Vas a flipar (Gimnastas de la SSU 4) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Valentino

El audio duraba menos de lo que yo habría querido.

Lo supe antes siquiera de darle al play porque llevaba diez minutos mirando la pantalla como un idiota, con el pulgar suspendido sobre el botón.

Ella. Naomi. La chica que me había partido la nariz años atrás y que, sin saberlo, llevaba demasiado tiempo viviendo en mi cabeza.

Pulsé reproducir, su voz salió baja, dudosa.

—Vale…, hola…, esto es ridículo.

Cortó, y eso me hizo sonreír; seguro que había soltado alguna palabrota mental.

Me apoyé contra el respaldo del sofá y cerré los ojos.

Podía imaginarla a la perfección: roja, nerviosa, mordiéndose el labio mientras hablaba. La misma chica que analizaba el mundo como si fuera un problema matemático y que en ese momento me estaba entregando algo real.

Demasiado real, algo que ansiaba escuchar desde hacía años. Quería verme a través de sus recuerdos, oír cómo lo había vivido ella, cómo sintió aquella noche.

Me pasé una mano por la nuca cuando empezó a narrar la fiesta.

La respiración me cambió el ritmo porque lo recordaba todo, yo también había estado allí. No por casualidad, por ella.

Desde que la escuché en la tienda.

Aquel día había ido a buscar una pieza de coleccionista que había reservado. Mientras iban a buscarla al almacén, las vi entrar y tuve la insana necesidad de seguirlas y escuchar.

Su risa primero, en la zona de los disfraces. Oí toda la conversación y algo se encendió dentro de mí ante su propósito, porque Naomi Park jamás hacía cosas impulsivas.

Y la idea de que pudiera lanzarse a algo así…, a perder la virginidad con un desconocido que no la conociera realmente… me puso nervioso de una manera ridícula.

No debería haberme importado, aunque lo hacía, porque yo llevaba un maldito año obsesionado, desde que nos besamos en aquella fiesta ridícula.

Salí de la tienda con un plan y un traje que salvaguardara mi identidad.

Al principio solo pensé en protegerla; una orgía de cosplay no me parecía el mejor lugar para la primera vez de nadie. Camila Ortiz estaba como una puta regadera, alentando a su amiga a ir sola a un lugar así, donde cualquier pervertido podía estar oculto bajo una identidad secreta.

Busqué la fiesta en foros frikis, grupos privados, enlaces ocultos. Hasta encontrarla. Placer de otra Galaxia en la mayor fiesta +18 Star Wars Cosplay , déjate llevar por tu lado oscuro. Juegos, dinámicas y mucha fuerza.

Si iba a protegerla de indeseables, tenía que hacerlo desde un lugar donde no supiera quién era yo, por eso me compré el traje de Darth y un modulador de voz.

La voz de Naomi seguía sonando en el audio y cada palabra me devolvía allí.

Al vestido en tonos tierra que era una puta declaración de intenciones. Era tan fino que, si te fijabas bien, le veías los pezones…, y esas aberturas… ¡Dios! Por poco la cargué a hombros en cuanto la vi.

Se me secó la boca al recordarla.

Porque la observé durante casi veinte minutos antes de acercarme.

La vi intentando encajar, sonriendo con educación, bailando con tipos que no le interesaban, mirando la salida más de una vez.

Y aunque debí empujarla a hacer eso, no lo hice y, en su lugar, cuando la vi en la barra, me acerqué.

Tenía el pulso demasiado alto, el cuerpo tenso, la mandíbula apretada.

Me había devuelto directamente al momento en que le ofrecí la mano, tuve que llevarla a la salida y, sin embargo, fui directo a la zona oscura, al instante en que dejó de analizar y decidió confiar en mí, en el tío al que juró no acercarse en la vida.

Podía recordar el tacto de su mano dentro del guante y todo lo que vino después.

Los Ángeles, 4 años antes

La zona oscura no era realmente oscura. Era peor. No se veía nada. Solo podías escuchar la música mezclada con respiraciones bajas y urgencia contenida.

No Ordinary Love , de Sade, daba banda sonora a la escena que no podíamos ver.

Un lugar en el que poder estar muy cerca y permitirse perder el control. Y Naomi Park acababa de entrar conmigo.

Su mano era más pequeña dentro del guante, más caliente de lo que esperaba. La guie despacio porque no quería asustarla, quizá bailar un poco, sentir el contacto.

No podía ver sus ojos, pero podía sentir su respiración acelerarse y ese aroma tan jugoso penetrando en mis fosas nasales.

La acerqué a mi cuerpo y dejé que se acostumbrara a mi tamaño.

—Bailemos.

—Necesito dejar el bastón en algún sitio, me da miedo clavárselo a alguien en un ojo.

Avanzamos a tientas hasta dar con una pared, el lugar perfecto; ella lo dejó apoyado.

Tragué saliva dentro del casco.

Puse una mano en su cintura con cuidado, dejando espacio. La otra buscó la suya, y cuando sus dedos se cerraron alrededor de los míos, sentí un latigazo que me recorrió el pecho.

Lento, todo tenía que ser lento y consensuado.

«¿Qué cojones estás haciendo, Dalton?».

Empezamos a movernos apenas, casi sin desplazarnos, siguiendo el ritmo grave de la canción.

Ella respiraba rápido.

Lo notaba en cómo subía y bajaba su pecho contra la tela mientras yo era incapaz de dejar de pensar en sus pezones.

No hablaba.

Yo tampoco, a duras penas podía moverme sin que notara mi erección.

La primera vez que su cuerpo rozó el mío fue accidental, un giro mínimo, un paso corto, su muslo rozando el mío y yo pensando en la abertura, en colar mi mano enguantada a través de ella.

Me obligué a mantener la mano donde estaba y a tragar con fuerza.

«Control. Puedes hacerlo, joder, solo has venido a protegerla».

«Y a follártela, a poder ser».

«¡Cállate!».

Lo habría logrado si ella no se hubiera acercado todavía más. Lo justo para que dejara de ser un baile correcto y empezara a transformarse en algo distinto.

Sentí su calor incluso a través del traje.

La forma en que inclinaba ligeramente la cabeza hacia mí, como si intentara escuchar la respiración distorsionada del casco.

Levanté la mano libre, despacio, y rocé su espalda, apenas la tela.

El mundo alrededor desapareció.

Solo existía la forma en que se amoldaba a mí. La sensación de que estaba dejando de pensar.

Eso fue lo que me golpeó de verdad: Naomi Park confiando en mí.

Nadie importaba, solo ella.

Cuando noté la pared detrás de su espalda, supe que habíamos llegado demasiado lejos para fingir que aquello seguía siendo un juego.

El aire entre nosotros se volvió denso, cargado de deseo.

No podía ver sus ojos, pero sí sentir la intensidad.

Mi mano subió despacio desde su cintura hasta la curva de su costado.

Nunca había querido quitarme el casco tanto como en ese momento.

Quería ver su cara, recorrer su boca con la mía, saber qué pensaría si la besaba de nuevo…, pero no podía. Era demasiado arriesgado.

Incliné ligeramente la cabeza hacia su oído.

La voz distorsionada salió más baja, más ronca.

—Dime lo que quieres y lo haré… —murmuré—. Y si en algún momento quieres parar, detenme.

Silencio.

El tipo de silencio que dejaba al cuerpo entero en alerta, sin saber si vendría acuerdo… o una patada en las pelotas.

Entonces, habló.

—Hazme desear el lado oscuro, mi lord. Llévame a él.

Tomó mi mano y la llevó a su pecho.

«¡A la mierda la contención!».

La suya subió con lentitud por mi brazo, explorando la tela negra como si intentara descubrir quién había debajo, y yo apreté la mandíbula para no perder el control.

La música seguía latiendo mientras mis dedos empezaron a actuar por voluntad propia, pellizcando el pezón a través del tejido que nos separaba.

Su gemido me destrozó. Supe que ya no había vuelta atrás.

Metí la mano enguantada bajo la tela. Quería memorizarla sin nada de por medio, lo cual era imposible, pero por el momento tendría que bastar.

Amasé sus pechos, arrancándole sonidos ahogados que su garganta no podía contener.

Estaba sudando con tanta ropa, no me importaba, solo quería hacerle sentir lo que había venido a buscar.

Quería torturarla con los dientes, la lengua, los labios. Lo único que podía hacer era recrearlo en mi mente, y os aseguro que era muy potente.

—Tócame… —farfulló, sorprendiéndome al instarme a bajar mi mano por su abdomen.

«Hostia…», gruñí para mis adentros, porque no la imaginaba para nada así de atrevida.

Pasé la palma por la tripa y recorrí la porción de piel que la abertura del vestido me permitía palpar. Me maldije por no poder hacerlo como deseaba. Tendría que conformarme con la reproducción 4K de mi imaginación porque ni siquiera podía observarla.

Me centré en sentir las contracciones musculares contra mi torso mientras bajaba la mano y acariciaba con los dedos el centro de su sexo.

Lo imaginé húmedo, caliente, deseoso, inexplorado…

«Joder…».

Ni aunque hubiera querido podría haberme detenido al sentir cómo se restregaba contra mi mano temblorosa. Sus dedos trataron de asirse al disfraz y, al no poder, acabaron aferrándose a mis antebrazos.

—Sigue…

La cabeza me daba vueltas.

—¿Estás segura? —farfullé.

—¡Sí! No me dejes pensar, solo quiero atreverme una vez…

No iba a ser yo quien se negara.

Aparté la prenda interior y mis dedos se desplazaron por su carne sin dificultad. Si el cuero no los cubriera, los tendría empapados.

La llevé al límite, recorriendo el clítoris, los labios, rodeando la tentadora abertura.

—Más…, quiero más…

—Eres una jedi muy exigente.

—Y tú un señor oscuro demasiado paciente…

Eso me hizo sonreír. No quería pasarme, teniendo en cuenta que nunca había estado con nadie.

La idea, lejos de repelerme, me sedujo. Iba a entregarse voluntariamente. La misma mujer que me rompió la nariz.

Sabía que, si se lo preguntaba, podría joder el instante, pero aun así…

—¿Estás convencida de esto? ¿No quieres saber quién soy?

Mi corazón golpeaba como un loco y mi polla ya no podía estar más rígida dentro del pantalón.

Sin embargo, tenía que darle la opción. La posibilidad de parar y partirme la cara por haber llegado tan lejos.

—No…, me da igual eso… —respondió entrecortada—. Si me importara no estaría aquí. Y quiero… quiero…

—¿Qué quieres? —pregunté, hechizado.

—Quiero entregarme a ti, mi lord Oscuro, quiero que…

—Dilo. —Tanteé su entrada de nuevo.

—Quiero que me folles.

«¡Me cago en la puta! ¡¿Para qué cojones preguntas, Dalton?!».

Casi me corrí en los pantalones cuando empujó contra mi dedo y lo sentí entrar en su interior.

El gemido me partió los esquemas y, a partir de ahí, dejé de pensar con claridad. Quizá no lo había hecho desde que entré en el local.

Empecé a prepararla para mi invasión. No podía hacer otra cosa… Bueno, sí podía, pero no me daban las neuronas. Las tenía todas concentradas en la polla.

Me ocupé de estimularla lo suficiente para que se retorciera entre mis brazos, para que sus jadeos salieran descontrolados y dejara marcas en mi piel.

Cada vez entraba un poco más, hasta notar la fina membrana que me oponía resistencia.

Hasta ahí podía llegar…

Entonces, una de sus manos hizo algo inesperado.

Bajó a mi bragueta y, por puro instinto, empezó a masturbarme sobre el pantalón.

Estaba tan excitado que no soportaba el roce.

—No hagas eso, Rey.

—¿Por qué?

—Porque harás que me corra y no podré…, a no ser que no quieras que…

—Quiero, quiero…

—Entonces, deja que te prepare bien.

Y juro que lo hice, puse todo mi empeño. La escuché suplicar unas cuantas veces hasta llevarla al límite, hasta tenerla tan húmeda y dilatada que acabó implorando.

—Tengo condones —me informó.

Palpó el vestido y yo pensé rápido. No podría abrirlo ni ponérmelo con los guantes, así que tenía que arriesgar un poco.

Lo hice.

Me los quité y los guardé en el bolsillo del pantalón para no perderlos.

Nuestros dedos se rozaron cuando ella me pasó el pequeño envoltorio y sentí un chispazo.

—E-espero que… que te sirva…

Yo también esperaba que hubiera acertado con la talla.

Me bajé los pantalones y me lo puse con premura.

El extremo del glande estaba húmedo.

Me obligué a preguntar de nuevo.

—¿De verdad deseas esto sin saber quién hay detrás de la máscara o bajo el disfraz?

—Ya te he dicho que si quisiera saberlo no estaría aquí, habría quedado con algún tío por una aplicación. —Esa idea me volvió loco. No podía dejar que hiciera eso—. No pienses tanto y hazme tuya hasta el infinito y más allá.

Nunca había escuchado nada más erótico en la boca de una chica. Tenía gracia que lo pronunciara Naomi Park.

«¡A la mierda!».

—Tú lo has querido, mi reina.

Metí las manos, tiré de las bragas para apartarlas, la subí a mis caderas, retirando la tela, y balanceé la polla contra ella hasta volverla loca. Cuando volvió a suplicarme que la hiciera mía, me introduje despacio.

No con un empellón brutal, como me pedía el cuerpo. Traté de ser lo más cuidadoso posible.

Sus manos se afincaron en mis hombros. Su espalda estaba tensa contra la pared y mis músculos estaban peor que durante cualquier partido.

—Habitúate a mí…

—Dios…, lo-lo estoy haciendo…, eres muy grande…

Lo era, aunque que ella fuera virgen tampoco ayudaba.

—Yo te sujeto. Mete una mano y tócate. Hazlo y te prometo que lo disfrutarás más.

Ni se planteó desobedecer.

Ahora mis manos sujetaban sus muslos, en contacto directo con mis palmas. Sedosos, cálidos, fuertes.

Empezó a moverse y yo apreté los dientes.

Me costaba respirar dentro del casco por el calor acumulado y la humedad que se estaba generando, además de la que ya rodeaba mi erección.

La experiencia estaba siendo brutal.

—Ah… —jadeó, moviendo las caderas, torturada.

Esa fue la señal que esperaba para activar las mías, sin llegar aún a atravesar la barrera. Envites lentos, poco profundos, que me estaban llevando a un punto sin retorno.

—Más…, más…, te necesito del todo…

Estaba más que lista y yo más que dispuesto.

—Allá vamos…, agárrate ahora. Te juro que, en cuanto te atraviese, mejorará. Confía…

Cogí aire y, cuando me hundí del todo, la sentí constreñirme de un modo alucinante.

Me forcé a quedarme quieto unos instantes. Estaba sudando y al borde del abismo.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Dios…, sí…, no pares ahora…

Casi me dio un síncope.

—¿No te duele?

—No más que un ejercicio de Volkova.

Conocía de sobra la fama de la entrenadora bielorrusa. En la SSU nadie te regalaba nada.

Me moví. Bombeé y disfruté cada estremecimiento, cada sonido, la humedad abrazando mi erección.

Mi mundo se había reducido a ese instante de placer, a la oscuridad total y a sentirla por primera vez.

—¡Dios, Dios, Dioooos!

El orgasmo la azotó, haciéndola gritar, arrastrándome hacia esa espiral brutal en la que me desintegré segundos después.

Acababa de tirarme a Naomi Park y algo dentro de mí acababa de complicarse para siempre.