me dejas pasar o llamo al de la motosierra?

El vello de mi nuca se erizó ante su proximidad, aunque duró poco, se separó casi de inmediato y me recorrió de arriba abajo.

No de forma agresiva. Más bien… recreándose.

Seguí su mirada y noté el calor subir por mis mejillas.

Camiseta enorme de Darth Vader con sable rojo, calcetines frikis con X-Wing estampados.

«Genial, Naomi», me felicité.

—No te esperaba —murmuré, excusándome.

—Esos suelen ser los mejores planes, los que no esperas —dijo él suavemente—. ¿Puedo?

Me mordí el labio. Dudé tres segundos, porque sabía que, si lo dejaba pasar, o acabábamos en pelea o yo dejando tirado a Val.

Me aparté. Entró. Y sentí como la tensión que llevaba pegada al pecho desde que golpeó la puerta se aflojaba un poco. Él también parecía haber estado conteniendo algo.

—Muy bonito… —murmuró, mirando las vistas al campo iluminado.

Dejó las bolsas sobre la mesa.

Yo cerré la puerta, intentando recomponerme y no repasarlo con tanto descaro.

Iba vestido… peligrosamente bien.

Joggers oscuros que se ajustaban sin esfuerzo, zapatillas blancas impecables —seguro que demasiado caras para cualquiera que no fuera un jugador con contrato millonario— y una camiseta gris que le marcaba los hombros y los brazos de manera indecente. Casual, deportivo, ridículamente atractivo.

—Si me das un momento, me cambio… —dije un pelín abochornada.

Se giró.

—¿Por qué?

—Voy en pijama…, y tú…

Su sonrisa creció.

—Estás perfecta, por mí no lo hagas.

Mi cara ardió.

—Valentino…, solo llevo una camiseta ancha.

—Si quieres, yo también puedo quedarme en camiseta y hacemos tablas —añadió con voz socarrona—. ¿Eso te haría sentir más cómoda?

—No —solté rápido—. Cero.

—Pues, entonces, estamos bien los dos.

Antes de que pudiera responder, empezó a sacar cosas de la bolsa.

El olor llenó la habitación.

—Te he traído un surtido de lo que más me gusta como ofrenda. —Mi estómago rugió—. Nada lleva lactosa, me aseguré.

El detalle me descolocó más que cualquier broma.

—Te lo agradezco…, pero… ¿a qué viene todo esto?

Él exhaló despacio, como si hubiera ensayado esa parte.

—El domingo no fui justo —afirmó sin rodeos, dándose la vuelta—. Y creo que tienes razón. Necesitamos hablar…, empezar de cero, así que…

Mi cerebro buscó sarcasmo, provocación, alguna trampa mortal que me hiciera saltar por los aires.

No encontró nada.

—¿Te apuntas? —preguntó, ladeando el rostro—. Hola, me llamo Valentino Dalton.

No respondí.

Puso su mano como si fuera a contarme un secreto.

—Deberías contestar, sé que te sabes la respuesta.

Me pareció un pelín absurdo, pero yo no era especialista en mejorar relaciones, así que…

—Naomi, Naomi Park.

—Encantado, Naomi, bonita camiseta…

Y, entonces, sacó algo más, una caja rectangular que captó toda mi atención: era el diamante que toda friki esperaba recibir como regalo de bodas.

Mis ojos se abrieron al reconocer lo que era.

—No puede ser…

La cogí casi temblando, temiendo que se me pudiera caer al suelo.

—¿De dónde has sacado esto? ¡Es imposible conseguirlo!

—Tan imposible no será cuando yo lo tengo —masculló calmado.

La miré por todos los ángulos.

—Puedes respirar, que se te olvida.

—Esto es… —Tragué saliva—. ¿Es la trilogía original…, las ediciones LaserDisc japonesas de 1993?

Él sonrió, orgulloso ante el reconocimiento.

—Las mismas. Transferencia previa a la edición especial del 97, sin CGI añadido, sin cambios en el Han shot first . —Lo miré boquiabierta—. Incluyen el máster THX original…

—¿Cómo narices sabes eso?

Se encogió de hombros.

—Porque el audio es diferente en la batalla de Yavin y porque la caja interior lleva el logotipo plateado de Pioneer. Las reediciones no lo tienen.

Parpadeé.

—No me refería a eso, sino… ¿quién eres y qué has hecho con el capullo de Dalton?

Sus ojos cambiaron, mutaron a una expresión mucho más amable y divertida.

—Bueno…, quizá nunca me has conocido, solo proyectaste en mí lo que querías creer, no lo que soy en realidad.

Eso me hizo sentir fatal.

No podía ser… Valentino no tenía pinta de friki de las galaxias… Él era…

Y entonces recordé a mi amiga Lorna asegurándome que Henry Cavill era un nerd con físico de dios griego o de superhéroe.

Volví a mirarlo con interés renovado y me di cuenta de algo incómodo: nunca me había molestado en averiguarlo.

Se acercó un paso.

—Ya va siendo hora de que lo hagas, ¿no te parece?

Me quedé sin palabras, no tenía ni una respuesta inteligente preparada, por lo que me limité a asentir. Él apartó la silla y me acomodé.

Bajó hasta alcanzar mi oreja y susurrar…

—Buena respuesta, y ahora vamos a llenar la tripa antes de que se enfríen estas delicias… y te apetezca comerme a mí.

🏈📱🏈📱🏈

Valentino

Cuando ella abrió la puerta, pensé seriamente que iba a cerrármela en las narices.

No porque estuviera enfadada, sino porque iba en pijama y parecía haber olvidado que el mundo existía fuera de su cuarto.

Casi me hizo sonreír antes de tiempo, había estado nervioso todo el camino.

Llamar a su puerta sin saber si me mandaría a la mierda era más difícil que cualquier blitz defensivo, pero me dejó pasar. Y algo se aflojó en mi pecho.

Mientras hablábamos fingí naturalidad, cuando en realidad se me estaba poniendo muy dura por su atuendo.

«No es el momento, colega», aleccioné a mi polla, dejando la comida sobre la mesa.

Mi cabeza iba a mil.

Salí del entrenamiento directo a buscar todo aquello que pudiera gustarle. Me había recorrido medio Dallas pensando que podría ser una especie de tregua comestible. Y luego estaban las chucherías, la misma bolsa que llevé aquella noche del hotel y que serían el postre.

Cuando empezó a mirar mi as, supe que había acertado.

Nunca la había visto así.

Ojos enormes, fascinación absoluta y yo entusiasmándome como un idiota porque quería seguir provocando esa expresión.

—¿Quién eres y qué has hecho con el capullo de Dalton?

Me reí bajo, incapaz de evitarlo.

«Si tú supieras, mi reina».

Aquello le escoció un poco, lo vi en el leve fruncir de su ceño, pero también lo encajó, porque en el fondo era verdad, nunca se había molestado en conocerme más allá del personaje y esta noche estaba decidido a dejar que lo hiciera.

Le había contestado como Daver y, acto seguido, me había plantado en su hotel. Necesitaba verlo con mis propios ojos, saber a quién elegía cuando tenía que decidir, ganar, aunque fuera una sola vez, frente a él, y cuando abrió la puerta y cedió, sentí algo parecido a una victoria infantil.

«Bien…, chúpate esa, lord Oscuro».

Le enseñé el contenido de las bolsas.

—Esto es brisket ahumado —expliqué, levantando un recipiente—, Texas de verdad, y esto… tacos de birria. Si vives en Dallas y no pruebas esto, te quitan el pasaporte.

Ella sonrió, apenas una curva tímida que le suavizó la boca y que me pareció peligrosamente bonita.

—¿Lo haces siempre? —preguntó—. ¿Aparecer con sobornos culinarios?

—Solo cuando la he cagado a lo grande —respondí con media sonrisa—. Y por si te lo preguntas, no, nunca con otras mujeres. Esas suelen usarme para follar, les importa bastante poco las gilipolleces que suelte.

Su mirada se puso más seria.

—¿Me estás diciendo que te sientes como un objeto?

Me encogí de hombros.

—A veces…, eso sí, edición coleccionista y con función vibrador. —Le guiñé un ojo. Por dentro no tenía tanta gracia—. Pocas se preocupan por conocerme.

Vi como su expresión se contraía ligeramente.

—No es un reproche ni va por ti —añadí enseguida—, solo… una realidad. Tampoco es que me esforzara o me importara mucho que lo hicieran.

«Hasta que apareciste tú».

Ella bajó la mirada un segundo.

—Lamento si en nuestro primer encuentro te prejuzgué.

Negué despacio.

—Estabas en tu derecho. Mi reputación me precedía y no hice mucho por mejorarla.

El problema es que, cuando alguien te cuelga una etiqueta, cuesta quitársela si no hay interacción.

—Vi el gesto culpable en su cara y suavicé el tono—.

De verdad, no es un reproche. Yo tampoco soy de los que se abren a la primera y uso el humor cabrón como armadura.

Sus labios se entreabrieron.

—A mí no se me da muy bien interactuar con los demás.

—Lo sé.

Miré alrededor antes de quedarme atrapado en sus ojos otra vez.

La camiseta le resbalaba por un hombro, sus mejillas seguían sonrojadas y pensé que había tomado la decisión correcta al venir. No quería que eligiera al tío del casco, quería que eligiera al Valentino real.

Me acerqué un poco.

—Esto —dije, señalando las películas— no es un soborno audiovisual.

—Ah, ¿no?

Negué.

—Es un tratado de paz. Guárdame el secreto: me flipa Star Wars .

La expresión que puso se me quedó clavada.

—No te creo.

Sonreí.

—Desde pequeño. Tengo una colección bastante bestia, de hecho, es en lo que más he invertido desde que fiché por los Cowboys. Un día puedes venir a mi ático y te la enseño.

—Pero ¿por qué nunca me has dicho que…?

Solté aire.

—Porque soy gilipollas y, bueno, se supone que los tíos que aspiran a la NFL están en otras cosas. Solo quise parecerme a ellos…, aunque en el fondo siempre he sido más de Anakin que de quarterback alfa.

Ella rio bajo.

—¿Anakin?

Y algo en mi pecho se aflojó, porque aquella risa no era nerviosa, era cómplice.

Asentí.

—Entonces… —preguntó despacio—, ¿de verdad quieres empezar de cero?

La miré sin bromas.

—Sí.

—Vale, pues empieza por contarme por qué es tu favorito y no Skywalker, el héroe que todos eligen —dijo, llevándose algo a la boca.

Me tomé un segundo antes de responder.

—Porque es el chico brillante con un talento descomunal que solo quiere demostrar que es suficiente, le aterra perder a quienes ama, se equivoca por orgullo, se siente incomprendido y, en el fondo, solo quiere que alguien vea al niño antes que al monstruo.

Su boca se abrió, olvidándose de masticar.

— Wow … —susurró—. Creo que es el mejor análisis que he escuchado en mucho tiempo.

Sonreí.

—¿Y tú? ¿Cuál es el tuyo?

Dejó el tenedor sobre la mesa con cuidado.

—Rey, porque nadie la estaba esperando.

Alcé una ceja.

—¿Eso es bueno?

—Es perfecto —replicó—. No tiene linaje importante ni apellido que pese, no tiene maestro al principio, no es la elegida por tradición…, se elige a sí misma.

Asentí despacio.

—Te pega.

—¿Sí?

—Totalmente.

Sus ojos brillaron un poco más.

—También me gusta porque no necesita que la validen. Aprende sola, se cae, se levanta, se equivoca y, aun así, no se convierte en alguien oscuro para encajar.

Ahí estaba el golpe suave.

—No espera que la rescaten —continuó—, ella rescata a los demás…, incluso cuando todavía no sabe quién es.

Algo me apretó el estómago. Había demasiados paralelismos entre los personajes… y nosotros.

—Y cuando descubre de dónde viene —añadió con una sonrisa pequeña— podría esconderse, pero decide que su identidad no la define, lo que la define son sus decisiones.

«Como tú», pensé.

Se inclinó un poco hacia mí.

—Me gusta poder elegir...

La observé en silencio unos segundos y añadí:

—Rey no necesitó permiso para ocupar su sitio…, igual que tú en los Cowboys.

—Veo que lo pillas.

Respiré hondo.

—¿Puedo pedirte algo, Rey?

Contuvo el aire.

—Prueba.

La miré fijamente.

—No dejes que me convierta en Vader.

Se humedeció los labios, lenta, casi inconsciente, y sostuvo mi mirada.

—Eso dependerá de ti.