CAPÍTULO 45
Naomi
El avión estaba en silencio de pecera.
Luces bajas. Motor constante. Pantallas apagadas.
Grayson llevaba veinte minutos con la cabeza ladeada hacia mi hombro, respirando lento, completamente ajeno al incendio que yo tenía en la cabeza.
La noticia seguía abierta en mi móvil.
«No fue falta de control».
Leí la frase otra vez.
No había sido falta de control.
Claro.
Porque yo había visto el momento exacto en el que empezó a cambiar.
Lo vi antes del empujón, antes de la penalización, cuando dejó de leer el campo y empezó a forzar.
Mi app no había fallado, los datos eran correctos, el modelo predictivo funcionaba. Y, aun así, él había jugado como si estuviera huyendo de algo.
Eso no estaba en ninguna variable.
Volví a leer de nuevo las noticias.
El empujón a Logan Wilson fue la consecuencia, no el origen, y yo no sabía cuál era el origen.
Solo que la prensa más sensacionalista quería masticarlo y escupirlo.
Eso era lo que me tenía inquieta, ambas cosas. No la derrota. No el 3-1. Él… y mi cagada.
Desbloqueé el móvil otra vez y bajé hasta la parte donde hablaban de su lenguaje corporal en el banquillo.
«Mandíbula tensa».
«Mirada fija».
«Puños apretados».
Lo había visto igual.
Grayson se movió un poco.
—Naomi… —murmuró medio dormido—, no puedes controlarlo todo, ya te dije antes que no ha sido tu culpa, descansa un rato, anda…
Bostezó y se reacomodó hacia el otro lado.
No respondí porque no se trataba de controlarlo, se trataba de entenderlo, y no podía.
Esperé a que su respiración volviera a ser profunda.
Conté hasta veinte. Sabía de sobra que Valentino no estaría dormido porque el resultado no lo dejaría.
Me desabroché el cinturón y me puse en pie.
El pasillo estaba casi vacío.
EJ estaba tumbado en tres asientos delante, con la boca abierta y los auriculares puestos.
Un par de jugadores dormían con capucha y manta.
Él estaba solo, al fondo, con la cabeza apoyada contra el respaldo.
Auriculares en sus oídos. Mirada fija en la nada.
No parecía enfadado, parecía agotado.
Caminé hasta él.
Se dio cuenta antes de que hablara.
Levantó los ojos y no sonrió.
—¿Qué pasa? —murmuró bajo—. ¿Te manda el jefe a revisar daños?
—Quiero hablar contigo.
Su mandíbula se tensó. Lo noté incluso con la luz tenue.
—¿En serio? ¿De qué?
—De hoy.
Resopló, apoyó la cabeza contra el asiento y soltó una risa sin humor.
—Ah, vale. Pensaba que era otra cosa.
Se quitó los cascos.
—¿Qué otra cosa?
Me miró entonces, de verdad.
—Nada.
Silencio.
Me senté en el asiento vacío a su lado. No demasiado cerca, pero lo suficiente para notar su calor y ese nervio extraño que siempre me desordenaba por dentro. Decidí que debía mantener la calma.
—Valentino, he estado revisando las jugadas. No estabas leyendo mal…, al menos, no al principio.
—¿En serio? —Arqueó una ceja—. Qué alivio.
El cinismo le salía solo.
—Lo digo porque el empujón no fue el problema. Empezó antes.
—No jodas.
—¿Puedes tomarte esto en serio? Estoy intentando entender qué pasó.
Ahí cambió algo. No fue el tono, fue la mirada, más oscura, más turbia, más cerrada.
Sus ojos claros se tornaron de un azul intenso como la noche.
—Intentando entender qué pasó…, ¿para qué?
—Para ayudarte.
Se rio otra vez, pero esa vez fue más seco.
—Claro.
—¿Claro qué?
Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio. En ese momento no había nada del Valentino provocador. Solo uno cansado y a la defensiva.
—Si has venido a arreglarme como si fuera una jugada mal leída, te aviso de que no soy tu puto experimento.
El golpe fue directo. Me cabreé.
—No estoy haciendo eso.
—Ah, ¿no? —Media sonrisa, nada amable—. Porque llevas cinco minutos analizándome como si fuera una estadística que se salió de tu puta aplicación.
Respiré.
No contesté enseguida.
—Lo que vi hoy no encajaba con tu rendimiento habitual. Eso es un hecho.
—Y tú no soportas los hechos que no encajan, ¿verdad?
—No soporto no saber.
—Exacto.
Silencio.
La piel me ardía.
—¿En serio piensas que solo me importa eso? ¿La app ?
Me sostuvo la mirada.
—¿Me equivoco? Porque lo parece. —Pausa corta—. Bueno…, eso y chupársela al jefe.
La frase cayó como un puñetazo.
—Pero ¿de qué vas?
—No me tomes por imbécil, Naomi. —Su voz bajó, áspera—. ¿Sabes que hay apuestas en el vestuario sobre cuándo os vais a casar? ¿O sobre si te va a dejar preñada antes de Navidad?
—Me importa una mierda que los demás tengan media neurona —repliqué, bajando la voz—. Pero parecía que tú eras un pelín más listo que ellos. Está claro que no. Me equivocaba.
Me levanté.
El avión seguía en ese silencio artificial de madrugada.
—Puede que no se me dé bien ayudar a un amigo que lo está pasando mal —continué—, pero no le digas a Avery que no estuve a tu lado.
Porque quería escucharte. Quería entenderte.
Quería apoyarte. —Lo miré por última vez—.
Está claro que no necesitas nada de mí. Solo has querido una cosa desde que llegué a los Cowboys: que me vaya.
Pues escucha bien, no me voy a ir del equipo…
, pero de tu lado sí. Suerte, Dalton. La vas a necesitar esta temporada.
«A la mierda».
Giré para volver a mi asiento.
Dos pasos.
Nada más.
Y, entonces, su mano se cerró alrededor de mi muñeca como un grillete caliente.
—Ahora sí que no te vas a largar.
No fue una súplica, fue una orden.
Y cuando tiró de mí hacia el fondo del avión, hacia la puerta del baño, podría haberme resistido y, sin embargo…
La puerta se cerró detrás de nosotros con un clic seco.
El espacio se volvió ridículamente pequeño.
Demasiado pequeño.
El zumbido del avión atravesaba las paredes finas y vibraba bajo los pies. Apenas había sitio para dos personas respirando fuerte, mucho menos para dos personas enfadadas.
—¿Qué haces? ¡Suéltame!
No me estaba haciendo daño, pero tampoco me dejaba ir.
Su palma ardía sobre la piel de mi muñeca y el pulso me golpeaba justo ahí, donde él podía sentirlo.
—No he terminado —dijo.
—Yo sí.
Intenté tirar hacia atrás.
Error.
Porque el movimiento me llevó contra él. Su pecho firme, el olor limpio del jabón del hotel mezclado con algo más denso, más suyo. Mal momento para notar eso.
—¿Qué coño crees que hacemos? —susurré, consciente de que fuera había compañeros a pocos metros y les podían dar ganas de hacer pis.
—Evitar que te largues creyendo que tienes razón.
Eso me hizo alzar las cejas.
—No estoy intentando tener razón. Estoy tratando de entender qué narices te pasa conmigo… o qué problema tuviste en el campo.
—Ahí está el problema.
Sus dedos aflojaron apenas un milímetro, pero no me soltó.
Lo miré de frente. Nuestras respiraciones chocaban como dos trenes al borde del descarrilamiento.
Tenía el gesto más duro que en el partido.
—No soy tu proyecto, Naomi —murmuró más bajo—. No soy una variable que se salió del margen. Nunca lo he sido.
—Nunca te he visto así.
—Claro que sí, desde el principio.
—No. —Me acerqué un paso para ser yo la que invadía—. Te he visto competitivo, te he visto arrogante, te he visto insoportable, pero hoy estabas… —busqué la palabra— perdido.
El golpe fue leve, aun así, llegó. Una mínima grieta en su expresión.
—No sabes nada. Ni siquiera hablamos de lo mismo.
—Entonces, dime, explícamelo, haz que lo entienda.
No respondió.
Su mano abandonó mi muñeca, pero en lugar de dar espacio, apoyó ambas palmas a cada lado de mi cuerpo, bloqueando la salida. No me tocaba. Solo me encerraba.
El panel frío contra mi espalda. Su cuerpo delante.
El aire demasiado denso.
—¿Sabes qué es lo que más jode? —murmuró.
—Ilumíname.
—Que cuando me miras así… no me estás mirando a mí.
—¿Y a quién estoy mirando?
—Al error que crees que siempre he sido.
Tragué saliva porque esa sí que no me la había visto venir.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es. Los dos lo sabemos. El beso de la fiesta, la noche del bar… Siempre soy tu puto error…, y en el campo también ocupo el mismo lugar.
Negué con la cabeza, notaba el corazón en la vena de mi garganta.
—Hoy estaba preocupada.
Obvié todo lo demás. Todo lo que me estaba acelerando el pecho.
—Por tu modelo de aplicación.
—Por ti.
La respuesta salió antes de que pudiera frenarla.
Se quedó quieto, demasiado quieto.
El zumbido del avión pareció subir de volumen dentro del cubículo.
—No necesito que me mires como si estuviera roto, Parks —gruñó—, ni aunque tengas el santo grial del deporte en las manos.
—Y yo no necesito que me reduzcas a la chica de la app o a la que se acuesta con su jefe. Sobre todo, cuando no es verdad —repliqué, bajando el tono, pero no la intensidad—. ¿Crees que eso no duele?
Una de sus manos se alzó.
El pulgar recorrió el borde de mi mandíbula hasta la barbilla.
—No me tomes por idiota.
—No lo hago.
—Entonces, no me trates como si lo fuera. Anoche te vi.
Fruncí el ceño, dejé de respirar. Su dedo rozó mi labio inferior.
—Subí para hablar contigo…, quería aclarar las cosas y él estaba en tu puerta con un ramo. Le abriste, le dejaste pasar. —Su dedo seguía torturándome—. Y no salió. Lo sé porque esperé mucho tiempo, demasiado…
Se pegó un poco más. Mi temperatura se disparó.
—Vuelve a decirme que no lo haces, vuelve a decirme que no le das a él lo que a mí me niegas.
Podría haberlo mandado a la mierda. No lo hice.
—No lo hago —susurré—. Puedes creerme o…
Su respiración bajó apenas un punto. Sus ojos descendieron hacia mi boca, justo donde su dedo presionaba y yo tenía que contener el aire para no abrir los labios.
—Maldita sea, Naomi… —murmuró—. Por tu bien, espero que sea verdad.
Y, entonces, hice algo que ni yo misma supe de dónde salió.
O quizá sí.
Pasé la lengua por la punta de su dedo.
Lo mordí apenas.
—Tú no eres mi error.
Un sonido oscuro reverberó en su garganta y no hubo espacio para pensar más cuando cambió el dedo por sus labios.
Su boca cayó sobre la mía con hambre, con rabia contenida, como si llevara demasiado tiempo peleando contra algo que se le escapaba de las manos. El mundo se redujo a eso. A calor. A aire robado. A la presión de su cuerpo contra el mío.
Sé que gemí y que él lo escuchó. También yo oí el gruñido torturado envuelto en lengua y deseo incendiario.
Sobre todo, cuando el beso se volvió más profundo y mis dedos se enredaron en su pelo, tirando sin darme cuenta.
«¡Dios, sabe demasiado bien!».
Llevaba demasiado tiempo sin recibir uno de esos…, un beso de Valentino Dalton.
No era suave, no era dulce. Era un choque frontal. No se podía comparar a ningún otro, era el puto mejor besador del mundo.
—Me vuelves loco, joder…
Quise responder un «tú a mí también», aunque solo me salió un «ah» cuando su mano fue directa a mi pecho para amasarlo y torturar mi pezón por encima del tejido.
Lo quería ahí, en todas partes y con mucha menos ropa.
Por fin algo tangible, algo real. Porque si bien era cierto que la noche anterior Grayson llamó a mi puerta, lo hizo para disculparse por el retraso, y sí, estuvimos mucho rato juntos, pero solo hablando, nada más.
Mis músculos se tensaron cuando su mano descendió, tiró de la cinturilla elástica del leggin y la coló.
No me resistí. Quería que se topara con la humedad que le pertenecía. De la que no dudó en apropiarse en cuanto llegó al interior de las bragas.
Desplazó un dedo arriba y abajo, ahogándolo en mi flujo.
—Estás… Estás… —Parecía sorprendido.
Su respiración se volvió más pesada y la voz se le quebró.
Se separó un poco y me miró a los ojos.
Los labios me hormigueaban por los besos y tenía el cuerpo encendido.
—Cachonda, sí, puedes decirlo. —Sus ojos se oscurecieron todavía más—. Puede que no nos aguantemos, pero eso siempre lo has tenido, una fuerza oscura que me atrae sin remedio.
Entonces, me metió el dedo y yo jadeé con fuerza.
—No te haces una idea de lo oscuro que puedo ser contigo…
Empezó a mover la mano, ejerciendo presión en mi clítoris mientras me masturbaba.
Apenas me quedaba oxígeno.
Volvió a besarme y el mundo se inclinó. Todo se mezcló: el ruido del avión; el espacio mínimo; el calor subiendo demasiado rápido.
—Dime que te gusta —murmuró contra mi boca.
Hundí los dedos en sus hombros y moví las caderas, buscando un mayor contacto.
No hacía falta responder. Mi cuerpo ya lo estaba haciendo por mí cuando hundió el segundo dedo. Todo daba vueltas.
—Dime que solo yo te pongo así… —Su voz se volvió imperativa—. Dilo, Naomi.
«Esa orden…».
—Sí, joder, sí…
—¡Dilo!
—Solo t…
Y, entonces, sin querer, una imagen cruzó mi cabeza. Un casco, una voz distinta. Un recuerdo que no debería haber estado ahí.
Fue mínimo.
Pero él lo notó porque no fui capaz de completar la frase.
Sus ojos cambiaron al instante, el calor se volvió otra cosa.
Me taladró con la mirada y supo ver lo que yo callaba.
Detuvo el movimiento.
—No me jodas…
—Es, em, yo… No es lo que…
Un golpe seco en la puerta me cortó.
—¡Ocupado! —rugió Valentino sin apartarse un ápice.
—¡Eso ya lo sé, cabrón! ¡Sal de una maldita vez, Dalton!
—¡Búscate otro baño, Hawkins!
—¡El otro está ocupado por EJ! Se ha levantado en pleno vuelo y ya sabes lo que significa, paso de tragarme su mierda. ¡Y me va a estallar la vejiga, así que ahueca!
La situación era absurda, aun así, el corazón me golpeaba tan fuerte que apenas podía respirar.
—No le abras… —pedí en voz baja.
Él me miró.
—Por favor. Si lo haces, sabrá que tú…, que yo…, que nosotros…
No terminé la frase porque cada palabra que soltaba parecía una bomba detonándose.
La tormenta volvió, se apartó de golpe.
El aire llenó el espacio que había ocupado su cuerpo.
Chasqueó la lengua, inclinó la cabeza hacia mí y acercó su boca a mi oído.
—No soy tu puto error. Ni el tuyo… ni el de nadie.
Las palabras ardieron más que el beso, y entonces hizo lo que menos esperaba: abrió la puerta.
El equilibrio se me fue y caí hacia atrás justo cuando Ty estaba esperando.
—¡Hostia! —proclamó, sujetándome por puro reflejo antes de que acabáramos los dos en el suelo.
Valentino ni siquiera me miró.
Se apartó un paso, frío de nuevo.
—Todo tuyo, colega —dijo con voz áspera.
Luego clavó los ojos en mí una fracción de segundo.
—Gracias por la demostración práctica y recordarme dónde estoy en la lista, Parks.
Y se marchó, dejándome allí con el pulso desbocado, los labios aún ardiendo y la sensación absurda de que acababa de perder algo que ni siquiera sabía que tenía.