CAPÍTULO 42
Valentino
Era viernes, estábamos en el aeropuerto y yo estaba cabreado por dos motivos.
El primero: después de escuchar el audio de Naomi la noche anterior, no tenía ni puta idea de cómo responderle.
Lo había reproducido en bucle. Dos veces.
La primera, con el pulso disparado.
La segunda, intentando escudriñar cada palabra para pensar como Val Daver y no como el tipo que sabía con exactitud cómo sonaba cuando perdía el control.
Y no mandé nada porque ahora sabía algo que antes no. Algo que me había torturado durante meses.
Aquella noche no salió corriendo porque se arrepintiera, ni porque no le gustara ni porque hubiera fingido. Se largó porque no supo qué venía después.
En cuanto la voz en off del evento anunció que debíamos abandonar la estancia, la bajé con cuidado y en cero coma, antes de que pudiera decir o preguntar nada, agarró su bastón de guerra y salió huyendo.
Como si follar conmigo le hubiera dado visión nocturna integrada, porque lo único que hice yo fue rebotar contra gente extraña y resbalar con fluidos sospechosos.
Eso me dejó más tocado de lo que querría admitir.
Las tías solían querer algo conmigo después de que me hubiera encajado en ellas y, sin embargo, Park volvió a atizarme en el ego, largándose como si el suelo fuera lava.
Tuve la tentación de plantarme en la puerta de su casa y preguntarle de qué coño iba todo aquello.
También quise pillarla en uno de esos pasillos de la uni donde ella evitaba cruzarse conmigo, arrinconarla contra una taquilla y soltarle que, por mucho que huyera, yo era el tío que se había enterrado en ella por primera vez.
No hice ninguna de esas cosas. Le di espacio porque me dije que eso sería lo que un tío maduro haría. Uno que pensaba que, tarde o temprano, ella me reconocería.
La cagué. Nunca fui a buscarla o confesé, y lo peor fue que me obsesioné.
De algún modo necesitaba entenderla y, sí…, la stalkeé .
No conseguí nada, salvo información privilegiada que provocó justo el efecto contrario al que cualquier tío hubiese esperado.
Cada dato que descubría me gustaba más que el anterior, y eso era jodido.
Porque si algo tenía claro era que yo le importaba menos que una mierda y que se comportaba como si fuera alérgica al Valentidol.
El segundo motivo causante de mi mal humor crónico era más simple.
Aunque Grayson no volara hoy con nosotros por una supuesta reunión de trabajo, el sábado estará en el mismo hotel.
Con ella, y Naomi acababa de contarle a un desconocido —a mí— lo excitada que se había quedado aquella noche.
Lo que la llevaba a un estado de «necesito tirarme a alguien» sin resolver y patrocinado por el capullo con casco.
La idea de tener a Joneson cerca mientras ella estaba así me apretaba algo por dentro que prefería no analizar demasiado.
No tenía derecho a sentirlo, sin embargo, eso no impedía que me jodiera igual.
Marcus apareció a mi lado con una sonrisa de idiota en cuanto llegamos a la zona de control de equipaje de mano.
—Hoy vas a flipar.
Suspiré.
—¿Qué?
—Con lo que he hecho…
—No quiero saberlo si incluye a una tía montándote el rabo.
Él rio.
—Es mucho mejor.
Sacó algo del bolsillo y me enseñó el mando.
—¿Qué? ¿Debería pillarlo? ¿Es el botón de SOS para que una rubia te la venga a chupar?
No me gustó la forma en que sonreía.
—Marcus…
—Relájate, es solo una broma, seguro que te mola, está inspirada en tu manipulación de la presentación de hace unas semanas.
La respuesta no me gustó.
—¿Qué has hecho?
—Mira y verás…
Cuando lo dijo, cabeceó hacia delante. Parks estaba pasando por el detector de metales y por un instante imaginé algo que no me gustó nada, aunque lo que vino tampoco se quedaba atrás.
La apartaron a un lado porque habían detectado algo sospechoso en su equipaje. Cuando el agente de seguridad abrió la bolsa, mi cara de estupefacción solo era comparable a la suya.
—¡Hostia puta! —la exclamación me salió sola cuando el poli, cual faquir, levantó un sable láser que hacía tirabuzones con amenaza de pedir pista de despegue en cualquier instante.
El vibrador no solo cambiaba de color, también zumbaba al ritmo de la marcha imperial y tenía la base atada con cinta americana a una botella cuya marca tenía muy mala rima.
El espectáculo falotécnico estaba siendo producido delante de medio equipo y parte del aeropuerto, como si aquel rabo de discoteca estuviera pidiendo refuerzos a la Estrella de la Muerte.
Casi colapsé. El poli no tenía mejor cara que yo, por no hablar de la de Naomi.
Silencio.
Y luego las risas, un sinfín de carcajadas atronadoras coronaron la expresión del agente, que se limitó a poner los ojos en blanco porque cualquiera en Dallas reconocía a los putos Cowboys.
—¡Hostia, Park…, con ese pollón intergaláctico sí que ves las estrellas! —masculló Marcus en voz alta.
—¿Por qué lo han engrilletado a una botella? —se interesó EJ.
—Flotador de emergencia —respondió Jace—. Sirve por si el avión cae al mar, no hundirte sola. Más vale morir con un pollón con luces que mal penetrada.
—Pues yo pienso que es por si le da mucho uso. Con ese bicho igual se deshidrata —añadió Devin, partiéndose la caja—. ¿Eso es modo centrifugado o está invocando algo?
Naomi estaba roja como una alarma, pero, como de costumbre, no se rompió.
—¿Le importaría prestarme esto un minuto? Gracias.
Le arrebató el juguete al policía y apuntó directamente hacia nosotros. Entiéndase: Marcus y yo.
—Os garantizo que cuando averigüe cuál de vosotros, gorila con cerebro de mosquito pajillero, ha creído buena idea meterme su consolador nocturno en el equipaje, os lo meto por el culo y sin temblarme el pulso.
—¡Así se habla, hermana! —dijo una mujer, a la cual cacheaban.
Hasta Harlow se rio.
Yo no.
—Señorita —carraspeó el agente—, no se pueden meter líquidos en el avión, y respecto al contenido extra… ¿Lo guarda usted o se lo meto yo?
Hubo una carcajada por parte de Marcus y un bufido de ella al ver que al policía se le escapaba la risa sin remedio mientras alzaba las manos.
—Disculpe… Ha sido lo más divertido que me ha pasado en mucho tiempo.
Volví a sentirme orgulloso porque lo estaba manejando demasiado bien.
Marcus me dio un codazo.
—¿No te ríes, colega? ¿Por qué tienes cara de gárgola?
—Se te ha ido un poco la olla.
—No es la olla, es la polla. —Me guiñó el ojo.
No respondí.
Porque el problema no era la broma, eran las ganas de partirle la boca a Knight por dejarla en evidencia de ese modo.
«¿Quién cojones soy y qué está pasando conmigo?».
Casi pude ver la cara de mi antecesor y la de Skyler como una aparición.
«¡Salid de mi mente, hijos de Saint Valentine Falls!».
🏈📱🏈📱🏈
Naomi
Una cosa estaba clara: el universo tenía sentido del humor. Uno muy cabrón que primero te humillaba delante de medio equipo con un consolador galáctico y después te sentaba en un avión con los mismos idiotas durante más de tres horas.
La broma no tuvo ni puta gracia, y todo era culpa del capullo del hermano de mi amiga.
Bueno, de él y del impresentable enmascarado que había conseguido que, después de su orden, llevara desde la noche anterior con el cuerpo en modo emergencia sexual y sin respuesta. ¿A qué narices jugaba?
Había enviado el audio. Acaté la orden de lord Oscuro y luego… nada. Me dejó en visto, en oído, en ambas…
Ni una respuesta ni un GIF en modo despiadado.
Sabía que lo había escuchado, lo sabía porque el maldito icono había cambiado de color y, aun así, me dejó ahí, colgada, como si después de desnudarme verbalmente delante de él no hubiera nada más que decir.
Quizá lo hizo por venganza, por las dos veces que yo lo dejé en tierra de nadie. La cosa era que yo sí tenía excusa, ¿la de él cuál era? ¿No le llegaba la señal wifi al TIE Advanced? No tenía una respuesta, y eso me tenía encendida y cabreada a partes iguales.
Sobre todo, porque al final del audio le conté la verdad.
Que aquella noche del cuarto oscuro, cuando la voz en off anunció que el tiempo había terminado, mi cerebro cortocircuitó y entró en pánico.
Vale, genial. Me acababa de tirar a un desconocido y… ¿ahora qué venía?
¿Le daba un beso en el casco y un «gracias por quitarme el virgo»?
Así que hice lo único que haría una chica con cero experiencia sexual, poco filtro social y exceso de orgullo: agarré mi bastón y salí huyendo antes de enfrentarme a un incómodo adiós.
Sin bragas, con los muslos húmedos y con una historia que quizá algún día contaría a mis nietos… o, como mínimo, a Camila.
Cuando crucé la salida, me dieron una bolsa de recuerdo y dentro estaba el vibrador del casco.
¿Casualidad?
Preferí pensar que la vida tenía un humor muy oscuro y que ese aparato sería lo único que me haría mantener a raya las malas ideas.
Por suerte, el incidente del consolador mutante no me hizo llegar tarde al embarque. Lo hicimos con el tiempo justo. Nada como pasar las siguientes horas repasando estadísticas para bajar mi libido y recuperar el control.
Eso pretendía, hasta que un asteroide impactó en el asiento de al lado, o, dicho de otra manera, Valentino Dalton acababa de dejarse caer en la butaca libre.
—¡¿Qué haces?!
Él siguió acomodándose como si nada.
—Era sentarme contigo o aplastarme mientras EJ me dedicaba una roncatina en do mayor. Ya has podido comprobar que es tamaño extragrande y que le gusta reclinarse contra la ventanilla para cerrar los ojos, así que… he sido un buen compañero y he decidido sacrificarme por el bien de los dos.
Lo miré, taladrándolo. No estaba de humor para su encanto barato.
—Qué altruista eres, ¿no?
—Soy conocido por mi generosidad.
No era justo que oliera bien; era algo limpio, masculino, demasiado presente y que me recordaba lo cerca que había estado de él en el pasado.
No ayudaba. Nada lo hacía últimamente.
Giré la cabeza despacio.
—Siempre te empeñas en ver lo peor de mí. Si aquella noche te hubieras quedado, en lugar de salir huyendo, te lo habría demostrado con creces…
Me estaba mortificando adrede, recordándome la peor noche de mi historia.
—Has sido tú, ¿verdad? —Estreché la mirada.
—No sé a lo que te refieres.
—A lo del puto vibrador sable, ¿a qué si no?
—¿Y por qué tendría que haber sido yo?
—Porque sabes que me gusta Star Wars y conozco tu tipo de humor, llevas tratando de dejarme en evidencia desde que puse los pies en los Cowboys.
Se encogió de hombros y chasqueó la lengua.
—Siempre pensando lo mejor de mí. Cariño, no hay que ser muy listo para fijarse en tu funda del iPad y saber cuál es tu peli favorita. Tampoco es que lo ocultes.
Bufé.
—Ya, pero te conozco, ha sido muy de tu estilo...
Le sostuve la mirada mientras la suya parecía decir un: «No tienes ni idea».
—¿Te refieres a que me gustan las pollas de goma que giran y se iluminan?
—A lo que me refiero es a que pienso devolvértela.
Eso lo hizo sonreír. Lento, peligroso.
¿Por qué narices tenía que parecerme sexy ?
«Porque es Valentino Dalton y, en el fondo, tiene razón: te quedaste con las ganas de comprobar su generosidad en tu útero».
Se acercó lo justo para que notara su aliento cálido en el cuello.
—¿En serio? ¿Y qué harás? ¿Presentarte en mi cuarto esta noche para cumplir tu amenaza de metérmelo por el culo?
El aire dejó de llegarme bien a los pulmones. Hiperventilé en silencio.
No sabía si la opción me parecía atractiva o no, aunque volver a ver el culo desnudo de Dalton era demasiado tentador.
—Sabes tan bien como yo que no serías capaz —insistió, bajando aún más la voz, antes de recuperar su postura en el asiento con una sonrisa de suficiencia. Cerró los ojos.
«¿Piensas que solo tú sabes jugar a esto? Pues espera y verás».
Me humedecí los labios y me incliné apenas hacia él.
—Tal vez vaya.
¿De dónde había salido eso?
«¿En serio lo preguntas?». Mi útero se contrajo en respuesta.
Abrió los párpados, como si se trataran de un telón, y sus pupilas se clavaron en las mías. Bajé la mirada a la curva de sus labios, demasiado jugosos, firmes y listos para arrasar bocas o cordura femenina.
Volvió a acercarse, quedándose a un centímetro de los míos, y por un instante creí que iba a besarme… hasta que habló.
—Tal vez abra, solo pregúntate una cosa, ¿qué harás cuando lo haga? Porque sigo pensando en esa lengua tuya torturándome la polla.
Después volvió a acomodarse en su asiento y calló, como si no hubiera soltado lo que acababa de decir.
Odiaba admitirlo, pero algo en mi estómago se apretó, y no, esa vez no era culpa de la lactosa, sino de una parte muy poco inteligente de mí que quería comprobar si iba de farol o si estaba diciendo la verdad.
Ese cabrón me estaba volviendo loca.