CAPÍTULO 38
Naomi
El domingo terminó siendo raro.
Ni malo ni incómodo, solo… raro.
Después de comer, Grayson insistió en que no podía dejar que mi primer domingo tras una victoria se redujera a hotel y trabajo.
Así que acabamos paseando por un mercado al aire libre cerca de Dallas, uno de esos sitios llenos de música country , puestos de comida y gente que parecía conocerse desde el nacimiento.
Era fácil hablar con él. Demasiado fácil.
Me contó historias familiares, anécdotas del equipo, cómo había crecido viendo los partidos desde la grada vip mientras otros soñaban con estar en el campo. Tenía esa forma de escuchar que hacía que cualquier conversación pareciera importante.
Y, aun así, en algún punto, mientras él hablaba y yo asentía, mi cabeza estaba en otra parte.
En un casco negro, en una voz modulada, en diez minutos de conexión clandestina sujetos a un temporizador.
Aunque sonara fatal, tenía ganas de volver al hotel. Y no para dormir.
Para conectarme. Para convertirme en una pervertida intergaláctica funcional.
Porque el señor oscuro no era un amigo ni alguien real en mi vida.
Era mi placer culpable. Una máscara detrás de la que podía explorar un lado de mí que no enseñaba a nadie.
Un juego sexy que me hacía temblar, y, sí, admitirlo todavía me daba vértigo: había sido capaz de correrme delante de una cámara.
Yo, Naomi Park, la chica que sobreanalizaba hasta el tipo de leche que compraba —sobre todo sin lactosa y de origen vegetal—. Y lo había disfrutado.
Asumiendo que éramos dos adultos jugando sin contacto físico, sin consecuencias, sin futuro. No iba a convertirse en nada más, y por eso mismo acepté el plan de Grayson: alargué la tarde y me comporté como una adulta funcional que no organizaba su agenda alrededor de fantasías digitales.
Mentira parcial.
Porque en cuanto llegué al hotel, lo primero que hice fue rezar para que mi mini Vader tuviera batería.
Después, ducha rápida. Pelo aún húmedo. Pulso acelerado. Dedos cruzados mientras abría el chat y muslos apretados.
No podía empezar con un «lo siento» otra vez.
Tenía que ser más creativa. Más ligera. Más yo… mezclada con mi alter ego . Y, por suerte, funcionó.
Salvo que el resultado fue como el primer partido de los Cowboys la temporada pasada: nada salió como esperaba.
No hubo juego. No hubo provocaciones. Nada de tensión erótica creciendo lentamente hasta dejarme sin aire.
En algún momento, la conversación se convirtió en el confesionario de un reality show .
Suponía que hasta los desconocidos sexuales necesitaban contexto.
Terminé hablando más de la cuenta y él escuchando demasiado bien, o leyendo…
No dije gran cosa…, pero sí lo suficiente como para vaciar ahí dentro preocupaciones que llevaba días arrastrando, sin nombres, sin detalles que pudieran comprometerme.
Probablemente también maté cualquier posibilidad de excitación.
Su libido debió de pasar de cien a menos cien y, aun así…, sentí que me entendía.
Aunque fuera un poco. Aunque la conexión se volviera menos fantasiosa y más real. Aunque acabara mandándome a dormir con ese tono suyo y la palabra «castigo» flotando entre nosotros.
No sonó enfadado y, además…, me dejó tutearlo.
No me corrigió, quizá fue eso lo que rompió el rol.
Nunca me había sentido tan cercana a alguien que no sabía nada de mí en absoluto.
Cuando colgamos, Val no hizo directo.
Y yo tenía demasiado en qué pensar como para convertirme en la pajillera solitaria de guardia.
Caí rendida, devolviéndome al lunes.
Todo parecía en su sitio.
Los Cowboys regresaron a la rutina: revisión de partido, vídeos, recuperación, reuniones rápidas donde nadie sonreía demasiado.
Yo me pasé la mañana analizando datos y ajustando informes para el staff , intentando actuar como si el domingo hubiese sido completamente normal mientras sacaba métricas para el siguiente rival.
Grayson tuvo reunión familiar. Desapareció casi toda la tarde y, durante la comida, me pidió que le deseara suerte.
No me contó cómo había ido, lo cual me dejó inquieta.
Porque si había salido bien…, ¿por qué no decirlo?
Y si había salido mal…, ¿por qué ocultarlo?
Me metí en la cama con la incógnita.
Los martes eran el día libre oficial.
Así que intenté comportarme como una chica normal de veintipocos años viviendo sola en Frisco.
Desayuné fuerte en una cafetería llena de estudiantes y madres con coches gigantes.
Después busqué en Google una tienda friki especializada en Star Wars , y cuando el Uber me dejó en la puerta, sentí que acababa de entrar en el paraíso.
Me pasé más tiempo del que debería mirando figuras, sables de luz y camisetas que no necesitaba.
Y, por supuesto, salí con varias bolsas y menos saldo en la tarjeta.
Regresé al hotel para comer algo rápido.
Intenté leer, pero no me concentraba, estaba demasiado sola.
Llamar a Grayson me pareció mala idea. Era mi jefe y no quería dar pie a malentendidos. Mis amigas estaban en clase y mi familia ni siquiera entraba en el top cien de opciones razonables.
Así que decidí hacer algo que sí entendía: mover el cuerpo, trabajar la fuerza.
Al día siguiente volvería al centro de Claire para machacarme sobre el tapiz, pero en ese instante necesitaba soltar energía antes de llegar allí con la musculatura y el cerebro hechos un nudo.
Abrí la bolsa de deporte.
Botella de agua.
AirPods.
Toalla.
Ropa de cambio.
Cuando estaba cerrando la cremallera…
El móvil vibró.
«Proyecto Caos Controlado».
Sonreí y acepté la videollamada.
La imagen apareció directamente desde el salón de la casa de Mason Fitzroy en Los Ángeles. Mármol, ventanales enormes y ese aire de mansión absurda que solo el hijo de un productor de cine y una actriz podía considerar acogedor.
—¡Nos han llamado! —gritó Mason, antes incluso de que dijera «hola».
Parpadeé.
—¿Qué?
Sienna apareció en plano, más seria, pero claramente más despierta de lo normal.
—A ti no te ha llamado nadie, idiota. Deja de confundir las cosas.
Bufó y devolvió sus ojos azules a la cámara. Estaba sentada entre Landon y Thiago en un sofá en el que podrían caber como quince personas, así que eso solo podía significar una cosa.
—Tenemos reunión presencial con los Cowboys.
Me quedé quieta.
—¿Qué? ¿Cómo? ¡¿Ya?!
Sí, lo sabía. Cami estaría ahora mismo gritando y saltando sobre la cama. Yo nunca había sido la efusiva del grupo. Por suerte, Walsh tampoco.
Landon levantó una mano, intentando mantener algo de orden.
—Tranquila. Aún no nos han contratado, pero una reunión presencial siempre es buena señal. Mi abuelo lo ha dicho, y nadie sabe más de negocios que Richard Thorne.
Eso era cierto.
Mi cerebro tardó unos segundos en procesarlo.
—Pero… Grayson no me ha dicho nada.
Silencio breve. Miradas cruzadas entre ellos.
Thiago habló con calma, sentado, como si el caos no lo rozara.
—Nos dijo que prefería que lo supieras por nosotros, que sería mejor.
Se me escapó una sonrisa.
Claro. Había querido sorprenderme.
—¿Me estáis diciendo que literalmente han aceptado veros?
—Sí —dijo Sienna—. Y eso ya es un paso enorme para nuestra pequeña empresa.
Solté una risa nerviosa.
—No pensé que fuera tan rápido. Esto es como saltar al hiperespacio sin revisar el panel… y rezar para no estrellarte contra un asteroide. Pero me alegro muchísimo, en serio.
Landon sonrió por lo bajo.
—Lo importante es que estamos dentro del radar de tu franquicia. Gracias a ti.
—A mí me encanta estar dentro… —susurró Mason mientras daba un salto por el respaldo del sofá y se dejaba caer detrás de Thiago.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, empezó a besarle el cuello.
«Perfecto, bienvenida a: Lametones juguetones. Justo lo que necesitas para sentir la envidia recorriéndote la espalda».
Thiago suspiró.
—Mase…
—¿Qué? —respondió él sin dejar de sonreír—. Parks no va a sorprenderse porque me pongas la polla dura y no pueda dejar de tocarte.
Sus manos se deslizaron bajo la camiseta de Thiago.
Landon se dejó caer hacia atrás.
—Tío, te dijimos que era una reunión de trabajo. El magreo no va incluido, aunque sea tu casa y tu novio.
—Te diré lo mismo, Princeso —respondió Mason, señalándolo—, cuando la Capitana América y tú me pidáis una de mis espléndidas habitaciones para desaparecer un rato y que te descorche el rabo.
Sienna lo miró con frialdad polar.
—Eso no va a pasar.
Landon giró la cabeza hacia ella.
—Ah, ¿no?
El tono pícaro me hizo arquear una ceja… y ponerme mala al mismo tiempo. Necesitaba desfogar, no ver porno en directo.
—No aquí ni ahora —dijo Sienna, firme—. ¿Os recuerdo que estamos con Naomi en FaceTime y que esto es serio? Gracias.
«Menos mal. Ya estaba empezando a sudar».
Landon se inclinó hacia su oído.
—Me pones muy cerdo cuando te pones mandona.
«Ya somos dos. Solo que a mí me gustan con casco y un buen sable láser».
Mason miró directamente a la cámara.
—Lo que yo te diga, estos hoy follan.
Aparté la mirada, fingiendo revisar la bolsa.
«Ojalá yo también tuviera ese tipo de problemas».
Thiago levantó la mano con calma infinita.
—¿Podemos volver, panda de salidos?
Silencio breve.
—Gracias —añadió.
Respiré hondo y volví al planeta Tierra.
—Vale. ¿Cuándo venís?
Sienna respondió.
—Para la Bye Week . De viernes a domingo.
Landon asintió.
—Nos coordinamos con Jax, Avery y Cami. Queremos pasar unos días allí… y darte por culo un rato sin que ellos pierdan el curro o las clases. No íbamos a desaprovechar la ocasión de estar todos juntos.
Eso me sacó una sonrisa real.
—¿Todos en Texas? ¿Como en los viejos tiempos? —Vale, eso sonaba peligrosamente adulto, y solo hacía tres meses que no nos veíamos—. Esto puede acabar en desastre galáctico.
—Exacto —asumió Fitzy—. Por eso ya reservé una habitación extra en el hotel. Cada oveja con su pareja…, o su trieja.
Tomó la barbilla de Thiago y lo besó profundo.
Parpadeé.
«Todos menos yo».
No tenía por qué sentirme fuera de lugar. Siempre había sido la rara del grupo y la soltera.
Aun así…
—No puedo creer que esto esté pasando tan rápido.
Sienna se encogió de hombros.
—Tu aplicación es buena. Era cuestión de tiempo que empezaran a escuchar y a tomar en serio tus propuestas.
Thiago añadió en voz baja:
—Solo deja huecos en el calendario para que podamos verte más allá de la reunión.
—¡Y con Valentino! —añadió Mason.
Arrugué la nariz. A ver…, sería injusto apartarlo si íbamos a estar todos juntos, teniendo en cuenta que su hermana y su cuñado eran parte del grupo. Aunque la idea me removía algo raro por dentro.
Mason soltó una carcajada.
—No jodas que seguís igual…
—Peor, para no perder la costumbre —respondí—, pero asumo que es parte del pack .
Landon levantó la taza.
—Te debemos una cena.
—Esperad a firmar el contrato y os llevo a algún sitio donde tiemblen vuestras Mastercards.
Landon rio por lo bajo.
—Vale. Voy a empezar a ahorrar.
Viéndolos ahí, juntos, supe que mis amigos no me habían olvidado, que, aunque nos separaran miles de millas, seguíamos siendo un equipo y que pronto podría abrazarlos otra vez.
Aunque eso implicara compartir tiempo… con Valentino Dalton.