CAPÍTULO 46
La casa estaba en silencio cuando me incorporé con cuidado.
A mi lado, la respiración seguía acompasada, ajena a todo.
Me quedé unos segundos mirando al techo antes de apartar las sábanas y salir del dormitorio. Cerré la puerta sin hacerla encajar del todo. No quería que despertara.
Caminé hasta el despacho con el pulso demasiado acelerado para la hora que era.
Había sido una noche pésima y necesitaba asegurar el siguiente movimiento.
Encendí solo la lámpara de la esquina y marqué.
Respondió al segundo tono.
—No sabía si iba a despertarte… o si habrías llegado.
—Estoy en casa. Con lo que ha pasado hoy…, imposible dormir.
Apoyé la mano sobre la mesa.
—Hemos perdido dinero.
—Mucho.
Tragué saliva.
—¿Demasiado?
—Ha sido un buen golpe, no estaba en el cálculo. Al menos, no en el oficial…, y eso que tenía acceso directo en tiempo real.
Miré la pantalla abierta.
—¿Podremos remontar?
—Sí, pero seremos prudentes en el próximo partido. Hasta ver si fue puntual… o si la aplicación no era tan buena después de todo.
—Tiene que serlo —exhalé.
—No pudo predecir lo del empujón. Dalton nunca había actuado así con anterioridad.
Una risa seca se me escapó.
—«Fe» es una palabra que siempre ha sobrado en mi familia… y mira dónde me ha llevado.
Silencio.
—Lo arreglaremos. ¿Recuerdas lo que nos prometimos?
—Imposible olvidarlo.
—¿Todavía quieres?
—Por supuesto.
—Entonces, déjalo todo en mis manos. Tú solo cíñete a lo acordado, es la única forma de poder vivir como queremos…, necesitamos liquidez.
—Lo sé.
—Eres importante para mí. Sin ti…
Escuché un ruido en el pasillo.
—Creo que se ha despertado. Tengo que colgar.
Corté antes de que terminara la frase y salí del despacho con el corazón golpeándome demasiado fuerte.
La luz de la cocina se encendió justo cuando cogía un vaso.
—¡Vaya susto! ¿Qué haces aquí?
—Me entró sed. ¿Y tú?
Dejé correr el agua y lo llené. Bebí para que no se notara que estaba titubeando.
—Me he despertado, he tenido una pesadilla, no esperaba una derrota así.
Negó con la cabeza.
—Ni tú ni nadie. Mientras sea solo una, todo irá bien. Hasta los mejores tropiezan…
Dejé el vaso y noté su cercanía. Cerré los ojos un segundo.
—¿Estás bien? —me preguntó—. ¿Te has tomado la medicación?
—Sí, me vuelvo a la cama.
Rozó mi brazo y encogí los dedos de los pies.
—Ahora iré.
Me marché antes de que la conversación se alargara y captara mi nerviosismo.
Regresé al dormitorio y me tapé con la sábana, intentando regular la respiración para fingir que dormía.
A mi lado, el colchón se hundió unos minutos después.
La oscuridad volvió a cerrarse sobre nosotros.
En otra parte el dinero seguía moviéndose, y esa vez no pensaba perder.