Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Valentino

El lunes empezó demasiado tarde.

Perfecto.

El cuerpo me pesaba, pero no por falta de sueño. Era otra cosa. Una presión constante bajo la piel, como si estuviera esperando un golpe que no terminaba de llegar.

Ducha rápida. Algo de comida que ni recuerdo haber masticado.

Llegué al facility sobre las 10:47. El aparcamiento estaba como siempre: empleados entrando y saliendo, staff con carpetas, algún cámara de Cowboys Media y prensa rondando como buitres. Pasé de ellos. El lunes después de perder fuera olía a tensión contenida, y los cabrones lo sabían.

En el vestuario nadie levantaba la voz.

Hielo, linimento, algún «mierda» murmurado entre dientes.

Whitaker revisaba el móvil. EJ seguía con el fisio. Devin discutía con el preparador por una molestia en el tobillo.

Abrí la taquilla.

La cerré. La volví a abrir porque mi cabeza no se callaba.

No era el empujón, tampoco la penalización.

Era el baño, su boca, mis dedos dentro de ella, perdiéndome en sus jadeos. Y el segundo exacto en el que dudó frente a mi petición.

«Dime que solo yo te pongo así…».

Ahí la cagué.

Porque no quería una respuesta, ansiaba una victoria. Necesitaba que me eligiera a mí… sobre mí mismo, sobre Daver, sobre el puto idiota que se escondía detrás de un casco para gustarle de verdad.

Era enfermizo y, aun así, lo necesitaba, porque en ese momento me sentí como el mayor perdedor de la historia, peor que en mi primera derrota de la NFL.

Volví a cerrar y me encontré la cara de Ty al otro lado.

—¿Comprobando las bisagras o preparando algún número de desaparición por si Joneson decide descuartizarte?

—No estoy de humor.

—¿En serio? Porque después del numerito del avión cualquiera lo diría, ¿qué fue eso, Dalton?

—Ni te atrevas a contárselo a nadie —mascullé.

Levantó una ceja.

—¿Por quién me tomas? Solo quiero saber una cosa… Esto no será por lo de la apuesta, ¿no?

Rodé los ojos.

La ridícula porra del vestuario en la que me jugué cinco mil pavos a que la única intimidad entre Grayson y Parks sería una cena de empresa y cero motivos para quitarse la ropa.

Lo miré.

—No sé de qué me hablas —me hice el loco.

Bufó.

—No me tomes por imbécil, los dos sabemos que sí.

Igual que sabemos que no le contaste toda la verdad a la prensa sobre lo de Hendrickson.

—Eso me hizo gruñir—. Te vi salir del baño con ella, y no precisamente para repasar el playbook .

Si te digo esto es porque Levi me pidió que me hiciera responsable del cachorro.

—No soy ningún perro.

—Con lo que te gusta perseguir huesos ajenos y marcar territorio donde ya han meado otros…, déjame dudarlo. Escucha, chaval, si aprecias tu contrato y tus pelotas, no es buena idea apropiarte de lo que un Joneson ha señalado. Sabes dónde te estás metiendo, ¿verdad?

Le sostuve la mirada.

—Lo importante no es dónde me meta yo —dije despacio—, es que no te metas tú. Así que pasa del tema.

Ty levantó las manos.

—Eh, tranquilo. Yo no digo nada. Solo que andes con ojo si quieres seguir jugando aquí. Una cosa es liarte con una animadora, como hizo mi mejor amigo, y otra muy distinta quitarle la chica al hijo del dueño.

—Naomi y él no están saliendo.

—Puede que no, pero yo soy perro viejo y sé cómo se las gasta esta familia. A esa chica ya le han puesto la correa, el collar de diamantes y le están montando la caseta en el jardín privado de la mansión familiar. Es cuestión de tiempo.

Eso me puso de mala leche.

Se inclinó un poco más.

—Adelantarte al jefe no se considera juego limpio.

Solté una sonrisa sin humor.

—Nunca he dicho que jugara limpio.

«Y menos todavía si se trata de Naomi Park».

Ty negó con la cabeza y se apartó justo cuando Harlow apareció en la puerta.

—Once en la sala. Vamos.

Nos pusimos en marcha.

Y mientras caminaba hacia el visionado entendí algo que me jodió más que la derrota.

No estaba intentando adelantar a Grayson, sino ganarme a mí mismo.

El móvil vibró justo antes de entrar.

Mensaje.

Tragué saliva.

No decía nada más. Ni el motivo ni una pista, nada.

El «contigo» me retumbó en la cabeza.

Me senté en la silla de siempre.

Harlow empezó a hablar.

Otra vibración en el bolsillo. Nuevo mensaje.

Esta vez no era un wasap para Valentino, sino un mensaje privado para Daver.

«Hijo de puta…».

@Rey_Parks03: Al final no me contestaste. ¿Ocurre algo? ¿Podemos hablar hoy? Necesito que lo hagamos.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos de más.

Dos mensajes.

Mismo día.

Dos hombres.

Misma mujer.

Uno era para mí y el otro también.

Desde que empezó esta temporada no sabía cuál de los dos quería que ganara, solo tenía clara una cosa: de un modo u otro, el que iba a perder era yo.

🏈📱🏈📱🏈

Naomi

Los datos nunca se mezclaban.

Las personas, sí.

Era ridículo que mi cabeza fuera capaz de procesar miles de variables al mismo tiempo y, aun así, no supiera qué hacer con dos mensajes sin respuesta.

Valentino no contestaba.

Daver tampoco.

Y yo llevaba desde el aterrizaje intentando convencerme de que abrir aquella puerta en el avión había tenido sentido.

Entendí por qué Valentino la abrió. No fue crueldad, ni siquiera rabia, más bien orgullo herido, decepción, y yo había sido la detonante al vacilar.

Pero ¿qué iba a decirle?

No me gustaba mentir, y si le respondía que solo él me ponía así era faltar a la verdad porque había otra persona que el mismo viernes consiguió que me corriera con sus órdenes. No era plan de soltárselo cuando él me estaba…, cuando yo iba a…

«¡Joder!».

Me pasé la mañana mirando la pantalla, intentando redactar algo que sonara normal.

«Lo siento por no responder lo que necesitabas y tener un flashback de otra persona en el momento más inoportuno».

Genial.

«Muy maduro, Naomi, se lo va a tomar mucho mejor».

Bufé.

Mi realidad era complicada.

No era una excusa que mi cerebro estuviera a mil revoluciones ni que su forma de pedirme que obedeciera me hubiera hecho pensar en… otra voz, otro tono, otro hombre.

¿Cómo se suponía que se explicaba eso sin sonar como alguien a quien deberían prohibirle internet de por vida?

¿Le decía a Valentino que me pajeaba con un tipo online que llevaba un casco y que, objetivamente, podía ser un cruce entre un asesino en serie y el villano de Star Wars …, pero que me hacía sentir segura?

¿Que no solo me corría con él, sino que, por algún motivo absurdo, sentía que podía contarle cualquier cosa sin que me juzgara?

Bueno…, juzgar no lo hacía, opinar bastante.

Y, por otro lado, estaba Daver.

A él no lo estaba traicionando porque le había dicho cuáles eran mis intenciones ese fin de semana, él sí sabía lo que había, salvo que me calmó el viernes; y con Grayson ni me planteé que ocurriera cuando se presentó en mi cuarto.

¿Hubo tonteo?

Algo.

Con él siempre lo había, pero no crucé ninguna línea. Era cierto lo que le dije a Valentino, solo hablamos.

Así que necesitaba sus consejos, que se conectara esta noche y decirle un: «Oye, ¿recuerdas el tío que te dije que era mala idea cuando me sugeriste que no me tirara a mi jefe? Pues casi me lo tiro en el baño de un avión, pero entonces pensé en ti y todo se jodió».

Maravilloso.

Escala social: inexistente.

Vida emocional: en llamas.

Sexo en camas normales: aparentemente imposible.

¿Por qué todo en mi vida acababa ocurriendo de pie?

Suspiré y dejé el móvil sobre la mesa.

Me habían dado un par de días libres. El martes porque me correspondía por contrato; hoy porque llegamos muy tarde y Grayson dijo que llevaba dos meses a full , que era mejor que me relajara. Lo cual suponía tiempo de sobra para pensar.

Y eso no me convenía en mi estado.

Así que, tras mandar dos mensajes bastante precarios, hice lo único que sabía hacer cuando no sabía qué hacer: trabajar.

Pasé horas revisando modelos predictivos, ajustando parámetros, repasando jugadas. Buscando el momento exacto donde el partido se había torcido y cómo la aplicación podía controlar variables que no estaban el día anterior.

Estaba segura de que me pedirían responsabilidades, y en lugar de excusas era mejor aportar una solución, así que me empleé a fondo.

Por la tarde cerré el portátil y me fui al gimnasio.

El de la amiga de Grayson.

El sonido de las recepciones sobre el tapiz y el aroma a sudor fresco siempre me calmaba.

Empecé con movilidad de hombros, muñecas y cadera. Banda elástica, activación escapular, core . Quince minutos, hasta que el cuerpo dejó de sentirse como si hubiera dormido en un asiento de avión durante siglos, y pasé a diez más de elasticidad, para destensarme y no ser un tronco con piernas.

Las niñas me sonreían con admiración y yo solo quería llegar al recipiente de la magnesia.

Hundí las manos y el polvo blanco flotó un segundo en el aire antes de posarse en mis muslos salpicados en sudor.

Las asimétricas siempre habían sido mi terapia, no mi aparato, el lugar en el que desconectar porque requería toda mi atención. Perfecto para olvidar a esos dos.

Salté a la barra baja y el contacto me devolvió a mi cuerpo. Kip limpio. Cadera arriba, empuje hasta vertical. El mundo se alineaba cuando yo lo hacía.

Balanceo acompasado con mi respiración.

Subí a la barra alta en una transición fluida y por un instante no pensé en hombres ni en sexo ni en voces con casco. Solo en el ritmo, en el latido exacto que hacía que no te quedaras colgada como una idiota de alguien que era imposible que encajara contigo.

«No soy tu puto error. Ni el tuyo… ni el de nadie».

Me dejé caer al foso, ni siquiera intenté una salida en condiciones porque el pensamiento me atravesó.

Mi corazón se quejó y caí entre los bloques de espuma sabiendo que le había hecho daño, y esa nunca fue mi pretensión.

Volví a subir y repetí el ejercicio.

La piel de las manos empezó a arder bajo las calleras, pero ese dolor era sencillo, honesto, nada que ver con el otro.

Añadí un giro en vertical. Sentí el segundo en el que el cuerpo dudaba antes de completar la línea y apreté los abdominales como si eso pudiera apretar también mi cabeza.

Salida controlada y exhalación profunda.

Otra vez.

En barras no podías permitirte el lujo de pensar en dos cosas a la vez. Si lo hacías, te quedabas a medias o te dabas una hostia.

Como en el baño.

Tragué aire y me fui al suelo.

Hice una secuencia que había practicado cientos de veces:

Carrera larga. Rondada. Flic-flac . El cuerpo volando hacia atrás y el doble mortal cayendo con el golpe seco en las piernas. La vibración subió por los huesos y me ordenó por dentro.

La segunda pasada la hice más limpia, más rabiosa, hasta sentir que el corazón ya no latía por recuerdos, sino por esfuerzo.

Terminé en la barra de equilibrio porque, irónicamente, era el único sitio donde podía perderlo con dignidad.

Subí.

Flic–flac sin titubeos. Un giro firme, un salto que aterrizó justo en el centro de la madera.

El mundo reducido a diez centímetros de ancho.

Si dudaba, caía.

Si respiraba, seguía.

Bajé con las piernas temblando, los antebrazos ardiendo y la cabeza… un poco menos saturada.

No arreglé nada, sin embargo, durante una hora no fui una chica dividida entre dos hombres, solo una gimnasta, y eso todavía sabía hacerlo bien.

Salí del vestuario y miré el móvil.

Valentino seguía sin responder.

Pero otros dos sí lo hicieron.

Y debajo una notificación de la app de sexting que usaba para chatear con Daver.

@ValDaver: Esta noche a las ocho.

El estómago me dio un pequeño salto y supe de inmediato a qué cita quería acudir.

No me daba tiempo a llegar si quería estar lista; fui directa al hotel.

Pedí algo rápido por Uber Eats e intenté no pensar demasiado en nada.

Me puse cómoda.

Elegí mi camisón del lord Oscuro, que era más bien una camiseta larga que me regaló Avery y que me llegaba a medio muslo. En teoría, era para dormir, no para tener reuniones emocionales con lores oscuros.

Puse música para relajarme.

Space Oddity , la versión acústica.

Ironía cósmica incluida.

La habitación se llenó de esa calma rara que solo existía cuando intentabas convencerte de que tenías el control.

No lo tenía, y a punto estuve de llamar a Cami para que me dijera cómo lograba esa armonía que solo ella era capaz de tener con dos tíos a la vez.

Por primera vez la entendía un poco mejor, porque yo también me sentía dividida entre dos, aunque a uno solo lo conociera de internet y el otro me pareciera insoportable la mayor parte del tiempo.

Llamaron a la puerta.

—Mi cena.

Abrí sin mirar, sin preguntar, y me di de bruces contra lo inesperado.