CAPÍTULO 44
Valentino
Los fines de semana que empezaban mal solo podían terminar peor.
Y el mío comenzó con una erección de orgullo y un disparo directo al ego.
El sábado bajé a desayunar con la resaca de no haber dormido bien y el recuerdo demasiado nítido de la noche anterior. El comedor del hotel estaba lleno de músculo, café fuerte y bromas de vestuario.
Nada más ocupar mi asiento, Naomi apareció preciosa y relajada.
Demasiado relajada, tanto que le sonrió a Mac, y eso provocó que a este se le cayera la tostada bien cargada de huevos revueltos sobre el pantalón.
Justo así tenía yo los míos después de lo que pasó.
Llevaba el pelo suelto, una camiseta básica que se ajustaba a su cuerpo atlético y cara de «yo duermo ocho horas, aunque el mundo arda», o, en este caso, mi bragueta.
Se sirvió fruta en el bufet, pasando de los veinticinco animales que vivíamos para chocar entre nosotros.
Ty la miró, luego me miró a mí y silbó.
—Cinco pavos a que ayer alguien hizo cardio nocturno.
Marcus levantó la mano sin dejar de masticar.
—Yo digo que, por mucho que se quejara, se metió mi regalo entre las piernas y descubrió nuevas galaxias.
Risas.
Sonreí lo justo porque solo yo sabía lo que había pasado la noche anterior y lo mucho que la había hecho ver las estrellas.
Bueno, yo no, Val Daver, mi maldita máscara, aunque anoche jugué sin ella.
Le dije que estaba trabajando y que no podía conectar por imagen ni por audio, lo respetó, y que si quería jugar tendría que seguir mis normas, como siempre.
Esa vez quería que se tocara mandándome mensajes de voz, que me dijera cómo se sentía lo que hacía y lo acompañara con vídeos cortos, encriptados, de los que duraban treinta segundos antes de autodestruirse.
Me dijo que no sabía si era buena idea.
Yo que la Fuerza no se rendía tan fácil y que, si quería entrar en el lado oscuro, debía atreverse a saltar las fronteras y confiar.
Cayó.
Cada vez que su respiración se aceleraba al otro lado del teléfono, cada vez que pronunciaba un: «sí, mi lord Oscuro» como si fuera una invocación prohibida, yo tenía que recordarme que ese cuerpo también me odiaba cuando era simplemente yo.
Se tocaba para Daver, se mostraba para Daver y se corría para Daver.
A mí solo me discutía los datos y me acusaba de meterle vibradores en la maleta.
Traté de concentrarme.
El entrenamiento de la mañana fue limpio. Ajustes, rutas, timing . Harlow gritó lo habitual. Whitaker parecía un puto anuncio de pasta de dientes. EJ chocó su casco contra el mío. Devin calentó al grupo con uno de sus comentarios de «esto no es la universidad, es la NFL, princesas». Lo normal.
Después de la ducha nos reunimos en uno de los salones del hotel. Naomi ya estaba allí, tablet en mano, piernas cruzadas, esa calma suya que debería venir con aviso sanitario para problemas cardíacos reincidentes.
—Sé que estáis cansados, hambrientos y que queréis pasar la tarde despejando la mente, así que seré rápida.
«No te haces una idea de lo hambriento que me tienes o cómo me gustaría pasar la tarde».
—En el tercer down largo, los Bengals tienden a cargar por el lado ciego —dijo tranquila—. No porque necesiten el sack , sino porque esperan que forcéis el lanzamiento vertical.
—¿Ha dicho fuck ? —Rio Marcus por lo bajo, pero nadie le siguió.
Algunos intercambiaron miradas.
Whitaker sonrió como si le estuvieran grabando para un anuncio y a mí, que ya hablara nuestro vocabulario, cuando por la noche no paraba de llenarse la boca con jadeos, me atravesó.
Ella siguió ajena a lo que provocaba.
—Si el quarterback abandona la progresión y se salta el checkdown para buscar el highlight …, aumenta un treinta por ciento la probabilidad de turnover . No de sack , de pérdida de balón.
Solo se escuchó el sonido de varias mandíbulas desencajándose ante su rotunda seguridad.
Ty levantó la cabeza.
—Dios, ¿acaba de decir turnover ?
—Dios, ¿acaba de decir progresión? —lo imitó el capitán, llevándose la mano al pecho solo para que lo escucháramos algunos—. A mí esta mujer cada vez me la pone más dura cuando habla con tecnicismos.
Risas contenidas.
—Ey, Park —añadió esta vez en voz alta—, ¿te casas conmigo y me susurras estadísticas en nuestra noche de bodas?
—En otra vida tal vez, Rivera. En esta aprende a identificar una Cover 2 antes de pedirme matrimonio.
El salón estalló.
Hasta Harlow disimuló una sonrisa antes de carraspear.
—Escuchadla. No está hablando por hablar, haced el favor.
Yo levanté la mano, apoyando los codos en las rodillas.
—Entonces, según tu modelo…, ¿si veo uno contra uno y quiero ir profundo, a por todas, tengo que ignorarlo?
No era ataque. Era marcar territorio, aunque ni yo supiera por qué.
Naomi me sostuvo la mirada sin pestañear.
—Si el emparejamiento es real, ejecútalo. —Como si yo necesitara más motivos para querer emparejarme con ella—. Pero si estás lanzando porque quieres demostrar algo, no porque sea la mejor lectura…, les estás regalando la jugada.
«Yo contigo no pienso regalarle a nadie nada».
Ty soltó un «uh» bajo.
Devin se inclinó hacia adelante.
—Eso suena peligrosamente específico.
Naomi no apartó los ojos de mí.
—Suena a disciplina, a ir a por lo que uno quiere, a sus metas y objetivos. El balón no necesita que demostréis nada, solo que juguéis lo que toca y decisiones correctas.
Silencio.
Ahí estaba el problema.
¿Y qué coño quería que hiciera entonces?
Porque no sabía si estaba hablando del tercer down … o de mí tratando de ganar un partido que todavía no se había disputado.
El resto de la charla pasó en piloto automático. Yo solo pensaba en salir de ahí antes de hacer alguna estupidez.
Harlow nos mandó al comedor con tres palmadas y nos aconsejó que pasáramos la tarde mentalizándonos para el partido del día siguiente; que si alguien necesitaba fisio que lo pidiera.
La comida fue tranquila. Demasiado. Naomi apenas habló conmigo. Ni un roce accidental. Ni un comentario sarcástico. Nada.
Que me ignorara dolió más que cualquier discusión.
Por la tarde tuve la brillante idea de dar un paseo por el exterior del hotel para no pensar y su voz llegó a mí antes de que la viera.
—No pasa nada si no llegas —decía por teléfono—. En serio, tranquilo. Sí... No tienes por qué disculparte, estoy bien y el equipo va a darlo todo mañana…
Me quedé quieto como un imbécil detrás de una columna.
«No llegas…».
«Tranquilo…».
«Disculparte…».
Perfecto, Grayson no venía.
Algo me hizo clic. No era enfado, era la sensación de que por fin tenía vía libre.
Sin Joneson pululando como un abejorro, yo iba a dejar de ser el idiota que lanzaba indirectas y empezar a ser el hombre que daba un paso en la dirección correcta.
Salí del hotel y fui a por algunas cosas a tres calles de donde me encontraba.
Si de algo me había servido stalkearla era a aprender sus patrones mejor que cualquier defensa.
Le pirraba el chocolate sin lactosa, las galletas japonesas raras y esa bebida de té frío que a mí me sabía a medicina con bolas de tapioca.
Nada improvisado.
Plan sencillo: esperar a que EJ diera el primer ronquido y llamar a su puerta.
Decirle que fui un capullo cuando llegó al equipo.
Contarle que el fútbol no era un juego para mí, que era lo único que había tenido siempre bajo control y que quería que, por una vez, mi padre se sintiera muy orgulloso de mis logros.
Decirle que mi principal problema era que nunca me vio como una posibilidad. Que su mirada siempre me había desarmado, que me distraía y que eso me asustaba, tanto o más que perder aquello por lo que había luchado.
Las horas se me hicieron eternas. La cena. EJ bajando párpados hasta quedarse seco, yo sacando las provisiones ocultas en el armario para subir por la escalera de emergencia cargado como un novio de comedia romántica con el corazón revolucionado.
Y, entonces, cuando giré para llegar a su cuarto, lo vi. Apostado en su puerta. Traje perfecto, sonrisa de anuncio, ramo enorme.
Grayson.
Me quedé frío. Sin margen de reacción.
Las flores eran ridículas. Si la conociera un poco, sabría que a Naomi no le gustaban porque le provocaban estornudos y odiaba todo aquello que tendía a morir en cuanto lo cortabas.
Ella era más de datos, pelis de ciencia ficción, universos ficticios donde la gente salvaba galaxias, no centros de mesa de boda.
Ella abrió la puerta.
El tiempo se ralentizó como si alguien hubiera bajado el tempo del universo.
«Échalo», pensé.
«Dile que no, que te dan alergia».
Cogió el ramo, lo olió, estornudó y ambos se rieron.
«¡Mierda!».
«Por todo el universo, haz algo que no me obligue a matar a ese cabrón, Parks».
No hizo nada de eso.
Lo dejó entrar.
La puerta se cerró mientras yo seguía en el pasillo con las bolsas en la mano como un gilipollas de manual.
Cinco minutos, diez, quince…
A la media hora me sudaban las manos.
A los cuarenta y cinco estaba repasando mentalmente todas las maneras legales e ilegales de arrancarle la cabeza a un Joneson.
A la hora y cuarto supe algo que no tenía que ver con el partido: Había perdido.
No el encuentro del domingo, sino otra cosa más importante: a ella.
Volví a la habitación. EJ roncaba como si estuviera practicando para una audición de oso pardo.
Tiré las bolsas sobre la mesa.
Me juré que no le escribiría como Daver para frenar toda aquella maldición.
Que no iba a mendigar atención detrás de un casco.
Abrí el chat.
Escribí. Envié, y como respuesta recibí silencio. Nada, ni un maldito punto.
«¿Y qué esperabas, gilipollas, que dejara su tranca de carne y hueso por ese mojón de sable láser?».
Blanco y en botella, se estaba tirando a la estrella. La de la Muerte, por lo menos de la mía, y yo era el único imbécil que tenía que convivir con esa imagen en alta definición.
No pegué ojo, y siendo día de partido era una putada enorme…
Por supuesto, a la mañana siguiente, se presentaron en el comedor juntos.
Como si su noche hubiera sido perfecta.
Los comentarios de los chicos no tardaron en llegar mientras yo me marcaba un ver, ignorar y callar.
A los pocos minutos lo vi levantarse para ir a hablar con Harlow; mientras, ella cogió el móvil.
Noté vibrar el mío.
«No serás capaz…».
Lo saqué con disimulo y ahí estaba, la respuesta a mi mensaje de anoche.
@Rey_Parks03: Perdona, ayer estaba agotada y me quedé dormida. Vuelvo hoy a casa, pero de madrugada. ¿Hablamos el lunes? Seguro que llego agotada…
«¡¿Agotada!?», por supuesto, agotada de tanto darle al ramo de capullos de Joneson.
No respondí, no podía, algo dentro de mí ya estaba jugando el partido con las manos temblando.
Y eso, para un quarterback , era sentencia de muerte.