CAPÍTULO 40
Naomi
Me pasé tres días mirando el botón de grabar como si fuera el de autodestrucción del Halcón Milenario.
Abría el chat, lo miraba, lo cerraba.
Repetí una y otra vez. Ni que fuera un entrenamiento de Volkova.
Una cosa era esconderse detrás de un nick , otra hacerse una paja online con tu placer culpable y otra muy distinta enviarle un audio personal a ese mandón oscuro.
«Cuéntame por quién te compraste ese vibrador con mi casco. Y cuéntame lo que pasó ese día. Sin dejarte nada».
Había dicho que sí demasiado rápido. Sobre todo, porque necesitaba sacar de alguna forma toda esa energía que llevaba semanas acumulando desde que estaba en Texas y que amenazaba con hacerme cometer una estupidez.
Su voz, recreada por mis neuronas cada vez que leía sus mensajes, llevaba pegada a mi nuca desde entonces, grave, segura.
Sabía que tenía que quitármela de encima antes de que fuera demasiado tarde y la liara durante el viaje de esta semana tomando una decisión pésima que me arruinara la temporada y, de paso, el trabajo.
El jueves, después de un buen atracón de flic-flacs , mortales y carreras hacia el potro, con el cerebro frito por pensar cosas que no debía, me rendí.
Busqué la app por la que nos mandábamos privados y pulsé grabar audio.
—Vale…, hola —susurré, roja, aunque nadie pudiera verme—. Esto es ridículo…
Paré. Me reí sola. Carraspeé.
Me di mil motivos para no hacerlo y volví a pulsar el botón.
Narré lo que me había pedido entre pausas, temblores y bastante calor. A medida que le iba dando voz al recuerdo, mientras le daba contexto y explicaba la mayor locura cometida en mi vida, algo raro pasó.
Supuse que lo mismo que cuando Rey descubre que puede usar la Fuerza sin saber todavía cómo.
No era que me gustara hablar de ello con mi señor oscuro, era que me gustaba imaginar su reacción cuando él me escuchara.
¿Se excitaría igual que yo?
Cuando terminé de hablar, miré la pantalla como si hubiera activado un misil y pulsé enviar.
Hecho.
Quise morir.
Ahora solo quedaba esperar.
Los Ángeles, 4 años antes
La tienda era gigantesca.
Un templo friki con pasillos infinitos, armaduras colgando del techo y más sables láser de los que una persona adulta debería necesitar.
Yo me sentía como una intrusa feliz junto a Camila, mi recién descubierta mejor amiga y nueva compañera del equipo de gimnasia artística.
Quien nos viera juntas pensaría que no pegábamos ni con cola, y probablemente tuviera razón.
Ella era un huracán caribeño, libre, deslenguada, con ese desparpajo que me hacía dudar de si era real o un avatar. Y, aun así, encajábamos.
Avanzaba entre estantes como si hubiera nacido allí.
—Nada de esas cosas feas peludas —me avisó, señalándome.
—Se llaman wookiees .
—Me da igual. No vas a esconderte detrás de un matojo de pelo.
—Chewbacca tiene presencia escénica.
—Chewbacca tiene pinta de perro mojado que necesita desparasitarse. Lo que buscamos es que un tío quiera desvirgarte, no ponerte una pipeta en el veterinario de guardia.
Suspiré mientras repasaba posibilidades. No sabía si estaba lista para algo así.
—De verdad, no sé por qué he dicho que sí a esto.
Camila se apoyó en un expositor de máscaras.
—Porque tienes diecinueve años, eres lista, sexy , aunque no lo veas, y llevas demasiado tiempo viviendo dentro de tu cabeza. En una nave espacial muy muy solitaria.
—Yo salgo.
—A competiciones, a tus juegos de rol con tipos igual o más nerds y vírgenes que tú, Naomi. No a fiestas universitarias con alcohol y ganas de follar.
—Con la que fui el primer año tuve suficiente.
Sonrió con esa mirada peligrosa que usaba cuando estaba a punto de arrastrarme a algo.
—No lo tuviste, si no, no estarías a punto de ir a una fiesta cosplay con pinta de terminar en orgía contraataca.
Nadie te va a obligar a nada, tú misma me lo contaste.
Habrá más seguridad que en el Pentágono.
Y si todos son tan inexpertos como tú, dudo que pases del magreo inicial.
Solo debes comportarte como otra persona, divertirte y explorar.
Otra persona…
Quizá eso era lo que me atraía.
Allí no sería la cerebrito, ni la gimnasta antisocial ni la chica que todavía pensaba demasiado en un beso que nunca debió ocurrir.
Valentino Dalton, menudo idiota.
Apreté los labios y seguí mirando; los de princesa Leia estaban muy trillados. Entonces, lo vi.
El traje de Rey. Blanco, simple, elegante... Me representaba.
Lo toqué con las puntas de los dedos.
—Este —murmuré.
Camila ladeó la cabeza.
—Tiene tu rollo…, pero no va con tu tono de piel. ¿Qué tal… este?
Agitó las cejas y sacó su elección del perchero.
Su opción era en tonos tierra, de gasa y cuero. Aberturas en los muslos y un escote imposible de ignorar.
—Fíjate, justo el mensaje que buscas dar.
—¿Cuál?
—Voy a fundirte el sable láser, colega.
Eso me hizo reír.
—Y podemos añadir el palitroque, por si alguien se pasa.
—No sé si voy a sentirme cómoda llevando algo así.
—¿Quieres abrir la compuerta de tu nave nodriza? Pues lo primero es que alguien quiera entrar, y con mi selección te aseguro que más de uno llamará a tu puerta para follar.
Me lo puso contra el pecho mientras se perdía buscando accesorios; yo seguí acariciando la tela, pensando en cómo se sentiría contra mi piel.
Intentando ignorar la sensación extraña de estar tomando una decisión importante.
En aquel momento no sabía que alguien se había quedado muy quieto al oírnos hablar, y seguía ignorándolo ahora.
Al final me quedé el disfraz, los complementos y el bastón de combate desmontable.
Acepté que Camila me peinara con el pelo suelto y un par de moñetes que decía que eran su sello personal.
Dentro del traje había algunos bolsillos internos, lo justo para la cartera, el móvil, las llaves y un spray pimienta que insistió en que llevara.
—Estás tremenda, si te gustaran las chicas te estrenaba yo. —Me guiñó un ojo—. Recuerda, hoy eres otra, pero siempre debes ser fiel a ti misma. Si lo deseas, ve a por ello sin temer las consecuencias; te lo debes, y a tu estilista.
Después de sus buenos deseos, me metí en el Uber y le di la dirección al conductor, que no dejaba de mirarme por el espejito interior.
«Vamos, Naomi, vive un poco y adopta tu rol».
Nada más llegar, supe que la fiesta iba a ser de otra galaxia.
Luces led rojas, azules y moradas te daban la bienvenida al local.
La música profunda vibraba en el pecho. Máscaras, capas, risitas nerviosas, miradas largas.
Todo el mundo jugaba a ser alguien más y era la primera vez que iba a un lugar así sola.
«Confía, Rey».
Una persona de la organización me dio la bienvenida, me explicó las normas y los juegos que se desempeñarían para romper el hielo. Todo parecía muy estudiado para que nadie se sintiera fuera de lugar…, aunque yo seguía sintiéndome justo así.
Vi mi reflejo en un espejo y casi no me reconocí. Parecía más valiente, más peligrosa. Como alguien capaz de dar un paso adelante sin pensarlo demasiado.
Mi figura atlética y el tono de mi piel, heredado de mi abuela, que era filipina, me hacían deslumbrar; mi amiga tenía razón.
Las pruebas eran absurdamente sensuales: juegos de parejas, retos de confianza, duelos a ciegas donde solo podías tocar manos y adivinar quién estaba al otro lado…
Al principio me sentí extraña.
Había varios grupos ya formados y pocos como yo desperdigados, o más bien pocas.
Algunos chicos se acercaron con sonrisas ensayadas.
Uno vestido de piloto rebelde intentó sacar conversación sobre naves espaciales, otro me pidió participar en un juego nada más verme, pero algo no terminaba de encajar.
Sonreía, respondía y todo se quedaba ahí, demasiado forzado y sin chispa.
«Métete en tu papel, Park», me recriminé.
Un chico con máscara plateada me tomó de la mano para arrastrarme a la pista improvisada. No era un mal bailarín, solo estaba demasiado cerca, demasiado rápido. Reí incómoda, seguí el ritmo un par de canciones y me aparté con una excusa torpe.
No era el ambiente, no era la gente, era yo, que estaba mirando la fiesta desde fuera, como si aún no hubiera cruzado realmente la puerta ni me hubiese hecho con el personaje.
¿De verdad quería eso? ¿Deseaba que mi primera vez fuera con un extraño en una fiesta programada para pillar?
Ya no estaba segura.
Fui a la barra a pedir algo que no tuviera demasiado alcohol, lo justo para relajarme un poco y decidir si Cami tenía razón y le daba demasiadas vueltas a todo.
El primer sorbo me calentó la garganta. El segundo aflojó el nudo de mi pecho.
La música seguía, algunas parejas ya se tocaban como si se conocieran de toda la vida, risas más altas, cuerpos moviéndose sin vergüenza y yo sin encajar.
Quizá eso no era para mí.
Pensé en irme, en sacar el móvil, pedir otro Uber y fingir que había sido una anécdota que jamás iba a contar.
Y, entonces, lo sentí, algo cambió en el ambiente, una energía distinta que hizo que varias personas se callaran y giraran el rostro, también yo.
Negro absoluto, capa larga, casco reluciente.
No supe qué ocurrió con exactitud, solo lo que sentí. Un giro de los acontecimientos que me hizo pensar que alguien había cambiado las coordenadas del lugar y todo, absolutamente todo.
Mis ojos buscaban esa figura desconocida que imponía. Era más alto y ancho que la media. Tenía estructura de atleta. De eso entendía un rato. No hablaba con nadie, no se detenía.
Caminaba con calma, sin prisa, sabiendo que las pocas mujeres del evento suspiraban en cuanto pasaba por su lado.
Varias personas intentaron llamar su atención. Él no reaccionó, tragué con fuerza cuando entendí que venía directo hacia mí.
La respiración distorsionada me recorrió la espalda antes de que hablara.
— Jedi —dijo aquella voz metálica, grave, modulada—. Parece que el destino ha decidido intervenir.
No tenía ni idea de qué hablaba.
Tragué saliva, algo en mi pecho dio un salto.
No veía su rostro. No sabía quién era, salvo que me sacaba una cabeza y media y que su complexión era más fuerte que la de cualquiera…, o eso aparentaba bajo el traje.
Su presencia llenaba el espacio. No era el más extravagante, solo el más seguro, el único que no parecía necesitar demostrar nada.
—¿Y tú eres? —pregunté, intentando sonar firme.
—¿De verdad necesitas preguntarlo?
Me encogí de hombros.
—Mi fama me precede, aunque a ti solo debería importarte que soy alguien que lleva un rato observando cómo finges que encajas sin hacerlo, porque ya estás predestinada a mí.
Me quedé quieta.
—Perdona, ¿qué?
—Bailas con quien no quieres —enumeró con calma—. Finges, pero te incomodan. Bebes lo justo para convencerte de que te estás soltando, a sabiendas de que no has venido a eso.
El calor me subió por el cuello.
—Ah, ¿no? ¿Y a qué he venido?
—A cruzar una línea.
«Maldito».
La risa se me escapó, más nerviosa de lo que debería.
Recordé mi papel. Hoy podía ser quien quisiera y este hombre sí me empujaba a hacerlo.
—Eso es muy presuntuoso, incluso para un Vader.
Se inclinó apenas hacia mí.
—La presunción es hablar sin pruebas. Yo solo describo lo que veo.
El tono, esa manera de decirlo, de aproximarse invadiendo lo justo.
—¿Y según tu análisis? —pregunté.
—Según mi análisis, estabas a punto de irte, salvo que no lo has hecho.
El pulso se me disparó.
—¿Y por qué no lo he hecho ya?
Su casco reflejó la luz roja cuando ladeó ligeramente la cabeza.
—Porque por fin ha aparecido lo que estás buscando.
Ese hombre me provocaba y hacía salir una personalidad desconocida, curiosa y que deseaba más.
—¿Y tú eres lo que busco? —desafié.
—La respuesta ya está en ti.
La forma en la que lo dijo no sonó arrogante, sonó a elegido.
Una asistente pasó cerca, entregando tarjetas para la siguiente dinámica. Él tomó una sin apartar el visor de mí y me la mostró.
«Busca a tu opuesto. Forma alianza. Solo quien se atreva a elegir sin indicaciones podrá cruzar a la zona oscura».
—Está claro que acaban de pedirme que busque a mi reina —comentó.
Parpadeé al leer el mensaje.
—Ahí no pone que sea yo.
—No necesito que nadie me diga a quién elegir, solo que ese alguien desee sentirse mi elegida.
No alzó la voz, no se inclinó más, no tocó, simplemente esperó.
—Soy una jedi —repliqué, intentando recuperar terreno.
—Una que lleva demasiado tiempo usando la Fuerza para controlarlo todo.
Mi respiración cambió.
—¿Y qué propones, lord Oscuro?
Esta vez no respondió de inmediato.
Se acercó lo justo para que el sonido de su respiración me envolviera.
—Que dejes de analizarlo todo durante cinco minutos y te rindas a tus anhelos más profundos.
Una voz en off anunció que quienes ya hubieran formado pareja podían pasar a la «zona oscura».
El corazón se me subió a la garganta.
Él extendió la mano enguantada, ofreciéndomela.
—Ven conmigo, jedi . No va a pasar nada que no quieras que pase, tienes mi palabra.
Por primera vez en toda la noche…, no pensé en marcharme, sino en quedarme, vivir la experiencia, dejarme llevar.
Tomé su mano y lo seguí hacia la oscuridad.